Diario intermitente (10)

por Quintín

2 de junio

Como todos los días voy al café de la vuelta con varios libros bajo el brazo. Tengo tanto para leer que me mareo y la casa está tan llena de libros que es imposible mantener algún orden. Eso hace que si no estoy trabajando sobre algo (estos días iba con una novela de William Morris para la columna de Perfil) agarre los de arriba de las pilas que rodean el escritorio y los lleve al café para hojearlos. En general, solo logro angustiarme y vuelvo abrumado por todo lo que me gustaría leer pero no me alcanza el tiempo.

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Por ejemplo hoy. Llevé siete libros y no avancé en la lectura de ninguno. Paso a enumerar.

Empecé por Aleksandr Solzhenitzyn, de Lilita Copacabana, de la editorial Momofuku que dirigen Copacabana (supongo que es un seudónimo, pero quién no los usa en estos días) y Hernán Vanoli. Hace un par de años leí algo de Vanoli que no me interesó demasiado, pero de los siete libros que publicó esta nueva editorial me gustaron los dos que leí, Primavera ninja de Luis Orani y Las redes invisibles de Sebastián Robles, aunque Vanoli me mandó un par más. El dúo Copacabana / Vanoli compiló un libro de literatura under americana que se llama Alt Lit y que editó Interzona. Compré el libro, pero no me acuerdo si no lo abrí o no me enganché, pero supongo que la prosa de Copacabana debe tener algo que ver con la de esos autores. Por otro lado me intriga el título, ya que esta es gente de izquierda y no creo que valoren mucho a Solzhenitsyn.

Empiezo a leer el libro, una novela cuyo subtítulo es Crimen y castigo en la ciudad Autónoma de Buenos Aires y hace pensar que el título debería haber sido Fiodor Dostoievski, pero al empezar a leer me doy cuenta de que es una ironía, porque el libro empieza contando cómo un personaje llamado “la madre de Elle Fanning” va al tribunal de faltas a que le asignen la pena por manejar con más alcohol en el aliento que el permitido. Durante las cuatro páginas que leí, Copacabana se refiere a los personajes con perífrasis (¿se dice así?): “La madre de Elle Fanning”, “El joven del brazo tatuado”, etc. También escribe en tiempo presente y hace poco leí que Aira odiaba a los jóvenes escritores que escriben en presente. Pero creo que esta gente odia a Aira, así que están a mano. De todos modos, el texto tiene ritmo y dan ganas de seguir leyendo. Pero no lo hago. Me detengo cuando leo:

Breaking the rocks in the hot-sun, tararea la madre de Elle Fanning.

Me pregunto qué es eso de Breaking the rocks in the hot-sun y espero a llegar a casa para googlear a ver si es una canción inventada u otra cosa. Lo hago ahora. Descubro que soy un burro: es el primer verso de I Fought the Law, que grabó The Clash en 1979 y supongo que es el modo en que el tema llegó a Copacabana. [Escucho la versión de 1966 de The Bobby Fuller Four en You Tube. Luego la de The Clash. Es mejor la de Bobby Fuller. Mucho mejor. Incluso el clip, de una era anterior al clip (una presentación en TV, probablemente) es buenísimo. Después de esto, Yoy Tube ofrece una canción también con clip (1964) y chica increíbles de Sloopy Hang on por The McCoys. Maravilla]. Estoy en presente como la madre de Elle Fanning y todo fluye.

Cambio de libro. Le toca a El caos de Rodolfo Wilcock, reciente publicación de La Bestia Equilátera, que me puse a leer hace unos días ni bien lo recibí. Esta es una edición importante, es el único libro en prosa que Wilcock escribió originalmente en castellano. Y no es solo cáustico y secreto como La sinagoga de los iconoclastas sino de una ferocidad extraña en la literatura argentina. Ni Lamborghini, ni Arlt ni Quiroga eran capaces de una crueldad semejante. Leí los tres primeros cuentos y al recordar el que se llama Vulcano sentí que no estaba en condiciones de soportar otro baño de horror. Sé que mucha gente está impresionada por este libro y no es para menos. Wilcock escribía como pocos y odiaba como nadie. Me pregunto si este es un mérito y me respondo que, para los parámetros de nuestros especialistas, es un mérito superlativo.

Mucho más amable [aquí, en el presente, sigo escuchando pop de 1964 en You Tube, ahora es A world without love por Peter and Gordon] es El hermano alemán de Chico Buarque, que me llegó junto con la última novela de Guebel. Guebel me irritó en la tercera página (aunque lo leeré, lo leeré) y Buarque, en cambio, me hizo acordar a Budapest, una novela suya de 2003 que leí con gran placer. Había leído dos capítulos y hoy leí un tercero [otra canción de Peter and Gordon, esto resulta una experiencia demasiado empalagosa] y pinta muy bien. Se supone que el texto tiene algo de autobiográfico y empieza con el descubrimiento de un medio hermano que el padre bibliófilo del narrador había concebido en Alemania (¿está bien dicho, los hombres también conciben o solo las mujeres?) antes de casarse; mientras descubre a su hermano, el joven se dedica a travesuras como robar autos y chocarlos o escaparse sin pagar de los restaurantes de San Pablo.

Una verdadera sorpresa resultó un libro que se llama La inteligencia de una máquina. Una filosofía del cine. El autor es Jean Epstein [escucho en You Tube a Johnny Rivers, un cantante blanco folk-rock-country cuyos discos, por alguna razón, se pasaban mucho en las discos a las que iba en San Clemente hacia los dieciocho años; son versiones aguadas de temas famosos; ahora descubro que Rivers tocó con Pappo en Badía y Compañía, el mundo es un pañuelo]. Sabía que Epstein (1897-1953) fue un cineasta y teórico del cine, pero nunca se me dio por ver sus películas ni leerlo. Es uno de esos nombres que se mencionan al pasar en los cursos de historia del cine. Lo publicó la editorial Cactus, que tiene en Twitter un editor muy kirchnerista, al que suelo insultar cuando me cruzo con él. Sin embargo, el tipo insiste en mandarme los libros y me asegura que me van a gustar. Y la verdad es que el catálogo de Cactus es por los menos curioso: desde Spinoza a Samuel Butler y con mucho Deleuze. Ultimamente publicaron tres títulos de cineastas, uno de Abel Gance y dos de Epstein. La inteligencia es un libro de 110 páginas, compuesto por textos breves, de cuyo origen e ilación no se ofrecen explicaciones. La contratapa dice apenas que fue “el cineasta más filósofo”. Pero miren lo que aparece en la segunda página bajo el título “Retratos que dan miedo”:

Decepcionante, desalentadora, tal es la impresión común de las principiantes, incluso bonitas y llenas de talento, cuando por primera vez oyen y ven su propio fantasma en una proyección. Descubren, en su imagen, defectos que realmente no creen tener; se sienten traicionadas, lesionadas por el objetivo y el micrófono; no reconocen, ni aceptan, tales rasgos en su rostro, tales acentos en su voz; se sienten cada una frente a su doble, como en presencia de una hermana, nunca todavía encontrada, de una extranjera (¿cómo Chico Buarque?). El cinematógrafo miente, dicen. Raramente esa mentira parece favorable, embellecedora.

¿No es buenísimo? A diferencia de los deleuzianos, las enseñanzas que los filósofos desprenden con forceps del cine me parecen siempre de una gran banalidad. Pero este texto de Epstein merece que el libro se lea con atención. ¿Lograré hacerlo, dedicarle el tiempo necesario? Espero que sí. [Ahora Rivers canta Catch the wind, el tema de Donovan, la versión es espantosa; en una película del Bafici alguien decía, creo que uno de los fundadores del Sarah Records, que preferían a Donovan antes que a Dylan; de golpe, una frase así hace pensar si no tendrán razón].

Me gustó todo lo que leí de Iosi Havilio, especialmente las dos primeras novelas, Opendoor (que elogió todo el mundo) y Estocolmo (que tuvo una recepción mucho más fría). La tercera, Paraísos, me pareció inferior. Pero ahora publicó dos libros casi juntos, La serenidad (Entropía, 2014) y Pequeña flor (Random House, 2015). Fui al café con La serenidad. Lo miré y lo miré. El diseño de la tapa es muy atractivo, muy armonioso (como ocurre con la editorial y con lo que hace Gonzalo Castro) pero además está ilustrada con un cuadro en el que se ve una pila de mujeres desnudas. El cuadro es “Las Oréades”, pintado en 1902 por William Adolphe Bouguereau (mucho gusto), pero se repite en el interior del libro, que incluye otro cuadro, “Grieta” (1996) de Antonio Castilla Portillo. Este parece el dibujo de una concha (una versión esquemática, con pocos detalles de El origen del mundo de Courbet). El libro se divide en partes y cada una en pequeños capítulos. La primera parte está precedida por este resumen:

De cómo El Protagonista rompió con Bárbara, se enredó en discusiones ontológicas y fue humillado por la presencia de el Gran Otro.

No empecé a leer, pero frente a esta presentación tan elegante y las delicias que promete en el terreno de la imaginación y la estética, uno está inclinado a decir que la literatura argentina atraviesa un gran momento.

Nunca había recibido libros de la editorial Blatt & Ríos, pero el otro día me llegaron tres juntos, de los que ya había comprado dos. Decidí mirar La poética del asunto, de Federico Merea [no aguanto más a Johnny Rivers; pasé a Volume Two de Soft Machine, del otro lado del planeta musical, que por alguna extraña razón estaba en la columna de la derecha de You Tube]. El libro de Merea es original. Dice la solapa que nació en 1973 y es camarógrafo y fotógrafo. En el segundo cuento, La empanadita (es un libro de cuentos cortos, el primero narra una deliciosa comunión de borrachos) el protagonista es un fotógrafo que va a cubrir una muestra de escultura en la que hay poco catering. Merea escribe esta rara frase:

Los canapés y el champán circulaban con escasez.

Es una oración antigua, uruguaya. Lo que leí hasta ahora es así, un costumbrismo distanciado, como el de alguien que no puede evitar asombrarse ante lo que le ocurre. Me cuesta pegar la prosa de Merea con otras recientes.

Al final, me quedó sin abrir en la pila Biografía, el último de César Aira, al menos el último que compré. No sé por qué tengo cierta resistencia a leerlo. Me pasa lo mismo con el de Wilcock, que me cuesta abordar. Y no porque no me guste Aira, al contrario. Creo que la explicación es que, como outsider de la crítica literaria, siento que ciertos libros son para que hable de ellos la gente importante, mientras que a mí me tocan los autores más desconocidos o menos manoseados, como si un jefe de redacción universal distribuyera las tareas.

Foto: Flavia de la Fuente

5 comentarios to “Diario intermitente (10)”

  1. La Novia de Troll Says:

    Un grande Epstein!! mejor que Gance por supuesto (Daney filiaba a su amigo Carax con Don Abel, y tiene razón!!!)

  2. Yupi Says:

    Y dale con la gente importante. No existe, como el ratón Pérez. Pongamos alguien conocido: Luis Chitarroni. Es buen lector. Como también es editor a veces elogia cualquier cosa, pero nadie puede negar que es buen lector. Bien. Desde que me enteré que Chitarroni está escribiendo un libro sobre Borges no duermo. Vivo aterrorizado. Todas las mañanas, llueva o truene, pido al cielo que no se le cuele algún dislate irremediable, alguna barbaridad sin retorno. ¡Y esto ocurre con el más importante!

    En fin, no insisto más. Como alegato final llamo a declarar a una de las referencias más importantes de Aira. De su poema Picking and Choosing:

    Gordon Craig, tan parcial y descarado –un crítico de verdad.

  3. A. TTou Says:

    Como escribió Ernst Jünger en Pasados los setenta III: “Como lector, uno querría multiplicarse.”

  4. Montañés Says:

    Las Oréades, torbellino de ninfas desnudas entrelazadas en una tapa, favorita instantánea.

    Beautiful to watch.

  5. Mario Says:

    No me gustó el libro “canónico” de Havilio (Opendoor) pero Pequeña flor y La serenidad me parecieron buenísimos. ¿Qué dirá Quintín?

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