Diario intermitente (44)

por Quintín

1º de noviembre

Los años no vienen solos. Ayer volvimos derruidos al hotel con la idea de irnos a dormir muy temprano, pero tuvimos que quedarnos hasta las doce para poder reservar las entradas del día en el engorroso sistema del festival que tiene de mal humor a la mayoría de los acreditados.

Ayer, al borde del sueño y antes del insomnio, me quedé pensando en lo que escribí de la película de Desplechin. Se me ocurrió una idea muy interesante, pero el problema es que no me la acuerdo. Pero creo que iba por el lado de preguntarse si lo que filma Desplechin le importa o no, si ahí hay algo personal en juego, o lo suyo es puro oficio, pura producción de un cine neoclásico más bien inauténtico.

Volví a pensar en eso hoy después de ver Mountains may depart de Yia Zhanke, que como Tres recuerdos de mi juventud transita el melodrama y el salto de una época a otra en la vida de los protagonistas (Zhanke extrema el recurso, porque las tres partes de su historia transcurren respectivamente en 1999, 2014 y ¡2025!). A la salida discutía con unos jóvenes críticos amigos que no habían salido para nada conformes de la película y se me ocurrió pensar que desde nuestro sistema de interpretación del cine, no tenemos las claves para pensar una película como esta, un mainstream globalizado producido por Olivier Père desde Arte pero también con el dinero oficial y privado chino. Esta es una película que transcurre entre la pobreza inicial y los millones finales (el personaje pobre desaparece sin dejar rastros) y que acaso sea una parábola de una China que se enriquece pero pierde la identidad, la lengua y el espíritu de familia. Una cosa muy conservadora, evidentemente. Pero lo curioso de Zhnake es que mientras manda mensajes patrióticos y tradicionales, se regodea con el cosmopolitismo la riqueza, la tecnología, las arquitectura, los autos, los paisajes y produce una película que no se sabe bien si es bonita o bella así como tampoco se sabe si es ligera o superficial.

Lo mismo se podría decir de Pawel and Wavel del polaco Krzysztof Kaczmarek, un tipo simpático que conocimos anoche. No está muy claro qué fue este polaco a buscar a Islandia, donde transcurre esta película moderna, precisa, que tiene planos agradables de ver, música y cierto humor hermético que hasta aquí yo les adjudicaba a los checos. Pawel and Wavel se parece a una colección de bombones cinematográficos ensamblados por un director inteligente, dispuesto a mostrar su capacidad. Aunque no puedo localizarlo a él en su película, es como si creyera en un cine que empezó antes de ayer.

Más familiar me resultó Afternoon, de Tsai Ming-liang, en la que el director conversa (en general monologa) con la cámara fija y durante más de dos horas con su musa, actor fetiche, ¿amante?, Lee Kang-cheng. Justo ayer hablábamos de esta extraña pareja y la película, en la que se habla de la vida, el cine, el amor y la familia es encantadora. De lo más recomendable en este festival.

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