Diario intermitente (17)

por Quintín

20 de junio

Hoy cierran las boletas electorales mientras el país se acerca al totalitarismo. Si gana el gobierno, como parece probable, no faltará mucho para atravesar ese línea invisible después de la cual no importará si la economía es un desastre, si se adoctrina a los chicos en las escuelas, si se reprime a los opositores porque no habrá nada que disimular, ya que el poder estará firme y definitivamente asentado en su mentira orwelliana. Es el camino leninista, palabra que la gente se niega a usar y a reconocer, pero que es de una evidencia implacable. Lo que más me duele de esta situación es la soledad en medio de la tolerancia, la complicidad y el cinismo del medio intelectual y artístico

Madridsinflores

Escucho a Thelonious Monk, un disco de 1948 que se llama Genius of Modern Music, vol 1, que incluye algunas de las primeras grabaciones de Monk como líder de una formación. Puse a Monk porque es de lo poco seguro que puedo reconocer en el mundo.

Hoy estaba pensando que tengo una resistencia poderosa a leer novelas americanas. De hecho, la resistencia es más amplia. Me cuestan mucho las novelas largas y más las novelas largas que se ocupan de la vida contemporánea. Eso es más o menos lo que hoy se entiende por literatura y me suelen aburrir tremendamente. Un libro de la primera mitad del siglo XX, un policial o la primera novela de un escritor argentino me resultan mucho más estimulantes. Cuando aparece un nombre nuevo que vende, al que se elogia (incluso por parte de gente más o menos confiable), me propongo conocerlo. La frustración es mayor a medida en que avanzo con la lectura. Mis peores experiencias literarias tienen que ver con los Barnes, los Amis, los McEwan. El último fue Banville, de quien leí tres o cuatro libros seguidos para terminar con una sensación de náusea frente a esa literatura profesional, sensación que aumentó cuando leí una de sus novelas policiales que firma como Benjamin Black, una verdadera impostura.

Por eso, la aparición del noruego Karl Ove Knausgård y su serie de seis volúmenes llamada Mi lucha (como el libro de Hitler) me produjo una profunda desconfianza. Compré los dos primeros pero no los abrí. Hace un par de semanas salió la traducción del tercero y se me ocurrió pedírselos a la editorial, pero me contestaron que si no había leído el primero no podía empezar por el tercero. Les quise explicar que, por una cuestión neurótica, necesito tener el tercero para poder empezar. No logré convencer a Cecilia Boullosa, mi contacto en Anagrama. Después lo pensé mejor y me dije: debería empezar por leer un poco. Lo más probable es que me sirvan unas páginas para borrar de mi vida al noruego este, que no es más que uno de los tantos escritores de moda. Así que el otro día leí unas treinta páginas de La muerte del padre, que incluyen algunos recuerdos de infancia (creo que es el material predominante en los seis tomos). No me disgustaron ni me maravillaron y lo dejé por ahí, entre las pilas cercanas al escritorio o la de la mesa de luz. Hoy lo agarré de nuevo y me lo llevé al café, para seguir leyendo en la página 34.

Suena Well You Needn’t. El disco de Monk es de tal belleza que debería dejar de escribir en este momento y concentrarme en él. Pero la música llega al espíritu aun cuando está en segundo plano, es una de sus ventajas sobre las otras artes. Creo que el respeto infinito que Monk me inspira tiene que ver con su personalidad y su locura. No se puede sino querer a ese gigante inexplicable, cuyo genio no parecía contaminado por la ambición. Me lo imagino como la cara opuesta de Miles Davis, que nunca se sintió cómodo tocando con él. No sé qué pensaba Monk de Miles, no sé si se sabe lo que pensaba de nadie.

Esa imagen que tengo de Monk tiene que ver con la que hoy tuve de Knausgård, de quien leí el autorretrato que se extiende hasta la página 50. Es un pasaje poderoso, que revela ciertamente a un escritor original. Knausgård (me gusta escribir la a con el circulito arriba, å, tiene algo mágico, pero el texto se arruina si pongo comillas y escribo “a” y “å”, del mismo modo que se arruina si pongo comillas alrededor de los títulos de los temas musicales como correspondería) cuenta que nació en 1968, que empieza a escribir Mi lucha en 2008, que tiene una segunda esposa y tres hijos chicos, que hace unos años abandonó de pronto a su primera mujer y se mudó de Bergen en Noruega a Estocolmo en Suecia y cortó todos los lazos con el pasado:

Las únicas huellas que existen de la vida anterior son los libros y los discos que traje.

El pasaje que leí hoy (que vendría a ser un capítulo aunque sin número ni título) empieza hablando del último autorretrato de Rembrandt que está en la National Gallery y del modo en que el pintor parece mirarse a sí mismo. No sé si lo que dice Knåusgard es profundo o simplemente meloso. Lo mismo me ocurre cuando dice que leía obsesivamente a Proust, aunque confirme mi hipótesis que Proust es la única influencia posible para poder escribir una novela decente en esta época.

Monk toca Round Midnight, es su primera grabación del tema que tocó miles de veces.

Una parte divertida de lo que leí hoy es aquella en la que Knausgård cuenta la relación con sus hijos, el trabajo que le dan, cómo le hacen perder la calma cuando insisten en sus berrinches inexplicables y cómo las muchas horas del día que pasa dedicándoles atenta contra su tiempo libre para escribir. El capítulo termina con una serie de poemas que serían alternativas para su epitafio, un poco en broma. Entre ellos aparece este verso:

Nazi no soy pero, pero lo marrón me gusta.

No sé si esto está bien traducido, ni si habla en serio o a qué se refiere. En algún momento, cuenta que con su mujer viven al día, de un modo muy desordenado y con poco dinero, lo cual lo hace distinto de sus vecinos que llevan una vida ordenada y parecen más felices. Pero sus mayores frustraciones provienen de la falta de tiempo para escribir por que tiene que atender a los chicos, lavar la ropa o hacer las compras.

Y cuando lo que me ha mantenido en marcha durante toda mi vida de adulto, es decir la ambición de llegar a escribir algo grande un día, resulta amenazado de esta manera, mi único pensamiento, que me roe como una rata, es que tengo que huir.

Suena The Unique Thelonious Monk, un disco de 1956 en el que Monk toca standards con Oscar Pettiford en bajo y Art Blakey en batería, es decir con la formación en trío que es el verdadero hogar de los pianistas. Los tríos de jazz eran la música que más se escuchaba en casa. Mi viejo adoraba a los pianistas (nunca lo escuché hablar mal de uno) pero no se llevaba con los instrumentos de viento. A mí me costó mucho aprender a disfrutarlos, pero al escuchar este disco me parece que esta es la música pura, incontaminada por tipos que cantan o soplan, es decir que usan la boca para tocar.

Knåusgard escribe unas líneas que me dejaron pensando un rato:

Pasan unos minutos de las ocho de la mañana. Es el 4 de marzo de 2008. Estoy sentado en mi despacho, rodeado de libros desde el suelo hasta el techo, escuchando al grupo sueco Dungen, mientras pienso en lo que he escrito y a donde conduce.

Se me ocurre que la situación de Knåusgard habrá cambiado después de publicar Mi lucha y convertirse en sensación de la crítica, vender muchos libros y ser traducido a todos los idiomas. Seguramente no tiene que ocuparse de las compras, los chicos están más crecidos y debe sentirse satisfecho de haber escrito algo grande, a la altura de la ambición que manifestaba a los 39 años, cuando empezó su gran novela. Tal vez no tenga demasiado tiempo dadas las tareas que la celebridad impone, pero su ambición literaria se ha cumplido y tiene cuarenta y cinco años. Hasta podría empezar una nueva vida en otra ciudad, una nueva familia, un nuevo libro larguísimo. Yo también escribo ahora rodeado de libros y escuchando música, pero tengo 64 años y nunca tuve una ambición como la de Knåusgard. Me pregunto si se puede escribir sin una ambición semejante. Probablemente no, pero creo que más bien me gustaría ser como Monk.

Hoy llevé otro libro al café, también para combatir mi rechazo por las novelas largas y por la literatura norteamericana. Hay un escritor que se llama William Vollman y que nació en 1959 en California. Hace poco se publicó un libro de relatos de él y estuve a punto de comprarlo en lo de Waldhuter en la feria del libro, pero recordé que tenía otro libro de Wollman, Europa Central (tapa dura, 800 páginas), pero que había fracasado en el intento de leerlo. Reparé en este libro por una nota de Pedro B. Rey en el que presentaba a una serie de escritores americanos. De la enumeración de onda fresanista, el único que me pareció que valía la pena era Vollman pero el libro no se conseguía acá, así que se lo pedí a Constantino Bértolo en Madrid cuando el editor estalinista era todavía parte de la corporación Random House. El error que cometí en mi primer intento fue tratar de leerlo antes de dormir, pero a esa hora no tengo la concentración necesaria para un libro tan obsesivo, tan lleno de detalles y de una prosa tan compleja. Incluso es demasiado grande como para manipularlo en la cama. Europa Central no tiene nada de proustiano, es objetividad pura, casi un libro de historia centrado en la figura de Shostakovich y las operaciones militares de la segunda guerra. En lo que leí, que fue muy poco, Vollman alterna voces que no se sabe bien a quién pertenecen, e incluye una serie enorme de notas. Por ejemplo, de entrada hay una cita que alude a un libro titulado Against Stalin and Hitler. A memoir of Russian Liberation Movement 1941-5 de Wilfried Strik-Strikfeldt, que parece un libro inventado. Pero no lo es, al menos existió ese movimiento, pero buena parte de él estaba organizado por los alemanes. Aunque una parte no lo estaba y supongo que esa debe ser una historia apasionante. Europa Central es la típica novela hiperdocumentada de los periodistas americanos que hasta puede ser buena y también arrojar alguna luz nueva sobre el mundo totalitario, lo que nos devuelve al principio.

Foto: Flavia de la Fuente

2 comentarios to “Diario intermitente (17)”

  1. hugo abbati Says:

    Muy bien por los dos, Vollman y Knausgard. Es más fácil escribir sobre Vollmann, cuya curiosa vida es tan sorprendente como su productividad. Hay poco de él en castellano, y lo poco fue previo a la novela Europa Central, que ganó el National Book Award hace unos años, aunque luego se publicó Historias del Arcoiris (recomendable) y quizá alguno más que desconozco. A Europa Central hay que echarle paciencia, y si se logra, habrá recompensa. En cuanto al noruego, he leído las dos primeras. Es como comer criollitas con el mate, cuando te querés acordar te manducaste un paquete, y eso que los detalles tan puntuales sobre cuestiones harto cotidianas, pueden llegar a lo obsesivo absoluto. Así y todo, mete algunas reflexiones aquí y allá que hacen que los libros brillen con luz propia. No empecé el tercero para darme un respiro, pero si uno engancha la onda cotidiana y reflexiva, se lo pasa muy bien. Como anécdota, decir que tuvo problemas legales con algunos familiares, ya que los libros, si bien se presentaron como ficción, tienen nombres reales y situaciones también reales. La asociación con Proust me parece una jugada comercial bastante boluda. Lo mejor: la imperiosa necesidad del tipo por escribir, de modo que lo propiamente cotidiano (familia, hijos, etc.) aparece como un auténtico escollo. Parece muy honesto a la hora de describir las fricciones que allí se producen.

  2. Roberto Says:

    “La memoria no tiene orden cronológico”, dicen los de Anagrama desde la contratapa de “La isla de la infancia”, así que no sé por qué te negaron el tercer volumen antes de que leyeras los otros dos. Yo empecé por el segundo, que fue de los tres el que más me gustó.

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