Intrascendencias (70)

Dupont

por Quintín

Hoy tuve en Twitter un divertido intercambio con Mariano Dupont a partir de la Intrascendencia de ayer. Paso a transcribirlo:

D. Otra vez Quintín en su cruzada de amor-odio contra el «Círculo Rojo».

Q. Ni amor ni odio, perplejidad.

D. «No somos locos, somos la aristocracia de la literatura, y que los demás se queden mirándonos con su cara boba y perpleja».

D. Se lo dice Libertella en una carta a Lorenzo García Vega, está en el prólogo a Devastación en el Hotel San Luis.

Q. Gran frase. Yo soy un bobo perplejo por vocación.

D. Jaja! yo creo que tu problema con cierta literatura es que tratás de «entender». y no hay nada que entender, hay que ESCUCHAR.

En estas pocas líneas se resume una de los misterios que intento aclarar (sobre todo para mí mismo) en estas notas. Es importante la aparición de Libertella, gurú del Círculo Rojo. De estas cosas veníamos hablando. Cuando un grupo intelectual se siente la aristocracia de algo pasa a un estado en el que los iniciados, para usar una metáfora futbolística, se entienden de memoria mientras que a los no iniciados les quedan dos alternativas. Una es entrar al círculo mediante relaciones de afinidad con sus miembros o algún acto iniciático y empezar a «escuchar» y, en consecuencia, a poder discriminar qué es aceptable para los parámetros del grupo y qué no lo es. La otra es quedarse afuera e insultar a los que están dentro del círculo esotérico por esnobs, elitistas y mistificadores.

Flor1

A mí la primera alternativa me ha sido negada en los hechos. De vez en cuando, algo de lo que escriben los del Círculo me hace gracia o consigo que resuene de algún modo. Después me quedo afuera, perplejo, bobo. Escucho pero no oigo nada. Que es un poco lo que me pasó en las páginas que leí de la novela de Dupont. De todos modos, trato de no insultarlos, porque soy una persona muy civilizada y, de algún modo, les otorgo el beneficio de la duda que no le otorgo a otra clase de escritores. Es que los libros del Círculo me han parecido a veces oscuros, a veces tontos, pero nunca los encontré obscenos ni mentirosos ni calculados como sí me pasa con otro tipo de literatura. Es simplemente como si hablaran una lengua extranjera. Uno no se puede enojar porque otros hablen un idioma distinto. Aunque es cierto que esa sensación de quedarse afuera es frustrante.

Y, por otra parte, sé lo que significa sentirse parte de una imaginaria aristocracia intelectual. La cinefilia es una de ellas y ciertos modos refinados de la cinefilia lo son más aun. En un tiempo, solía pensar que yo era un integrante del pequeño grupo de críticos y programadores en todo el mundo que entendían lo que ocurría con el cine contemporáneo y podía distinguir sin dificultad las películas kosher de las que no lo eran. Desde ese lugar, con alguna que otra concesión (no muchas por lo que recuerdo), programábamos el Bafici. Claro que se trata de un conocimiento, si se puede llamar de ese modo, muy difícil de transmitir pero también muy difícil de reconocer como tal por quienes están fuera de la logia aristocrática, que tienden a pensar (con o sin razón) que el gusto, la opinión o la sensibilidad de ellos es equivalente a la de quien ha llegado al satori cinéfilo. Pero todo satori requiere de un entorno adecuado y todo esoterismo de un contacto con pares y discípulos (Libertella los necesitaba y otros escritores me parece que no) fuera del cual pierde vibración y sentido. Ahora estoy lejos de la sensación de iluminación cinéfila pero, de vez en cuando, en alguna charla, la recupero a medias. Y también veo los esfuerzos del que está afuera para intuir de qué va el asunto. Por ejemplo, en Twitter suelo tener de punto a Eugenio Monjeau, que trata de mostrar que va adquiriendo conocimiento cinéfilo, pero no apunta en la dirección acertada y se termina irritando, recurriendo al argumento de que un juicio es tan bueno como cualquier otro, algo que deja de tener pertinencia si se trata de entrar en un modo de apreciación esotérico, en este caso del arte. El maestro zen no discute con los candidatos a discípulos. Por la misma razón es que Dupont se niega a dar explicaciones. Dice «escuchen y si no oyen peor para ustedes».

De todos modos, volviendo a Arno Schmidt, lo que me complica la vida es cierta ambigüedad en el tono. Está claro que la novela de Dupont habita con ironía una de las prácticas institucionales de la literatura y, por extensión, todas las demás. El congreso de escritores (en este caso la residencia creativa) es casi un lugar común. Un comentario habló del libro de Chejfec, se podría mencionar a Aira o a Coetzee, entre otros. Y es un lugar común de los escritores mirar estas instancias con sorna pero, al mismo tiempo, reconocer implícitamente que son parte del oficio. Aquí, Dupont hace notar que se trata de «literatura experimental» y es obvio que la categoría le parece más bien ridícula. Para poner en evidencia ese carácter recurre al cine experimental y menciona a Godard, a Straub y a Brackage, cuyas películas, según dice, ningún escritor experimental se molesta en ver. Aquí es donde la ambigüedad me preocupa. ¿Qué opina Dupont de Godard o de Straub? ¿Es la cita simplemente lo que piensa el director de la fundación, un burócrata especialista en lugares comunes? ¿O es Dupont que pone algo por poner, dentro del fluir de lo que debe ser «escuchado pero no entendido»? Lo cual lleva a una pegunta más complicada. La literatura del Círculo Rojo, la literatura de Libertella, la literatura de la aristocracia, ¿es una literatura de meros significantes? ¿O esta idea de la escucha es simplemente una excusa para escribir cualquier cosa? Ahora, si alguien no escribía «cualquier cosa», ese era Arno Schmidt.

Foto: Flavia de la Fuente

15 respuestas to “Intrascendencias (70)”

  1. Sandra Rivelli Says:

    Yo creo que la principal objeción que puede hacerse a esa literatura del «circulo rojo» o a las tendencia similares es que no emocionan, no conmueven, no invitan a una relectura a través de los dias. Pueden tener algo de pirotecnia o de «gracia» como decís bien Quintin, pero nada más….Confieso, aunque parezca una herejía que algo parecido me pasa con Bolaño.
    Me gusta tu final, Quintin,, creo que se escribe «cualquier cosa»., aun desde la buena fe.

  2. Johny Malone Says:

    Puede haber literatura que no busque interesar, y que al mismo tiempo interese? El libro de Dupont habla también del sexo de los osos polares: puede ser la rendija para entrar.

  3. dasbald Says:

    El snob siempre tiene necesidad de aclarar que es aristocrático. Preferiría que se asumieran como tales, como usurpadores. Con todo lo subversivo que tiene. Pero prefieren posar de conservadores.

  4. dasbald Says:

    Nada más lejos de la aristocracia que el zen. El maestro sabe que él y el discípulo poseen la misma naturaleza, sólo que aún el discípulo no se ha dado cuenta. El hombre sabio y el común son iguales.

  5. La novia de Troll Says:

    JL Godard y JM Straub suponen una pedagogía, mucho mas allá del «hedonismo del significante», que parece no interesarles, Por lo que contás, parecen a mitad de camino, entre J Waters y P Greenaway!! :D

  6. Marcelo Miceli Says:

    En un punto, incorporar al otro en el diálogo (de escritura en este caso) es visto por quien se quiere elitista como un acto de humillación, y por eso rechaza herramientas de seducción que otros escritores incorporan quizá por necesidad, quizá por interés, pero también por humildad.
    Bueno, la palabra humildad suena medio pedorra, pero aproximarse al otro es un ejercicio de humildillación que algunos intentan, otro no.

  7. La novia de Troll Says:

    MM esos argumentos no son pertinentes, desde Libertella y Beckett!! :D

  8. Yupi Says:

    Al cabo de los años comprendemos que las teorías importan un rábano, y que sólo son un punto de despegue para cada escritor. Las polémicas se apoyan en el presupuesto falso (y necesario) de que existe una verdad general. Por supuesto, la realidad prueba lo contrario. Un día apareció Manuel Puig y dijo “Han vivido todos equivocados. Yo les diré la verdad” y escribió La traición de Rita Hayworth. Después vino Lamborghini y dijo “Nadie entiende nada. Yo les diré la verdad” y escribió “Sebregondi retrocede”. Después vino Saer y dijo “Qué error. Yo les diré la verdad”, y escribió El limonero real. Después llegó Aira y dijo “Pobres ingenuos. Yo les diré la verdad” y escribió Ema la cautiva, La liebre y todas las demás. De más está decir que nadie acertó. Si alguien escribiese un libro que expresara la verdad última y definitiva (lo dice Wittgenstein) provocaría una suerte de explosión de todos los otros libros. Ya no tendría sentido escribir ni la lista del supermercado.
    Créanme, les digo la verdad.
    http://www.youtube.com/watch?v=bJXo7i8khxU

  9. Johny Malone Says:

    No hay nada menos seductor que la verdad, decía Baudrillard. Es lo que menos importa, sobre todo en literatura. Coincido con MM: tiene que haber seducción. Sin embargo, el hermetismo en sí mismo puede ser seductor, y eso siempre hace tambalear todo.

  10. hugo abbati Says:

    Me gustaría que alguien me pueda dar una mano y me aclare a qué círculos, y de qué color, pertenecieron Raymond Roussel, Franz Kafka, T.S. Eliot, Joyce, Musil, Döblin, Beckett, Bernhard, Platonov, Uwe Johnson y tantos otros. ¿O sólo tienen círculos los muchachos bonaerenses? Eso de hablar acerca del contexo en el que se produce la escritura y hacer de esa descripción la marca de su propia originalidad, y proclamarlo con aires revolucionarios, es una gansada. Despúes de leer «Aún» de Dupont, releí «Mientras Agonizo» de Faulkner (uno que, con seguridad, andaba a la busca de un círculo) y me dije ¡Grande Dupont!, aunque a veces le falle el Significante y se le vaya pa´l lado de Hugo Savino.

  11. NP Says:

    Salvo por el «con o sin razón» que parece anularla, es interesante que alguien que perteneció (o pertenece, porque la aristocracia es vitalicia…) a ese círculo haga una autocrítica. Sobre todo porque el círculo cinematográfico es peor: ni siquiera intenta escribir el manifiesto que demuestre su infalibilidad. Con el anillo papal les alcanza.

  12. Galcero Says:

    Es increíble que al día de hoy un escritor proclame que «hay que escuchar y no entender», una frase que tiene toda la vetustez de un slogan surrealista.

    Por otro lado, y sin haber leído la novela de Dupont y por lo que Quintín describe, estimo que el título «Arno Schmidt» está referido específicamente a «La república de los sabios», en donde un periodista norteamericano, Winer, es enviado a la isla móvil en la cual viven en comunidad los artistas más relevantes. (Hay un prólogo memorable del supuesto traductor al alemán del libro, escrito en el futuro desde Chubut, Argentina).

    abrazo

  13. Yupi Says:

    Todo escritor es el último escritor. Si no se acepta esto en sentido fenoménico, se lo puede aceptar como herramienta de la crítica, o de la lectura. Con el escritor muere una época, ésta o cualquier otra; “época” entendida como el colectivo histórico en el que participó, a título de componente, la obra de ese escritor y su mito personal. (¿Cómo iba a sobrevivir “la época de Proust” a la muerte de Proust? ¿En qué cabeza cabe?) Es un mundo que se desvanece, todos sus participantes mueren, no queda ningún soporte para sus recuerdos, y sus sentidos sutiles, los sobreentendidos o hábitos en que se basaba su vida se pierden inexorablemente (las reconstrucciones que harán los filólogos, si los hay, serán aproximativas, torpes e hipotéticas). En ese mundo había literatura, y por supuesto escritores: sólidas y nutridas generaciones de escritores de verdad, como un hilo dorado. Pero cuando ese mundo se extingue, por una impenetrable ley del tiempo, muere con él la literatura, y el escritor que ha quedado en la postrera hebra del hilo de oro es el último.

    Y sucede que todos lo son, los que lo precedían en el hilo también: sólo el hecho de haber estado en el pasado los preservó en la ilusión de que la literatura, y el mundo que la envolvía, iban a persistir. Pero ellos no vivieron el pasado, claro está, sino cada cual su presente subjetivo e intransferible de últimos, su propia atmosfera de Fin del Mundo. La ilusión aquí es objetiva, es nuestra. Cada uno de ellos vivió desengañado su condición de último escritor.

    Y su obra no es un elemento más de lo que desaparece, un color más en el cuadro que virará al blanco; es el punto central, el núcleo mismo de ese moderado apocalipsis. La muerte de la época se incubaba en su obra y su persona, y nació de él. Esta incubación es la que hace la calidad de su obra. Ahí, y sólo ahí, está su grandeza.

    César Aira, El último escritor

  14. Santiago Says:

    Esta buena la novela de Dupont. No se si a el le va a gustar pero para mi hay bastante de Aira y tambien de Leonidas Lamborguini. El maestro de este grupo o circulo rojo como lo denomino Quintin es Leonidas Lamborghini que es el que justamente habla de escuchar.

  15. hernán Says:

    Ponerle “Arno Schmidt» a una novela es una pendejada como la de Spinetta cuando hizo «Artaud». Cosa de chicos, aclaración innecesaria.

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