Diario intermitente (21)

por Quintín

2 de julio

Pongo a Monk y empiezo a escribir. El disco es Straight, no Chaser (1964) que no debe confundirse con la banda de sonido de la película homónima. Es Monk con Charlie Rouse, Larry Gales y Ben Riley, el último cuarteto con el que grabó en vivo regularmente. Faltaban pocos años para que Monk se encerrara en el aislamiento, el mutismo y lo que los médicos llamaron locura. Leo que un tal Philip Larkin, poeta y crítico musical, odiaba a Monk y lo llamaba “un elefante al teclado”. Dado el tamaño y la bonhomía de Monk, podría sonar como un elogio, pero lo dijo con odio y desprecio. Hay gente monstruosa en el mundo. Leo también que Larkin tenía el arcaico gusto musical de Woody Allen y el bop le parecía un signo de decadencia. Hay gente sorda en el mundo también.

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Esta mañana, después de hacer las compras con Flavia, decidí ir a leer al café. El problema fue decidir a qué café, porque después de dos meses reabrió Cheroga y en ese tiempo me convertí en habitué de Marejada, donde me trataron bien y fui durante muchas mañanas el único cliente. Pero Cheroga es un café clásico, el más tradicional del pueblo, y tiene un mozo como el Colorado, con el que nos hacemos bromas como requieren la mejores tradiciones criollas. Así que elegí a Cheroga, pero alguna vez voy a optar por Marejada, que queda a 50 metros de casa contra 100 del otro.

No quería pasar delante de Marejada con muchos libros para que no se dieran cuenta de que les era infiel, así que elegí los de tamaño más chico para poder meterlos en los bolsillos de la campera. Llevé cuatro. Dos que tengo que terminar: La serenidad de Iosi Havilio, en el que todavía no sé si entré y La poética del asunto, de Federico Merea, que me gusta. También llevé la última novedad de Entropía, El increíble Springer, de Damián González Bertolino, alguien que nació y se crió en Punta del Este, donde al parecer transcurre su novela. Pero no abrí ninguno de ellos, sino La menor de Daniel Riera, publicado hace poco por Galerna, y lo leí en menos de una hora.

Todavía no me repongo de que haya gente a la que no le gusta Monk. Siempre me pasó lo mismo. Recuerdo que cuando tenía unos veinte años, me reunía a estudiar con tres compañeros de Exactas, Jorge Beloqui, Alberto Etchegoyen y Eduardo Molinete. Era a fines de los sesenta. Pocos años después Molinete entró en la FAR, estuvo preso, salió en el 73 con la amnistía de Cámpora y después lo mataron en 1977 durante un enfrentamiento con el ejército en Córdoba. Con el tiempo los fui dejando de ver a todos. Etchegoyen es físico y Beloqui matemático. Hasta donde sé vivía en Brasil. La memoria se fue para ese lado, pero lo que quería contar es que un día nos habíamos reunido en casa de mis viejos y yo puse un disco de Monk. Beloqui leía a Proust cuando eso era una excentricidad (sí, después se hizo gay) y escuchaba solo música clásica. Cuando vio la tapa, dijo “Ah, sí, Quelonious Monk”, una ofensa seria que me tomé muy mal. Creo que no le hablé por varios días.

Leí rápido la novela de Riera porque está pensado para eso. Es un curioso experimento. Sesenta capítulos de menos de mil caracteres cada uno, reunidos con la excusa de que un empresario que fabrica teléfonos le encarga al narrador una novela para leer en los celulares por mensajes de texto. Propone una novela con acción, aventura, intriga y sexo. “Tiros, monstruos, líos, buenos y malos.” Una novela “sencilla y amena”, de frases cortas en la que nadie piense demasiado lo que hace. Riera cuenta esto al principio y en el capítulo V empieza a pensar la historia:

Se me ocurrió que tenía que escribir una historia sobre dos amigos inseparables. Ahora tenía que pensar una historia. Necesitaba la plata. (…) (Cap. VI) Se me ocurrió que uno era un soñador y el otro un realista hipersensato. Los dos se respetaban mucho y se complementaban. Uno quería subir al Himalaya y el otro era contadorr público. (…) Una cosa los llevaba a la otra y decidían viajar juntos. Cuando llegaban a la cumbre encontraban una mujer. Ella era muy atractiva y muy liberal y además era la única mujer en aquella cumbre del Himalaya. Acordaban dejar de lado los celos y hacer un ménage á (sic) trois. El probelma es que no habían llevado forros: nadie lleva forros a una cumbre del Himalaya.

Con ese fragmento queda bastante claro el estilo, el lenguaje, el humor, el nivel de costumbrismo y de procacidad. El relato va progresando a velocidad supersónica hacia una especie de manga sin dibujos, apocalíptica y fantástica, en la que el narrador se mete eventualmente en el relato y se encuentra con sus personajes. Misión cumplida, podrían decir tanto Riera como su protagonista.

Underground es el último disco que Monk grabó en estudio con el cuarteto. Vendrá un disco más en Columbia y después silencio, recopilaciones, alguna gira con los Giants of Jazz y una breve y tormentosa reaparición como líder durante una grabación en Londres, donde Monk no abrió la boca ni para decir buenos días. Eso fue en 1971, es decir apenas siete años después de grabar Underground. Es como si Monk hubiera decidido que no tenía mucho más para decir musicalmente, aunque a uno le parece que estaba en la plenitud absoluta y el cuarteto sonaba como siempre, o cada vez mejor, aunque si se presta atención se ve que Monk no acompaña como solía hacerlo los solos de los otros músicos. En este momento escucho Ugly Beauty (antes llamado Pannonica), al parecer el único vals que grabó Monk, en una versión terriblemente melancólica. En Raise Four, ahora, Monk repite las mismas seis notas durante el primer minuto y después empieza a variarlas de a poco. Tal vez pueda intuir el inminente vacío en la mente del elefante, pero probablemente sea pura sugestión.

Para volver a Riera, su novela es un ejercicio intachable, una especie de vanguardismo pop que juega ambiguamente entre la simplificación del pulp posmoderno y la conciencia de que nada escapa del universo literario. En las primeras páginas, Riera deja claro que es un escritor argentino enterado y tira los nombres de Hemingway, Chejov, Cioran, de Fogwill, Borges y Arlt (además de que el título del libro viene de Saer) como para establecer claramente las coordenadas de su obra, y atarla a un universo de lecturas que admite estas destilaciones. Pero uno no sabe si felicitarlo a Riera por su logro o pegarle por no asumir nunca un riesgo ni con el género ni con la vanguardia, por encarnar esa contradicción que en el libro se establece entre la necesidad de plata y el deseo de aventura transformándola en la voluntad por estar simultáneamente adentro y afuera de lo que uno podría llamar “el espacio Maxi Tomas”, del que hablé la vez pasada: el mundo de la novedad literaria elegante, eficaz, de un escritor que tiene conocimiento no solo de las reglas sino de cómo y hasta dónde transgredirlas para no meterse en problemas y recibir a cambio elogios módicos. Porque en todo momento Riera deja en claro que se parece a quienes leerán la novela, es decir es un operador de la escritura que vive entre otros operadores de la escritura.

In Walked Bud está basado en Blue Skies de Irving Berlin, y tiene una letra de Jon Hendricks quien la canta en este disco. Está dedicada al pianista Bud Powell, influencia y amigo de Monk, que también estuvo loco pero no tuvo la fortuna de huir hacia el infinito y padeció la tortura de las instituciones psiquiátricas de las que apenas huyó para morir a los 41 años en 1966, dos años antes de este disco.

¿Me gusta o no el libro de Riera? No sé si puedo responder a la pregunta. Es posible que estemos frente a una literatura que no admite una respuesta en ese sentido, porque es 99% producción y 1% contacto del autor y el lector, tanto para Riera como para su escritor de ficción. La ligereza de Riera, la velocidad de su fábula fantástico-costumbrista lleva a preguntarse si hay algo detrás de su procedimiento refugiado en el medio literario. No hablo de un sentido profundo del texto, sino de una apertura, de una grieta hacia alguna parte.

Foto: Flavia de la Fuente

2 comentarios to “Diario intermitente (21)”

  1. GabrielaV Says:

    A mí me encantan Monk y Powell. Hay un disco muy lindo de Bud Powell: Portrait of Thelonious.

  2. Yupi Says:

    Linda entrada. Como dijo algún desanimado. No basta con ser buen escritor. Además, hay que escribir bien.

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