Diario intermitente (24)

por Quintín

11 de julio

Los martes a la tarde mando la columna de Perfil a los editores. Inmediatamente empiezo a pensar en la del martes siguiente. Ante cada idea que se me cruza por la cabeza, ante cada libro que hojeo, pienso si la columna saldrá a partir de allí o de otro material que aparecerá después. De modo que durante tres o cuatro días, hasta que decido de qué va a tratar finalmente la columna y empiezo a trabajar para ella (normalmente leyendo o terminando los libros que la motivaron), tengo varias alternativas en la cabeza y eso me complica la escritura del diario, que debe tratar de otra cosa. Así fue como esta semana tuve un barullo tremendo en la cabeza, porque me puse a pensar que los libros prologados por Katchadjian bien podrían ser la base de la columna, pero al final decidía escribir sobre ellos aquí, donde tengo menos limitaciones de tono y de espacio. Pero hasta que decidí finalmente qué hacer me puse muy nervioso, tuve insomnio y la pasé verdaderamente mal.

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Finalmente decidí leer para la famosa columna un libro de quinientas páginas que hasta ayer no había empezado y hoy lo llevé al café, donde avancé poco porque me sorprendió una imagen, una síntesis de la situación política argentina.

En estos días, escuché los seis discos en estudio (1974-1982) de Rirchard & Linda Thompson, un gran descubrimiento que hice el otro día. Después de dejar Fairport Convention y grabar un álbum como solista, Thompson se casó con la cantante Linda Peters, con la que formó un dúo artístico. En esos años, ambos entraron en una secta islámica sufi, vivieron en una comunidad religiosa, abandonaron la música durante tres años por indicación del mullah y finalmente se divorciaron. Mientras todo eso ocurría, Thompson evolucionó del folk cada vez más duro y tradicionalista de los Fairport hacia una forma híbrida y ecléctica que mezclaba múltiples dialectos rockeros (británicos y americanos) con instrumentos del folk e influencias orientales.

El primer disco de los Thompson, I want to see the bright lights tonight es una colección de canciones de letras lúgubres y de música feliz, destinadas a ser cantadas para siempre (por ejemplo When I get to the border y Withered and dried, que culminan en The Great Valerio, uno de los temas más misteriosos que yo hayan escuchado (una biografía de RT lleva ese título increíble). Thompson es reconocido como un maestro de la guitarra, pero también es un compositor inspirado y, en esa época, estaba empezando a cantar con más frecuencia y confianza. Linda, a su vez, canta con una autoridad que impresiona.

El segundo disco de R&L se llama Hokey Pokey (1974) y empieza con el tema homónimo, que es una incursión a todo trapo en el country rock, género que para mí es la llave que permite salir del encierro del pop británico: es exactamente lo contrario de la música progresiva. Escuchar algo que viene del rock pero tiene acentos country, o del sur americano en general, me provoca una inmediata felicidad, como si esa forma estuviese conectada de un modo subliminal a mi cerebro. Y así fui escuchando los otros cuatro discos de R&L, que a veces suenan cajun y hasta se acercan en algún momento a The Band o a Lynyrd Skynyrd.

Después seguí la carrera solista de Thompson y ahora escucho Daring adventures. Es notable la cantidad de canciones que compuso y cómo toca la guitarra con un virtuosismo creciente. Daring adventures es un disco bastante producido (Thompson vivió saltando entre sellos mainstream y otros más independientes), en el que se mezcla un rockanroll retro con baladas que parecen provenir de otro intérprete; a veces Thompson suena como Warren Zevon y después como Bruce Springsteen sin perder sus influencias folk. Otra curiosidad es que a esta altura es un cantante con una voz considerable, lejos de la que utilizaba en sus comienzos. Ahora suena Al Bowily’s in heaven, un gran tema jazzeado, que muestra otro registro más del sorprendente Thompson. Me pregunto por qué no es más conocido. O tal vez lo sea y, en ese caso, me debería preguntar por qué no lo conocía yo. Bueno, es lo que me suele suceder con casi toda la música.

Vuelvo a mi iluminación política de esta mañana. Hubo un tiempo en el que la CABA estuvo gobernada por el progresismo, que parecía imbatible en la ciudad. Pero un día ganó Macri y desde entonces, el que parece imbatible es el PRO. Está claro que, para el votante progresista, Macri es inaceptable aunque su administración haya sido decorosa y no haya incurrido en ninguno de los excesos reaccionarios que se le adjudicaban. No votarlo es un prejuicio instalado en el corazón ideológico de mucha gente. Y cuando digo mucha gente, estoy hablando del 40%. Mucha gente, que además se comunica y tiene una mayoría mucho más grande entre académicos, periodistas, intelectuales, artistas. Son esos a los que “los porteños le dan asco”, en palabras de un artista al que no le da asco Aníbal Fernández.

La complicación para el voto progresista es la existencia del kirchnerismo. Porque otro buen porcentaje del electorado de la ciudad tiene otro prejuicio, que es el antiperonismo. Esto se reflejó bastante bien en las elecciones del domingo pasado. Un 22%, mezcla de peronistas, comunistas y afines, votó a un candidato tan poco votable como Recalde (sin carisma, mal administrador, impuesto desde arriba) y otro 25% votó a un candidato menos cuestionable como Lousteau. A pesar de su paso por el gobierno, Lousteau es más atractivo y nadie lo designó a dedo. Es joven, moderno, articulado, ligeramente de izquierda, defensor de la gestión y la transparencia. Y vino a ocupar un espacio que estaba servido para alguien con ese perfil, aunque tampoco tenga demasiada consistencia ni se sepa si sus principios pueden ser sustituidos por otros.

Nadie sabe bien quién es exactamente Lousteau ni cuál es su pensamiento político. Pero son innegables su ambición y su oportunismo, que le permitieron hacer equilibrio entre dos fuerzas tan opuestas como la coalición de Cambiemos (que incluye al PRO) y el progresismo (progresismo no K, en principio, pero también en parte K). Lousteau es una especie de Scioli capitalino, aunque la coyuntura hace que no esté obligado a definirse. Sabe que su futuro político pasa por enfrentar al PRO y abrirse camino en ese espacio cuyos límites son difíciles de definir hoy, porque la división de la política nacional pasa por otro lado.

Efectivamente, lo que se decide en este año electoral es la continuidad o no del kirchnerismo. Macri es un candidato con posibilidades siempre que pueda juntar en algún momento de la carrera hasta octubre, a buena parte del 60% no progresista. No lo logró en Santa Fe, aunque tenía un mal candidato y el progresismo gobierna la provincia.

Pero Macri tiene posibilidades sobre todo porque hoy hay dos visiones de la realidad. Una (que también predicó Massa hasta que se empezó a desinflar) dice que después de 12 años de corrupción, mentiras, incompetencia y destrucción de las instituciones, la posibilidad de que la Argentina sufra otro gobierno kirchnerista es nefasta, considerando además que la intención del kirchnerismo, como la de sus contrapartes populistas en la región y en el mundo, es perpetuarse en el poder. La otra visión dice no es para tanto y lo hace de dos maneras distintas. Un núcleo duro pero minoritario (hoy compuesto casi exclusivamente por fanáticos y beneficiarios directos del régimen) que no llega al 30%, quiere cien años de kirchnerismo, y si es posible mil. Pero luego está el sector que decidirá la elección. Estoy convencido de que hay una mayoría apreciable que está harta del abuso kirchnerista. Pero distintos sectores políticos no quieren que Macri gane o que Scioli pierda.

Quienes hoy sostienen a Scioli, además de los oficialistas K, son los integrantes de la Coalición No Es Para Tanto, que intentan convencerse de que lo de Scioli será una versión atenuada, moderada, débil del matrimonio Kirchner y que traerá a la política argentina nuevos aires y nuevos modales. Y si no los trae, será siempre mejor que el PRO. Hay matices en la Coalición No Es Para Tanto. El massismo, por ejemplo, sostiene que en el kirchnerismo hubo muchas cosas buenas. Cerca de Scioli, en ciertos círculos peronistas, se piensa que Zannini, La Cámpora y el kirchnerismo residual serán neutralizados (y en todo caso, si no se los neutraliza, tan mal no estamos). Y claro, Stolbizer, Binner y su Frente Progresista, del que Lousteau (al que las circunstancias, más que las intenciones llevaron a ser un topo de ese partido) es el mejor emergente coyuntural y Beatriz Sarlo el comisario ideológico para reforzar la idea de que el objetivo es construir un partido socialdemócrata, aun bajo un gobierno que acentúe los rasgos fascistas del kirchnerismo. (Stolbizer cuenta, además, con la simpatía del massismo, que también lo quería a Lousteau como su candidato en CABA.)

La estrategia de la Coalición No Es Para Tanto consiste en contribuir a que Macri pierda, para que así pase su turno como líder de la oposición, el PRO se diluya y poder liderar ese espacio durante el gobierno de Scioli. Un sueño al que no le dan los números, ni la ideología, ni las perspectivas, ni nada, a menos que el gobierno de Scioli quiebre desde adentro la hegemonía K (otro sueño húmedo). Macri tendría muy poco para ofrecerles a estos opositores del futuro, aunque lo hubiera buscado: si para el FPV Macri es “la vuelta al pasado”, para la Coalición No Es Para Tanto Macri es “la derecha, el liberalismo, la continuidad de los negocios K”. Es que en política, nadie resigna nada. Ni siquiera lo que no tiene.

Escribiendo estas cosas, me puse a pensar en Beatriz Sarlo y me agarró el mal humor. La música de Richard Thompson, de quien ahora escucho Rumor and Sigh me parece ahora una porquería mainstream.

Foto: Flavia de la Fuente

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4 comentarios to “Diario intermitente (24)”

  1. sebastián andrés sánchez Says:

    Siempre me recomendaron Shoot Out the lights (1982)

  2. Eduardo Reviriego (Daio) Says:

    Los que piensan que es posible construir un partido socialdemócrata, y de paso le pegan a Macri, facilitando el triunfo del régimen, deberían leer este buen ensayo de Juan Carlos Torre, especialmente esta parte:
    “(..) Creo que este razonamiento es pertinente para examinar con su óptica la empresa política kirchnerista. El control de calidad de toda política de transformación es que ésta sea sustentable al ser juzgada para determinar si afecta o no el medio ambiente de la democracia, es decir, sus reglas de juego y el pluralismo político. Y bien, cuando aplicamos este criterio se comprueba a mi juicio que el desempeño del proyecto promovido desde el gobierno ha dejado mucho que desear.
    Ocurre, sin embargo, que este déficit de calidad institucional suele estar incluido en sus cálculos. Y lo está porque ese proyecto se presenta como una tentativa audaz por cambiar la correlación de fuerzas con vistas a desplazar el punto de equilibrio desde el lugar en que quedó ubicado en los años noventa –el polo de las derechas y sus corporaciones- hacia el polo de las fuerzas en sintonía con una transformación progresiva del país. Por lo tanto quienes son sus defensores proclaman, a la vista de la magnitud de la tarea que tienen por delante, que no es el momento de andar con vueltas: para hacer una tortilla hay que romper huevos. Y si esos huevos son las reglas institucionales y la convivencia pluralista ya llegará el momento de prestarles atención, Una vez que se haya alterado la correlación de fuerzas, pero por cierto nunca antes, se harán las enmiendas necesarias para dar respuestas a las preocupaciones por “el buen gobierno” democrático.
    ¿Qué decir, pues, frente a este argumento que se esgrime desde las filas del kirchnerismo ilustrado, en el mejor de los casos? Al respecto se me ocurre un comentario erudito y una observación empírica. El comentario erudito descansa en el concepto de “la inercia de la trayectoria”, hoy en día muy popular en la ciencia política. Este concepto afirma que las decisiones que se toman hoy condicionan las decisiones que se harán mañana debido a que tienden a generar hábitos e intereses creados que restringen, llegado el caso, la libertad para cambiar el rumbo de la nave de gobierno. Vistas desde este ángulo, las formas de hacer política promovidas desde el vértice del poder presentan un riesgo previsible. Me refiero al riesgo de su reproducción en el tiempo. Si esta es una hipótesis plausible es muy probable que se bloquee la posibilidad misma de introducir enmiendas, como esas que se prometen a futuro. La observación empírica a la que hice referencia resulta de concentrar la atención sobre la actuación de quienes ocupan las posiciones de gobierno. Y al hacerlo no puedo evitar una constatación: cuando “rompen huevos” parecen hacerlo más por las pulsiones de una mentalidad autoritaria bien consolidada que por un cálculo táctico adecuado a las circunstancias. Esta es una razón adicional por la que no me termina de convencer la justificación de las transgresiones de hoy en nombre de las correcciones a realizarse en el día de mañana
    http://seminariogargarella.blogspot.com.ar/2015/06/juan-carlos-torre-la-travesia-hacia-el.html
    Cuando despierten de su sueño “socialista”, ya no habrá democracia.

  3. saint jacob Says:

    …Hay mucho de Thompson solista en iutúb… me gustó su interpretación de “Sumer Is Icumen In” acompañado de bombo leguero, anda por ahí…

  4. saint jacob Says:

    …(no sé poner diéresis, disculpas)…

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