Diario intermitente (19)

por Quintín

26 de junio

Solita se recupera lentamente. Dos veces por día hay que hacerle curaciones y pasa la mayor parte del día echada. Todavía no está fuera de peligro. Lo mío es más leve, aunque a diario tengo que ir al hospital para que me venden (en realidad, para que me miren a ver si la herida evoluciona y no se infecta). El hospital público es la mejor solución para estos casos, aunque pasar cada día un rato en la guardia no es una experiencia muy estimulante. Hace seis meses, Flavia atravesó por una situación similar, pero los pacientes que veíamos cada día eran una mezcla de turistas y residentes, además de que era verano y había más personal. En invierno, en cambio, las caras y las actitudes revelan otro grado de deterioro, de soledad, de desesperación, además del silencioso conflicto social entre los viejos de una clase media venida a menos y las jóvenes madres con chicos, más vehementes, con su ambigua situación como clientes de las políticas oficiales, es decir, de víctimas y representantes del poder. Pero también están los viejos pobres y enfermos, en alguno casos muy deteriorados metalmente: en ellos parece casi extinguida la esperanza.

LasfloresdelOsi

Salí del hospital y pensé en llevarle algo a Flavia, que sigue muy abatida. Pasé por el vivero de Adrián, uno de los tipos más agradables que hay en este pueblo, y armamos un ramo de flores (margaritas, yerberas y pequeñas ramas). Detrás mío entraron dos clientas y nos pusimos a hablar todos de lo difícil que es evitar que los perros se peleen. Rodeado de flores y plantas, me sentía mucho mejor que en la guardia. Además, hacía muchos años que no le llevaba flores a Flavia y salí a caminar por la Avenida San Martín con el ramo y una sonrisa.

Escucho Monk in Tokyo, un disco en vivo grabado en 1963 con un cuarteto formado por Charlie Rouse en saxo tenor, Butch Warren en bajo y Charlie Dunlop en batería. El otro día dije que la forma tradicional del jazz (o por o menos del bop), la pequeña formación en la que el piano y los vientos intercalan solos (el bajo y la batería lo hacen más raramente) tenía algo de rígida y arcaica. Pero cuando se toca en vivo y se improvisa, no hay muchas alternativas para una banda así formada. En vivo aparece la interacción con el público, que entusiasma a los músicos y los hace comportarse entre sí de otro modo, lo que hace que en la mayoría de los casos cada actuación en vivo suene distinto (las grabaciones en estudio de Miles Davis, por ejemplo, tienen poco que ver con sus conciertos), algo que pocos músicos de rock logran y que con las sobreproducción de los recitales se hace imposible. En la reseña de All Music Guide, Thom Jurek dice que para muchos Monk era mejor en vivo, con su histrionismo juguetón y lunático. Monk, además, va bien con las margaritas y las yerberas, aunque esto parece un comentario de Cortázar, tan solemne cuando hablaba de jazz y de todo.

Entre ayer y hoy estuve leyendo autores argentinos. El primero fue Luis Sagasti de quien terminé Maelstrom (2015), su última novela. De él había leído Bellas artes (2011) y al terminarlo no supe bien qué pensar. De hecho, hoy no recuerdo ni una letra. Después lo conocí a Sagasti de casualidad en Eterna Cadencia y me cayó bien. Igual tenía la sensación de que había algo en su escritura, y compré otros libros suyos, El canon de Leipzig y Los mares de la Luna. No los leí, pero hace un par de meses, empecé Maelstrom y lo abandoné involuntariamente, como parte del caos que es mi método de lectura. Ayer lo vi por ahí y decidí continuarlo.

Aclaro ese “lo vi por ahí”. Mis libros están en seis clases de lugares posibles. Un armario, las bibliotecas (que son diez, de distinto tamaño), las pilas alrededor del sillón, la mesa de luz, el escritorio y el kindle. Los libros que leí, empecé, o intenté leer recientemente están muy probablemente en el kindle (donde también hay libros que no sé qué son y que nunca leeré), en el escritorio o en la mesa de luz. Los que pasaron por mis manos hace un poco más de tiempo, o recién compré o me llegaron están en las pilas que me rodean cuando leo o escribo. Los de las bibliotecas son más remotos mientras que es muy posible que los del armario se queden allí para siempre. La correlación entre ubicación y tiempo trascurrido desde la última lectura es la única pista que tengo para encontrar un libro. Muchas veces ocurre que tengo que revisar toda la casa (incluido el armario, incluidas las bibliotecas de Flavia, que no mencioné) hasta que aparece. Casi siempre aparece, pero después de un arduo trabajo. Pero cuando al buscar un libro inspecciono los estantes y doy vuelta las pilas, ocurre que aparecen libros que decido leer de inmediato o en los días posteriores. Esos pasan a ocupar otras posiciones, por ejemplo sobre el escritorio o en las pilas más cercanas.

Eso pasó seguramente con el libro de Sagasti, que vaya uno a saber dónde estaba antes de aparecer en el escritorio. De Maesltrom recordaba más que de Bellas artes: un misterio ligado a unas placas conmemorativas con una serie de nombres, que aparentemente no tienen sentido y que un amigo del narrador descubre en un jardín público de Santiago de Compostela, la búsqueda (sin ninguna razón más que la curiosidad y la sospecha de que el mundo es una conspiración) de los integrantes de esas listas inexplicables. De esa pesquisa recordaba una historia paralela sobre gente que caza perros para darle de comer a las fieras de los circos, un asunto muy truculento del que nunca había oído hablar.

Mientras tanto escucho Criss-Cross, disco grabado entre 1962 y 1963, cuando Monk ya se había mudado de Riverside a Columbia, también con un cuarteto: Rouse, Ore y Dunlop. En estos días (rompí la regla de escuchar música solo cuando escribo) estuve escuchando a Monk con distintos saxos: Coltrane, Sonny Rollins, Johnny Griffin y Charlie Rouse. Tengo una gran simpatía por Rollins pero entre los que escuché, fue Rouse el que más me gustó, incluso por sobre Coltrane. Es más, no sé si me gusta el Coltrane de ese período, antes de las grabaciones con Miles. También me interesó Johnny Griffin, del que leí que en su época no era muy bien considerado pero fue revalorizado después. Acá Rouse sopla fuerte, como leí que solía hacerlo. Pero, de todos modos, no sé si escucharía estos discos con otro pianista. Me gusta creer que es Monk el que hace sonar todo, que ahora entra en Hackensack con un furibundo swing, más bien clásico. Después vuelve Rouse y es un final de infierno. Sigue Tea for Two y leo que acá Monk cita (y se nota) a los pianistas del estilo stride creado por James P. Johnson, un tipo nacido en 1894. El estilo pasó de moda en los cuarenta pero Art Tatum, Fats Waller, Duke Ellington y Earl Hines fueron pianistas stride. Esos eran los pianistas de mi viejo. De hecho, me llevó a ver a Ellington y a Hines cuando vinieron a Buenos Aires, conciertos que en el recuerdo iluminan mi temprana adolescencia. El camino de Art Tatum conducía a mi viejo a Monk de quien escuchaba obesivamente los discos y transcribía los solos en el pentagrama. Aunque mi viejo, que nunca habló de sus gustos en términos conceptuales, era más amplio (pero solo con los pianistas): también era fan de Bill Evans, a quien también me llevó a ver en los sesenta. Es posible que el gusto por Evans le haya venido del Mono Villegas, a quien mi viejo conocía y admiraba mucho.

Vuelvo a Maelstrom antes de que esto parezca el libro del noruego que habla del padre. Retomé la lectura en un punto en el que no aparecen más perros sacrificados ni sordideces de ninguna clase. En cambio, Sagasti se pone a hablar del cielo y de la cosmología, que es a donde conduce la etérea narración del libro. De estrellas que llevan el nombre de gente y luego de jardines, del pintor Hundertwasser, de una extraña empresa que le agrega un relato a los objetos que vende para hacerlos valiosos (algo de eso hay en las historias laterales de Sagasti, en la precisa pero tenue conexión entre arte, historia y vida cotidiana) y de Olaf Stapledon sobre cuyo Hacedor de estrellas (un libro que me impresionó de adolescente, pero que después ingresó en el armario de la ciencia ficción, género que un día decidí despreciar), está sutilmente construido Maelstrom, que me terminó impresionando como un gran libro. En la página 103; Sagasti esboza una idea de la literatura. Copio:

A veces se me antoja que el mérito de un relato consiste en lidiar como torero con los tiempos muertos. No huir de ellos o ponerlos al servicio de la trama. Una novela, un cuento, donde lo importante ni siquiera se narre. No me refiero a la teoría del iceberg de Hemingway o de cómo llevar la insinuación a la categoría de obra maestra sino más bien a otra cosa. Algo que flote, pero no en el témpano o el mar helado sin oleaje, como ese nuevo cine que es puro aburrimiento. Lo que se narra debe ser un barquito que supone, claro, la presencia del mar que hay debajo, el colchón donde descansa todo. No hay punta de iceberg, sino fisuras en la nave. Y ya se sabe qué ocurre con un barco en esas condiciones.

Es típica de Sagasti esa autoironía para describir su escritura como un barco que se hunde, pero también hay allí un orgullo de escritor que persiste en ocupar los tiempos muertos y en ocultarle al lector cuál es el mar, que en su caso me parece un sentimiento cósmico, muy poco aceptable por la crítica de esta época y lo suficientemente refinado como para eludir toda conexión con lo que el mercado pueda hacer con pulsiones de esa naturaleza. Me parece encontrar en Sagasti la idea de que todo está conectado, pero la novela se detiene un paso antes del sentimiento religioso y se pierde en los mares de la ciencia y el arte. Pero hay otra componente muy fuerte en el libro: la que lo conecta con Bahía Blanca, el suyo es el estilo Bahía Blanca, por ponerle algún nombre a una escritura que reivindica secretamente la provincia, o más exactamente la relación entre las cosas importantes del espíritu y la vida fuera de las capitales, en un lugar donde el tiempo transcurre más lento y deja espacio para las estrellas o los recuerdos infantiles. Sagasti es de Bahía Blanca como Mario Ortiz, con cuya poesía en verso y en prosa se conecta, sobre todo por esa engañosa humildad del que se sabe conectado con lo esencial. Terminé el libro con la leve sonrisa del león que se acaba de devorar a un perrito (Flavia, cuando leas esto, es solo un chiste de humor negro).

Escucho ahora It’s Monk Time (1964), con Charlie Rouse, Butch Warren y Ben Riley. El primer tema es un standard que siempre me gustó, Lulu’s Back in Town. Monk toca una larga introducción solo, completamente stride, que el crítico de Allmusic define como “mischievious playfulness“.

Otro libro que apenas había empezado pero dejé de leer antes de entender de qué iba es Las mujeres que amé de Daniel Guebel. El libro es una falsa secuela de Derrumbe, que en su momento fue saludado por la falsa crítica como un ejemplo de “literatura del yo”, tontería insigne que logró que a Guebel se le prestara más atención que de costumbre. En realidad, el libro tiene dos partes. En la ficción de la primera, que lleva por título Una herida que no para de sangrar, el narrador escucha el rumor de que, después de abandonarlo, su mujer contrata a un escritor rival para que cuente la historia de su matrimonio desde el punto de vista de ella. En las páginas que leí antes, el narrador va a uno de esos encuentros de escritores en algún lugar como Ostende y tiene una escena de sexo con una groupie llamada Garby Got. No me entusiasmaron demasiado esas primeras páginas, pero hoy me encontré mejor dispuesto para Guebel, leí de la página 32 a la 49 y me divertí muchísimo con una prosa desbordante, exuberante y delirante, en cuyo centro está el deseo de triunfar como escritor de Guebel, disimulado en su personaje.

Está claro que se puede negar lo autobiográfico en nombre de cualquiera de esas teorías que se enseñan en la facultad, pero lo que mueve la prosa de Guebel es el tema del éxito y el fracaso (Carrera y Fracassi se llama una de sus novelas), que trasladado al mundo de los escritores produce una riquísima interacción entre la imaginación de Guebel y sus opiniones sobre la realidad. En estas páginas, Guebel está a pleno y uno se lo imagina como un demente frente a la computadora mientras cuenta que asesina a su rival en el baño de una disco y que luego, Garby Got se transforma en Laura, su ex mujer, que lo trata de imbécil, de irresponsable y de impotente, pero le hace una única concesión: que el famoso rival es peor escritor que él. Guebel es alguien que cree, como su protagonista, tanto en su enorme talento como en la mala fortuna que lo persigue a la hora de la fama y el reconocimiento. Y eso no lo digo porque lo conozca a Guebel, sino porque “el autor Guebel”, como se dice por ahí, funciona a partir de esa condición, o desde una muy parecida:

No importan los detalles. Genios a lo sumo hay dos o tres a lo largo de cada siglo y autocalificarse es siempre poco elegante. Pero sí puedo afirmar que desde un inicio la corona en el campeonato de los pesos pesados de la literatura nativa me estaba justamente destinada.

Lo que termina de enfurecer al personaje es que su rival lo plagió de un modo que le permitió conseguir el éxito. El narrador entra de lleno en el tema del doble e inventa una alternativa de sí mismo que no es el escritor cómico de alta literatura que es, sino un destilado más popular y mainstream de esas virtudes:

Durante un tiempo, meses, años, mi plagiario continuó con su tarea de zapa, y debo reconocer que tuvo éxito. Quizá porque había sido lo bastante astuto para apoderarse de mis procedimientos estéticos al tiempo que limaba mis asperezas, mi salvaje abigarramiento estilístico y la contundencia de mis epítetos, graduándolos de acuerdo a los principios de dilución homeopática. Y de eso, claro, no resultó una superación de mi obra, sino su ablandamiento. Así, absurdamente, mientras mis libros aparecían y se hundían en el mayor de los silencios, en el violento crepúsculo de la nada, mi imitador ganaba celebridad, formaba parte de los consagrados del “canon literario”, se lo disputaban en cócteles y congresos, lo adoraban abyectamente y de rodillas las universitarias veinteañeras, llegando todo este disparate al punto que los editores extranjeros y los agentes literarios directamente se negaban a recibir mis escritos por considerarlos versiones tardías, chapuceras y primitivas de las que publicaba mi imitador.

Copiar el párrafo anterior me permite volver a disfrutar de él como esta mañana, cuando lo leí por primera vez. El estilo es muy feliz y está lleno de humor, pero además es muy bueno lo del William Wilson de Guebel, que convierte al original en un imitador del imitador, una vuelta de perversidad borgeana. Leo que en estos días, Guebel ha sacado dos libros además de Las mujeres que amé, uno con obras de teatro y otra novela, lo que refuerza su presencia en los medios. Algún día se hará justicia, aunque nunca al punto desbancar a los falsos escritores, que son los preferidos de su ex:

—Pero querido mío… A mí me gustan los escritores buenos, los escritores de verdad, tipo Vargas Llosa, Auster, Murakami, Bolaño. ¿Cómo se te ocurre que voy a contratar a ese tarambana ágrafo?

Hay algo en la literatura argentina que seguramente no se repite entre los mexicanos ni los noruegos. La convicción de que el país es sede de la literatura verdadera, la que les pasa el trapo a todos. Guebel encarna esa convicción, como la encarnan a su modo Aira, Lamborghini, Copi, Puig, Wilcock, Laiseca y desde luego Borges, para nombrar solo a los nombres más conocidos. Incluso, en un estilo más modesto, Sagasti representa la convicción de que ciertos modos de la vanguardia criolla, lejos de constituir un gueto, son la literatura misma por oposición al mainstream internacional. Aunque este, paradójicamente, es el único lugar donde los escritores miden su éxito en vida (con excepción de la banda de amigotes). Eso obliga a mantener un permanente tono irónico al respecto.

Escucho Big Band and Qartet in Concert, grabado con diez músicos en el Lincoln Center en 1963.

Foto: Flavia de la Fuente

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2 comentarios to “Diario intermitente (19)”

  1. janfiloso Says:

    Bueno, me alegro que todo siga bien, y mas se habrá alegrado Flavia con las flores. Fino detalle.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Creo que vamos mejor, Janfi! A Solita se le está cerrando poco a poco la herida y a Q también. Hay que esperar, lleva tiempo, sobre todo la de Soli.

    Las flores me encantaron!

    Besos,

    F

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