Diario intermitente (49)

por Quintín

6 de noviembre

Ayer fue el último pase (se dio tres veces) de Los diarios de FF, la función con las dos últimas películas de Flavia, que a esta altura ya había lo grado relajarse y disfrutar de las presentaciones. Las dos últimas terminaron con una discusión en familia, muy cálida en una sala muy cómoda (Ambassador 2) que además tiene un excelente proyector. La perplejidad frente a lo visto era colectiva: tanto los espectadores (cineastas, críticos y cinéfilos pero también espectadores comunes) nos preguntábamos qué era eso del cine frente a ejemplos tan excéntricos como las películas caseras de Flavia, que requieren menos un esfuerzo de interpretación que de adecuación a un sistema cinematográfico poco usual.

lobos

La situación era más interesante porque veníamos de ver Office, la película de Johnnie To que se presentó con el maestro chino en la sala que lo ovacionó. To es un genio del cine (tal vez el más grande de los vivientes), una especie de Picasso que pinta sus múltiples cuadros sin esfuerzo y con la máxima destreza. Pero también es un artista absolutamente independiente aunque también sea un empresario que ofrece sus productos al mercado. Flavia no es una empresaria (ni su marido y productor tampoco), ni tiene la dimensión de To, pero ambos pertenecen al ecosistema del cine que se hace por placer y necesidad.

Según dijo ayer To, Office es de las películas que hace cuando no está inspirado, ya que reserva lo mejor de sus fuerzas para las de acción. En cambio, las comedias le resultan pan comido. También le dijo a Marcelo Alderete (quien pasó dos días inolvidables comiendo carne con Johnnie y su comitiva y lo terminó definiendo como un bon vivant que nació para hacer cine), que quiere hacer algo más grande en 3D y que Office le sirvió para practicar. Pero esta película “chica” es también una obra maestra, un musical de intrigas y amores interempresarios que no deja de ser, al mismo tiempo, una película negra sobre el capitalismo y el trabajo esclavo de sus víctimas de cuello blanco. Office es extraordinaria por varias razones. La primera es la construcción de un espacio propio, en el que no hay ámbitos cerrados: no solo cada oficina dentro de la empresa es parte de un gigantesco panóptico, sino que la calle y el subte son de vidrio. Hasta los departamentos y las salas de terapia intensiva son espacios abiertos, sin una barrera visual con el exterior y en las que dominan enormes relojes. Pero también es una película muy divertida, con un personaje femenino fabuloso, Sylvia Chang, la actriz madura que también trabaja en Mountains may depart de Jia Zhanke (y que en Office es también guionista). Ambas películas están unidas por otros lazos que merecerían comentarse (y además To y su legendaria compañía Milky Way van a producir la próxima de Jia). Nadie muestra a los chinos tan lindos como Johnnie To.

Ayer vi otras dos películas. Una fue Perfumed Nightmare, primera película de Kidlat Tahinik, filmada en 1977, que mostró otra vez que el filipino es un cineasta talentoso y original, creador además de un personaje cercano al clown chaplinesco que es él mismo dentro y fuera de la pantalla. Esta película transcurre en su aldea natal pero también en Alemania y en Francia, donde el director estudió economía. Hay algo que me molesta en la condición de tercermundista profesional de Tahinik, un obvio (ex) militante del PC, que siempre está en la posición correcta en política y en la vida. Otra vez volvió a repetir en la presentación que los filipinos habían sufrido 350 años a los españoles, 50 años a los americanos y 100 años a Hollywood.

La otra película fue Todo comenzó por el fin, del colombiano Luis Ospina, tres horas y media desgarradoras pero también altamente interesantes sobre el llamado “Grupo de Cali”, una banda de amigos artistas y amigos de los sesenta que, entre otras cosas, renovaron el cine colombiano y que tuvo en su centro al propio Ospina y a dos figuras geniales y trágicas: el póstumamente recuperado Andrés Caicedo (que se suicidó a los 25 años) y el menos conocido Carlos Mayolo (muerto después de largos años de euforia, alcohol, cocaína y depresión). Ospina fue el otro realizador importante del grupo y la película empieza cuando se entera de que padece de una enfermedad grave y que debe ser sometido a un tratamiento terrible y peligroso (del que afortunadamente se terminó recuperando). Si Ospina no hubiese estado en la sala para presentar la película luciendo en buen estado (me lo había cruzado antes en el hotel), creo que me hubiese ido después de los primeros minutos, donde hace testamento y todo. Todo comenzó por el fin es una película única, de una cercanía con la muerte como no recuerdo otro caso, que abraza un misterio y lo deja (como corresponde) sin resolver del todo. Es decir, quiénes eran esos caleños que produjeron una turbulencia artística en los mismos años en los que la turbulencia era más bien política y por qué sufrieron tanto.

Foto: Flavia de la Fuente

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