Diario intermitente (6)

por Quintín

23 de mayo

Considero dos posibilidades: ver Mad Men entera o leer las memorias de Casanova. Los dos tomos de Historia de mi vida vienen en una caja y son (es) uno de los libros más grandes de mi biblioteca. En la hermosa edición de Atalanta son un poco más de 3000 páginas. Siempre quise tenerlo y el año pasado lo compré en la feria del libro gracias a un buen descuento del amigo Waldhuter. Cada tanto lo saco de la caja, lo miro y leo alguna página al azar. No me animo a encararlo desde el principio.

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Como para prepararme, el otro día leí un libro más chico (apenas 120 páginas) que se llama Los últimos días de Casanova. Hay dos historias que contar acá. Una es que uno de los misterios de la vida de Casanova es el de estas memorias. Aunque Casanova era veneciano pero escribía generalmente en francés para tener más lectores y es lo que ocurre con las memorias. Produjo Ma vie jusq’à l’an 1797, entre 1790 y 1793 y lo corrigió hasta poco antes de su muerte en 1798. Pero el libro se detiene en 1773, ¡veinte años antes!

Se especula mucho sobre este punto y una de las teorías es que Casanova la pasó mal a partir de ese año en el que obtuvo el tan anhelado perdón formal del Dux de Venecia. Durante doce años deambuló por Europa haciendo trabajos inconfesables de espía y sin conseguir un patrón que le pagara bien. En 1785 el conde Waldstein lo contrata como bibliotecario de su castillo en Bohemia (en un lugar llamado Dux, hoy Duchcov en la República Checa), donde lo tratan como un criado más y se aburre horriblemente hasta su muerte. La idea es que Casanova no quiso narrar sus penurias económicas ni su decadencia como seductor y hombre de mundo. Eso dice también Félix de Azúa en el prólogo de las memorias, aunque con tanto énfasis que no es del todo convincente, ni de que esa sea la razón ni de que el declive de Casanova fuera tan pronunciado.

De todo esto, de lo ocurrido después de 1773, se ocupan Los últimos años de Casanova, una hermosa edición de Atalanta, tapa dura, ilustraciones de la época, una espectacular fotografía del castillo de Duchcov en las guardas. ¿Qué son las guardas? Lo acabo de aprender: son las dobles páginas que aparecen detrás de la tapa o antes de la contratapa. El libro es de 1929 y los autores dos franceses, Joseph Le Gras y Raoul Vèze, a quienes se tragó el tiempo: cuando la editorial decidió traducir La vieillese de Casanova, no encontró herederos a quienes pagarles por los derechos.

Le Gras y Vèze eran dos casanovistas, palabra curiosa que vi por primera vez en el librito. Es que Casanova tuvo una vida curiosa y una sobrevida más curiosa aun: famoso en su tiempo (aunque con una fama ambigua) ignorado por muchos años, reducido a la categoría de gran libertino y de folletinista mentiroso, empezó a encontrar defensores a mediados del siglo XIX y poco a poco su calidad literaria empezó a ser reconocida. Pero un genio no celebrado como se merece, cuyas obras no se publican (la primera edición completa de las memorias es de 1960), requiere de partidarios fervorosos y ahí entran en juego los orgullosos casanovistas. El casanovismo organizado perduró al menos hasta 2013, en el que se cerró L’intermediaire des casanovistes, la revista que agrupó a los estudiosos de Casanova en los últimos treinta años.

Evidentemente, el conde Jacobo Siruela, responsable de Atalanta es un casanovista más. Cuando dirigía la editorial que lleva su nombre, publicó A propósito de Casanova, de Miklòs Szentkuthy, un libro que tiene dos partes: “Biografía de un santo” y “Santa lectura”, lo que prueba la intensidad de la adhesión al personaje. Abro al azar el libro de Szentkuthy y encuentro esto:

Alguien que teme el romanticismo nunca podrá ser un clásico, alguien que no tuvo nunca un puñal asesino entre las manos nunca podrá estar enamorado ni ser un hombre.

Tal vez este húngaro loco sea el personaje más interesante de todos. Pero estoy seguro de que leer a Casanova es tan provechoso como dicen: no solo un gran escritor sino el mejor testimonio posible sobre la vida europea en el siglo XVIII.

Un fantasma a mi lado susurra que, en ese sentido, Mad men es el equivalente del mamotreto de Casanova, pero sobre la vida en Nueva York en los años sesenta. Qué fantasma más boludo.

Foto: Flavia de la Fuente

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3 comentarios to “Diario intermitente (6)”

  1. Johny Malone Says:

    Es cierto, poca gente sabe lo que son las guardas. Además confunden tapas (o cubiertas) con portadas, prólogos con prefacios, apéndices con anexos… ¡sobre todo los autores! Con los dispositivos móviles ya no tendrá importancia.

  2. Yupi Says:

    Una joya ese mamotreto, lealó, dijera Cafiero. En el ámbito local Bioy Casares fue el primero en desarrollar la posibilidad erótica de los eventos literarios. Nadie lo reconoció nunca. ¿Por qué? Tal vez porque parece imposible reconocerle un rasgo popular a un integrante de la llamada oligarquía, aunque en ese punto Bioy haya sido más multitudinario que el propio Gardel.

    Gran cierre:
    #cannesdeojito. Un festival intenso. Volvemos a casa agotados.

  3. Maria C.Reiriz Says:

    Querido Quintin: El libro es una joya para leer de a poco. Tal vez lo mas interesante sea la voz de Casanova, esa primera persona reflexiva en la vejez. Tiene algunas escenas memorables, como cuando la abuela lo lleva en góndola a que lo cure una bruja y se le aparece una divinidad en los sueños despues de verla. También cuando se confiesa cristiano y lector de Ariosto. Pero no creo que debe ser leído de corrido. Como dijo Borges de Proust en una conferencia: No lo disfrute bien porque lo leí todo… Un abrazo

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