Diario intermitente (35)

por Quintín

27 de agosto

Me levanté y después de caminar por la playa con Flavia y Solita hice algo que me gusta mucho: ir al café con una pila de libros y leerlos un poco en desorden. Hoy llevé los siguientes: Vidas epifánicas de Gustavo Alvarez Núñez (Mansalva); Hélice, de Gonzalo Castro (Entropía); Camanchaca de Diego Zúñiga (Mondadori); Glaxo de Hernán Ronzino (Eterna Cadencia), Una bofetada al gusto del público de Vladimir Maiakovski (Mono Azul); Las mujeres que amé de Daniel Guebel (Random House) y El sentido olvidado de Pablo Maurette (Mardulce).

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Eran siete libros, pero apenas abrí tres, los de Guebel, Maiakovski y Alvarez Núñez. Glaxo es un libro que me han recomendado mucho, es muy corto pero nunca me decido a leerlo porque al autor es kirchnerista. Debería moderar mis prejuicios porque además casi todos los escritores argentinos son kirchneristas. Pero tengo un dilema moral: es posible (tengo una vaga intuición al respecto) que el libro no me guste y, en ese caso, daría la impresión de que no me gusta por la ideología de su autor. Me vería inhibido de criticarlo y sentiría que tengo mala fe si lo hago.

A pesar de la amonestación de un lector, que dice que escucho todo mal, sigo con Bill Evans, en este caso con Tenderly: an informal session, grabado entre 1956 y 1957 con el vibrafonista Don Elliot. Se trata de poco más que un ensayo, pero a la muerte de Evans en 1980 se empezó a editar todo lo que registró en las circunstancias más variadas. Este salió en 2001. Si uno lee la reseña de Allmusic, se encuentra con la típica advertencia de que no es para los casual listeners sino para fanáticos y coleccionistas exhaustivos. Lo cual es una absoluta estupidez, porque a uno le puede gustar más escuchar a un músico en pantuflas en su casa, cuando está distendido y no cuando tiene que complacer a una audiencia. Esas críticas pensadas como guías de compra son completamente estúpidas si uno piensa además en programas como Spotify, que por una tarifa fija permiten acceder a un montón de discos.

Sin embargo, en estos días descubrí algo muy perverso en Spotify: muchos discos, entre ellos varios de Evans, vienen incompletos: les faltan un par de temas, lo que pone a un obsesivo como yo en una situación lamentable, que solo el maravilloso sitio ruso me permite evitar, aunque traer las canciones faltantes requiere una serie de pasos engorrosos, que no habría por qué dar si Spotify no hiciera esas chanchadas. Una cosa es pagar la tarifa mensual (que no es alta) y otra tener que pagar por escuchar la canción que falta porque arbitrariamente deciden no incluirla. Al final, más honestos son los piratas, cuya generosidad no termino de bendecir.

Guebel habla un poco de ese tema de la perfección y la informalidad en Las mujeres que amé, en un pasaje espléndido:

Esa idea —la de la calidad— se sostiene en el aprecio de los productos artesanales, anteriores a la época de la reproductibilidad mecánica, que permiten aplicarle criterios propios de tiempos feudales. El autor que aborda su obra bajo el estigma del control y la vigilancia (trabajar el material para mejorar el producto final), cree que así evita que cada página se le empioje de reiteraciones y cacofonías. Para evitar esos daños imaginarios, el escritor-artesano se convierte en sacerdote de una práctica que ubica su sacta sanctorum, el lugar del velo sagrado, en el ejercicio de las lentas meditaciones propias de toda corrección. ¡Pulir cada palabra! ¡Arte exquisito! Cada roce esmerilado, cada adjetivo burilado, cada matiz perdido en el sacrificio ante una redondez esquiva… Pero eso es un sofisma. No hay satisfacción ni es necesario que la haya. ¿Desde cuándo un autor escribe para darse el gusto, para encontrarse con su ideal, para enamorarse de sí mismo? Las palabras no son espejo. El escritor tiene que ser capaz de entregar libros que de ninguna manera se correspondan con sus preferencias literarias, libros incluso, y sobre todo, capaces de avergonzarlo.

Es puro Guebel (aunque en otra parte del libro diga que el estilo es un mito). Esa mezcla de profundidad y sofistería, de lo serio y lo cómico, de lo fino con lo chabacano (¿a quién se le puede ocurrir el uso de empiojar y Benjamin en el mismo párrafo?), de lo sobrio con lo exagerado. Guebel habla de escribir en estado de trance, una idea que suena como un redescubrimiento de la escritura automática, pero en realidad encubre así otro de sus alardes respecto de su facilidad de palabra, de su elocuencia con pocos rivales en la literatura en castellano. Alardes que compensa con la exhibición de sus pensamientos más impúdicos, con el relato de momentos bochornosos de su vida (uno de ellos ocupa algunas páginas del libro, cuando creyó que había ganado un concurso literario y al subir al escenario se dio cuenta de que el suyo no era el primer premio sino el segundo), con el coqueteo con el cinismo y la bronca contra un ambiente literario que no lo reconoce como se merece (tema recurrente en sus últimos libros). Pero cuando uno suspende la impaciencia con sus desvaríos y entra en sintonía con el texto, la prosa de Guebel proporciona enormes momentos de placer y hasta logra un efecto que describe con la metáfora de la máquina que lo tiene a él en una punta escribiendo sin parar y al lector en la otra, absorbido exclusivamente por su escritura. Una idea que alude con precisión a ese momento de la literatura en el que se pierden las referencias y todo es puro lenguaje, o pura transmisión de pensamiento. No cualquiera.

Iba a seguir hablando de los libros que leí esta mañana y de los que no leí pero mejor dejo acá.

Foto: Flavia de la Fuente

4 comentarios to “Diario intermitente (35)”

  1. mmiceli Says:

    Para escuchar discos completos you tube me parece mejor.

  2. María del Carmen Reiriz Says:

    No todos los escritores son K . Hay algunas excepciones. Y ya no se puede ser K con inocencia. Es muy burdo todo . La ruptura del estado de derecho es terrible. Hablando de otra cosa , salió una nueva edición muy buena de “el maestro y margarita” de Bulgakov. Ediciones del Zorzal. La acabo de comprar. Tiene letra grande y la traducción es muy buena

  3. Darío Says:

    qué buen libro María. Lo leí hace años en una traducción no muy confiable de Alianza. ¿quién lo traduce en esta nueva edición? Saludos!

  4. María del Carmen Reiriz Says:

    Lo traduce una rusa radicada aquí y con la revisión de un argentino

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