Diario intermitente (20)

por Quintín

30 de junio

Extrañaba no escribir en el diario durante varios días, así que me senté frente a la computadora, puse a Monk y empecé. En estos días recibí unos cuantos libros, lo que me pone contento. Hoy me crucé de nuevo con el cartero por la calle y tenía dos paquetes para mí. Los abrí ahí mismo y en uno de ellos me encontré con ¿Qué leer? Una guía de lecturas para los amantes de los libros, título de la antología de reseñas literarias de Maximiliano Tomas. El libro venía dedicado por el autor, con quien me une una historia en común: Maxi fue, durante varios años, el editor del suplemento de Cultura de Perfil donde mantengo una columna semanal desde hace diez años. Tengo un muy buen recuerdo de él: inteligente, amplio, generador de buena onda. En esos tiempos era un placer pasar por la redacción para ir a almorzar con dos o tres redactores en un lugar que se llama algo así como El Club de la Prensa, que queda en un piso alto en la calle Chacabuco y es un comedero barato y simpático al que suelen ir periodistas.

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El disco de Monk que escucho es Solo Monk, una recopilación de veintiún temas grabados en el 64 en la Costa Oeste, covers la mayoría de ellos. Es impresionante la simplicidad del estilo, la exactitud en un terreno en el que no hay parámetros para medirla. Hubo una época en la que los pianistas tenían trabajo en confiterías, bares, salones (antes era en burdeles y en cines) y todavía quedan lugares (no sé si en Buenos Aires) donde uno puede ir a tomar algo y escuchar a un pianista, ahora generalmente con un piano eléctrico. Claro que Monk no tocaba en esa condición un tanto humillante, la gente pagaba para verlo, pero los clubes de jazz en Nueva York tenían ese formato: tragos y música. De todos modos, escuchar a un pianista (aun si no es un genio) es una experiencia fascinante, porque se asiste a la conversación del tipo con el piano y con la historia musical según él la conoce. Es posible que el rock haya terminado con todo esto, o más bien que se trate de dos mundos que no se intersectan. Escuchando a Monk me doy cuenta de lo difícil que es su trabajo: calculo que un pianista común, aun uno bueno, no puede tocar tres temas sin repetirse, sin acudir a los mismos materiales en la improvisación. Lo que hace Monk no es solo bello, es de una dificultad alucinante.

Esta mañana abrí el libro en una página cualquiera y noté la amabilidad de Tomas en el tratamiento del libro. La reseña que me tocó estaba bien escrita, era una adecuada caracterización crítica del autor y del libro. El texto se dejaba leer y además me encontré coincidiendo con sus opiniones. Leí muy poco y dejé, porque tenía que escribir justamente la columna de Perfil
para el próximo domingo.

A la tarde volví a abrir el libro e intenté una lectura sistemática, pero me resultó imposible. Es un género difícil porque al cabo de cuatro o cinco reseñas uno se satura de información. En algún sentido es como improvisar al piano sobre un tema, hay que ser Monk para que los circuitos del pensamiento no empiecen a repetirse. Así que le terminé dando un vistazo en diagonal al libro, viendo de qué escritores hablaba, espiando el final de las reseñas.

Qué leer se ocupa de literatura argentina y latinoamericana reciente, de libros que leí y reseñé en varios casos. También hay literatura extranjera y algunos bonus tracks, pero ahí lo sigo menos a Tomas, porque no tengo vocación ni paciencia para los autores americanos (empezando por su amado Cheever) que forman uno de los núcleos del canon literario de Tomas. Volviendo a la literatura de la región, creo que hay un problema allí. Es que del libro surge una especie de paquete canónico, de los escritores que pertenecen a cierto establishment literario. No es el canon de la escritura “de calidad” de la industria editorial y la mayoría de los nombres que aparecen tienen valor como escritores. Pero la idea misma de una guía “para los amantes de los libros” tiene algo engañoso. Los lectores tienen (tenemos) una relación más individual con los escritores, más pasional si se quiere y más discriminatoria de la que proporciona una colección de reseñas favorables pero demasiado similares en sus ideas básicas, como si los escritores que “hay que leer” fueran los que aprueban ciertos exámenes de perspectiva, originalidad y eficacia en el oficio. Y hasta de cierta comunicación subliminal entre sí. La lectura (apresurada, al menos) de ese tramo de Qué leer deja la impresión de que hay unos cuántos autores nuevos que valen la pena, pero no logramos establecer sus posibles diferencias y caminos alternativos, como si la época dictara una sola literatura.

El disco siguiente de Monk en Spotify se llama Monk. (El punto es parte del título). Acompañan Charlie Rouse en saxo, Larry Gales en bajo y Ben Riley en batería. Es de 1964 y el crítico de Allmusic dice que es otra prueba de que Monk nunca grabó un disco malo. Lo cual es probablemente cierto.

Por otra parte, no estoy muy seguro sobre algunos nombres (Juan Villoro, Leila Guerrero, para poner un par de ejemplos), ubicados en el corazón de la “nueva generación consagrada”, escritores que resultan demasiado profesionales para mi gusto, no demasiado diferentes de esos nombres que Tomas descarta por formar parte de la “literatura de calidad”, ese cliché de la industria para abastecer al lector “no muy culto ni sofisticado pero al que le interesa pasar por las dos cosas”. No sé si las cosas pasan exactamente por ahí pero, en el fondo, me parece que es muy difícil distinguir en cada momento a los escritores frescos y verdaderos de los que están en camino de pasar a ser falsos y rancios. Y, por otra parte, hay algo en la estructura del sistema de recomendaciones, tanto en el cine como en la literatura, que cuanto más se acerca a una guía de consumo, menos habilita una mirada a la vez más íntima y menos determinada previamente sobre cada escritor. El resultado fortalece cierto consenso y corre el riesgo de servir solo para cambiar la mesa de novedades, aunque se trate de las novedades comme il faut. Pero, como dice Tomas en la dedicatoria, “lo importante es que pensemos”. Y en eso estamos.

Foto: Flavia de la Fuente

10 comentarios to “Diario intermitente (20)”

  1. La Novia de Troll Says:

    Es difícil salir de Monk, cuando se le acaben pruebe con Eric Reed que le dedico 3 o 4 discos, lo “billevanesa” un poco a veces pero se deja…

  2. La Novia de Troll Says:

    ps que pena que nunca grabase con Dexter Gordon, afines creo…

  3. xjatn97v Says:

    De Monk a Tomas y viceversa. Pensando estamos. Muy bueno.

  4. janfiloso Says:

    ¡Cualquiera! No soy muy bueno en esto del logeo.

  5. janfiloso Says:

    Quedó un comentario anterior en moderación. jajaja soy pésimo.

  6. La Novia de Troll Says:

    quizá mejor…

  7. Marcia C. Reiriz Says:

    Me gusta que vuelva el diario intermitente! Compraré el libro de Maximiliano Tomas. Siempre me pareció muy inteligente y disfruto sus columnas, ahora en La Nación.Tal vez le señalaría como critica la obsesión por estar actualizado con todo lo que se escribe. Ser demasiado contemporáneo. Pero siempre, siempre, me deja pensando y con ganas de leer más. Un abrazo

  8. pablonardi Says:

    Es al pedo comprar el libro de Maxi Tomas, al menos para mí, que lo leo siempre en La nación. Además las reseñas no son tan sustanciales, no sé, hay mejores.
    Quintín, desde hace dos días, que leí esta entrada, no puedo dejar de escuchar a Monk. ¿Algún otro para recomendar? Que no sean Coltrane ni ninguno de esos que todos conocemos. Saludos!

  9. lalectoraprovisoria Says:

    Más bien me gustaría que me recomendaran a mí algo para escuchar después de Monk. No sé si existe.

    Q

  10. Tru Says:

    ¿Bill Evans?

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