Diario intermitente (57)

por Quintín

5 de diciembre

Hoy me puse a escuchar Monster Movie (1969), el primer disco de Can, al mismo tiempo que abría Future Days / El krautrock y la construcción de la Alemania moderna, un libro de David Stubbs que acaba de editar Caja Negra y me interesa mucho por dos razones. La primera es que, aunque fui contemporáneo del krautrock (es decir, escuchaba música en los años setenta), no me enteré de su existencia hasta muchos años más tarde. En algún momento llegó a mis oídos algo de Kraftwerk, pero no le presté atención. Se habla del kraut en Postpunk, el libro de Simon Reynolds que también editó Caja Negra y que hace dos años leí de punta a punta tratando de asimilar algo de su enorme cantidad de información. Mientras leía Postpunk, escuchaba las bandas a las que se refería Reynolds. La experiencia me dejó sensaciones mezcladas que se me han confundido en la memoria. Pero sí recuerdo que Can me sorprendió muy favorablemente, porque no era exactamente la idea de algo muy cuadrado y muy sintetizado, muy parecido a la música Disco, con lo que tenía identificado al krautrock. (Con el kraut siempre tuve el mismo prejuicio que con los spaghetti westerns: cómo un italiano va a filmar westerns o un alemán tocar rock). Como se ve, mis prejuicios eran los de un cavernícola, como bien lo explica Stubbs en la introducción. Y yo, efectivamente, fui un cavernícola de los setenta (buen título para un libro de memorias).

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Future Days tiene una introducción (corta) y un prólogo (largo), pero antes tiene algo así como un preludio o una obertura, en la que el autor describe un video filmado en 1970 en la ciudad de Unna (Renania, Alemania Occidental) y en el que tres bandas emblemáticas del kraut, Can, Krafwerk y Neu!, tocan ante un público desconcertado.

Pero si en Alemania el kraut no se entendía demasiado, menos se entendió en Inglaterra, donde Stubbs nació en 1962. De eso se ocupa la introducción, un texto brillante, que empieza por preguntarse cómo fue que el krautrock, que murió hace treinta años, se tomó tan a la ligera en su época y se volvió más tarde “uno de los pilares del pop y del rock moderno”. Supongo que el libro intentará responder esa pregunta. En principio, Stubbs lo caracteriza como el resultado del trabajo de

“un grupo selecto de artistas que actuaron de forma simultánea aunque distantes entre sí, en ciudades tan alejadas como Berlín, Hamburgo, Munich, Colonia y Dusseldorf, que buscaron reinventar la música, crear un nuevo legado sonoro que se conectara con tradiciones alemanas más antiguas; que se negaron a replicar las formas del blues y el rock que eran predominantes en esa era y que, al hacerlo, crearon nuevos patrones que después han sido tomados como referencia una y otra vez.”

Para ser más específico, dice Stubbs que el kraut “representaba el anhelo de una unidad perdida, un idealismo que era a la vez futurista y tan antiguo como los bosques y las colinas”. “El krautrock es oscilante. Tomó elementos de una gama de estilos —música contemporánea, musique concrète, jazz, rock, blues, psicodelia, funk, electrónica— y los combinó con elementos originales y forjados a mano. La lista de géneros que descienden del krautrock es igualmente extensa: ambient, hip-hop, post-rock, electropop, rock psicodélico, trance, rave, postpunk y otros aún por nacer.”

Copio estos pasajes para fijar nociones básicas que hasta ahora me eran ajenas. Más aun lo es que, como dice Stubbs citando a Shelley, que los músicos del kraut fueron “legisladores no reconocidos de nuestra era”. En el prólogo, Stubbs habla también de su propia relación con el krautrock y cómo este le mostró la salida del denso provincianismo de la prensa musical inglesa de su adolescencia. Cuenta como gracias a un sello ultra alternativo denominado Recommended Records llegó al primer disco de Faust, con el que soñó largamente aún antes de haberlo escuchado (curiosamente, dice Stubbs que entonces no había Youtube ni Spotify, pero lo cierto es que hoy ese disco no se encuentra allí):

Soñaba con esos hippies anónimos archirradicales, que al igual que los Residents, se oponían sistemáticamente al culto de la personalidad del rock, sublimando todo su ego y energías en un ruido de rock beatnik, un ruido estremecedor de Hindenburgs inflados de sonidos electrónicos capaces de destruir la humanidad, de una música que alternaría entre una fealdad desafiante y una belleza magnífica, accionada por las máquinas de la Alemania Occidental y elevada por los grandes movimientos del arte moderno europeo que siguieron al futurismo. Un prolongado choque eléctrico de ruido que abarcaría todo lo bello y trágico del siglo XX.

El fragmento anterior me da un poco de miedo. Stubbs elogia una grandiosidad que escapa a mis gustos. Pero me reconcilia con las posibilidades del krautrock cuando cuenta más adelante que, hacia 1980, sus amigos y compañeros estuvieron a punto de pegarle cuando les puso el disco de Faust. Eran chicos, dice Stubbs “que estaban empezando a medir su autoestima a partir de su colección de discos”. Y sigue así:

En 1980, para muchos, eso significaba todavía Led Zeppelin, Genesis, Deep Purple y Pink Floyd. Adquirir una apreciación avanzada de esas bandas era un rito de pasaje a los años del bachillerato y la madurez. Había otra ala que encontraba una suficiencia similar en ostentar su comprensión de David Bowie y sus acólitos.

Mientras escribía esta nota escuché los tres primeros álbumes de Can (los dos primeros me gustan más que el más prestigioso Tago Mago) y el citado Faust de Faust. Aunque no logro entrarle del todo a este último, hay una evidencia incontrastable. Para un oído ingenuo como el mío, que no puede escuchar música a partir de ninguna teoría general del arte ni de la política, suenan mejor los kraut, infinitamente mejor que la lista de intérpretes que menciona Stubbs. Sé que Led Zeppelin tiene sus viudas y que Bowie tiene viudas más sofisticadas, pero a mí ambos me suenan tremendamente rancios frente a la frescura de Can.

Me detuve en la introducción de Future Days y no empecé con el prólogo, en el que Stubbs se propone empezar a desentrañar las raíces históricas y sociales del krautrock. La historia social de la música no es el tema que más me apasiona. Pero por lo que leí hasta ahora, la prosa de Stubbs incluye una alta dosis de evaluación de los artistas y sus obras, así como cierta prevención contra los ensayos sobre rock meramente historicistas y enciclopédicos. El suyo promete ser un libro imprescindible.

Foto: Flavia de la Fuente

15 comentarios to “Diario intermitente (57)”

  1. saint jacob Says:

    …Curiosamente, muchos toman a la ‘trilogía berlinesa’ de Bowie como la influencia basal del Krautrock… yo iría por las avenidas King Crimson/Tangerine Dream… un poco del ‘ruido-pop’ de la Velvet, dicen que dicen (sin el ‘pop’)… y Zappa por algunas mismas influencias clásicas (Varese, Boulez)… sería la versión alemana del ‘Prog’, sin el componente ‘Sinfo’, sino una especie de respuesta electónica a la libertad de un Coleman (Ornette, no Richard…-chiste tonto-)… digo yo, bah… que se yo…
    …leí por ahí que el pope de Can comenzó su viaje a partir de ‘A’im the Walrus’… creo que el único grupo escuchado en su momento por los rockeros locales fue Can, justamente (si no me equivoco, único grupo ‘Kraut’ editado en aquellos tiempos)… ya opinarán quienes sepan de verdad sobre el tema, claro…

  2. Yupi Says:

    Tan vanguardista que el mismo Bowie se mudó a Berlín. Lo mejor de Can era el cantante, que con el tiempo se hizo de retaguardia. El retardatario del que se quejaba Perón. Ahora tiene ese discurso apolillado según el cual internet es artificial y debemos volver a las cosas naturales. Buuu.

  3. Calique Says:

    Hola Q, a ver si esta lista puede ser de ayuda para futuras escuchas kraut http://www.discogs.com/lists/Krautrocksampler-Top-50-Albums-compiled-by-Julian-Cope/136?page=1 saludos Carlos

  4. Eonelio Says:

    No los tenía a Can (sin duda se trata de un gran esfuerzo realizado por unos chicos con un conocimiento muy rudimentario de sus instrumentos) Me hicieron acordar a Aeropérez. Una banda de rock de mi ciudad que intentaban tocar como Gentle Giant y ahora me doy cuenta que sonaban como Can.
    Quizá haya que escucharlo bajo los efectos de alguna sustancia psicodélica, pero debido – disculpen por pronunciar esta palabra en este lugar- a mis problemas cardíacos prefiero no hacerlo.

  5. Montañés Says:

    Muy interesantes los párrafos copiados de Stubbs. Lo anoto para conseguirlo también. Justamente en estos días estoy leyendo el atrapante libro de Reynolds.

    Sobre Kraftwerk declaro que todo lo que pueda decirse de su gigantesca influencia es poco o no le hace verdadera justicia. “Su influencia puede compararse a la de los Beatles”, leí alguna vez y me pareció exagerado. Hoy me parece acertado. Sin embargo, su obra no podría describirse como un conjunto de canciones, sino como un largo concepto premonitorio sobre el pop, la cultura de masas, las computadoras y el futurismo. Experimental, conceptual, radical, minimalista, agotadora, fría, engañosa, hipnótica, repetitiva, monótona, disruptiva, vanguardista, masiva y naive, todos esos calificativos le caben pero no la explican del todo. Negadora a ultranza de las tradiciones musicales mainstream (el conservatorio, el jazz, el blues, el rock) y subversiva/punk en el uso de la voz y la ejecución de los instrumentos, su concepto termina despejándose para ir directo al ritmo (concretamente el ritmo electrónico, pilar 1), las voces distorsionadas (pilar 2) y el lenguaje tímbrico definitivo para el pop electrónico abstracto bailable (pilar 3). Los cerebros de Kraftwerk, Ralf Hütter y Florian Schneider, sabían lo que hacían. Arte conceptual puro. Los DJs del mundo le deben TODO. También supieron cuándo concluir su obra discográfica. Su último album oficial de estudio, Electric Cafe (1986), demuestra que ya se había terminado la excitación/lucidez creativa para avanzar o llevar más allá el concepto, que se quedó en un tecno-pop inocuo con momentos poderosos pero ya arrasado por la llegada de ese futuro sonoro descomunal e inabarcable que ellos mismos predijeron y contribuyeron como nadie a forjar, especialmente el hip-hop y los DJs. Conscientes de eso, abandonaron las grabaciones y se dedicaron a las performances multimedia en vivo, que según dicen son impactantes.

  6. Montañés Says:

    Ahora, ¿se disfruta la música de Kraftwerk? No estoy muy seguro. En tanto conceptual, no busca en principio ni la belleza ni el deleite sino la ruptura y estirar los horizontes. En mi caso no sería posible encontrar goce en esa música sin 1) la posibilidad de reflexionar en su concepto, 2) capturar en las tripas —o haber vivido— el zeitgeist del que deriva y 3) escucharla con máxima calidad audiotecnológica.

    (También me declaro viuda poco sofisticada de Bowie, quien me parece genial, no vanguardista pero genial, al modo del cantautor tradicional, es decir el valor de su obra radica en su magia personal, en la música que emana de su persona, y no en el concepto. Bowie, mal que le pese, nunca fue vanguardia aunque tanto le fascinaban las vanguardias. Él es sobre todo un gran seductor y apenas uno de los mejores solistas del rock. Y del pop.)

  7. Montañés Says:

    Dos de Kraftwerk:

    Elektrisches Roulette (1973).

    It’s more fun to compute (1981).

  8. Montañés Says:

    Planet of Visions.

  9. Sebastián Says:

    Y yo, efectivamente, fui un cavernícola de los setenta (buen título para un libro de memorias).

    Jajaja… buenísimo.

  10. Yupi Says:

    Los Beatles todavía me siguen asombrando. Son el flechazo, el amor instantáneo. Durante mucho tiempo pensé que había sido así para los mayores y que en algún momento se cortaría, sin embargo se renueva. Cuando mi hija de chica empezó a mostrar interés por la música le hice escuchar distintos músicos de antes. Muchos le gustaron; Los Beatles la hechizaron. Al otro día ya sabía las canciones. Una de las felicidades sería encontrar en un cofre un nuevo disco de aquellos niños.
    http://www.youtube.com/watch?v=eVP05ziY9ig

  11. Montañés Says:

    Yupi, tengo la impresión de que usted y la música electrónica se llevan tan bien como el kirchnerismo con las instituciones y símbolos republicanos, si me disculpa la metáfora. Pero no se enoje y téngame paciencia.

    Me quedaron dos cosas en el tintero, pensando en esto de Kraftwerk. Una es que, más allá del asunto conceptual y la frialdad de su música (lo cerebral y la negación del sentimiento, la deshumanización, etc.), lograron darle a su música un costado muy sensual, maquinal e inhumano pero sensual. Algo así como el krautfunk. (Este tema es impresionante el trance que genera, ahí está preconcebida toda la electrónica de los últimos 30 años.)

    Lo otro es que Kraftwerk pertenece a ese género de vanguardias que, a través de sus experimentos y su búsqueda, logran diseñar un concepto/lenguaje acabado que marca una impronta global. Una de esas vanguardias que se hacen seductoras, masivas, no nihilistas-extremas-fatuas-destructivas sino de proyección. El ritmo: su componente pop.

  12. saint sebastian Says:

    acuerdo (y no es sólo corporativo) con saint jacob. sólo para despejar incomprensiones: fue bowie el influenciado en su trilogía berlinesa por el kraut (y no al revés).
    la etiqueta kraut esconde, como siempre pasa con las etiquetas, cosas muy diferentes. quizás la unidad pase por la mezcla del experimentalismo pop de los beatles, la apertura de la psicodelia (syd b y silver apples), el ruido y la repetición pop de la velvet y la improvisación del freejazz (pero no todos estos elementos están presentes en los grupos identificados bajo esa etiqueta, de la que dejaría afuera a krftwrk). otra cosa: por lo que se desprende de los párrafos del libro citado por Q, es la experiencia que siempre está mediada por la forma en la que llegamos a escuchar la música (además del momento y el lugar)… así, para el autor, bowie y el kraut eran cosas distintas en un marco musical marcado por cierto provincialismo propio del centro, mientras mis descubrimiento de can, faust y neu! pasó por grupos británicos de los ’80 que los homenajeaban mientras los escuchaba (y antes lo esperaba) desde la periferia de un provincia que de tan localista se cree centro (córdoba)… cada vez que escucho faust IV o neu! o tago mago o soundtracks mi memoria es emotiva, vital, involuntaria… algo que sospecho muy diferente -quizás no- al chequeo simultáneo de varios discos a partir de la lectura de un libro de caja negra.
    me gustaron los párrafos del libro, alejados del academicismo superficial de s. reynolds que siempre subordina el rock o la electrónica a otro discurso (como si necesitaran cierta legitimidad externa…).
    no acuerdo con la interpretación de montañés sobre krftwrk, pero este mensaje ya es muy extenso.

  13. Carlos Figueroa Says:

    Krautrock The Rebirth of Germany == full length documentary (with Translating tools)

    ver:

  14. salchicha Says:

    lo mejor del kraut es pòpol vuh

  15. @splendidmendax Says:

    Q. Ege Bamyasi de Can es el 4 disco de la banda y mucho mejor que monster movie. Muy fresco el sonido.

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