Diario intermitente (40)

por Quintín

Son días de mucha tensión. Después de las elecciones del domingo sentí un gran alivio, pero no logro aferrarme del todo a la sensación de que la pesadilla kirchnerista se ha terminado. Fueron demasiados años en los que vi imponerse la mentira, la mezquindad y la prepotencia. Estamos cerca del cambio pero falta la segunda vuelta.

Tantas emociones me tienen alejado de este diario pero como el viernes ya nos vamos a Mar del Plata, me impuse la obligación de contar algunas cosas de nuestro reciente viaje a Chile para asistir al Festival de Valdivia, de donde volvimos hace veinte días. Antes del festival pasamos dos noches en Santiago y quiero organizar esta entrada recordando algunos de los momentos vividos.

GomesycamargoenValdivia

1. En Santiago, cada persona con la que nos encontrábamos, nos recibía con la gran noticia del mundillo cultural chileno: “Fuguet salió del clóset”. En realidad, no se referían a una declaración pública del escritor y cineasta, sino a la publicación de su última novela, No ficción, que trata sobre un romance homosexual. Un domingo a la mañana, después de almorzar en un chino-tailandés-japonñes, paseábamos con el matrimonio Bisama-McKay por Lastarria. Como a Bisama lo conoce todo el mundo, lo paraban a cada rato y le comentaban lo de la novela de Fuguet. Hasta hubo quien dijo conocer el verdadero nombre de los protagonistas. Traje de Chile la novela, que a diferencia de los libros y películas de Fuguet es muy corta, pero todavía no la leí.

2. Llegamos a Valdivia y faltaba muy poco para la ceremonia inaugural, donde Flavia presentaba su película Diario de un corto, que Raúl Camargo, director del festival, le encargó especialmente para la ocasión. Ella estaba muy nerviosa. La ceremonia, conducida por dos viejos actores chilenos, fue muy solemne, tremendamente aburrida (la de cierre fue mucho mejor, más humana). Al fin, llegó la hora de la función. Primero daban un corto de Nathan Silver que dura 4 minutos, filmado cuando el director tenía diez años, y luego el de Flavia, que dura 17 minutos y lo filmó a los 55. Subimos al escenario, Flavia temblaba, la gente estaba de muy mal humor por tanto discurso. A mí se me ocurrió un buen chiste (bueno, no sé si era un chiste) y la atmósfera se relajó. Dije: “Todos estos años he sido un mal marido. Pero como productor soy aun peor: no conseguí un peso para esta película”. Cuando salimos, Flavia no quería ir a la fiesta en el Museo de Arte Moderno, pero al final aceptó. Todo el mundo la felicitaba, le decían que el corto les había encantado. Tuvo una noche feliz.

3. Tanto la felicitaron a Flavia que uno de los admiradores de la película resultó Mariano Llinás. Le dijo que el corto era magistral, un ejemplo de libertad artística y no sé cuantas cosas más. Pero también le dijo algo que la dejó preocupada: que nunca la iban a reconocer porque estaba casada conmigo. No sabemos bien qué quiso decir, si se refería a que para sus amigos soy la bestia negra del cine, o que había cuestiones políticas de por medio, no entendí bien lo que Flavia me contó. Eso fue lo único que empañó la noche.

4. Uno de los platos fuertes de Valdivia era Las mil y una noches, la trilogía de Mguel Gomes que tantos elogios venía cosechando en los festivales. Gomes estaba en Valdivia con su flamante mujer, la cineasta francesa Maureen Fazendeiro, que tenía una película en competencia. Imaginativa, suntuosa, la película de Gomes (o las tres películas, esto es como lo de la Santísima Trinidad) es imaginativa y amable, pero no estuvo a la altura de mis expectativas. Le veo tres defectos: un exceso de amaneramiento en la estructura, la poca fluidez entre lo realista y lo que se pretende onírico y una visión política ingenua, un poco llorona. Finalmente, ¿qué relación necesaria existe entre la queja por el ajuste conservador en Portugal y los cuentos orientales? Si la hay, es demasiado lábil y artificial como para justificar la película desde allí.

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5. Lo que más me impresionó en el festival fue Sangue del mio sangue de Marco Bellocchio, una película de otra categoría, de una solidez y una potencia clásicas. Combinación de dos historias que transcurren a siglos de distancia pero en el mismo lugar, Bellocchio muestra con ellas una gracia emparentada con los máximos fulgores del cine italiano. Con Fellini o Visconti, por ejemplo, es decir el cine de la farsa y el cine de la filigrana, pero con una relación con la verdad (la verdad política, social, psicológica, estética) que es su sello definitivo. Un gran cineasta veterano, con una idea del cine que no ha sido asimilada más que como copia y parodia, capaz de hacer una película de fantasmas sin que pase como tal.

6. No seamos tan duros con Gomes, al compararlo implícitamente con Bellocchio. Tal vez Gomes haga el mejor cine que se puede hacer ahora: un cine noble, con ciertos momentos de frescura, pero basado en las convenciones críticas, estéticas e ideológicas del mundo de los festivales a los que está orientada. Uno podría oponer a un cine clásico un cine íntimo, en primera persona. Pero el de Gomes, y otros tantos, forman parte de un cine híbrido, que mirado de cerca resulta demasiado ampuloso por un lado y no del todo sincero por el otro.

7. Vi dos películas de Nathan Silver que me faltaban, las dos más recientes, aunque tiene otra terminada esperando un festival grande que la acepte. Uncertain terms es la más floja de las dos, muy convencional, un cine indie sin relieve, de una sordidez cute. Lo que tiene de bueno Sivler es que uno se lo puede decir, es un tipo simpático con el que se puede hablar de cine sin problemas. Lo reté por Uncertain terms y reconoció que era floja, pero me pidió que viera Stinking heaven, que es mucho mejor. Silver mejora cuanto más se aproximan sus personajes a la psicosis y más se alejan de los estereotipos de las familias judías y las neurosis adolescentes: le sienta más Cassavetes que Woody Allen.

8. Flavia era jurado de la competencia de cortos, que se agruparon en dos funciones. Una vez más pude comprobar que el cine chileno está estancado en una mezcla pastosa de teatro, televisión y corrección política. Una excepción: Movimiento de Rodrigo Jara, filmada con un teléfono. Buenos trabajos, en cambio de Bolivia (Primavera de Joaquín Tapia, Nueva vida de Kiro Russo) y Perú (Organo de Iván D’Onadio).

9. Una película argentina interesante: El movimiento de Benjamín Naishtat, extraña alegoría sobre la historia argentina, sus degüellos y demagogos, ambientada en el siglo XIX pero hecha con poca plata. Muy virtuosa visualmente, algo megalómana en sus planteos políticos, revela que hay un cineasta detrás, aunque no me hago una idea de lo que piensa. Naishtat no parece sonreír nunca y no logré detectar sus influencias. Lo que hace es muy personal y está muy convencido de ello, aunque no sé bien qué es exactamente. Al final, ganó un premio del jurado y agradeció con un video desde Buenos Aires en el que habló maravillas de Valdivia y pestes del actual Bafici. Tampoco sé a qué se refería exactamente. Un misterio.

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10. Otro misterio fue que los críticos y los jurados (estaba en la competencia chilena) pasaron por alto El rastreador de estatuas de Jerónimo Rodríguez, una película singular, compleja, inteligente de la que hablé en una nota de Perfil. Es como si los festivales y sus concurrentes profesionales tuvieran solo sensibilidad para las películas que emiten cierta longitud de onda mientras que son completamente insensibles a vibraciones más sutiles o inusuales.

11. El premio mayor de la competencia internacional lo ganó merecidamente Motu Maeva de Maureen Fazeindeiros (como dijimos, la mujer de Gomes), documental sobre una anciana que recuerda su complicada vida desde el jardín de su casa, con extraordinarias fotografías de su pasado. Es el montaje, la tersura de las imágenes y el tono lo que le da el verdadero relieve a esas memorias. Delicia de película. Bien por el amigo Alderete y sus coequipers Manuela Martelli y Mónica Delgado.

El caballo del comisario en la competencia internacional era Kaili blues, del chino Bi Gan, que tiene el plano secuencia más largo (y menos justificado) de los últimos tiempos: dura como veinticinco minutos. Muy derivativa de las primeras películas de Jia Zhanke o de Hou Hsiao-hsien no tiene la furia del primero ni ternura del segundo. Es más bien una versión pasteurizada, cómoda, de las tristezas chinas contemporáneas al servicio del lucimiento del camarógrafo. Pero no deja de ser bonita.

13. Flavia tenía como compañero de jurado a Inti Briones, conocido director de fotografía chileno. Flavia quería comprarse una cámara GoPro para filmar su próxima película, que no logré entender de qué va exactamente. Y lo acosaba a Inti con preguntas, a las que este respondía con absoluta paciencia. Es un tipo muy agradable Inti. También Flavia acosó a Jorge Aguilar, fotógrafo que colaboró en El rastreador de estatuas, otro sabio.

14. Vuelvo a Santiago, aunque esto ocurrió antes de viajar a Valdivia. Nos reunimos un domingo a la tarde con Matías Rivas, el director de la editorial de la Universidad Diego Portales. Nos regaló unos cuantos libros y Gonzalo Maza colaboró con la entrega de otros a posteriori. Gracias a ambos. Tuvimos una charla muy interesante con Rivas en el Tavelli de Providencia. Nos contó su teoría sobre la literatura chilena actual, según la cual después de la generación de los veteranos (Germán Marín es el más notorio en actividad) vienen otras dos. La de él, que es también la de Gumucio, Fuguet o Mellado y la más joven, que es la de Zambra o Bisama. El apuesta más por sus contemporáneos y los describe como hard e individuales, mientras que los otros serían más bien soft y gregarios, ligados a los festivales de literatura y al mundillo social de escritores y críticos latinoamericanos, que no buscaban lectores fuera de allí.

15. Como caso testigo de un debate que no sé si se ha hecho explícito en Chile, se podría tomar Colección particular de Gonzalo Eltesch, una primera novela sobre el pasado familiar del autor. Es un libro pequeño, compuesto de episodios de menos de una página, fino en varios sentidos, advertido de los recursos convenientes para hacer moderna una novela. Bisama lo había elogiado calurosamente, al igual que Gonzalo Maza. Rivas no estaba muy de acuerdo. Me pareció bien escrito, pero lo había olvidado completamente de él cuando me puse a escribir esta tarde.

Fotos: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “Diario intermitente (40)”

  1. Yupi Says:

    No, el kirchnerismo no puede seguir aunque saque más votos. Cayó el telón. La vieja actriz está despidiéndose ante niños en el patio del bunker. El triunfo de Vidal es la prueba. Sólo falta el apoyo de Massa, que oscila entre el caracoleo semántico y el berretín emboscado de liderar al peronismo. Feliz viernes.
    http://www.youtube.com/watch?v=DwA9B2MUudo

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