Un mártir de nuestro tiempo

Publicada en Perfil el 26/4/15

por Quintín

En el Bafici que terminó ayer, hubo tres películas en las que aparecen directores de cinematecas. Los que se dedican a conservar películas y exhibirlas periódicamente suelen ser gente que confía más allá de lo habitual en la cultura cinematográfica, en su influencia y en su poder transformador. Así, pudimos ver a Gian Luca Farinelli, director de la cinemateca de Bolonia, decir que sin el gran cine del pasado y su capacidad para evocar la Historia, la posibilidad de que el futuro no arrase con el presente está seriamente amenazada. También vimos a João Bénard da Costa, legendario director de la Cinemateca Portuguesa, sostener que su institución tenía básicamente la misión de crear un espacio para que el cine prosiguiera cuando terminaban las proyecciones, porque la cinefilia es ante todo una manera de organizar la vida alrededor del cine.

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Pero el más radical entre sus colegas, de un modo particularmente trágico, resultó Naum Kleiman, un ruso nacido en 1937 que tuvo a su cargo hasta hace poco el Museo del Cine de Moscú y en torno de quien gira la película Cinema: A Public Affair de Tatiana Brandrup. La historia de Kleiman y el museo empieza un poco antes de la Perestroika, cuando la administración soviética lo designa temporariamente como su director después de pasar años al frente de los archivos Eisenstein. La relación de Kleiman con Eisenstein es muy particular: siempre lo consideró un héroe que nunca transó con el régimen ni aceptó la intimidación de Stalin y, en cambio, siempre luchó para que la sociedad civil tuviera su lugar como alternativa al Estado. La interpretación de Kleiman parece ingenua o extraña, pero de su amor por el cine de Eisenstein y por su secreto coraje cívico, concluía que su propio trabajo en los archivos del cine y el Museo tenía como objetivo la creación y el fortalecimiento de una sociedad civil en Rusia. Pero el pensamiento de Kleiman es también contradictorio con los dogmas liberales y así es como siempre creyó que el cine soviético exhibía valores que escapaban a las reglas de la censura y que eran la base para una unión en libertad de la sociedad rusa (e internacional) del futuro.

Tras la época permisiva de Yeltsin, a Kleiman le tocó lidiar con Putin y con la ola de creciente corrupción e intolerancia. Y particularmente con la siniestra figura de Nikita Mijalkov, quien aprovechando su cargo de presidente del sindicato de profesionales del cine, vendió en nombre de la organización el edificio del Museo a un comprador anónimo por un monto desconocido. El Museo se quedó sin sede y durante muchos años proyectó sus películas por todo Moscú. Pero finalmente, en 2014, Putin reemplazó también a Kleiman, quien les pidió a sus empleados que se quedaran para salvar lo que pudiera salvarse y para recordar que hubo una época en la que las personas podían conservar la dignidad frente al poder. Cinema: A public affair es una película enormemente triste, que evoca la abrumadora e impune injusticia a la que se suele entregar el despotismo cuando está liberado de controles. Es como si Kleiman hubiese sido elegido para representar como pocos personajes en el arte contemporáneo el lugar de mártir, una cuestión ancestralmente ligada a la cultura rusa, tan rica en sufrimientos terribles de sus ciudadanos.

Foto: Flavia de la Fuente

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5 comentarios to “Un mártir de nuestro tiempo”

  1. Yupi Says:

    Los rusos son raros en serio. Una vez cometí la imprudencia de hacer escala en Moscú y por curiosidad me pasé un día entre rusos, superafectuosos, pobrísimos, siempre al borde de soltar las lágrimas por cualquier cosa. Tienen una especie de complejo de inferioridad disfrazado de complejo de superioridad (en esto son argentinos ciento por cien). La gente está muy por encima de sus políticos pero parece ser la única que no se da cuenta, lo aceptan como una especie de fatalidad irrevocable.

  2. Yupi Says:

    Salud a los trabajadores provisorios.
    http://www.youtube.com/watch?v=JEgfH4O135o

  3. Montañés Says:

    Cerraron Grooveshark. Lo voy a extrañar. Últimamente no venía bien con su diseño renovado, más engorroso y menos eficiente. Llegaban noticias sobre los ataques judiciales a los que estaba expuesto. En fin, fue bueno mientras duró. Queda en el recuerdo su pura y distinguida pasión pirata por la música y, particulamente, las mil discografías que descargué con JDownloader de su biblioteca (era particularmente rico para eso). Es verdad que igualmente gratis todo se encuentra en YouTube, pero el objetivo puramente musical de Grooveshark, su lógica alrededor de los álbumes y su interfaz más despojada y con menos publicidad tenían un qué se yo de complicidad melómana frente a las recargadas páginas de YouTube. Especialmente feliz era su negación esencial a esa aberración antimusical llamada videoclip.

    Making some noise anyway.

  4. Montañés Says:

    Y hablando de YouTube, esa monstruosidad babélica, de allí se pueden descargar canciones con mucha facilidad con esta herramienta online (mp3 a 320 kbps) y con esta otra, más discreta (128 kbps) pero igualmente eficiente y adictiva.

  5. Montañés Says:

    Liberation.

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