Diario intermitente (54)

por Quintín

16 de noviembre

Quedé agotado del debate. Me hizo daño ver a ese personaje torvo, canallesco y vacío que es Scioli insistir una y otra vez con el decálogo del kirchnerismo más cerril. Macri no estuvo brillante pero a esta altura es como si todos, salvo los muy necios o muy comprometidos, advirtieran que la política no puede ser esta simplificación malintencionada para beneficio de una burocracia excitada y rabiosa que invoca al pueblo como excusa para perpetuar sus miserias. El debate me dejó un mal gusto que se ha disipado con las horas al ver que todo vuelve a indicar una victoria holgada de Cambiemos el domingo.

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Estaba describiendo la pila del escritorio, que aumentó con un libro que llegó esta mañana por correo: Precoz de Ariana Harwicz (ed. Mardulce, Buenos Aires, 2015). Leí las dos novelas previas de Harwicz: La débil mental y Matate amor, libros originales, intensos, que se internan en los peligros de la locura y los desafíos del cuerpo. Son de esos libros pequeños, sólidos, muy bien considerados por la crítica, contra los que no hay argumentos y uno termina plegándose a ellos, reconociéndolos, elogiándolos. Pero no tengo muchas ganas de leer Precoz: parece demasiado abigarrado, no tiene capítulos ni separaciones, requiere de una concentración a la altura de su violencia. Como los anteriores, parece uno de esos libros en los que, al terminarlos, se tiene la sensación de que es menor el placer del lector que el del escritor al lograr que ese lector lo lea, como si una parte de la literatura estuviera construida a partir de un propósito sádico que es el de obligar a leer de distintos modos (Los best sellers serían un caso, pero no el único). Aunque tal vez esa no sea una buena categorización de Harwicz sino de otra cosa, algo así como una de las modalidades eróticas de la literatura (no quiero decir de la literatura erótica), algo más general y no del todo aplicable a este caso.

Esta mañana llevé al café ese libro junto con los dos primeros de una de las pilas después de descartar los que recorrí ayer. El primero es de otra mujer: Verde agua de Marisa Madieri (ed. Minúscula, Madrid, 2000) que tenía cerca porque alguien, no recuerdo exactamente quién, lo elogió en un comentario de LLP hace algunos meses. Me seduce mucho la idea (lejana por el momento) de que en estos diarios se intensifiquen los intercambios de sugerencias entre los lectores, que sean una red informal que funcione por fuera de los circuitos oficiales de recomendación de libros, de las modas impuestas por la promiscuidad del ambiente del periodismo cultural. Hoy hubo, por ejemplo, una recomendación que me interesó, la que hace Johny Malone de un libro de James Lee Burke. Tengo en kindle el primero de la serie del detective Dave Robicheaux que reside en Nueva Orleans. Hice varios intentos de leerlo, pero no prosperé por falta de atención más que por desagrado. ¡Qué difícil que es arrancar con un libro! Hace falta estar física y mentalmente a la altura, disponer del grado de concentración necesario. Nunca sé cómo y por qué se elige un libro para leer.

Vuelvo a Madieri y Verde agua. Esta mujer fue la esposa de Claudio Magris (Magris escribe el posfacio) y murió relativamente joven, en 1996. El libro es un diario escrito entre 1982 y 1984 que habla de la infancia de la autora. Las dos primeras entradas me resultaron muy gratas y están en las antípodas del malestar de la narradora de Precoz. La primera habla de la curiosa biografía de la abuela. La segunda de su propia tranquilidad al escribir, fruto aparentemente de que Madieri dejó las urgencias derivadas de un trabajo regular y se encontró con un tiempo que “se despliega en horas livianas, se dilata y se arrellana”, que le sirve para evocar con dulzura su infancia. Este libro tal vez le guste a Flavia, lectora de diarios y de gente serena. Tenía el libro hace tiempo en casa. Creo que lo compré solo porque la colección Paisajes Narrados, con su formato pequeño, cuadrado y color gris celeste es irresistible. Este es el volumen 2 de la colección, detrás de Las ciudades blancas de Joseph Roth. Más tarde editaron, entre otras perlas, los seis tomos (me falta uno) de los Relatos de Kolima, de Shalámov.

El otro libro que llevé al café fue Arab Jazz de Karim Miské (ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 20014). Es un policial o lo parece, aunque la editorial no suele publicar libros de género. Miské es un francés nacido en Costa de Marfil de padre mauritano y madre francesa. En el primer capítulo, Ahmed se dedica a leer novelas policiales que le compra por kilo a un librero de viejo. Dice que lleva leídas dos toneladas y media y que parará cuando llegue a cinco. Entre el material figuran autores americanos como (Micahel) Connelly, Cornwell y Cobain (no sé quiénes son Cornwell no Cobain) a quienes olvida rápidamente, aunque muestra su respeto por Ellroy, Manchette y Tosches. Ellroy es casi un lugar común, no tengo la menor idea de quién es Tosches y tal vez debería volver a Machette, de quien recuerdo algo de hace treinta años, cuando en un veraneo en San Clemente descubrí la colección Club del Misterio que tenía formato de revista, una selección excelente y precios regalados. Recuerdo que me compraba de a tres por día y me quedaba leyéndolos hasta el amanecer.

Y ahora creo que voy a seguir leyendo Arab Jazz hasta que se haga la hora de ir a comprar albahaca para los fideos de la cena.

Foto: Flavia de la Fuente

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4 comentarios to “Diario intermitente (54)”

  1. Johny Malone Says:

    Burke es desconcertante: no encontrás un centro, un sentido, un eje de lo que escribe. Sin embargo, eso te pega a la carnalidad y al dolor de sus personajes como pocos escritores permiten. Se me ocurre que la suya es una especie de literatura católica, en el sentido más primitivo de ese término. Hay mucho de Julien Green, de Graham Greene, de los grandes escritores católicos del siglo XX (aunque desconozco si Burke practica esa religión).

  2. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    Mala idea haber visto el debate. Luego de doce años, resulta imposible seguir tolerando las mentiras del kirchnerismo, del cual Scioli es uno más de sus secuaces, elegido en este caso como simple testaferro de la presidenta.

  3. Montañés Says:

    Sobre finales de los 80 recuerdo haber hecho amistad con un dibujante veterano en Mendoza, el Goñi, una de las personas más encantadoras que conocí nunca. Había entre nosotros una diferencia de más de 20 años, que sin embargo parecía desaparecer cuando nos sentábamos a hablar. Yo pasaba por su casa a visitarlo, me recibía afectuosamente con su serenidad luminosa, me ofrecía un sillón en su living y algo para tomar, se sentaba en otro sillón frente a mí y el tipo comenzaba invariablemente una conversación tan inesperada como elegante: un maestro absoluto del diálogo. Pero todo nos conducía a hablar de cine, el tema que tácitamente nos convocaba. Yo tomaba nota en un papel de las películas y los directores que me recomendaba, de Tati a Billy Wilder, de Hitchcock a Welles o los estrenos de aquel entonces (“¿No fuiste a ver La tiendita del horror? Andá a verla”, me dijo una vez sobre la versión de Frank Oz).

    Fue una de esas amistades fugaces, extrañas, centradas solo en una afinidad intelectual, sin nada personal de por medio. Yo tenía menos de 20 años y una juventud turbulenta y él vivía momentos dramáticos, quizás los más duros de su vida. Pero aquellas conversaciones eran un oasis maravilloso.

    Todo esto solo viene a cuento por la siguiente asociación. Recuerdo que en una ocasión me regaló una novela en un formato que parecía una revista de historietas. La empecé a leer con cierta desconfianza y terminó siendo un relato atrapante y poderoso: Cosecha Roja, de Dashiell Hammett, y la revista era, si mal no recuerdo, el primer número del Club del Misterio. Al tiempo me regaló un librazo, El largo adiós, de Raymond Chandler. Esas cosas que lo marcan a uno. Luego yo escapé de Mendoza y no nos vimos más.

    Bueno, eso. A tu recuerdo, Goñi, donde quiera que estés.

  4. sebastián andrés sánchez Says:

    Cornwell debe ser Patricia Cornwell.

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