Tampoco el silencio es inocente

Carta bastante abierta a los amigos incitándolos a decir lo que piensan

por Pablo Anadón

¿Callaremos ahora, para llorar después?

Rubén Darío

Me doy cuenta de que, entre las mayores razones de mi desánimo en este tiempo, no está, como podría pensarse si se leen mis artículos sobre política, que haya intelectuales, incluso amigos y colegas, que se dejen engañar por este gobierno, aunque me preocupe que personas inteligentes puedan comulgar con las arduas laminillas que se ofrendan periódicamente por Cadena Nacional y se olviden de la multitud de manos tendidas entre las que tienen que pasar a la salida de ese templo laico. Me preocupa, claro, no porque podamos disentir sobre las bondades de un gobierno entre otros, sino por la idea de país que está detrás de este gobierno, una idea cuya tradición de pensamiento y de práctica política me parece que ha sido particularmente nefasta en la Argentina, desde sus lejanos orígenes en el siglo XIX: quien relea “El matadero” de Esteban Echeverría no sólo podrá encontrar notables semejanzas con el peronismo “histórico”, sino también con ciertos usos y costumbres del neoperonismo kirchnerista (no olvidemos que su fundador, Néstor Kirchner, definió al Restaurador Juan Manuel de Rosas, en diálogo con José Pablo Feinmann, “el primero que le metió el dedo en el culo al poder”).

Valdivia

Pero no: si bien me apesadumbra ―y francamente me intriga― advertir la adhesión a este régimen de personas lúcidas, creo me desanima aún más comprobar que otras muchas personas igualmente lúcidas, incluso amigos y colegas ―que sé que no logran nutrirse con aquellas hostias ni con otros batracios de distribución gubernamental gratuita―, no se atreven a manifestar eso que verdaderamente piensan, y me pregunto una y otra vez por qué no lo hacen. ¿Desprecio general por la política? ¿Temor de expresar un pensamiento minoritario? ¿Recuerdo de otros tiempos de persecuciones? ¿Cautela por los perjuicios que puede ocasionar tomar partido? ¿Precaución táctica para preservar lo que consideran más valioso en su vida, por ejemplo, la propia obra literaria? ¿Voluntad de cultivar el propio jardín y quitar de su vista la maleza circundante?

Todo esto es posible, y en algunos casos quizás lo sea, y quizás puedan juzgarse sabias o prudentes determinaciones. De cualquier modo, entiendo que no es un buen signo de la cultura de un país, ni un buen signo de la libertad personal y colectiva de pensamiento, que las personas cuya labor las lleva a trabajar cotidianamente con las ideas, con las percepciones y los sentimientos, con las palabras, en fin, se sientan intimidadas para dar con franqueza, con la necesaria responsabilidad intelectual, el necesario cuidado y la inevitable relatividad de juicio, pero sin prevención ni cálculo de daños o beneficios, su opinión sobre la vida del propio pueblo. Pienso en que la vida de mis hijos está incluida también en el destino de ese pueblo, y todo me resulta más extraño, más incomprensible.

¿Acaso quienes adhieren al partido que ya lleva más de una década en el gobierno se privan de opinar? No, evidentemente no: con el fervor de quien se siente en lo cierto, de haber tomado el tren correcto en la correcta estación de la historia, los hemos escuchado durante todo este tiempo declarar sin ambages su pensamiento favorable al gobierno. Sólo recientemente llamaron la atención las declaraciones de Horacio González, Director de la Biblioteca Nacional y una de las figuras con mayor presencia pública de la agrupación de intelectuales kirchneristas “Carta Abierta”, en las que manifestaba, para asombro de muchos, “haber trabajado siempre al filo de la disidencia”, y llamaron la atención precisamente porque contrastaban con muchas otras declaraciones de ostensible apoyo a la gestión del gobierno nacional. El mismo hecho de la existencia de un grupo de intelectuales reunidos para prestar su razonada adhesión al kirchnerismo (los razonamientos, con todos los matices que se quiera ver, concluían siempre en textos de manifiesta adhesión al régimen), nos muestra que el imperativo de la unidad y la organización, también en el ámbito cultural, ha funcionado aceitadamente en estos años. De hecho, el diálogo entre Feinmann y Néstor Kirchner mencionado precedentemente, que dio lugar a la publicación del libro El Flaco del primero, se originó en el pedido del mandatario de que el mediático pensador organizara un equipo intelectual próximo al Poder Ejecutivo.

Ahora bien, no es mi intención con estas líneas llamar a la formación de un equipo semejante en la oposición, prueba que, por otro lado, se ha hecho, sin demasiada fortuna. Descreo de estas conformaciones, que contradicen, a mi juicio, la diversidad e independencia de criterio que debería regir el pensamiento de los intelectuales. Mi llamamiento está dirigido, en cambio, a tantos que, por una u otra razón, callan lo que piensan. ¿Qué esperan, me pregunto, para decirlo? ¿Qué caiga, si es que cae, el régimen, para enorgullecerse de haber trabajado siempre, silenciosamente, en la disidencia? No hay sobre nosotros el poder de un Zar, ni un Estado fascista ni comunista; tampoco pesa sobre nosotros el peligro de una Inquisición, ni de una “fatwa” islámica. Los riesgos son los de la marginación, es cierto, pero su mutismo colabora con el aislamiento de los que se atreven a objetar los males y desmanes de esta administración. Son los riesgos inevitables de la libertad. Entonces, ¿por qué, por qué tanta cautela? Tampoco el silencio es inocente. ¿Callaremos ahora, para llorar después?

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “Tampoco el silencio es inocente”

  1. Yupi Says:

    ¿A qué hora? En los países latinoamericanos, sin gran tradición en nada, lo que se piensa es tan volátil como el viento del desierto (“nuestro más pingüe patrimonio”, definió Echeverría en La cautiva). Tiene que llover mucho todavía, me parece. Doscientos o trescientos años.

  2. NP Says:

    Lo curioso no es que Anadón piense (que dice algo novedoso cuando hace de “El matadero” una fiesta del monstruo), sino que asuma que todos deben pensar como él, y por tanto firmar su carta semiabierta como si fuera una solicitada tardía.

    Pero lo más curioso es que lo haga diciendo: “No hay sobre nosotros el poder de un Zar, ni un Estado fascista ni comunista; tampoco pesa sobre nosotros el peligro de una Inquisición, ni de una ‘fatwa’ islámica”. ¿Entonces sobre qué hay que manifestarse?

    Por lo demás, hay mucha gente diciendo lo que piensa, desde mucho antes del kirchnerismo. Y los que se callan no son más que los que callaban en los ’90. Incluso (pero esta vez nada curiosamente) muchos son los mismos, que parecen descubrir recién ahora que el silencio no es inocente…

    Por suerte Macri siempre dijo lo que pensaba… Lástima que ahora no lo haga.

  3. Hugo Abbati Says:

    … y entonces Nisman se encuentra en un improbable cielo con el Nestornauta que le cuenta lo de Rosas y el dedo en el culo, y Nisman, ya en animado diálogo, le cuenta lo de la bala en la cabeza. Ya en la tierra, Carta Abierta explica todo, todo, todo.
    Admirable el optimismo de Yupi.

  4. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    No existen poderes totalitarios en nuestra sociedad, pero si existe la tentación totalitaria. Si esa tentación no ha llegado a concretarse, lo ha sido debido a que la sociedad supo movilizarse en su momento. Ese peligro se mantiene vigente. Scioli, a quien los cristinistas consideran con desprecio que puede convertirse en “el Alvear” de Cristina, en realidad si uno deja de lado su aparente bonhomía, y observa en profundidad su gobierno, especialmente en lo que hace a la seguridad, el control de la justicia, las libertades del narcotráfico, la decadencia educativa, y el horror del manejo económico, entre otras cosas, más bien puede llegar a ser el “Maduro” de Cristina.

  5. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    Algunos que no guardaron silencio en su momento, veremos como se las arregla el domingo H.V. con la noticia de que el “Himmler” de Sicioli será ministro nacional, cuanto antes decían que:
    “—Los lectores de PERFIL se enteran porque permanentemente están levantando mis notas. Puedo hacer una síntesis. Lo que cuestiono es la delegación de responsabilidad del Gobierno en la seguridad en manos de la propia agencia policial. Es lo que hace el gobierno de Scioli en la provincia de Buenos Aires con la designación de Ricardo Casal como ministro de Justicia y Seguridad. Es la primera vez, desde el regreso a la democracia, que un Ministerio de Justicia y Seguridad está en manos de un agente penitenciario formado en los primeros años de la dictadura. El alcaide mayor Ricardo Casal se formó en el Servicio Penitenciario de la dictadura en los peores años, trabajando junto con oficiales que han sido denunciados e incluso condenados por violaciones a los derechos humanos. Y la política de delegación que hace me parece que no garantiza la seguridad, lo que garantiza es la impunidad, garantiza los negocios, la promiscuidad entre lo que es el problema y lo que debería ser la solución. Y si no tenés un instrumento, una fuerza de seguridad confiable, limpia, y que no tenga capacidad de extorsión sobre el poder político, no podés verdaderamente enfrentar el problema de seguridad que hay en la Argentina. Los golpes que la policía pegó en la Legislatura el día de la reasunción de Scioli fueron por una orden impartida por el Gobierno de la provincia a través del ministro Casal para que no se permitiera el acceso a los palcos a nadie que no tuviera la camiseta naranja que identifica a Scioli. Y el serio problema en el que está el Gobierno en este momento es que, una vez que se produjo la represión, y que estaban los militantes…
    —En la escalera, tratando de entrar…
    —… con la cabeza partida y sangrando, cuando el vicegobernador, Gabriel Mariotto, le informa al gobernador lo ocurrido y le dice que hay que separar de sus funciones a los policías que han hecho eso, Scioli dice: “Sí, por supuesto”. Y cuando llega el momento de concretarlo, los policías dicen: “Pero si ellos nos dieron la orden”. Lo dice el jefe de la rebelión: “Nos castigan por trabajar de acuerdo a las órdenes que recibimos”. Y este es el nudo del cual no saben cómo salir, porque esto pone en evidencia los pactos que nosotros venimos denunciando hace mucho tiempo. Esa delegación de atribuciones a la policía es un pacto de contraprestaciones recíprocas.
    http://www.perfil.com/ediciones/2011/12/edicion_637/contenidos/noticia_0062.html

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