Diario intermitente (53)

por Quintín

15 de noviembre

Mientras hago tiempo para ver el debate presidencial, pienso en cómo me abruma la cantidad de libros que tengo alrededor y me gustaría leer. Para dar una idea, podría enumerar simplemente los que tengo encima del escritorio, que son solo una parte del total repartido en pilas en la mesa de luz, alrededor del sillón en el que a veces leo y en tantas otras partes (sin mencionar las bibliotecas).

laplaya

Antes de enumerar los libros puse otra vez la playlist con todos los temas de The Cutting Edge de Dylan, que como expliqué el otro día estoy escuchando con la modalidad aleatoria. Me acaba de asaltar una duda, que es la siguiente. El orden que define el Spotify proviene de algún algoritmo que el programa tiene almacenado. Pero ¿qué pasa si hoy apago el equipo y vuelvo a empezar mañana? ¿Tocará los temas en el mismo orden? Y si empiezo por un tema que no sea el primero, ¿retomará los que vienen a continuación de él según el orden aleatorio original? Supongo que debe ser así, aunque me parece mal que eso pase: la aleatoriedad debería ser tal que siempre arroje un número distinto (para eso, es necesario que calcule a partir de un dato empírico relacionado con ese momento preciso). Cuando uno pone un CD, por ejemplo, en el modo aleatorio, pasa algo así, me parece: siempre toca los temas en el mismo orden. De ese modo, si uno considera el conjunto de las canciones como una única secuencia, cada vez que se toca resulta idéntica, es decir, todo lo contrario de aleatoria. Pero al haber una computadora de por medio, supongo que el sistema podría ser más sofisticado. ¿Un matemático en la sala?

Mientras escucho On the road again de Bringing it All Back Home, empiezo a enumerar los libros. Pero antes me acuerdo del tema homónimo de Canned Heat, que junto con Going up the Country me enloquecía hace cuarenta años (¿solo 40 o eran más?). Pero dejemos de recordar viejos tiempos. Acá van los libros, repartidos en cuatro pilas formadas de modo más o menos aleatorio: algunos los estuve mirando en estos días, otros los traje de Chile y los dejé ahí, un tercer grupo me llegó por correo y después hay otros que no sé cómo se abrieron paso hasta el escritorio.

Arriba de todo de la pila más cercana tengo los Cuentos reunidos de Faulkner (ed. Alfaguara), que hace poco empecé a leer de manera discontinua: uno cada vez que me acuerdo. Hasta ahora leí 9 (son 42), el último esta mañana en el café: Centauro de latón, que me hizo preguntarme una vez más si Faulkner inventó la naturaleza humana como dice Bloom que hizo Shakespeare. Aunque no lo hayamos leído, los personajes de Shakespeare se nos han hecho familiares. Pero no así los de Faulkner, que siempre tienen un as en la manga de su conducta. ¿O será que esa gente está inevitablemente asociada al sur de los Estados Unidos, no porque existan sino porque son imposibles de imaginar por fuera de la cosmogonía dixie. Están en un mundo alternativo al de literatura yankee, sea esto lo que fuere. Dado que, por ejemplo, ya no habrá un escritor que hable de los blancos y los negros como lo hacía Faulkner, es posible que esa humanidad paralela quede finalmente como una era geológica a la que no tenemos acceso salvo por sus libros.

Segundo libro. Escritos de vanguardia de Danil Charms (ed. Amaranto, Madrid, 1996). Este lo encontré en la biblioteca hace un tiempo y no recordaba haberlo comprado. Según la introducción, Charms fue un disidente soviético nacido en 1905 y asesinado por Stalin en 1942. Un disidente tan disidente que sus textos nunca se conocieron fuera de Rusia, y allí estuvo censurado desde los años 20. Esta es una colección de relatos mezclada con poesía y teatro de 150 páginas que debería leer una de estas mañanas al volver de la playa y sentarme en el café. Claro que están todos los otros libros de las pilas del escritorio y de las otras. ¿Conocen el cuento del burro con los dos fardos de pasto?

Aparece en tercer lugar Insectario amoroso de Claudia Donoso (ed. UDP, Santiago de Chile, 2015) que me debe de haber regalado Matías Rivas. Por un pasaje subrayado advierto que empecé a leer la introducción de Lina Meruane que, si mal no recuerdo, me interesó. Hojeando el Insectario, parece una colección de fragmentos relacionados con cierta entomología personal, pero hojear los libros engaña, uno no llega a entender si ese libro es para uno. Debería al menos empezarlo. Lo podría llevar un día al café junto con otros libros que intento empezar. Me pregunto sí Caludia Donoso es pariente de José Donoso. Seguramente sí, porque en Chile casi todo el mundo es pariente de sus homónimos, al menos en el mundo literario. Y también me pregunto por qué nunca leí a Lina Meruane, cuya introducción (si mal no recuerdo de nuevo) me interesó.

Aparece El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza (ed. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2013, reedición del original de 2008). Este es un libro importante de la literatura argentina del siglo XX. Lo sé, lo dicen todos, y no tengo por qué desmentirlo. Estoy inclinado a creerlo más que a leerlo. Es que es tan horrenda la historia de la familia Barón Biza que me da horror acercarme a ella. Leí en alguna parte que los libros de Raúl Barón Biza, el padre del autor y el hombre que le quemó la cara con ácido a su mujer Clotilde Sabattini, se están volviendo a poner de moda. Soy demasiado pusilánime para atreverme con los Sabattini. Este es uno de los libros que probablemente nunca llegue a leer, aunque nunca se sabe.

El quinto libro de la pila es un hueso duro de roer: El territorio interior de Yves Bonnefoy (ed. Sexto Piso, México-Madrid, 2014). Se supone que Bonnefoy (Tours, 1923) es uno de los grandes poetas vivos, pero este es un ensayo sobre el arte toscano del renacimiento, un tema del que no sé nada, pero también es un libro de viajes. Lo que es seguro es que es un libro hermoso como objeto, una edición muy cuidada con reproducciones y fotografías atractivas. Calculo que me debe haber salido caro y es de esos libros frente a los que me digo que algún día lo leeré y al terminarlo seré más culto y más inteligente. Pero siempre pospongo ese día, como si tuviera la lámpara maravillosa pero no me decidiera a frotarla.

Y ahora tengo tiempo justo para subir esta nota, comer alguna cosa y ponerme a ver el debate.

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “Diario intermitente (53)”

  1. Noriega Says:

    Going up the Country está en Woodstock (1970) así que tiene por lo menos 45 años. Gran canción.

  2. ABelardo L. A. Rata Says:

    El desierto y su semilla es maravilloso. Duro y asqueroso a veces, pero solamente en el primer 25, 30% de la novela. Luego da un respiro, y se orienta hacia otros asuntos menos ácidos.

  3. Johny Malone Says:

    Yo creo que reconocí a casi todos los personajes de las novelas sureñas que leí en gente cercana. Es más, a veces anticipaba los desenlaces de algunas escenas, ¡hasta lo que iban a decir! Faulkner es más técnico, en cierta manera más artificioso, y más poético sin duda. Hace poco empecé a leer “El huracán” de James Lee Burke, con su detective Dave Robicheaux en medio del desastre del Katrina. Me encontré con un humanismo y con una pasión por los individuos que creía desaparecidos.

  4. Yupi Says:

    Que Faulkner resista una comparación con Shakespeare sin provocar risas ya lo dice todo. Excelente el librito de Frank Kermode “El tiempo de Shakespeare”. Rápido, ameno y preciso.

    Por algún motivo el hit de Canned Heat me lleva al manifiesto antihippy, más bien antilennoniano, de Alvin Lee.
    http://www.youtube.com/watch?v=7bvhno8-YjQ

  5. Johny Malone Says:

    Me parece que la literatura del sur de EEUU tiene que ver más con Ben Jonson que con Shakespeare, pero no podría comprobarlo.

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