Diario intermitente (32)

por Quintín

14 de agosto

Desde que escribo este diario me interesan cada vez más los diarios, las memorias, los libros que no tienen una estructura ni un plan previo. Que hacen camino al andar, para usar esa frase de Machado que Serrat convirtió en cursilería inutilizable. Pero lo cierto es que las novelas me dejan cada vez más insatisfecho, su lectura se me hace dificultosa, mientras que la escritura no narrativa, en la que se elimina toda tensión ficcional, se vuelve adictiva. Los diarios, además, son ideales para leer en la cama, porque no hay que dedicarles la atención que requieren las novelas: con ellos uno se va quedando dormido y al otro día sigue desde donde le parece que había terminado, que siempre es algún lugar incierto.

Ventanacocina

Aira dice que sus novelas tienen esa forma, que se hacen cada mañana cuando se sienta a escribir, pero creo que les falta esa primera persona frontal a la que él le huyó siempre, que lo acecha cada vez con más intensidad y de la que se defiende diciendo que él mismo es un personaje de ficción en sus libros.

Memorias que leo en estos días, ejemplares, extraordinarias, son los de Josep Pla (El cuaderno gris) y los de Nadiezhda Mandelstam (Contra toda esperanza). Pero también la Recherche de Proust es a su manera un diario, un diario de recuerdos, aunque Proust no pierda la pista de su plan maestro. De hecho, El cuaderno gris de Pla es también un falso diario, una reescritura a los sesenta años de lo que el autor pensaba y vivía a los veinte. Un ejemplo más ortodoxo es mi último descubrimiento, los Diarios de Ernst Jünger, que acumulé durante años en la biblioteca sin leerlos hasta que hace poco me llegó el último (Pasados los setenta V) que corresponden al período 1991-1996. Jünger los terminó a los 101 años, antes de morir en 1998 a los 103 y lo empecé hace unos días.

Me sorprende que sean tan buenos, no solo por el material y la textura, sino por la fabulosa libertad con la que escribe Jünger, que pasa de contar sueños a describir sus trabajos de jardinería, a transcribir cartas de lectores o de conocidos, a reflexionar sobre los asuntos más variados. El libro tiene ese tono de luminosa perversidad de la gente muy vieja, de los que llegaron a una edad imposible con buena salud, acompañados y si angustias económicas, lo que le permite disfrutar de todo porque se disfruta ante todo de estar vivo. Deberíamos escribir como si tuviéramos 15 o 95 años.

Pero yo quería hablar de otra cosa, y es de mis dificultades para escribir este diario. No este en particular sino cualquier otro, el problema es el género. Desde que empecé a escribir (a los 40 años, en una etapa ya tardía de mi vida), lo hice en formato periodístico: aun usando la primera persona, aun narrando circunstancias personales (como en la entrada anterior), me formé escribiendo sobre algo: primero películas, después otros temas. Cuando empecé el Diario intermitente, tenía en la cabeza algo menos rígido, pensaba ir anotando cosas sueltas, anécdotas aisladas, pensamientos ocasionales. A veces capturo uno y me parece que sería ideal para el diario, pero cuando estoy frente a la computadora la espontaneidad se pierde y me sale otra nota periodística.

Hoy descubrí otro diario, Veinte líneas por día de Harry Mathews, un poeta y novelista americano nacido en 1930, gran amigo de Perec. El tipo debe ser un tremendo dandi, al menos por la solapa de Mansalva (“vive entre las ciudades de París, Cayo Hueso y Nueva York”) y por lo que él mismo cuenta de su situación mientras se asolea en Saint Barthes. Pero el título del libro (tomado de Stendhal), alude a la intención de escribir veinte líneas para derrotar a la página en blanco, “veinte líneas sobre lo que tuviera en ese momento en la cabeza”. Y así lo hizo entre 1983 y 1986: una paginita por día, recopiladas en este volumen, que tiene momentos sublimes y una sofisticación notable (un tipo fino, sin duda).

Mathews se da cuenta del problema de la espontaneidad. Habla de algo más general, la eterna distancia entre las cosas y su descripción, en particular de “la descripción de objetos que sean transformados precisamente por nuestra descripción de ellos, como por ejemplo esta página”. Copio un fragmento más extenso:

¿Qué más podría ser transformado? ¿Una mujer hermosa tatuada con un registro de su belleza menguante? Pero no sería realmente una mujer tratada como una página. La experiencia en sí misma, pasada o presente, al ponerla en palabras, sin duda, se la despoja de lo que es virtualmente una ambigüedad infinita de interpretaciones, y se le da una sola versión de sí misma: se vuelve ese otro objeto que es el conjunto de palabras de nuestra descripción.

No sé si Mathews se refiere a lo mismo que yo, o se trata de esos típicos casos en los que uno está obsesionado por un tema y lo encuentra en cada página que lee. De todos modos, la transformación de un pensamiento en palabras es el caso más sutil de esta paradoja: lo que escribo no es lo que pensé porque no hay manera de que lo sea; pero, por otra parte, pasa a ser lo único que queda del pensamiento. De todos modos, hay un momento en el que uno logra aislar una idea y se dice “esto sería perfecto para anotarlo en el diario” y a le gustaría tener un dispositivo que permitiera hacerlo sin distorsionarlo. Pero eso es como contar un sueño: nunca es el sueño lo que uno cuenta. Y lo sabe, por eso sospecha que Jünger, viejo pillo, está inventando los sueños de sus diarios, lo que por supuesto le será perdonado.

Hoy estaba en Cheroga leyendo y me puse a pensar en esta dificultad para llevar un diario como corresponde, para no deslizarme hacia el enfoque periodístico. Y me dije: “tengo que escribir esto mismo”. Cuando llegué a esa página de Mathews decidí cerrar el libro y me di cuenta de que no había llevado un señalador. Tengo una cuestión fetichista con los señaladores. No es que me moleste tanto doblar las hojas, sino que siento que sin un señalador (y un lápiz) no estoy haciendo una verdadera lectura. Así que me puse nervioso y para solucionar el problema dejé todo sobre la mesa y me vine a casa (son dos cuadras) a buscar señaladores para todos los libros que había llevado al café y que nunca había abierto antes. Pero para volver tuve otro problema: me daba vergüenza volver con los señaladores en la mano, así que elegí un libro más para agregarlo a la pila de los cinco que ya había llevado y puse todos los señaladores adentro. En realidad, creo que este despliegue neurótico responde a otra cosa: tenía la certeza de que había encontrado el camino para el diario y esa sensación me producía una gran ansiedad, una gran excitación, que tenía que cortar de algún modo; utilicé como excusa el fetichismo de los señaladores para poder tomarme un respiro.

Al final, llegué a Cheroga, puse un señalador en cada libro, pagué la cuenta y me volví a casa dispuesto a sentarme frente a la computadora. Lo hice. Al final de la página, tengo la sensación de que puedo estar empezando a ver el camino. Pero como una maldición, en este mismo momento, a las 5:39 PM, llega un mail de Cecilia Boullosa de la editorial Anagrama en el que anuncia la inminente publicación de Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia (“la novela de una vida” dice la gacetilla). De todos modos, estoy convencido que mis diarios deberían ser mejores que los de Piglia.

Foto: Flavia de la Fuente

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7 comentarios to “Diario intermitente (32)”

  1. Yupi Says:

    Gombrowicz, precisamente en su Diario, dice que en el futuro sólo se escribirán diarios. En sus novelas Aira escribe una forma kafkiana de diario, tan deforme que apenas si puede separarse vida y literatura. De Josep Pla muy recomendable la Vida de Manolo. Otro diario muy bueno es el de Hugo Ball. Suscribo la afición por los diarios, soy capaz de leer cualquiera, salvo el de Piglia. Con ese título sólo le falta en tapa una foto del mismo Piglia vestido de impermeable y cigarrillo en los labios.

    Una errata. 5 ó 95 años. La adolescencia es estúpida y antileraria, eternamente preocupada por lo que pasa debajo de las sábanas o por quién le rompió la cabeza a quién.

  2. hipolita Says:

    “¿qué libro le hubiera gustado escribir?”, le preguntan a piglia.
    “los diarios de kafka”, contesta.
    ¿existe respuesta más idiota?
    recomiendo mucho el diario de jules renard

  3. jose Says:

    hasta sale gracioso y divertido Q con su diario. Comencé un libro de Piglia (“la mejor novela del mejorescritorargentino…”) hace como 3 meses y en el medio ya leí (en la cama) como 5 novelas mas livianas pero entretenidas y el de piglia… biengracias. ¿A ver que pasa con los diarios? Biografías si leí pero diarios poquitos.

  4. María del Carmen Reiriz Says:

    Es cierto Quintin, los diarios de Junger son apasionantes, pero para dosificarlos. Borges sabia de memoria algunas páginas de Tormentas de Acero, el libro de Junger sobre la guerra del 14. Existe una buena edición de Tusquets . Lo que recomiendo leer como si fuera un diario, que de algún modo lo es, son los Viajes de Sarmiento. Atrapantes y con una fuerza tremenda. Te cuento, Quintin que tu forma de polemizar, tanto en el twiter como en este blog, tiene algo sarmientino y lo digo como alabanza. Buen fin de semana

  5. Adalberto Pagola Says:

    Jünger hizo una observación semejante a la suya, cuando habla de la diferencia entre leer una novela y un Diario: “Los diarios tienen la ventaja de que uno puede ir consumiéndolos poquito a poco.”

  6. janfiloso Says:

    Debo leer el 1%0 (uno por mil) de lo que lee Quintin, pero al menos se ahora que comparto el fetiche de los señaladores y los lápices cuando leo. Ultimamente agruegué marcadores adhesivos para destacar (volver a destacar) lo que marqué con lápiz.

  7. betamix Says:

    señalador y lapiz, linda yunta.
    A leer Junger pues, gracias Quintin! Al margen, y respecto a la amplitud de temas dentro de los diarios, los de Eliseo Veron (en Efectos de Agenda I y II) son un amable acercamiento a la problemática semiótica. Los blogs por otro lado, no son en gran medida el rejuvenecer de ese genero?

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