Diario intermitente (38)

por Quintín

28 de septiembre

No escribo en el diario desde hace dos semanas. Es que estoy muy angustiado en estos días. Un asunto me preocupa en especial. Desde hace diez años publico una columna los domingos en el suplemento cultural de Perfil. La entrego el martes alrededor del mediodía. Pero desde que la termino, empiezo a pensar en la columna de la semana siguiente. Por eso, en parte, se me complica el diario: cuando compro, recibo o leo un libro y estoy por hablar de él aquí, pienso que tal vez pueda servir para la columna y empiezo a acumular mentalmente temas posibles, lo que conspira contra la espontaneidad que es lo que me gusta de estas páginas. No sé cómo hacen otros periodistas, pero a mí me afecta más allá de lo razonable.

Otra cosa que me perturba es la cantidad de libros que tengo para leer. Estoy como el burro con los fardos de pasto, que se muere antes de poder decidir el que elige. Ayer encontré un pasaje que habla de la neurosis de querer leerlo todo:

Yo no era, en absoluto, un hombre de la academia y no quería serlo. Sencillamente, quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo.

La cita es de Thomas Wolfe, de Una puerta que nunca encontré. Había comprado hace un tiempo cuatro libritos de Wolfe editados por Periférica. El primero que leí fue Especulación, que me impresionó mucho, y ahora este, que publicó en una revista y luego pasó a formar parte de su larga novela Del tiempo y el río (de esto último me vengo a enterar por la Wikipedia). La cuestión es que tengo sobre el escritorio los cinco libros porque los amontoné a partir del propósito de leerlos todos. El niño perdido y Hermana muerte se despachan en un rato, pero el novelón es un asunto distinto. En la edición de Montesinos de 1996 son setecientas páginas en letra minúscula, de esos libros que ahora se hacen poco, incómodos de manipular, cuerpo chico, poco espacio en los márgenes. Está más bien para leerla en el kindle.

Wolfe es un escritor bastante olvidado, políticamente incorrecto, demasiado personal. Volví a él de un modo curioso. El otro día estaba en Eterna Cadencia y vi que Pablo Braun tenía en sus manos Mundo soplado por el viento, es decir, los Diarios de Jack Kerouac (1947-1954) que acababan de llegar a la librería. No resistí la tentación de comprarlos. La introducción es de un tal Douglas Brinkley, quien fue el editor del original en 2004 (Kerouac murió en 1969, a los 47 años). Cuenta Brinkley que cuando apareció la primera novela de Kerouac, The Town and the City, los críticos lo consideraron un continuador, seguidor o imitador de Wolfe, que casi fue su contemporáneo: nació en 1900 y murió en 1938 después de escribir sin parar. Efectivamente, hay algo en Wolfe que está en el corazón de la escritura de Kerouac: el vagabundeo, la libertad, el sentimiento cósmico, y también la prosa lírica, melodiosa y agreste. Así que me hice el propósito de leer a Wolfe y también a Kerouac, de modo que acumulé sobre el escritorio los libros que tenía de uno y otro. Los de Kerouac forman una respetable pila de trece volúmenes. Me di cuenta de que me falta el esencial Los vagabundos del Dharma, pero lo tengo en el kindle.

De paso, los diarios de Kerouac son una publicación de Editores Argentinos, que están ligados a una banda que incluye a Milita Molina, Luis Thonis, Mariano Dupont y a Esteban Bertola, cuyo referente internacional es el francés Henri Meschonic y cuyo gurú local (aunque creo que vive en España) es Hugo Savino. Kerouac es uno de los escritores dilectos del grupo (junto con Lamborghini, Tsvietaieva, Néstor Sánchez, Zelarayán…). En Salto de mata, la colección de ensayos de Savino, hay un capítulo sobre Kerouac donde dice cosas como esta:

A los rentistas del pensamiento, que ven todo en términos de filosofemas, ni se les ocurre pensar que un poeta es una voz propia e inalterable, estaban seguros de haber terminado con Jack Kerouac, tienen canon, estudios de género, flujos, y hasta tienen un príncipe de los poetas, todo parecía resuelto, sobre todo resuelto, ya se sabía cómo escribir una novela, una story, un poema en el antilirismo programado, cosas al alcance de cualquiera, buenos hijos, madres delicadísimas, novelistas en sus horas perdidas, pequeños rimbauds enrulados, ridícula y absolutamente modernos, gente que cree que le gusta la literatura pero en realidad le gusta otra cosa, viejas teorizaciones que se aplican a todos los libros, y que dan siempre la misma lectura, eternas, aburridas, gastadas, antiguallas teóricas al otro día de nacer, sobrecogedoras de ínfulas, funestas, disparatadas, no, no les gusta la literatura, y si no les gusta leer no les gusta la literatura, y si no inventan cada vez la lectura no les gusta la literatura, les gusta esa otra cosa, o las ideas generales, y ahí siguen, en ese chapoteo. No se quieren rescatar. Y entonces, a Kerouac se lo dejaron a los lectores. Bendición para los animales de lectura. Para los que no se someten a la Autoridad.

Es peleador el taita Savino, me hace acordar al estilo que Rodrigo Tarruella (o Angel Faretta antes de volverse sabio) practicaron en la crítica cinematográfica. Hay algo en el modo de elegir escritores marginales (aunque fueran famosos), de despreciar la academia, que recuerda los gestos de la cinefilia destinados a refundar la crítica contra un el sistema perverso imperante. Es lógico pensar que los amigos de Savino no estén en el corazón del FILBA, que este año tuvo para mi gusto un perfil demasiado mainstream, demasiado cholulo, demasiado escuelita con sus talleres y sus performances.

EleoyGabriela

Eleonora Diament y Gabriela Cabezón Cámara

Pero yo tuve mis propios momentos cholulos en el Filba. No en el Filba exactamente, porque no concurrí a ninguno de los eventos, pero sí a Eterna Cadencia donde está, por así decirlo, la sede central durante el martes y el miércoles pasados. Así fue como el miércoles me crucé con Luis Chaves, el costarricense que escribió Salvapantallas, novela de la que me ocupé en la última columna de Perfil. Es un tipo agradable, con el que estuve conversando un rato sobre la hueco que aparece en el libro entre su época de joven drogón y la de adulto (más o menos) respetable y padre de familia. También es agradable Gabriela Cabezón Cámara, con la que también me crucé brevemente y a quien tampoco conocía. Mientras hablaba con Chaves apareció Julieta Mortati, de la editorial Tenemos las máquinas, quien me regaló el último número de Las naves, una muy buena revista anual de cine bilingüe y No exactamente, un libro de Alejandro Caravario. Quedó en acercarme otro, Algo que nunca conté a nadie, de Damián Tulio, que Chaves elogió entusiastamente. En realidad, le había comprado dos libros de la editorial al amigo Fernando de Librosref, los de Martín Wilson y Pablo Otonello, que se acumularon en otra de las pilas de libros para leer, la de nuevos escritores argentinos, que la tengo bastante descuidada.

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Pablo Braun y Luis Chaves

Después tomé un café con Iosi Havilio, que estaba preocupado por su carrera de escritor. No preocupado por tener éxito, sino porque advirtió de pronto que con un modesto reconocimiento como el que tiene, las reglas del mundo literario y editorial lo conducen a una especie de callejón sin otra salida que producir lo que se espera de él. Ya sea que lo haga o que se rebele, el destino más probable es el de no ser leído sino catalogado a partir del segundo o tercer libro. Algo así, le dije a Havilio, le pasa a mi amigo Daniel Guebel, quien me parece que está alcanzando un momento de gracia como escritor, pero nadie (salvo una exégeta que se ha conseguido en Mar del Plata) se toma el trabajo de leerlo con ojos frescos.

Havilio

Iosi Havilio

Al otro día, fui de nuevo a la librería con Flavia para almorzar con nuestro querido amigo estalinista Constantino Bértolo, con el que pasamos un rato encantador, durante el que coincidimos en unas cuántas cosas (por ejemplo, ninguno de los dos entiende qué le ven al portugués Gonçalo M. Tavares, ídolo literario que ya lleva treinta libros publicado, sin que ninguno nos haya hecho mella). Con Bertolo coincidimos también en que es más fácil un diálogo entre un anticomunista furioso como yo y un estalinista como él que con un interlocutor meramente progresista. La charla nos hizo acordar al encuentro entre Smiley y Karla, en una prisión en Nueva Delhi. Pero lo queremos mucho a Bértolo, que nos contó su salida de Random House cuando llegó Penguin (ya con Random la cosa se había vuelto difícil) y su lugar como editor independiente en Caballo de Troya dejó de tener sentido para la corporación (y para él).

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Constantino Bértolo y Q

Antes de irnos de la librería a festejar con Flavia su cumpleaños a la casa de té galés que queda en la calle Humboldt y que se llama Ceffyl (casi como el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras), conocí en el mostrador a otro invitado al Filba, el colombiano Andrés Burgos, autor de Manual de pelea, otro libro que compré hace un par de meses y no leí. Le pregunté de qué iba la novela y dijo que era la historia de un colegio de la alta burguesía en Medellín al que un día empezaron a llegar alumnos que eran hijos de los capos del narcotráfico. Le pregunté si él había ido al colegio y contestó que sí, y le pregunté si era hijo de unos o de los otros y dijo que de los primeros. Luego Burgos, un tipo muy simpático, se puso a hablar con nuestro amigo Esteban el librero de una telenovela sobre los narcos (no la americana sino la colombiana) y coincidieron en que es buenísima.

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Andrés Burgos

FyQcumple

F y Q en la casa de té galesa

En el libro de Hugo Savino que mencioné arriba, hay un capítulo dedicado a Aníbal Troilo y otro al cantante Raúl Berón, que tiene un prestigio enorme entre los paquetes de espíritu (Fererico Monejau y su hijo Eugenio, por ejemplo). Tal vez por eso me negué siempre a escucharlo. Pero me puse mientras escribía el diario y resultó bueno el tipo. No me da el oído ni los conocimientos como para saber si Berón es el mejor de todos (si es mejor que Floreal Ruiz, que Fiorentino, que Angel Vargas, cuyo estilo es similar o así me parece). Pero es posible.

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8 comentarios to “Diario intermitente (38)”

  1. Yupi Says:

    Era excelente Berón. Con una voz natural más bien dulce tuvo que lidiar con letras terriblemente sentimentales, y salió adelante. Acá un hermoso valsecito. Aprendan a llevar el compás, otarios.
    http://www.youtube.com/watch?v=lWcYIn5YNLM

  2. Pedro Says:

    El Berón de Caló y Demare es peor que el Berón de Troilo, pero el Fiorentino de Troilo es mejor que cualquiera de los Berón. O sea, Fiorentino es el más grande de todos.

  3. Yupi Says:

    Son bravos los muchachos. Me anticipo a la aparición de un admirador de Angelito Vargas. No quisiera repetir / lo que anoche te conté… Está bien eso. Generaciones de oyentes se preguntaron qué le contó.
    http://www.youtube.com/watch?v=j-inYWjc_v0

  4. María del Carmen Reiriz Says:

    Quintin cuidado porque la angustia de querer leerlo todo puede llevarte a no leer, o a leer pensando en lo que no lees por leer. Me paso y me costo superarlo. En cuanto a Thomas Wolfe, te confieso que me atrae, tiene momentos de poesía intensa y páginas que parecen poemas de Whitman. Hay una edición muy buena en dos tomos manejables que publico Emece en 1948 y que se consigue en mercado libre. La hizo publicar Mallea, que lo amaba extrañamente. Pero el libro es muy desparejo. Te diría que lo sobran 200 páginas. Era un personaje. Yo leí una biografía de el. Era grafomano y no corregía nada. Media más de 2 metros y la leyenda dice que escribía de pie y usaba como escritorio la heladera. Toda la generación beat lo amaba y Allen Ginsberg hablaba del dios Wolfe. Murio tuberculoso a los 38 años y Faulkner que no tenía la alabanza fácil dijo que era “el mejor”. Sabes de quien era el libro de cabecera. De Sergio Renan. Lo dijo en una encuesta del diario La nación. Saludos

  5. Yupi Says:

    Anoche leía la correspondencia de Paul Bowles, y a un aprendiz de escritor que le decía que buscaba inspiración y métodos en Bukowski, Kerouac y Ginsberg, le respondió: “¿No probó con Borges?”. Me imagino el desconcierto de ese muchacho. Bowles recomendó a una editorial norteamericana El Jardín de senderos que se bifurcan en los años 40, apenas aparecido, y se ofreció a traducirlo. También La Invención de Morel. ¿No probó con Borges? Qué preguntita, para el panteón.

  6. burzaco Says:

    la rapidez de la respuesta lo delata !!

  7. Vinicius Sanfelice Says:

    Un libro interesante es la biografía de Max Perkins (“Un editor de genio”, en Brasil); gran parte della es sobre su relación con Wolfe, el difícil proceso de edición. Perkins sugirió enormes recortes, Wolfe agregó segmentos. Pero confiaba en el editor profundamente. El libro es interesante, ya que cubre el intercambio de cartas del editor con Hemingway (que introdujo Wolfe a Perkins) y Fitzgerald. También existe la sugerencia – del autor Scott Berg – que Perkins sería no sólo han influido, pero participó en la creación de libros.

    Ps: desculpe pelo portunhol

  8. pablonardi Says:

    Qué bajón lo de Havilio, nunca me había puesto a pensar que podía pasar eso. Menos mal que tengo veinte años y nadie espera nada de mí, puedo escribir cualquier porquería en cualquier momento y a nadie le importa. (Eso sí, bien que me gustaría escribir como Havilio.)

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