Diario intermitente (52)

por Quintín

13 de noviembre

El domingo, a la vuelta de Mar del Plata, me esperaba un libro que había llegado por correo. Al otro día fui a buscar algunos libros más. Me sigue llenando de emoción recibir libros, pero leí muy poco en las últimas semanas y estoy muy atrasado en mis planes siempre demasiado ambiciosos de lectura. Lo que encontré el domingo fue Unas pocas palabras, un pequeño refugio de editorial Fiordo, una recopilación de relatos de Kenneth Bernard que tiene una curiosa errata en la tapa (que, por otro lado, es muy atractiva): un punto al final del título, en contra de las convenciones tipográficas o editoriales. Decidí que en vez de buscar en las pilas acumuladas, era una buena idea empezar por Bernard.

margaritas

En estos días salió el Bootleg oficial Nº 12 de Bob Dylan, llamado The Cutting Edge 1965-1966, que reúne versiones alternativas, ensayos y outakes del período de 14 meses en los que Dylan grabó Bringing it all Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, es decir el que se considera el momento de máxima creatividad de su carrera, cuando Dylan revolucionó el rock and roll y terminó pisando el acelerador hasta quedar al borde de la muerte.

The Cutting Edge se presenta en tres versiones: la de 2 discos, la de 6 discos y la de 18 discos (la Collector’s Edition). En Spotify se puede escuchar un sampler de la colección, pero la versión de 18 ya se puede bajar de la internet pirata. Esa es la que estoy escuchando ahora. En este momento, por ejemplo, suena algo llamado Visions of Johanna [Take 4 Complete] que corresponde al disco 9, donde hay 8 tomas: tres completas, cuatro ensayos y la versión que salió en Bootleg Series Vol. 7, es decir la banda de sonido de No direction home, el documental de Scorsese. En el disco 10 hay más versiones del tema: tres falsos comienzos, una interrumpida y una completa.

¿Cómo escuchar este container de música y no morir en el intento? Creo que hay dos maneras. Una es comprar la caja (una edición limitada de 5000 ejemplares que nunca se va a reeditar y cuesta 599 dólares con 99 centavos) que incluye 379 temas, un libro de 180 páginas, nueve simples originales más otra serie de gadgets y, una vez en posesión de ella, escuchar disco por disco leyendo además las liner notes, que deben ser suculentas. Pero no sé si esto es viable: ¿se puede escuchar entero, por ejemplo, el disco 4, dedicado Like a Rolling Stone y sus 17 versiones? No me animo a hacer la experiencia. La otra manera es hacer una playlist única con todo el material y escucharla de modo aleatorio. De ese modo se pierde información pero se gana en variedad y en sorpresa. No está mal dejarse acompañar una o muchas tardes por esta gloria musical mientras uno escribe o tuitea. Porque Dylan tiene la característica de sonar siempre distinto y más en esos años de alegría interior inigualable.

Vuelvo a las lectura y a Kenneth Bernard (a quien me sale llamar Kenneth Branagh). La contratapa del libro habla de una filiación de Bernard con otros escritores americanos más o menos contemporáneos (Bernard nació en 1930 y todavía vive): Lydia Davis, John Barth, David Markson y Toby Olson. Nunca escuché hablar de Toby Olson, nunca leí a John Barth (aunque tengo varios libros esperando en una pila). De Markson leí dos libros: Esta no es una novela y La soledad del lector. El primero me gustó, el segundo me hartó un poco y también me asustó, por la proximidad constante con la muerte. Pero en el viaje a Chile leí El final de la historia de Lydia Davis, una escritora que está bastante de moda últimamente.

En realidad lo terminé en el viaje. Lo había empezado antes y había pasado largamente la mitad, pero en el avión a Santiago me empecé a pelear con Davis y se me hizo cuesta arriba. Al principio me interesó mucho: Davis es elegante para escribir, todo está infinitamente pulido y el juego con la escritura de la novela dentro de la novela (aunque es un recurso del que se abusa cada vez más), tiene siempre algo fascinador, como si el autor ejerciera un poco de mago que puede estar del otro lado de su escritura. El final de la historia no tiene nada que ver con Fukuyama, y es en cambio un relato sobre un amor no correspondido de la narradora (que se parece mucho a Davis). La historia de tales amores es siempre proustiana y se encuentra en algún punto del camino con la conclusión de que el amante desesperado ante el abandono se empeña en conseguir (o en recuperar, como en este caso) algo que en el fondo no le interesa, aunque no puede soportar haberlo perdido. El problema que tuve con Davis fue doble: por un lado, la cantidad de episodios similares en los que la mujer (escritora, profesora y traductora), busca al borde de la alucinación a ese hombre más joven que no está a su altura intelectual y al que humilló cuando convivieron. Hay que ser Proust para relatar las mil maneras que encuentra Swan de acechar a Odette y las de Davis cansan un poco. Pero el otro problema me distanció más de ella y se produjo cuando la vi demasiado empeñada en mostrar que el mundo del académico con cierto éxito es el único mundo posible y, aunque no tenga salida, es preferible a cualquier otro. De todos modos, hacia el final me di cuenta de que no solo iba a terminar el libro, sino de que Davis me había ganado a fuerza de su empecinamiento en una empresa literaria que, en el fondo, consiste en destilar toda la honestidad posible. Caminando en la cuerda floja, tentada por el narcicismo del profesional, Davis logró convencerme de que había alguien detrás de su prosa y no meramente una combinación de procedimientos. Terminamos como viejos amigos.

Ya hace un par de horas que escucho The Cutting Edge. Suenan unos compases de I Want You. La canción se interrumpe para pasar a Outlaw Blues que también se corta y viene una versión completa de Queen Jane Approximately. La primera es de Blonde on Blonde, la segunda de Bringing it all, la tercera de Highway 61. Aquí es cuando me gustaría tener el material original (lo que no tengo son los 600 dólares ni el modo de traerlo) para cotejar prolijamente los tres discos y demostrar una hipótesis que se me acaba de ocurrir (que no es tan fácil de probar sin las sesiones completas). La idea es que Blonde on Blonde puede ser el más logrado de los tres discos pero, al mismo tiempo, muestra ya algún signo de cansancio frente a la vitalidad absoluta de Bringing it all Back Home y la genialidad de Highway 61. Me gustaría también distinguir bien qué músicos tocan en cada tema.

En Bernard aparece también la claustrofobia de Davis, aunque el encierro no es en el entorno universitario, sino en el horizonte autista de sus pensamientos. En realidad, casi todos los escritores americanos que se leen por aquí están un poco encerrados en su prosa realista y su medianía de clase media. Pero Bernard recuerda también a Mario Levrero por sus obsesivas digresiones autorreferentes que pueden pasar de lo chato a lo sublime en el mismo cuento. Bernard tiene una aspiración más filosófica que sus colegas, un intento de trascender el gueto literario que es ajena a Markham o a Davis a partir de la reflexión sobre lo minúsculo y lo ordinario. Ansioso por las inminentes elecciones y la posibilidad cierta de que la pesadilla K se termine y la Argentina se desate del devenir miserable y aberrante de estos años, no le presté a Bernard la atención necesaria. Tampoco terminé el libro, pero hay en él al menos un relato extraordinario llamado El libro prestado, una historia real. En cuatro páginas y a partir de la historia de Tadeusz Borowski, un escritor polaco que sobrevivió a Auschwitz pero se suicidó a los 28 años, Bernard construye un tratado de ética, de lo más profundo que leí en mucho tiempo.

Los dejo mientras escucho una versión de If You Gotta Go, Go Now, que no se publicó en ninguno de los tres álbumes en cuestión sino en el primero de los Bootlegs oficiales. Justo termina y aparece una toma de Can’t You Please Crawl out your Window, que salió por primera vez en Biograph. No hay duda de que Dylan (y Columbia, claro) siguen explotando cada centímetro de cinta que grabó en los estudios. Pero lo que editan está vivo, aunque forme parte del merchandising.

Foto: Flavia de la Fuente

2 comentarios to “Diario intermitente (52)”

  1. Yupi Says:

    Voy a escuchar todas las cajas para olvidarme de los putos islamistas. Es difícil elegir entre esos tres discos. Dejo una de mis favoritas de entonces, el Dylan mexicano era buenísimo.
    Please tell her thanks a lot
    I cannot move
    my fingers are all in a knot
    http://www.youtube.com/watch?v=Ulb8BaUv8mM

  2. Pachi Becerril Zúñiga Says:

    Te has lucido con el título de las canciones, no has escrito bien ni una. Can´t You Please Crawl Out Your Widow?, la otra es If You Gotta Go, Go Now.

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