Diario intermitente (23)

por Quintín

10 de julio

Ayer (¡9 de julio!) recibí dos libros de la editorial Blatt & Ríos. Son los primeros volúmenes de una colección llamada “La nariz”, que dirige Pablo Katchadjian. Katchadjian es el nombre del momento por malas razones o, más bien por las malas artes de María Kodama y sus abogados. Gracias a una persecución judicial absurda, un escritor vanguardista y de culto se transformó en una figura pública, objeto de controversias, entrevistas y defensas colectivas ante la amenaza de una condena penal.

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Antes de todo esto, Katchadjian había sido objeto de defensas sofisticadas (como la de Aira) y de ataques groseros (como el de Maximiliano Crespi). Gestos como la publicación de El Aleph engordado o de El Martín Fierro ordenado alfabéticamente fascinaron e irritaron por su audacia y excentricidad, como suele ocurrir con las operaciones conceptuales sobre la literatura. Pero creo que Katchadjian ha hecho cosas más importantes, aunque toda su obra (breve y cuidadosamente elegida como corresponde a un dadaísta) sea coherente y afirme su calculada producción como artista.

Escribí varias veces sobre Katchadjian, casi siempre con admiración. No me gusta mucho La cadena del desánimo, pero tengo la más alta opinión de Gracias y de La libertad total mientras que Qué hacer me parece una obra maestra. Por otra parte, hay dos obras de Katchadjian que no suelen figurar en las bibliografías, pero definen bien a un escritor que puede sintetizar el diseño conceptual con la ejecución aplicada y virtuosa (una combinación que suele ser la marca de los buenos artistas plásticos).

Una de esas obras se llama Mucho trabajo e incluye una idea genial en la presentación del objeto, que no es más que una fotocopia que se vendía por diez pesos y consistía de doce páginas en una tipografía minúscula. En una primera impresión se podía confundir con una broma, ya que lo impreso bien podría ser un texto simulado. Pero ante la duda, el lector provisto de una lupa de buen aumento descubría que allí se ocultaba, por así decirlo, una novela de 300 páginas, una aventura subterránea emparentada con Gracias.

El otro trabajo secreto de Katchadjian es un relato que se llama 120 horas y fue parte de un curioso objeto llamado Mental Movies. Este consistía en una caja de cartón que contenía cinco posters y un CD, afiches y bandas de sonido de cinco películas imaginarias. Junto con los artistas visuales y los músicos, se convocó también a cinco escritores (K, Terranova, Oyola, Lola Arias y Moiseef) quienes, al dorso de cada poster, imaginaron un guión o un tratamiento de la inexistente película, basada en la premisa de que su presupuesto del film sería infinito. Mental movies es el típico objeto inútil, una broma sub-duchampiana y museística (una colección de películas que nunca se filmarán) destinada a conseguir el dinero de los patrocinantes. Pero 120 horas, el guión-ensayo de Katchadjian, es de una gracia enorme y también de una agudeza filosófica insólita para ese formato en los suburbios de la literatura.

Mucho trabajo y 120 horas me llevan a la colección de Blatt & Ríos y a la intervención de Katchadjian como prologuista. Los dos primeros libros de La Nariz (¿por el cuento de Gogol?) son traducciones de autores poco conocidos o, al menos, poco publicados en castellano (creo que toda la colección apunta allí). El primero se llama El obelisco y es de Basil Bykov (1924-2003), una gloria de las letras bielorrusas. Bykov es un escritor soviético postestalinista que ganó todos los premios posibles pero también tuvo sus problemas con el régimen comunista, así como con el posterior de Lukashenko, el dictador de la Bielorrusia independiente que sigue en el poder (miro las fotos y descubro que Lukashenko se parece mucho a Alperovich, su equivalente tucumano). Un paréntesis: el que no creo que haya tenido demasiados problemas con el régimen soviético es el traductor Carlos Sherman, un uruguayo que en 1956 emigró con toda su familia a la Unión Soviética y en una nota al pie llama a la segunda república Polaca (1918-1939) “la Polonia burguesa” por oposición, supongo, a la Polonia Proletaria que se repartieron Hitler y Stalin.

El otro libro, Ultimos ritos, es un diario de Aram Saroyan, escrito a partir de que se entera de que su padre, William Saroyan, está por morir de cáncer. EL viejo Saroyan fue un escritor muy famoso, del que nunca leí nada. Recuerdo que en casa había libros suyos y, por eso, me imagino que estaba entre los pocos americanos que los simpatizantes del PC estaban autorizados a leer (bueno, no tan pocos, había unos cuantos escritores americanos comunistas, como Howard Fast, Upton Sinclair y siguen las firmas). Otro paréntesis: 1956, el año en el que Sherman cambió el amargo Uruguay por la dulce República Socialista Bielorrusa, fue el año de la invasión soviética a Hungría, la razón por la cual mis viejos dejaron de contribuir al Partido.

Pero a lo que quería llegar tras este largo rodeo es a los prólogos de Katchadjian. No sé bien cómo eligió los libros (ni si lo de “la nariz” está diciendo algo sobre su olfato como buceador en los abismos de la literatura) pero lo sorprendente de ambos prólogos es que no son para nada una presentación de los autores, sino lo opuesto a una aproximación periodística. Se trata más bien de intervenciones casi autónomas de Katchadjian, que toman los textos que introducen como excusa para una ensayo literario en la tradición de Borges con toques de Aira (hay un linaje allí, que tiene a Katchadjian como su eslabón más joven). En el prólogo de El obelisco, la historia de un maestro de escuela durante la ocupación alemana, Katchadjian reflexiona sobre la ética y sobre la relación entre los actos individuales y sus consecuencias en la memoria de los demás, que incluye hacia el final estas palabras claramente orientadas a los escritores:

Parece haber un vínculo entre una ética personal del maestro y la falta de necesidad del comentario. (…) Sus discípulos, en cambio, quieren la reivindicación del maestro. (…) Por eso buscan al periodista o al novelista que difunda entre los pares la noticia de que lo que hizo su maestro estuvo bien. Es también, claro, la pelea por la escritura de la Historia: los Monumentos, los Premios… Y la novela es un monumento a eso.

Repito que Bykov ganó todos los premios de su país, pero además estuvo muy cerca del Nobel. El prólogo de El obelisco es de un enorme vuelo, una hazaña literaria y filosófica que le agrega al libro de Bykov una interpretación sesgada aunque esté en la novela. A su vez, el prólogo de Saroyan trata sobre la paradoja del lugar del padre, “que para cumplir su misión tiene que dejar de cumplir su misión”. A esa síntesis llega el texto de Katchadjian después de una deducción poblada de obstáculos y así ilumina desde otro lugar la tremebunda relación entre padre e hijo.

Lo que dicen los prólogos de Katchadjian es indirecto, a contrapelo. Está claro que no le interesa la vida del autor ni una sinopsis del libro. Después de todo, para eso están las gacetillas y la Wikipedia. El contrato que le propone al lector es otro, y creo que es doble. Por un lado, sus prólogos enriquecen el valor literario del libro. Claro que eso no sería suficiente si no mediara una segunda oferta, porque no es lógico adquirir un libro de Bykov ni de Saroyan (ni de Ashley, Stratchey, Logue o Neville, los próximos autores de la colección) solo para leer a Katchadjian. Por eso, desde el lugar de director de la colección, Katchadjian promete implícitamente que lo que publica valdrá la pena. Lo que el lector debe tomar como garantía de sus elecciones es justamente su ética como escritor, esa búsqueda permanente de lo impecable en cada compartimento de su trabajo. El mensaje sería algo así: “Estos libros, que tienen un prólogo mío en el que empeño (como en todo lo que escribo) toda mi capacidad, son lo suficientemente distinguidos como para complementarse con ese esfuerzo”. O sea, que en la selección de sus autores va a arriesgar el mismo capital que en el prólogo.

Entre ayer y hoy leí El obelisco y parte de Ultimos ritos. El libro de Bykov (1971) es una sofisticada incursión en un realismo alegórico que no es disidente pero tampoco socialista y que restablece a Tolstoi como guía de la literatura del siglo XX, en un país de cuyas contradicciones históricas y culturales no sabemos nada. Ultimos ritos (1982) parece escrito como si no hubiera distancia entre la escritura y el mundo. Ambos se leen con gran facilidad y tienen una común limpidez, el rasgo que permitiría completar, por parte del lector, el contrato con Katchadjian diciendo “andá sacando los libros y yo los voy leyendo aunque no conozca a los autores, porque te tengo confianza y, además, me interesa tu prólogo”. Borges hacía eso en El séptimo círculo y otras colecciones. Aunque no sé si en esa época todos sabían quién era Borges. Mientras que ahora, todos saben quién es Katchadjian.

Foto: Flavia de la Fuente

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6 comentarios to “Diario intermitente (23)”

  1. Yupi Says:

    El problema no es matar al padre sino qué hacer con el cadáver. Mal o bien Katchdajian hizo algo, eso ya es atendible. Me gustaron Qué hacer y Gracias. Como ensayista recuerdo una intervención suya que tenía algo inusual. Citaba una cita de Borges, la famosa de la ausencia de camellos en El Corán, y decía que era falsa, que él había leído El Corán y figuraban camellos. Desde luego, sería ideal que Katchdajian tampoco hubiera leído El Corán. Pero parece que sí lo leyó, se tomó el trabajo de leer la fuente, lo que resulta insólito y casi milagroso.

    Por alguna razón ahora recuerdo que Borges copió el argumento de La biblioteca de Babel de Lasswitz y el de El Sur de Ambrose Bierce, corrigió a Cervantes, censuró a Shakespeare y plagió con alegre devoción la prosa de Stevenson, entre otros ejercicios resignados. “De hacer libros no hay fin”, dice el Eclesiástes con su habitual amargura.

  2. Hugo Abbati Says:

    “He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local; encontré esta confirmación en la Historia de la declinación y caída del Imperio Romano de Gibbon. Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos. Creo que los argentinos podemos parecernos a Mahoma, podemos creer en la posibilidad de ser argentinos sin abundar en color local.”
    Borges (Jorge Luis) en El escritor argentino y la tradición.

    “He encontrado días pasados una curiosa confirmación de que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local; encontré esta confirmación en la Historia de la declinación y caída de la República Argentina, de Martínez Estrada. Martínez Estrada observa que en el libro argentino por excelencia, en La Razón de mi vida, de Eva Perón, no hay peronistas; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad de la Razón de mi vida, bastaría esta ausencia de peronistas para probar que es argentino. Fue escrito por la Abanderada de los pobres,y la Abanderada de los pobres, como argentina, no tenía por qué saber que los peronistas eran especialmente argentinos; eran para ella parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista argentino, lo primero que hubiera hecho es prodigar peronistas, caravanas de peronistas en cada página; pero Eva Duarte, como argentina, estaba tranquila: sabía que podía ser argentina sin peronistas. Creo que los argentinos podemos parecernos a Eva Duarte, podemos creer en la posibilidad de ser argentinos sin abundar en color local.”
    Fernández (cualquiera de ellos) en La cosa nostra y la tradición.

  3. Maria C.Reiriz Says:

    Confieso que no leí a Katchdjian y cuando quise conseguir algun libro no pude. Pero le tengo simpatía y sobre todo después de la idiotez de Maria Kodama. En cuanto a Saroyan, ojo Quintin que es un escritor muy recomendable, con una prosa poetica y una mirada muy profunda. Tiene un libro “El tigre de Trayci” sobre el amor muy bueno. Recuerdo también una novela corta con el sugestivo y tradicional titulo “La comedia humana” ES autor, también de un libro de relatos que, segun Borges tiene uno de los mejores titulos largos del siglo. El libro se llama “Como una flor,como un puñal, como absolutamente nada en el mundo”. No era del PC, ni “compañero de ruta”. Lo publicaba en la Argentina Goyanarte y hay una edición en papel biblia de Plaza y Janes de tapa verde. Un abrazo a todos y buen fin de semana.

  4. lalectoraprovisoria Says:

    Se ve que el PC no era tan intolerante…

    Q

  5. Yupi Says:

    La comedia humana fue traducida por doña Leonor, la madre de Borges, y la verdadera bestia negra de Kodama. A los 80 años largos le hicieron una operación que se presentaba complicada por su edad. Todos estaban preocupados. Todos menos la madre. Cuando la llevaban al quirófano le dijo a Borges con un brazo en alto: “Salvaje unitaria”.

  6. La Novia de Troll Says:

    Abbati, ojo con la Kodama!! :D

    http://cceba.org.ar/v3/files/2010/12_DIC/PabloKatchadjian120%20horas.pdf

    Sdos

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