Diario intermitente (36)

por Quintín

9 y 10 de septiembre

Estuve viendo fútbol internacional en estos días. Terminé con el amistoso entre Argentina y México, que se jugó en un estadio que costó mil millones de dólares pero presentó una cancha en pésimo estado. Tanto que me pregunto por qué la AFA acepta jugar en condiciones que además de producir un partido anormal, con la pelota incontrolable por los piques, es muy propicio para lesionar a sus jugadores. Un detalle menor es que los terribles contragolpes de México nacían en alguna pelota perdida porque se hacía incontrolable (aunque el comentario unánime, de nuevo, es que la defensa argentina jugó muy mal).

lamer

Antes miré varios partidos de las eliminatorias para la Euro Copa 2016, que se jugará en Francia. Me impresionó profundamente Alemania, al que vi ganarle a Escocia 3-2 de visitante. El equipo no está en el nivel del mundial 2014. Se retiró Lam, Neuer permite goles que no le hubieran hecho entonces. Schweinsteiger y Kroos jugaron como volantes de contención y no tuvieron una sola aparición ofensiva ni una jugada creativa entre los dos. Pero en un partido excitante, en el que Escocia empató dos veces y pudo ganar, hubo momentos de un brillo deslumbrante de los alemanes, que fueron siempre al ataque y tocaron colectivamente la pelota con una maestría que hoy no tiene equivalente. No había visto jugar muchas veces a Hummels, que me pareció el defensor con más técnica en el mundo y tampoco a Gundogan, un hijo de turcos con una versatilidad enorme y una capacidad para crear a alta velocidad que no sé si tiene mucha competencia fuera de Messi, Neymar y un par de elegidos más.

Después de ver a Inglaterra (donde Ronney se convirtió en su mayor goleador histórico, de lo que me alegro porque es un jugador inteligente y generoso) y Turquía en un nivel discreto, a España jugar espantosamente, a Italia volver a sus peores épocas de amarretismo, a Holanda dar lástima y a las cenicientas Islandia (ya clasificado), Gales (a punto de hacerlo) e Irlanda del Norte (con muchas posibilidades), me empecé a preguntar por qué los alemanes están hoy tan arriba. Su liga es extraordinaria (se juega mejor, con más lealtad e intención ofensiva que en la Premier con jugadores menos caros), los estadios están siempre llenos, la selección gana y gusta y, sobre todo, produce jugadores de una asombrosa calidad, que no llegan a ser las más grandes figuras mundiales, pero están en un nivel general sobresaliente. Mientras veía el ballet alemán me preguntaba por qué no salen esa clase de jugadores en la mayoría de los países y por qué los seleccionados nacionales siguen jugando tan mal, son tan estáticos, tan rígidos y los jugadores no saben asociarse. Veía por ejemplo a Hungría, un país con larga tradición futbolística que alguna vez fue sinónimo de habilidad individual y buen trato de la pelota, presentar un equipo de torpes que parecían elegidos por el físico y me preguntaba qué diablos pasa con el fútbol en esos países donde nunca sale un crack y carecen de confianza en sí mismos, y por qué Alemania logra lo contrario. No sé la respuesta. No entiendo por qué, además, la Argentina produce delanteros con tanta técnica, defensores tan faltos de ella y volantes incompletos, mientras que hay alemanes jugando bien en todos los puestos, como si la posición fuera un tema secundario. También me pregunto si no habré entrado en un delirio futbolístico.

Leo a Proust algunas noches. Avanzo muy despacio en El mundo de Guermantes, pero cada vez que lo abro (en el kindle) me sorprendo. Es difícil pensar sobre algo que ha sido tan pensado como La recherche. Lo que se pensó de Proust está de algún modo en el aire, incluso ha trascendido a través del silencio: si uno no ha escuchado ciertas cosas del libro es porque nunca se dijeron o ya no se dicen. Lo que aparece cada tanto es un exabrupto: el otro día leí que Evelyn Waugh declaraba que Proust debía ser un débil mental para escribir así. Y Cormac McCarthy, que dice que Proust no tiene el menor interés para él (eso me hizo perder todo el interés en Cormac McCarthy). De todos modos, cada vez que abro el libro me encuentro con uno distinto, inesperado, listo para ser descubierto por un lector tardío y poco informado. Creo que Calvino decía algo así de los clásicos, que siempre resultan distintos al que uno esperaba leer. Pero aquí la capacidad de renovación es prodigiosa.

En este tercer tomo, El mundo de Guermantes, el narrador viaja a visitar a su amigo aristócrata Robert de Saint-Loup, que está en Doncières con su guarnición porque es militar. Se queda una temporada en el pueblo y comparte la vida cotidiana con Saint-Loup y sus camaradas de armas. No me imagino cómo se leían entonces las connotaciones gay. Saint-Loup arropa al débil y enfermo Marcel cuando este tiene angustia nocturna como solía hacer la madre. Incluso pide permiso a sus superiores para que duerma en su habitación la noche de su llegada y le dice todo el tiempo que su compañía es maravillosa. También se cuenta cómo Saint-Loup tiene celos de otros militares que conversan con Marcel (llamemos Marcel al narrador, un abuso que cometen los sitios en inglés). Decía que no sé cómo entenderían los lectores de la época este escenario de apenas velada homosexualidad, apenas disimulada por las interminables páginas previas en las que Marcel describe su amor por la prima de Saint-Loup, la duquesa de Guermantes, infatuación que parece tener mucho más que ver con el esnobismo que con el atractivo sexual. Incluso, esa voz subterránea y esporádica que suele cuestionar al narrador, aparece en un momento para sugerir que la duquesa bien puede ser un bagayo. Por momentos, Proust hace creer que fue a Doncières para conseguir que Saint-Loup le presente a la duquesa, a la que durante días acechó en la calle mediante calculadas maniobras solo para hacerse notar, pero sin atreverse a saludarla. La relación triangular, por así decirlo entre Marcel, Saint-Loup y la duquesa es un tratado de histeria, pero nunca se sabe si Proust es o se hace.

Esta dualidad aparece en cualquier nivel de la novela. De pronto, irrumpe el caso Dreyfus. Es de suponer que los militares no lo quieren mucho, pero Saint-Loup y un par de sus amigos son dreyfusards. ¿Pero dónde está Proust? Su descripción de Saint-Loup y sus ideas parecen una burla al estereotipo del progresista de esa época, que acusa a los demás de retrógrados y clericales. Marcel parece disfrutar más de una conversación sobre historia y estrategia militar, porque le muestran como “lo general aparece detrás de lo particular”, operación que parece regir su pensamiento, más que de disputar ideológicamente sobre un tema tan en boga. ¿Pero le daba Proust importancia a lo general, cuando su obra es el monumento a lo particular? De todos modos, la discusión sobre las campañas militares resulta tan fascinante como las que en el tomo anterior le dedicara a la pintura. Bien podría ponerse a hablar de fútbol con la misma intensidad. Dicen que Proust es aburrido, pero ese es solo otro aspecto extraordinario del libro, porque no se puede menos que pensar que es aburrido a sabiendas, como parte de la diversión. Hay un truco en Proust que es maravilloso y va en contra de lo que hacen sus colegas: mientras Dickens o Hemingway toman precauciones permanentes contra el aburrimiento de quien lee, Proust se instala en una situación dada (los celos de Swan, las maniobras para cruzarse con Gilberta en Balbec) y le da vueltas y vueltas, cuenta cada nueva alternativa hasta que el lector le ruega mentalmente que pare. Pero no para. Solo cuando uno se ha resignado a que vienen cien páginas más de lo mismo, cambia de tema sin aviso y con absoluta brusquedad y se olvida de la obsesión que vino describiendo como si no hubiera exisitido.

Todo es un poco oscuro y misterioso en el libro, sobre todo las intenciones del autor. Por ejemplo, entre los camaradas de Saint-Loup hay uno que le cae bien a Marcel. La simpatía es mutua, y Saint-Loup se pone celoso. Pero el personaje (al menos en lo que leí hasta ahora) no tiene nombre aunque su peso en esas páginas merecería que se lo bautice. Pero ¿por qué Proust no le otorga un apellido, aunque sea un nombre de pila? ¿Lo hará más adelante? Por ahora, solo lo nombra como “el amigo de Saint-Loup”, como si se negara a develar cómo se llama.

Tengo una relación contenciosa con la editorial Caja Negra. Es una de las mejores del país y su catálogo es de primera categoría. En particular, algunas joyas escritas por cineastas (el diario de Mekas, el poema de Histoire(s) du cinéma de Godard), pero también maravillas de Céline, de Burroughs, de Kerouac, entre tantas cosas. Uno de sus autores más vendidos es Simon Reynolds, con sus didácticos ensayos sobre historia del rock. Un día les pedí uno de sus libros y me dijeron que tenían prioridad los periodistas musicales. Me enojé. Después nos amigamos de nuevo, pero no logro salir de la lista “mandar solo los libros de cine”. Me encontré con uno de los responsables de Caja Negra en la Feria del Libro y tuvimos una amable charla. Le dije que no tenía muchas ganas de recibir su próximo lanzamiento relacionado con el cine, que se anunciaba como el libro de cuentos de Ed Wood y que prefería otro título que ahora no recuerdo. No hubo caso. Hace dos días me llegó el libro de Ed Wood, que se llama La sangre se esparce rápidamente.

Maldije a Caja Negra y a todos sus antepasados. Pero el libro estaba ahí y tenía una tapa muy simpática. Así que me lo llevé al café. Primero leí la introducción (¿alguien sabe la diferencia entre introducción, prólogo y prefacio?) de Bob Blackburn, un buen repaso sobre el personaje. Ed Wood (1924-1978) fue un personaje único. Hacía películas con los pies, pero llenas de entusiasmo y un indefinible encanto, probablemente derivado de su libertad demente. Wood vivió con grandes penurias y murió pobre y alcohólico. En la posteridad tuvo mejor suerte a partir de a alguien se le ocurrió elegir Plan 9 del espacio exterior como la peor película de todos los tiempos. De allí al estatus de director de culto transcurrió poco tiempo. Lo ayudaron sus curiosas costumbres, como la de vestirse de mujer con ropas de angora (así dirigía en el set), lo que le aseguró el interés de libertarios sexuales y académicos, a tal punto de que algunos sostienen que sus películas con Bela Lugosi arruinado por la heroína y con un montaje disparatado no eran tan malas. Vi alguna pero no las recuerdo, aunque es imposible no sentir simpatía por el personaje.

El libro lleva como subtítulo Relatos pulp y eso es lo que son, pequeñas piezas escritas a toda velocidad para ganar un peso y rellenar revistas eróticas. Leí los tres primeros cuentos, que son historias de horror naturalistas: un capellán del ejercito al que se le derrite la cabeza en Vietnam, un hombre que denuncia a otro por la muerte de su hermana melliza pero resulta ser su amante y su asesino, dos obreros borrachos que en medio de una curda imaginan asesinar a todas las putas del pueblo para matar el tedio del sábado. Tal vez los cuentos sean mejores que las películas: veloces, descuidados, efectivos, con un saludable desparpajo que la literatura extraña y que no es tan fácil de lograr: ahora se ve seguido entre los escritores locales, pero se nota que es una literatura de ganadores. Así que gracias, Caja Negra.

Foto: Flavia de la Fuente

9 comentarios to “Diario intermitente (36)”

  1. Yupi Says:

    Judío, homosexual y enfermo. A Proust le tocaron todos los números para ser elusivo, y decidió serlo de modo sublime. Lo raro es que le salió bien. Montesquiou (Grotesquiou según los amigos) se definía como el soberano de lo transitorio. La frase le calza como un guante al buen Marcel.

    ¡Qué disgusto la selección! Martino tiene que renovar el equipo, y no quiere o no puede hacerlo, el caso es que tiende a alargarse el calvario. Por lo menos jugó un rato con Kranevitter de cinco y Mascherano de central. Para rematarla el técnico de Los Pumas pondrá a Hernández de inside. ¿No debería jugar de apertura? No entiendo nada, si es que alguna vez entendí algo.

  2. jose Says:

    Estoy siguiendo el preolimpico de basket donde nuestro equipo muestra que, aún sin el brillo de otras épocas (jugadores), juega un basket moderno y con actitud de equipo que sabe lo que quiere. No se si en el futbol de selección de hoy se consiguen entrevistas y autocrítica como las de Scola y Hernandez. Ansioso espero el mundial de rugby, creo que nos pueden sorprender con Hernandez (Juan) de 10. Por el momento, de Proust solo puedo leer e ilustrarme con los comentarios de Quintín.

  3. La Novia de Troll Says:

    LEyendo a Q uno pensaría que el divino Marcel es la, y refutación del psicoanálisis y otras supercherías!!…pourquoi pas? :D

  4. Marcia C. Reiriz Says:

    Quintin: Comparto tu pasión por Proust!!! Por momentos su obra no me parece humana. En cuanto a Waugh, el reproche tiene algo de envidia y Mc Carthy sobreactua la rudeza. Sobre el affaire Dreyfus es interesante la biografia de Proust de Tadie que supera la de Painter que publico Alianza. El tema Dreyffus si que fue una “grieta”. Un abrazo

  5. Quielo Says:

    Hace un tiempo leí que en Europa muchos jugadores salen de escuelas y clubes, donde desde chiquitos los ponen a jugar en diferentes puestos, según sus características, mientras que en Latinoamerica gran parte de los jugadores sale de los potreros, donde todo el mundo quiere jugar de 10 o de delantero. Eso explicaría por qué en Europa hay jugadores más o menos buenos en todos los puestos mientras que en Argentina hay más mediocapistas y delanteros. No sé si será cierto, pero me pareció atendible.

  6. Yupi Says:

    Tremendo triunfo en el preolímpico de la selección de basket, una verdadera máquina de dar alegría deportiva. Felicitaciones al oveja Hernández. A Campazzo, extraordinario en toda la cancha. A Scola y Nocioni que con 36 años aguantaron los cuarenta minutos adentro de una olla a presión. Y al resto de pibes, que pasaron con nota un partido durísimo. Salud.

  7. TuiterosCultura Says:

    Reblogueó esto en Toda la Culturay comentado:
    En este nuevo texto, Quintín deliciosamente reflexiona sobre el buen juego de la sellección alemana de fútbol; especula acerca de los subtextos gay de Proust y las reiteraciones de ”El mundo de Guermantes’ y comenta un libro de cuentos de Ed Wood, que sólo vivió 54 años y es, perversamente, considerado el peor cineasta de la historia.

  8. Johny Malone Says:

    Un par de libros trash del loco Ed, cuando aún todo estaba por hacerse:
    Triumph TNC 106 (1967).  Drag Trade by Schlock Meister Ed Wood
    ORGY-OF-DEAD-1966

  9. Johny Malone Says:

    Con éste, Wood casi que fundó el exploitation de los 70:
    Pendulum Pictorial Reader PP002 Paperback Original (1968).  By Schlock Movie King Ed Wood

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