Diario intermitente (56)

por Quintín

2 y 3 de diciembre

En medio de la excitación que tengo con las noticias (los K se van por fin, pero todavía no se fueron del todo) ayer me puse a hojear El mapa calcinado, una novela de Kobo Abe que editó Eterna Cadencia. El prólogo es de Ednodio Quintero, escritor venezolano, que en algún momento cita el final de Molloy de Beckett:

Entonces entré en casa y escribí, es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.

No sé a cuento de qué Ednodio cita a Beckett, creo que Ednodio solo quiere citar a Beckett para elevar su texto. Pero sin duda es una frase brillante. Tan brillante, que sobre ella se edifica un pensamiento sobre la literatura. Y tan, tan brillante, que se usa en demasía, porque como todas las frases brillantes no es una verdad absoluta, ya que solo las tautologías lo son. Todos los que merodeamos el mundo literario, hayamos pasado o no por la Facultad de Letras, sabemos que lo que se escribe no es necesariamente lo que pasa. Aunque la frase de Beckett admita ser puesta en abismo (¿Cómo sabemos que no es medianoche y que no llueve, es decir cómo sabemos que Beckett no dice la verdad cuando se supone que miente, etcétera?) se opone a la noción vulgar de que la literatura da cuenta de la realidad: toda idea más o menos moderna de la escritura empieza ahí, continúa separando al narrador del autor y remata negando que la obra sea el reflejo de su biografía, hasta cuando se trata de diarios o memorias. Dicho de otro modo, el escritor es el escritor y el texto es el texto. Es más, el escritor no es siquiera el escritor de carne y hueso sino el conjunto de su obra. Etcétera.

eneljard

Muy bien, aprendido esto, no es fácil olvidarlo. Pero es necesario. Porque el lector no puede menos que construirse un escritor en su imaginación cada vez que lee un libro suyo. Y ese escritor suele tener los rasgos de las biografías que de él se publican (aunque más no sea en Google o en las solapas de los libros) y de lo que da a entender de sí mismo cuando construye sus protagonistas. Por supuesto que si leemos una novela donde el narrador dice que nació en Córdoba o estudió en París, puede ser (como en la frase de Beckett) que haya nacido en París y estudiado en Córdoba y que el autor no haya pisado nunca esos lugares. Pero si estos datos coinciden con los biográficos, empezamos a pensar que su alter ego literario se le parece. Y, en última instancia, si no coincide del todo, es muy probable que la figura compuesta de palabras que el lector transforma en un individuo como si llenara una línea de puntos, tenga que ver con otra figura, un poco menos imaginaria aunque con un cuerpo, que es el escritor de carne y hueso.

Esta digresión ramplona (de explicarla bien viven miles de profesores en todo el mundo) me sirve de introducción para contar que el otro día conocí una escritora. Fue así. Yo estaba en la puerta de Eterna Cadencia, había salido a acompañar al dueño, Pablo Braun, a fumarse un cigarrillo cuando llegó Virginia Cosin y Braun me la presentó. Aunque no la conocía personalmente, el nombre me sonaba y recordé que tenía un libro suyo sobre la mesa de luz y así se lo dije. Después me vi en la obligación de explicarle por qué nunca lo había leído y no quedé demasiado bien, aunque lo cierto es que en mi mesa de luz (que tiene tres estantes) hay pilas de libros no leídos o leídos a medias, que permanecen durante años. De hecho, Partida de nacimiento es de 2011 (pensé que era más reciente) y está ahí desde entonces, cuando me la regaló Gonzalo Castro (de quien Cosin me dijo que había sido un excelente editor de su novela). Pero nunca me había puesto a leerla y si lo hice me dormí sin abrir juicio porque de haber tenido uno me acordaría de él, aunque no necesariamente me acordara del libro.

En fin, me disculpé como pude después de haber dicho algo supuestamente halagador, pero Cosin no se molestó. Al rato nos encontramos frente al mostrador de a librería, donde ella tenía una orden de compra que la había regalado el padre por 1500 pesos y yo tenía mi propia pila para comprar. Así fue que terminamos intercambiando opiniones sobre lo que habíamos elegido. Por ejemplo, descartamos e El lienzo de Benjamin Stein, porque parecía demasiado “la novela del semestre”, con una estructura tipo Rayuela (esta se lee desde atrás hacia adelante y desde adelante hacia atrás) y un tema apropiado para el morbo (un tipo que se hace pasar por un sobreviviente de los campos de concentración). También descartamos por presuntamente melosa una novela de un tal Morley sobre una biblioteca ambulante. Claro que Cosin no pensaba lo mismo que yo ni yo lo mismo que ella: a mí me gusta Cabezón Cámara y a ella no, a ella la fascina María Negroni y a mí me deja indiferente.

En algún momento, Cosin enunció lo que ya empieza a ser vox populi entre lectores y escritores: que a esta altura del partido, una novela que “cuente una historia” no le interesa a nadie. Que la ficción, esas cosas que escriben Pérez Reverte o Saramago, ya no resulta legible si no se mezcla con el ensayo, la poesía, las memorias y, si es posible, la descripción del propio proceso de escritura. Como por ejemplo, El final de la historia de Lydia Davis o el Tristram Shandy de Laurence Sterne (1759). Es decir, que después de un largo paréntesis por lo que ahora llamamos la narración convencional (que desde el siglo XIX es el pilar sobre el que se asienta la industria editorial), la literatura está evolucionando (o volviendo) hacia otra parte. Mientras que el mainstream debe recurrir al género, a la mezcla con lo periodístico o a los hechos históricos (como sería esa novela de Benjamin Stein, que no es de Gertrud Stein).

O, ante la falta de variantes que convenzan al gran público, a la escritura autobiográfica, donde se dan cita el mercado y sus alternativas: no por nada el noruego Karl Ove Knausgård es el gran best-seller de estos años. Hoy resulta muy difícil escapar de la autobiografía: desde los cursos y talleres de escritura creativa a la americana a la más o menos espontánea necesidad de contar lo inmediato, hay tantos escritores como obras autobiográficas. Y la frase de Beckett empieza a quedar un poco vieja, porque las ficciones autobiográficas vienen con el escritor incorporado, aunque sea como el fantasma creado por cada lector, pero también porque no hay autor sin promoción de su vida a través de las entrevistas, los festivales, etc.

De vuelta en San Clemente, me puse a leer Partida de nacimiento, la novela de Virginia Cosin, una novela autobiográfica. Cuando unas líneas más atrás mencioné el Tristram Shandy, se me ocurrió buscarlo en la biblioteca, aunque más no fuera como recordatorio de que debería terminarlo. Y lo acabo de abrir al azar (aplíquese aquí el coeficiente de corrección Beckett) en la página 94. Es la edición de Alfaguara, traducción de Javier Marías (quien a falta de otros méritos tiene el de amar este libro) y allí dice, al principio del Capítulo 11 del volumen 2:

La escritura, cuando manejada adecuadamente (como pueden ustedes estar seguros de que creo que lo está la mía), no es más que un nombre diferente que se le da a la conversación.

Una deliciosa definición simultáneamente pre y post beckettiana. Y muy oportuna en este caso, porque después de haber conversado con Cosin un largo rato, la lectura de la novela resultó la continuación de esa charla (por otros medios, diría Klausewitz). Partida de nacimiento es casi un diario (un diario íntimo, se sugiere en algún momento) aunque formalmente es un texto que intercala la primera la segunda y la tercera persona del singular (hay una cuarta voz, compuesta por breves poemas) para describir los días de una mujer recién separada que tiene una hija chica y se defiende mediante sus recuerdos del acoso de la soledad y la angustia. Está muy bien la novela: tiene un aliento verdadero que se va imponiendo a lo largo de las páginas. Cosin construye su personaje literario con limpieza, con trabajo y con la entrega de su persona al texto, un texto pudoroso que habla dos veces de un intento de suicidio sin usar la palabra y que dice “me metí cosas en la nariz” para describir una noche de cumpleaños con alcohol y cocaína.

Pero hay algo que le da la razón a Sterne en relación con mi encuentro previo con la autora. Durante la charla, percibí en ella cierto hartazgo con el mundo literario, sin que dejara de aflorar su amor por la literatura ni un gran respeto por sus grandes nombres (“¿Compro los diarios de Piglia?”). Como si Cosin viviera en una contradicción que se nota también en la novela, en su voz aflora nítida pero apagada por las obligaciones que le impone su lugar como escritora incipiente. Escribe que se detiene a leer a Saer y descubre en la primera oración de La mayor, “uno de los mejores comienzos de la literatura argentina”. La oración es esta:

Otros, ellos, antes, podían.

Y me parece menos una genialidad que un acto de exhibicionismo, que solo un humor del que Saer carecía podría rescatar. Pero, de todos modos, hay también la certeza de cuán pesado es el lugar del que ocupa su lugar secundario en las jerarquías. Escribe Cosin:

Ahora somos tantos los que queremos ser algo, que es tan difícil sobresalir como enganchar un fideo en el agua hirviendo con el tenedor.

El párrafo anterior constituye el capítulo 8 (uno de los más cortos de la novela) y tiene una salida de tono que se extraña en páginas posteriores. Como que Cosin no se anima a hablar del tema más que con esa sarcástica metáfora casera. Pero más adelante hay otro pasaje que vale la pena citar.

Trabajar cuatro o cinco horas en el libro, otras dos o tres dedicadas a leer. Soy una máquina de desperdiciar tiempo. Se trata de olvidarme un poco —solo un poco— de mí misma y regalarme al hacer. ¿Por qué no puedo convertirme en lo que quiero? ¿Y qué es lo que quiero? Odio la forma en que sin darme cuenta me pliego a las modas. No me animo (Animarse es tomar coraje y es, a la vez, dotarse de movimiento). Mi mayor anhelo es escribir mal.

Todo un manifiesto literario. O mejor, de un deseo de otra literatura, del que Partida de nacimiento bien puede ser el primer paso. Pero también un diagnóstico que excede a la escritora y es un poco el de una generación atrapada en un medio cultural que tiene bastante de homogéneo y asfixiante El último capítulo de la novela relata la visita de la protagonista mientras “en los hombros arde el sol del mediodía”, a una verdulería boliviana, que tiene en la pared un retrato de Evo Morales. Hay admiración en la prosa, como si resumiera esa relación de culpa hacia los latinoamericanos humildes que acercó a tantos intelectuales al kirchnerismo, esos intelectuales tal vez hartos de ese mundo en el que cuesta destacarse y las modas se imponen como un mandato. La mujer compra cerezas en lo de la verdulera y camina hasta su casa mientras las come. La novela termina así:

Llega al departamento con unos cuantos carozos deslizándose entre sus dientes. Se detiene un tiempo en su consistencia maciza y extrae de ellos los últimos resquicios ácidos que se diluyen en la saliva. Antes de soltarlos de su boca, en un papel, escribe: lo cotidiano es el hueso de la felicidad.

La última oración es, otra vez, el final de Molloy. Falta decir que no es el mediodía y que no hay sol. Pero es lo mismo.

Foto: Flavia de la Fuente

13 comentarios to “Diario intermitente (56)”

  1. Marcia C. Reiriz Says:

    Muy bueno Q. Este es el Quintin que un poco extrañaba y, casualidades mágicas, ayer estuve hojeando el Tristan Shandy en la versión de Marias. En general prefiero que me cuenten una historia a que mediten sobre la imposibilidad de escribir o el proceso de creación…. Pero reconozco que ambas tendencias tienen altos exponentes. En cuanto al noruego Knausgard, me parece intrascendente y arduo de leer. No le veo ninguna virtud, y no entiendo la razón de su éxito comercial. Un abrazo

  2. Meteoro de verano (@VirginiaCosin) Says:

    Me emocionaste, Quintín. Gracias por rescatar el librito de la pila. Ojalá sigamos conversando.

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Fue un placer. Hasta pronto.

    Q

  4. La doble generala Says:

    A la cita del principio del capitulo 11, le falta una coma. ¿Te faltó a vos a falta en el texto?
    Espero que vuela la tranquilidad política para que podamos leerte más así.
    Saludos,

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Sí, falta, no es error de Marías sino mío. Ahora la agrego.

    Q

  6. Yupi Says:

    La escritura permanece escritura. Lo que perdió sentido, o cambió radicalmente de sentido, es la publicación. Hacer hoy una lista de los mejores libros del año es sencillamente imposible. Nadie los leyó, nadie puede leerlos. Qué será de ellos. Adónde iremos a parar nosotros. No sé. Pero como decía Chesterton, si es hacia un enorme manicomio, como parece probable, por lo menos vayamos en compañía de un humorista. Feliz viernes.
    http://www.youtube.com/watch?v=r1iBLo1GagM

  7. Leto Says:

    Para hablar de Saer..te falta talento.

  8. lalectoraprovisoria Says:

    Como para hablar de cualquier otra cosa, incluyendo vacas sagradas. Pero acá me ves.

    Q

  9. Yupi Says:

    con un huevo más largo que el otro (dijera el paisano). Respeto a Saer, pero desapruebo su costumbre de andar en tílburi. Tarda y tarda y tarda, no se puede creer lo que tarda ese turco endomingado. Me recuerda la descripción que hacía Catita de las peliculas de Antonioni. “Viene un burrito desde muy lejos, caminando despacito… ¡Y HASTA QUE NO LLEGA!”.

  10. Bolaño Says:

    El día que alguno de ustedes escriban “Glosa” ahí les creo!!! jajaja. no se calienten por Saer, el es un GRANDE. USTEDES NO.

  11. lalectoraprovisoria Says:

    El “jajaja”, las mayúsculas. Parece que nos visita la patota de la literatura. Costumbres kirchneristas.

    Q

  12. Yupi Says:

    Como dijo algún exhausto, el lector de Saer antes de obtener cualquier deleite debe preparar un croquis detallado del plano maestro con sus escaleras secretas, biombos plegadizos y otros lugares favorables a la emboscada. Lo juro por Néstor, Cristina y Romualdo Brughetti.

  13. Germán Says:

    Estuve ese día en Eterna Cadencia y me convenció que se habían terminado los días kirchneristas de mierda (cosa que yo estaba escéptico) pero ni en el blog dan tregua. Saludos Q

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