Diario intermitente (61)

por Quintín

18 de enero

Estoy tan poco atento a lo que ocurre en el cine que recién me enteré hace pocos días de que había una película nueva de Tarantino. Incluso me costaba recordar el título, The Hateful Eight, que una extraña traducción ha hecho estrenar en la Argentina como Los 8 más odiados. Los tuits de los críticos argentinos que la habían visto en las funciones de prensa eran más bien negativos y no tenía un buen recuerdo de Django (aunque sí de Malditos bastardos y de Death Proof, las dos anteriores). Por otro lado, Alvaro Arroba y Fernando Ganzo, dos eminentes cahieristas españoles, la ponían por las nubes. El hecho es que la dieron el sábado en San Clemente y allá fui. Tenían razón los gallegos y tal vez sea la mejor película de Tarantino. Por lo menos, es una película estimulante como pocas de las que vi en los últimos meses.

hojas

Hay dos o tres virtudes que son obvias en cada película de Tarantino: los actores, los diálogos, la música, el conocimiento de la cultura pop, rubros que suele manejar con virtuosismo. Hay aquí, además, una notable puesta en escena que se apoya en la profundidad de campo y permite que una película que transcurre casi en un solo ambiente se parezca muy poco a una obra de teatro y transmita, en cambio, una envolvente sensación del tiempo y el espacio. The Hateful Eight se desenvuelve de a poco, no es espectacular y se presta a algunos errores de interpretación. Como eso del teatro (teatro y, del malo, es por ejemplo Birdman del infame Iñárritu, que está al borde de ganar otro Oscar). Pero tampoco es cierto que sea una película misógina, misántropa, violenta, políticamente confusa, reaccionaria. Ni aburrida, aunque cada uno tenga derecho de aburrirse con lo que quiere. Pero en cuanto a las otras descalificaciones, diré que la misoginia, la misantropía, la violencia son materiales de la película y no mensajes, que todo está cuidadosamente exagerado y que su carácter paródico convierte a los episodios más crueles y sangrientos en viñetas sin espesor, mientras que la profundidad de la película está en otra parte. Tarantino no es un sádico, no convoca al espectador a esa mezcla de culpa y secreto disfrute de los cineastas que trafican con la crueldad bajo la excusa de los buenos sentimientos (como ese horror de los esclavos que también ganó un Oscar y del que no pienso mencionar el título). Por el contrario, la estrategia de Tarantino consiste en saber que el espectador puede disfrutar de cualquier escena aberrante sin suscribir el contenido ni tener que dar explicaciones por su propio goce. Es un mecanismo del cine, de eso que Tarantino entiende tan bien aunque, por supuesto, a su modo. No se trata de morbo ni de incorrección política, se trata de libertad.

Al principio de The Hateful Eight una leyenda aclara que estamos ante la octava película de Tarantino. Así, el octeto odioso al que se refiere el título puede ser tanto el conjunto de los ocho personajes que arreglarán sus cuentas en la posada de Minnie como el conjunto de la obra del director. Por supuesto, el ocho en el título es marca registrada de Fellini por su Ocho y medio. The Hateful Eight tiene algo de balance, de meditación sobre la propia obra, incluso de autocrítica. Y ese aspecto, no tan evidente si uno se atiene puramente a la narración, me parece interesante de una película que, por otra parte, se puede disfrutar plenamente sin hablar de nada de esto.

Tarantino venía de tres películas como Death Proof, Inglorious Bastards y Django Unchained, que suscribían el derecho cinematográfico de las minorías perseguidas (en un caso las mujeres, en otro los judíos, en el tercer caso los negros) a vengarse de sus verdugos con la mayor crueldad posible y sin ningún escrúpulo. Los ofensores lo eran de un modo universal y merecían lo peor que la imaginación de un guionista pudiera depararles. Esta vez hay también un culpable que merece que lo castiguen feo. Es el general confederado que hace Bruce Dern, quien no solo fue un asesino durante la guerra sino también un corrupto detrás de cuya digna fachada se esconde un miserable y un acomodaticio. Al General Smithers, Tarantino le dedica un final tremebundo, al que agrega un flashback de sevicias sexuales completamente innecesario, pero cuya arbitrariedad muestra justamente uno de los puntos que Tarantino siempre establece: que no hay un límite para la imaginación y que el cine es, en todo caso, un ayuda memoria de algo que ocurre en la mente. Esas escenas no son un subrayado, sino un juego más sobre la relación entre imágenes mentales y cinematográficas.

En The Hateful Eight hay algo nuevo respecto de las películas anteriores: el maniqueísmo de víctimas y verdugos deja lugar a un cuadro más complejo, porque las víctimas también pueden ser verdugos, no solo circunstanciales sino absolutos: los blancos asesinan negros, los negros asesinan mexicanos y viceversa sin demasiado motivo; todos maltratan mujeres pero la protagonista femenina de la película es un demonio sin escrúpulos. Como en Django Unchained, el contexto de la película es el posterior a la Guerra Ciivil y como, en La diligencia de Ford (que claramente es el origen de The Hateful Eight), en un pequeño grupo están representados distintos grupos sociales. Pero a diferencia del caballeroso militar sureño de Ford que hace John Carradine, acá el sureño y su caballerosidad son una falsificación. Tarantino demuele aquí el respeto ancestral de Ford por Dixie y adopta la postura de Django: para decirlo de alguna manera, el Sur y sus mitos heroicos son una mierda. Y tampoco hay nadie que pueda ocupar el lugar del simpático rebelde ni el de la prostituta con corazón: todos son asesinos, ladrones, mentirosos, aunque hay diferencias entre ellos.

Tarantino se ocupa de otro mito fordiano: el de los grandes próceres americanos, en particular de Lincoln. El cine de Ford es una conversación con esa mitología americana, como lo es también el de Spielberg. Tarantino, en cambio, traza un límite claro: ocupados de su propia supervivencia, a sus personajes no les importa nada la historia ni la patria. La única conexión entre ambas esferas es la ficción, representada en The Hateful Eight por una supuesta carta de Lincoln al personaje de Samuel Jackson que se demuestra una invención. Lo único que cuenta para Tarantino es la ficción, ese mundo de saltimbanquis y buscavidas que son los héroes del pop. No es a Lincoln a quien reverencia Tarantino sino a Roy Orbison, cuya voz inigualable aparece en los títulos del final para cantar They won’t be many coming home, un olvidado y poderoso himno pacifista que resignifica el relato y le da una dimensión distinta, porque lo que importa en un film de Tarantino no es lo que escribe Lincoln (que bien puede ser una falsificación) sino lo que canta Orbison (imposible de falsificar): la única reconciliación posible ocurre frente a un disco. Si Ford o Spielberg establecen una jerarquía entre los mundos, en los que el cine es siempre una sombra de la Historia, Tarantino invierte la regla y solo les atribuye grandeza a los productos voluntarios de los ciudadanos comunes: por eso siempre valoró la música, las historietas, las películas como único horizonte sostenible, carnal y en definitiva real de lo humano. Pocos cineastas como Tarantino creen que no solo la naturaleza imita al arte sino que no existe la naturaleza, ni en sentido geográfico ni social (por otra parte, poca gente es tan poco afecta a los paisajes como él).

Tarantino siempre fue mucho más hawksiano: lo que cuenta no es la Historia allá arriba sino el grupo profesional, hacer bien el trabajo. Pero a diferencia de sus películas anteriores, los bandidos no son los héroes. Estos son los que practican la ley a su modo. Dije a su modo. En la película hay un verdugo profesional inglés que explica, como Joseph de Maistre, que los de su oficio, los que matan desapasionadamente, son el sostén de la civilización. Pero la película apoya la idea contraria de la Ley, la que practica cada uno de acuerdo a sus propias manías, como el extravagante personaje de Kurt Russell, la gran figura moral de The Hateful Eight, a quien sus colegas homenajean en el final. Tarantino, como Hawks, no es exactamente un anarquista, sino un protestante heterodoxo, alguien que defiende un mundo ordenado por un texto y sostenido en el trabajo de cada uno, una eterna corriente subterránea de Hollywood. Por eso decía antes lo de la autocrítica: al convertir la violencia entre grupos en un círculo infernal —no ya en un ida y vuelta justiciero—, es como si con esta mezcla tan redonda de western y whodunit, Tarantino se despidiera —o al menos se alejara un poco— de casi todo lo que hizo antes. Aun en sus desprolijidades (el capítulo que expone lo ocurrido antes de la acción principal parece ser un residuo apresurado de una idea que quedó a mitad de camino) The Hateful Eight es una película finísima.

Foto: Flavia de la Fuente

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25 comentarios to “Diario intermitente (61)”

  1. Leonardo D'Espósito Says:

    La crítica es buenísima, Q. Pero me comí un embole tremendo.

  2. Leonardo D'Espósito Says:

    Con la película, aclaro.

  3. La Novia de Troll Says:

    Un sentimental, como Alderete!! :D

  4. sebastián andrés sánchez Says:

    Ahora sí la voy a
    ver.

  5. Tomas Says:

    Debe ser la mejor critica que leí en mucho, mucho tiempo.

  6. NP Says:

    Una película kirchnerista de mierda. Por eso la odian todos los críticos macristas… salvo el que siempre la juega de contra.

  7. Matias Says:

    Tarantino es al cine, lo que McDonalds a la comida: es muy rico pero todos sabemos que es una mierda, y no lo salva que se haga el amigo de negros, judíos y mujeres…es un protestante hijo de mil putas, que se caga en negros, judíos y mujeres; pero como estas tres MAYORÍAS hoy dicen que esta bien hacer o que esta mal hacer, tenemos que soportar que el señor Quintin como buen ruso del Once nos quiera vender una mierda como si fuera oro.

    Dicho esto: dejen de robar.

  8. lalectoraprovisoria Says:

    Propongo un debate entre NP y Matías. No me ofrezco a moderarlo.

    Q

  9. NP Says:

    No discuto con fachos, Q. Además yo le creo su progresismo a Tarantino, simplemente no lo veo reflejado en sus películas.

    Pero vos tampoco podés “moderar” nada. A lo sumo te gusta hacerde “policía bueno”, y solo en estos casos.

  10. Javier Says:

    No sé si me interesa ver la película. Creo que no voy a tener paciencia. ¡Pero que enorme placer leer esta crítica!.

  11. Gaston Says:

    La crítica de Q es excelente y esta bellamente escrita, y estoy seguro que el lucido retrato que hace de las filiaciones cinéfilas de Tarantino no lo voy a leer en ninguna parte, pero “Los odiosos ocho” no me gustó. Para empezar, no estoy seguro que Tarantino haya manejado con virtuosismo los diálogos ni a sus actores: el estilo parlanchín de la mayoría, las réplicas ingeniosas, los soliloquios interminables, el registro casi paródico en que los hace moverse .…en fin. Se supone que detrás de cada uno de ellos está la voz de Tarantino, nada menos, pero es una voz ya no tiene la frescura y la originalidad de antes. Los odiosos es una historia morosa, que se estira innecesariamente, y cuyas revelaciones finales, su whodunit, no son nada del otro mundo. Además, estamos en un western, y un western de puros forajidos, pero salvo por el viejo acabado que hace Bruce Dern, y hasta ahí, a ninguno se le concede la gloria de la parquedad, de poder trazar a su personaje con un par de líneas filosas y dos o tres miradas que te hielen la sangre. Claro que estas son objeciones que no deberían hacérsele a Tarantino, porque es cool, porque sus excesos son marcas autorales, porque lo suyo es puro artificio y su universo tan personal, etc. En fin. No me gustaron Los Bastardos, ni Los odioso; celebro la incorrección política de Tarantino, el revisionismo irreverente que hace de la historia; sigue filmando como pocos, y su talento para la puesta en escena está fuera de discusión, pero siento que es un cineasta que se repite con cada película. Y, la verdad, en la última hora y media me pegué un embole bárbaro.

  12. Juan Pablo Says:

    Probablemente la mejor película de Tarantino, como bien dice la crítica. Una lástima que algunos no puedan disfrutarla. Es bueno recordar también que Tarantino ODIA a Ford, no sé por qué. Por eso siempre que leo las comparaciones entre uno y otro me hacen un poco de ruido. Creo que La diligencia y Hateful 8 sólo son parecidas en la superficie. Hasta los pósters se parecen.

  13. Federico Fornasari Says:

    Soberbia reseña! Tarantino juega con los mitos de manera genial. Asi como los entremezcla en Django y se divierte con ellos ( la única motivación del “alemán” Waltz, por pura moralidad y orgullo germano, es rescatar a la sufriente Bromhilda de las fauces del dragón Di Caprio), revisa la historia con un grupo de políglotas inolvidables (Bastardos). Taranta es un “cosmopolita” dijo una vez Q. Y es así. El jueves voy a ver los ocho a las ocho!

  14. Federico Fornasari Says:

    No comparto eso de que Quentin odie a Ford. ¿De donde sacaste tamaña conclusión?.Todo lo contrario; podrá ser mas de Hawks, Walsh, Leone, pero casi todas sus pelis tiene el eco del maestro, que a su vez era el maestro de todos ellos. Podrá reinventarlo, reciclarlo, parodiarlo o adoptar tonos más pesimistas, pero desde una pose de admiración absoluta. No jodamos.

  15. JC Says:

    Muy buen texto. Espero que haya una secuela de esta crítica para profundizar en los aspectos señalados.

  16. Seba Says:

    Federico Fornasori: más allá de lo que señala en su critica Quintín (muy acertado, por cierto), Tarantino ha declarado públicamente su rechazo a Ford.

  17. Seba Says:

    Pego lo que declaró Tarantino sobre Ford: “John Ford no es uno de mis héroes. Por decir lo menos, lo odio. Olvidemos por un momento a todos esos indios sin rostro que asesinaba como zombis, el problema es que por gente como él se ha mantenido viva esta idea de que existe una humanidad anglosajona en contraposición con la humanidad de todos los demás. Es algo presente en el cine que va de los treinta a los cincuenta, por lo que la concepción de que es una tontería es algo más o menos nuevo […] Ford apareció como extra en El nacimiento de una nación, con el uniforme del Klan, cabalgando hacia la subyugación de los negros. […] Mis héroes son otros. Sé de qué lado estoy”.

  18. lalectoraprovisoria Says:

    Un kirchnerista, Tarantino. Solo un kirchnerista puede acusar a alguien por haber sido extra en una película. Ahora, ese jacobinismo ingenuo de Tarantino tiene un límite y él mismo lo encontró en esta película.

    Q

  19. Pablo Muñoz (@Alvy_Singer) Says:

    Como siempre en el último Quintín, un texto espléndidamente escrito pero totalmente inconsistente en lo que respecta al argumentario.

    Baste recordar las referencias e idolatrías de QT bien presentes en la película, sean los elementales misterios de Agatha Christie que llevan a un ridículo (posiblemente imposible de tolerar en un cineasta alejado de la auteur-glory) uso de la voz en off tremebundo y pedestre o El exorcista.

    Baste recordar también que la única película sádica que Hawks se permitió era un desafío amoral hecho en un contexto de violencia muy notoria (por supuesto, Scarface). En ninguna otra película, la violencia es graciosa o divertida, exceso sacado de películas de explotación y aniquilamiento de adolescentes.

    The Hateful Eight debe ser también recordada por el silencio estratégico de sus críticos: felices, aplaudiendo el humor adolescente que mueve la película y sus estereotipos raciales, incluyendo el negrete de gran falo que en nada parece problemático cuando está sacado de 1) el cine de explotación y potenciado por 2) cierta pornografía contemporánea. Este silencio es de por sí explicativo.

    Y por último, lo más tremendo del asunto es que otra película más, donde la única verdad del ser humano está en su sadismo tremendo y con una ausencia total de personajes – a no ser que al repertorio de caricaturas que dan rodeos amenazantes antes de dispararse en las cabezas lo llamemos personajes – y sí de caricaturas dando largas peroratas amenazadoras a un tiroteo sin casi nada de lo que hacía interesante a Leone (y el casi es aquí cortesía al Morricone con sus nuevos temas y sus viejos scores a La cosa carpenteriana) recibe el aplauso unánime de una crítica que parece diluir los significados de los maestros (como Hawks, quien da suficientes pistas en Rio Bravo y Hatari! de sus viajes tonales y de su mirada amplia en grupos) para piropear el último vehículo sin apenas subversión de este cineasta.

    Y en un nivel puramente elemental, Tarantino carece, llana y simplemente, del estilo simple, perfecto y claro de Hawks. No está entre sus méritos escénicos. Y los que tiene la película en nada le semejan.

    P.

  20. hernanrosselli Says:

    Gran texto.
    No entiendo a los que acusan a Tarantino de ser algo así como el fast food del cine contemporáneo, un amoral. Acaso van al cine? Qué es lo que ven además de argumentos? En medio de tanto tanque con decorado 3D solo el brillo de la nieve bien vale el precio de la entrada.
    Pero además, la película está maravillosamente escrita, hay por lo menos tres masterclass de puesta en escena (el diálogo en la carreta, la llegada al refugio, la escena de la banda con las chicas del refugio), pero todo se luce por algo que siempre pasa desapercibido en sus películas (quizás sea una virtud): el gran talento de Tarantino para dirigir actores. La emoción de Russell al leer el detalle de impresión de realidad en la carta de Lincoln, la mirada provocadora de Jennifer Jason Leigh, el pelito y la voz cascada de Michael Madsen, el rostro endemoniado de Samuel L. Jackson. Todos esos gestos son el corazón y motor de la película.

  21. Federico Says:

    Seba: tanto admira Tarantino a Ford que hasta habla como él. La mayoría de las cosas que decía -especialmente en entrevistas donde se la pasaba manipulando y contradiciendo a los interlocutores- luego no se veían plasmadas en sus pelis. Caíste en la trampa dialéctica entonces. Te invito a ver más y mejor las peliculas de Quentin. Ah, y también Raoul Walsh trabajó en El Nacimiento de una Nación y nada menos que matando a Lincoln.

  22. boudu Says:

    Tarantino siempre uso la sorpresa y el suspenso, como los define Hitchcock, en forma casi de manual. Bastardos era casi todo suspenso. Death Proof era la primera mitad toda sorpresa y la seginda toda. suspenso, eso la hace genial. The hateful eight se basa toda en la sorpresa, no hay una gota de suspenso. Por eso queda en descubierto la ingenuidad de la gente que ve misoginia en la película. No vemos a Daisy Domergue hacer nada malo, los actos de violencia parecen excesivos. Pero después se ve a toda su banda cometiendo tremendos crímenes a sangre fría! Deducir que esa mujer es una amenaza constante es como sumar 2+2.

  23. Hay más cine ahí fuera | Heroico Jamie Foxx, retratos policiales y el mejor cine australiano según Tarantino - BATUZA Says:

    […] ‘Los odiosos ocho‘ (The Hateful Eight) ha sido la película más comentada de la semana, y entre todos los textos dedicados a la octava película de Quentin Tarantino me gustaría destacar el de La lectora provisoria. […]

  24. Yupi Says:

    Volvieron el Quintín y el Tarantino que quiere la gente, aunque dudo de que el último hile tan fino en cuestiones morales ni de cualquier otra clase. Es cierto que para el director todo termina en un disco. Un fenómeno común y extraño. Se diría que los nacidos en los años 60 de chicos quisieron ser menos cineastas o escritores que estrellas de rock and pop. Entre los antecesores de The Hateful Eight agrego a William Friedkin. La villana está sacada enteramente de El exorcista.
    http://www.youtube.com/watch?v=YT-tFOXdwSI

  25. Javier Says:

    La mejor crítica que he leído de la mejor película de Tarantino. Notable.

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