Las dos Paulinas

Publicada en Perfil el 19/7/15

por Quintín

En 1960 se estrenó La patota, una película de Mirtha Legrand dirigida por Daniel Tinayre y escrita por Eduardo Borrás, ex anarquista español, lector de Ortega y Gasset y especialista en dramas filosóficos. La idea de Borrás era interesante: Paulina es una profesora de familia burguesa que da clases en un barrio bajo. Al confundirla con otra mujer, un grupo de sus alumnos la ataca y la viola. Paulina toma tres decisiones crecientemente audaces: seguir trabajando en el colegio, no acusar a los culpables y tener el hijo del violador. La idea se transformó en una buena película que tuvo un director competente, las actuaciones un tanto declamatorias del viejo cine argentino, un guión que envuelve los dilemas de Paulina en una parábola cívico-cristiana y un final tranquilizador. Más allá de la moraleja, el personaje de Legrand transmite una ambigüedad plenamente cinematográfica: en su figura se mezclan la fragilidad con la fortaleza y la locura con la lucidez. En última instancia, la conducta de Paulina tiene algo de inexplicable y hasta un matiz de ironía buñueliana, pero también una misteriosa coherencia. Algunos de los que hacían cine en 1960 conocían la técnica narrativa y la economía de esfuerzos que les permite a las películas transmitir emociones complejas.

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Medio siglo más tarde se estrena una remake de La patota. La acción se traslada a una escuela rural de Misiones, Paulina (ahora Dolores Fonzi) ya no es virgen y no enseña psicología filosófica prefreudiana sino un “taller de formación política” ante una clase que no está dispuesta a escucharla porque la profesora “les tiene miedo o les tiene compasión”. Un problema que no tenía Legrand pero que ahora no solo es de Fonzi sino también de Santiago Mitre y Mariano Llinás, los guionistas: es muy difícil que una coproducción suntuosa, donde marginales que hablan en guaraní violan a una profesora blanca no sea racista, condescendiente o las dos cosas. Hay tanta corrección política vigilando la libertad creativa que un tal film está condenado a perderse en el debate ideológico a pesar (o más bien a causa) de las precauciones que tome el guión. Por otra parte, está tan olvidada la función del cine y de la escuela como formadores de ciudadanía que la vocación educadora de Paulina suena menos paradójica que ridícula. Tampoco la religión católica les sirve como contención de los dramas humanos a cineastas que se encomiendan al Gauchito Gil. Imposibilitada de usar el anacronismo a su favor, necesitada de modernidad a toda costa, la película pone en juego el ostentoso arsenal contemporáneo: actuaciones naturalistas y recargadas, exhibicionismos de la cámara, caprichos de la edición, dramaturgia psicologista, diálogos mortalmente explicativos. El resultado es más bien torpe. En la nueva versión de La patota, la idea original pugna por abrirse camino entre una bruma de consignas y una puesta en escena despistada. Paulina sigue siendo una mujer dispuesta a convertirse en heroína de una causa secreta (una especie de Emma Zunz en negativo) y quiere dar a luz a la criatura del violador como único modo de trascender las diferencias sociales. El problema es que esa buena idea literaria está oculta por una tecnología cinematográfica que la aplasta y la hace inocua. No está mal La patota, lo que está mal es el cine.

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “Las dos Paulinas”

  1. Maria C.Reiriz Says:

    Me gusta, por su precisión, la frase “la corrección política vigilando la libertad creativa”. Eso mismo sentí al ver la pelicula. Hay algo de realismo socialista blando….. Siempre la progresía cerca de la imposición de contenidos en el arte.Un saludo Quintin y buen domingo

  2. Hugo Abbati Says:

    Paulina termina pariendo a la Gauchita Gil, una versión feminista del mito popular, hija de la pulsión sexual indiscriminada de los pueblos marginados más un poco de pequeña burguesía reivindicativa. Todo subvencionado, claro.

  3. Yupi Says:

    Vi La patota en un cine club hace mil años. En el recuerdo Mirtha y la película estaban bastante bien. Leo en el diario que hay votación otra vez, votan cada 15 minutos. Para mi la cosa es muy simple. En una situación de máxima necesidad, en una isla desierta, ¿llevo a Larreta o a Lousteau? Sin duda a Larreta. El pelado quizás me aburriría, pero armaría una casa con troncos, haría fuego con dos piedras, no sé, algo. Al otro me lo figuro un lastre. Más o menos como ir a un naufragio con Alan Pauls.

    A propósito, ¿qué pasó con el diario intermitente? Tenía razón Lamborghini cuando citaba (supuestamente) a Wilde o a Cané. “En Buenos Aires tomás un par de mates, das una vuelta a la manzana y ya se te fue el día”. En San Clemente para que pase el día hay que trabajar mucho…

  4. Leonardo D'Espósito Says:

    La película -o más bien el guión- tiene un defecto insalvable, que tiene que ver con la corrección política. Después de la violación, la médica que asiste a Paulina le pregunta si le dieron “el kit de abuso” y ella dice que sí. No solo dice que sí, sino que también dice que lo usó y la médica le recuerda que no debe dejar de tomar los antirretrovirales. Pues bien: el “kit de abuso” incluye la pastilla del día después, es decir la que evita el embarazo. Puede ser que Paulina no haya querido tomar la pastilla en cuestión, lo que la volvería más loca y enajenada de lo que la película cuenta. La secuencia del “kit de abuso” está por a) corrección política y b) naturalismo, pero contradice el resto de la película. Es una pequeña trampa para cubrir que la historia de La Patota hoy es imposible más allá de la traducción de parámetros (eso de que la religión de ayer es la militancia de hoy: falso también, dado que una de las condiciones de la religión es que implica un misterio y, ante eso, no se discute; la militancia social tiene como mito fundante ser racional y explicable desde alguna matriz ideológica).
    Si la idea era mostrar la enajenación de una militante social (el indicio es el “no quiero escucharte más” de Oscar Martínez en el diálogo final) se contradice todo el maldito tiempo: si aceptamos el realismo o el naturalismo, el hecho de que la ficción solo pueda construirse con los datos que provee la realidad y nada más, el personaje de Fonzi es imposible y la película, también. Parece bobo que uno se fije en el tema del “kit de abuso”, pero que no pudiera dejar de pensar en eso todo el tiempo que dura la proyección implica que hay un problema serio y que los realizadores creyeron que tenían una buena idea para una película hasta que, a mitad de trabajo, se dieron cuenta de que no.

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Leo: Desde afuera, tengo la impresión de que el material fue objeto de grandes tironeos y cambios de marcha, lo que produce grandes huecos narrativos. Vos señalás uno y te comento otro (doble o triple), pero creo que hay muchos más. En la comisaría, ella declara que no pudo ver a los atacantes porque le taparon la cabeza. Sin embargo, en la rueda de reconocimiento ella declara que esos no fueron. ¿Para qué hacer una rueda de reconocimiento si la víctima declara no haber visto al culpable? Y luego, ¿cómo está segura de que no fueron si ella declaró no haberlos visto? Si los quería hacer zafar, bastaba con que se atuviera a la primera declaración. Tercero: yo solo conozco las ruedas de sospechosos por las películas, pero siempre se intercalan los sospechosos con gente que no tiene nada que ver, para asegurar la imparcialidad del juicio. En fin, la pila de inverosimilitudes en una película que se pretende naturalista da una cosa rara, un híbrido típico de el cine argentino previo al NCA.

    Q

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