Diario intermitente (15)

por Quintín

13 de junio

Un lector que firma “Don Nadie” me saca de un serio error sobre Ornette Coleman, debido fundamentalmente a mi ignorancia, pero también a las curiosas omisiones de Spotify en el catálogo de sus músicos: allí no aparece Free Jazz, un disco absolutamente imprescindible por lo extravagante de su experimento. Free Jazz está grabado por dos cuartetos a la vez que improvisan colectivamente: en el canal izquierdo suenan Coleman, Cherry, Scott LaFaro y Billy Higgins; en el izquierdo, Eric Dolphy, Freddie Hubbard, Charlie Haden y Ed Blackwell. De todos modos, el disco se compone en muchos momentos de solos de los instrumentos de viento respaldados por dos secciones rítmicas simultáneas. Lo escucho ahora con la fascinación de quien está frente a un eslabón perdido en su comprensión de la historia de la música.

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Aunque, efectivamente, el disco no es tan vanguardista, distingue claramente una época del jazz de otra. Mi viejo, que tocó jazz profesionalmente en los años 30, llegaba hasta Monk (era básicamente un pianista que adoraba a los pianistas) pero nunca toleró los saxos disonantes: Coltrane le parecía una abominación y no hablemos de Coleman (encima, el tipo excluía el piano de sus formaciones). A mí, en cambio, el sonido más me atrae cuanto más se parece al “sonido de gallina clueca”, como despectivamente lo calificaba mi viejo. El disco tiene una energía maravillosa.

El otro día, comentando un libro en este diario, me puse a hablar de las intenciones de la autora. Como soy un critico paria, uso términos erradicados del discurso de quienes han hecho estudios académicos en los últimos años, al menos en la Argentina. Ya no se puede hablar de literatura de ese modo, buscando las intenciones del escritor, sus referentes en el mundo, etc. Pero un libro ha venido en estos días a consolarme de la soledad crítica: El demonio de la teoría – Literatura y sentido común de Antoine Compagnon, un académico francés, autor de otro libro magnífico, Los antimodernos.

En El demonio de la teoría, Compagnon revisa los dogmas que la teoría literaria creó en la segunda mitad del siglo XX y los demuele uno a uno con sabiduría y paciencia. El libro está organizado según los temas que la teoría congeló en sus adoctrinamientos para estudiantes ambiciosos: El autor, El mundo, El lector, El estilo, La historia y El valor. Después del capítulo que se llama “El autor”, donde Compagnon hace reaparecer justamente las intenciones en el campo de la crítica, acabo de empezar el que se llama “El mundo”, en el que se habla de la famosa y tan denigrada mimesis, esto es de la relación entre la literatura y la realidad. Copio aquí el párrafo inicial, que hará a quienes se interesen en los estudios literarios salir corriendo a conseguir el libro (es de Acantilado y se publicó en 2015, pero en Francia salió en ¡1998!):

En la monumental obra de Erich Auerbach, La representación de la realidad en la literatura occidental (1946), la noción de mimesis se daba todavía por sobreentendida. Auerbach trazaba el panorama de sus avatares durante milenios, de Homero a Virginia Wolf. Pero la mimesis ha sido replanteada por la teoría literaria, que ha insistido sobre la autonomía de la literatura en relación con la realidad, con el referente, con el mundo, y ha sostenido la tesis del primado de la forma sobre el fondo, de la expresión sobre el contenido, del significante sobre el significado, de la significación sobre la representación, o incluso de la semiosis sobre la mimesis. Lo mismo que la intención del autor, la referencia sería una ilusión que obstaculiza la comprensión de la literatura como tal. El colmo de esta doctrina se alcanzó con el dogma de la autorreferencialidad del texto literario, es decir, con la idea de “el poema habla del poema”, y no hay más que hablar.

Sollers denunciaba duramente en 1965 el “pretendido realismo, ese prejuicio que consiste en creer que un escrito debe expresar algo que no está dado en ese escrito. Pero (…) la noción misma de realidad es una convención y un conformismo, una especie de contrato tácito elaborado entre el individuo y su grupo social.”

Ya no hay contenido ni fondo. Leer buscando la realidad, como cuando se buscan los modelos de la duquesa de Guermantes o de Albertine, significa equivocarse sobre la literatura. Pero entonces, ¿por qué leemos? Por las referencias de la literatura a ella misma. El mundo de los libros ha anulado completamente el otro mundo, y no salimos jamás de La biblioteca de Babel. (…) Los progresos de la teoría literaria, observa Philippe Hamon, han relegado el problema de la representación, de la referencia o de la mimesis a “una especie de purgatorio crítico” junto con otras cuestiones que la teoría proscribiría como la intención o el estilo.

Escucho ahora Ornette on tenor (1961), donde Coleman toca el saxo tenor y no el alto como en los discos anteriores. Lo acompañan Cherry, Garrison y Blackwell. Es su último disco en Atlantic y el útlimo también con el cuarteto. Me gustan más los discos de hoy que los que escuché el otro día. Creo que estos hacían rabiar a Miles Davis en ese momento.

Vuelvo a Compagnon, que me da una palmada en la espalda hacia el final del párrafo:

Pero como ya he dicho, todas esas cuestiones tabú han renacido de sus cenizas al mismo tiempo que la teoría se retiraba, hasta el punto de que, como nos descuidemos, dentro de poco habrá que recordar que la literatura habla también de la literatura.

Dije que Compagnon me daba una palmada en la espalda, pero más bien está indicando que los molinos de viento de la teoría reciente con sus prohibiciones y sus censuras, que siempre intento eludir cuando reseño libros (mientras maldigo en silencio a los académicos) han sido derribados hace tiempo, o en todo caso son distintos de los que pienso. Y que, aunque los suplementos literarios sigan dedicados a decorar el altarcito de Roland Barthes como si fuera el Gauchito Gil de las letras, esto es más bien cosa del pasado y no tengo la excusa de que la academia repudia mis ideas. Pero bueno, tan mal no estamos en las catacumbas críticas.

Es muy lindo el disco de Ornette Coleman.

Foto: Flavia de la Fuente

2 comentarios to “Diario intermitente (15)”

  1. hugo abbati. Says:

    Muy bueno lo del Gauchito Gil. Y, sí, adoradores que necesitan sus ídolos. De Saussure para aquí todo se ha complicado. Lacan, Barthes, Derrrida y un montón de franceses que hicieron discreta fortuna en sus respectivos países para luego tener un renacimiento en los EEUU con el asunto de los estudios culturales. Da casi pena decirlo, pero eso se llama “moda”, a pesar de las rimbombantes palabras que adornan sus discursos. El grado cero de la escritura, la desaparición del autor, etc.Y lo peor es que eso, a su vez, ha generado un cierto tipo de literatura creada bajo ciertas consignas que, con el tiempo, han variado, tal su versatilidad. Estructuralismo, neo estructuralismo, deconstrucción, intertextualidad, auto referencialidad, etc. Son asuntos que incluso pueden resultar divertidos, y hasta interesantes, hasta que el Dogma hace presencia. Hay un libro que anticipó todo esto, y a pesar de su referencia última al sentido religioso del mundo, tiene mucho interés. Se trata de Presencias Reales, de George Steiner, y es bastante antiguo. No conocía a Compagnon. Gracias por el dato.
    Respecto a Coleman, hace unos años lo vi en Buenos Aires. Recuerdo haber leído en el diario que desapareció, y lo encontraron perdido por ahí. Pensé que, por su edad, quizá el deterioro lo había llevado por esos caminos argentinos, Sin embargo, la actuación estuvo muy bien. Es curioso como estos viejos devorados por la vida, pueden resucitar cuando hacen música.

  2. Pedro Says:

    Muy bueno ese disco de Coleman. Aunque para puntos de quiebre habria que ir un poco (no tanto) más atrás, a Mingus y Tristano, digamos.

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