Diario intermitente (1)

por Quintín

14 de mayo

En un rapto de optimismo, bauticé el archivo que contiene este texto “Diario (001)”, convencido de que llegaré al menos a la entrada 999 antes de que los archivos se desordenen en la computadora. ¿Tres años? No es tanto tiempo, aunque no sepamos qué va a ser de nosotros.

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Hace unos días leí un librito que se llama El hijo del presidente, del escritor chileno Leonardo Sanhueza. Llegó a mis manos de un modo curioso. En octubre, después del festival de Valdivia donde Flavia presentó 15 días en la playa, pasamos por Santiago de Chile, donde visitamos la librería de nuestro amigo Gonzalo Maza en Ñuñoa. Después, Gonzalos nos invitó a comer a su casa que queda muy cerca. En la librería seleccioné provisoriamente una veintena de libros chilenos y los llevamos a la cena que compartimos con algunos escritores y cineastas chilenos. Allí les propuse practicar un juego que consistía en que me asesoraran sobre los libros que le iba a comprar a Maza, de modo que los fui sacando uno a uno de la pila y pidiendo la opinión de la concurrencia. Algunos fueron rechazados con abucheos, otros provocaron discusiones pero algunos pasaron brillantemente la prueba. No me acuerdo lo que se dijo sobre Sanhueza, pero me volví de Chile con dos libros suyos recientes, El hijo del presidente (Pehuén, 2014) y La edad del perro (Penguin Random House, 2014).

El hijo del presidente tiene apenas 62 páginas y es de un género indefinible, pero ya que no es fácil definirlo déjenme ponerle “cuento de hadas basado en hechos reales y con un final triste.” Cuenta la historia de la amistad entre Pedro Balmaceda (1888-1869) y Rubén Darío (1867-1916). El segundo es el famoso poeta nicaragüense que vivió en Chile entre 1886 y 1888. El primero no es tan conocido hoy, pero fue el hijo contrahecho y genial del presidente José Manuel Balmaceda, que vivió enfermo y murió poco más tarde. Cuando se conocieron, ninguno llegaba a los veinte años y tuvieron una relación de gran afecto y de alta reciprocidad intelectual: Darío tenía talento y ambición y el otro una cultura prodigiosa (tal vez fuera el latinoamericano más ilustrado de su época).

De hecho, aunque nunca sailó de Chile, descubrió antes que nadie a Flaubert, a Balzac, a Baudelaire, a Verlaine. Ningún otro chileno había leído a los franceses contemporáneos cuando él ya los había leído a todos. Ningún otro chileno, tampoco ningún otro latinoamericano. Apenas salía un número de la Revue des Deux Mondes se embarcaba en el primer transatlántico rumbo a su escritorio.

Estos datos se pueden encontrar en la wikipedia pero lo que hace Sanhueza es contar esta pequeña historia con un brillo y una gracia sorprendentes, inusual en los escritores de la región: el librito es sereno y feliz, salvo porque los amigos se enemistan al final y uno muere al principio. Para dar una idea del intelecto de Pedro Balmaceda, Sanhueza lo compara con Funes el memorioso, el personaje de Borges que como él nació en 1868 y murió a los veintiún años. Pero aun tratándose de mentes privilegiadas, eran opuestas. Sanhueza lo explica así:

El atributo de Funes era la memoria total, que a la larga era un impedimento. Su cabeza estaba atestada de imágenes, cifras, detalles y así, llena de bote a bote, era oscura para el pensamiento, como una biblioteca ya tan tupida que no deja entrar a su único lector. Leer es seleccionar, recordar detalles. Y si leer es elegir, a Pedro le correspondió justamente ese destino: ser el lector absoluto, que se mueve a sus anchas por los amplios pasillos de la biblioteca, con un fervor literario que lo llevaba a ser un adelantado.

Pedro reconoce inmediatamente el talento de Rubén y se hacen muy amigos. Lo ayuda a conseguir trabajo, a conocer gente y a publicar. Pero después se distancian y se despiden amargamente. Sanhueza da a entender que Darío tenia bastante de arribista y, en algún momento, no le convino la cercanía con los Balmaceda. Pero de todos modos, cuando Darío se entera de su muerte, ya vuelto de Chile, lo saluda con esta frase:

Vivió de la luz y se apagó como una estrella.

Creo que El hijo del presidente reúne algunas características inusuales. Está escrito desde fuera del tiempo, como si Sanhueza mirara el siglo XIX no desde el XXI sino desde otro planeta, un planeta literario al que no llegan los ecos del presente. De ahí el tono de cuento de hadas narrado para un lector que, como un chico, tiene todo por aprender y no está contaminado por las pasiones de su época desde las que lee las de sus antepasados. Sanhueza practica una especie de anti revisionismo y, al mismo tiempo, parece escribir para demostrar la superioridad de la lectura sobre la escritura. Ese rasgo borgeano es raro en los escritores chilenos (y en casi todos los escritores), siempre atentos a la marca de su prosa y al aliento de su empresa. Por eso, tal vez, Darío es el villano de este cuento.

Me entusiasmó tanto El hijo del presidente que decidí escribir este diario y ocuparme de él en la primera entrada. Empecé esta pequeña nota hace dos días, pero recién pude terminarla ahora. De modo que no es del todo un diario, aunque me gusta llamarlo así. Estoy leyendo un libro sobre Casanova del que hablaré en una próxima entrada, aunque creo que antes voy a incurrir un poco en la política. Tal vez hoy mismo.

Foto: Flavia de la Fuente

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Una respuesta to “Diario intermitente (1)”

  1. Yupi Says:

    Vamos todavía. Linda entrada. Mejor que no sea solo literario, así entra todo, y mejor aún la anotación sin mayores precisiones. Recuerdo muchas de Victor Hugo del tipo: “A las 12 vino el sastre”. ¿Por qué, para qué, qué se dijeron? ¿Era de verdad un sastre o una mujer? ¿O un escritor famoso por sus versos deplorables? Nadie lo sabe.

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