Diario intermitente (50)

por Quintín

7 de noviembre

Disfruté mucho este festival de Mar del Plata, como hace tiempo no me pasaba. Presentamos los cortos de Flavia, vi muchas películas, discutí de cine con amigos, me sentí cómodo con la ciudad. Parte del secreto, me parece, fue evitar todo lo que estuviera en competencia. Las dos veces que violé la regla tuve malas experiencias. Es posible que entre esas treinta o cuarenta películas que ocupan el centro de la programación haya alguna buena, pero en general son prescindibles y estropean la dieta del buen cine y alegría del espíritu.

mardel22

Ayer vimos La asesina de Hou Hsiao Hsien, una película muy bonita sobre intrigas políticas y artes marciales en la China medieval. La trama resulta un poco difícil de entender aunque en realidad no es demasiado complicada, pero eso no impide contemplar la belleza de las imágenes, los colores, los vestidos, los movimientos, así que salimos del cine gratificados, aunque no nos pareció que fuera la obra maestra que nos anunciaban desde Cannes. A la salida, nos encontramos con nuestros amigo iconoclasta Gonzalo Castro, que una vez más nos miró con sorna y nos dijo que eso que nos gustaba era pornografía soft, filmada en el formato cuadrado que usan los cineastas mentirosos del presente. Simulamos ofendernos, pero hay que decir que algo de razón tiene Castro: no se puede comparar a HHH con Johnnie To.

También vimos ayer dos películas fundamentales en la carrera de Marle Khutisev, Tengo veinte años (1965) y Lluvia de julio (1967), filmadas durante el “deshielo” de la era Khruschev quien según cuenta Boris, odió las películas y obligó al director a filmar una versión diferente de la primera. Lluvia de julio es una película cuyo centro es el vacío existencial de los jóvenes, muy en sintonía con el cine francés o italiano de la época, aunque las particularidades de la angustia de los personajes están disimuladas, no tanto por la posible censura sino porque toda la obra de Khutsiev está construida alrededor de la idea de que la sociedad soviética era muy parecida a la de cualquier otro país europeo, que Moscú era una ciudad hermosa y que sus ciudadanos tenían los mismos desvelos y pasiones. Esta idea produjo una filmografía muy curiosa y especialmente lo son estas dos películas. Khutsiev venera la lucha en la Segunda Guerra y a sus héroes pero jamás menciona al Partido Comunista y diluye su omnipresencia en la vida de los rusos de su poder en los sucesos cotidianos de la ciudad.

La segunda parte de Tengo veinte años, una película de tres horas, está evidentemente alterada por la censura y tiene un final forzadamente optimista y patriótico. Pero la primera, tal vez una de las mayores piezas sobre la felicidad que produjo el cine, es una obra maestra en la que la dimensión colectiva de la vida está tratada con una ligereza única. No vi nada de Khutsiev que fuera solemne, pero aquí su lirismo es tan conmovedor como dinámico y aireado. Gran cineasta de desfiles, el largo pasaje dedicado a una festividad oficial con la gente en la calle es antológico. Pero la poética de Khutsiev tiene zonas muy oscuras que la acechan desde el fuera de campo. La Unión Soviética del cineasta no es la mentira creada por la burocracia, pero sin embargo omite rigurosamente cualquier referencia (no digamos explícita, sino fuera de campo) a las atrocidades del régimen, a la cantidad de ex prisioneros de Stalin que sin duda circulaban por las calles de Moscú en los años sesenta. Pero Khutisev no solo omite el Gulag sino también el discurso orwelliano y la presencia constante de la burocracia en la vida cotidiana. Fue una especie de anti-disidente, no porque adhiriera a los dogmas del Partido sino porque se ajustaba a los suyos. Es como si sus personajes vivieran en un mundo paralelo, no exactamente el de la mentira oficial, sino en una utopía en la que los problemas de la vida terminan siendo individuales y universales pero nunca sociales. Vuelvo a pensar en el hecho de que el padre de Khutseiev fue una víctima de Stalin, pero él prefirió hacer que el personaje que más se le parecía fuera huérfano de un soldado muerto en el frente. Khutsiev fue un cineasta por demás curioso y sin duda único que filmó un mundo que resulta cada vez más impenetrable

Foto: Flavia de la Fuente

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3 comentarios to “Diario intermitente (50)”

  1. Yupi Says:

    Mundo impenetrable, blindado. Recién ahora se empiezan saber datos de hace casi un siglo. Tuve la ocurrencia terrible de leer un par de libros de libros sobre el frente del este que incorporan los documentos desclasificados. Entre otras sorpresas la cantidad de rusos que se pasaron al bando alemán para combatir al comunismo, la bestialidad hitleriana detallada, la respuesta simétrica estalinista (“¿Ve esos escombros?”, le informan a un general nazi el día de la rendición en Stalingrado. “Así quedará Berlín”), en fin, el infierno mismo. Acá la película de Khutsiev.
    http://www.youtube.com/watch?v=MiRq6qjBrvc

  2. Luis Benito Hernandez Martorell Says:

    Me gusta tu nota. Gracias , te envio un abrazo desde las pampas de Argentina.

  3. Roberto Karmelić Says:

    gracias señor quintin por relatarnos sus vivencias y reflexiones de una manera tan directa y entrañable…saludos de un lector chileno entre trieste (avise cuando se de una vuelta) y la costa croata.

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