Intrascendencias (69)

Dupont

por Quintín

Mariano Dupont es del Círculo Rojo: Milita Molina, Hugo Savino, Esteban Bertola, entre otros. Hace poco me enojé acá con Dupont porque lo ponía por las nubes a Jorge Asís. Pero Planeta/Seix Barral me mandó la novela de Dupont. Así que me puse a leerla. Se llama Arno Schmidt. Arno Schmidt es un ídolo de Guillermo Piro. Una vez leí algo de Schmidt que me gustó. Otra vez discutí sobre Arno Schmidt con Eugenia Zicavo en Eterna Cadencia. Ella decía que era malo. ¡Ay Zicavo! ¿Por que será tan entusiasta de la literatura y le gustarán los libros malos? En fin.

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Leo hasta la página 49. Son 270, pero la caja de la edición de Seix Barral es rara, demasiado angosta, con márgenes externos muy anchos. Me produce cierta incomodidad. Lo de llamar al libro «Arno Schmidt» es evidentemente una ironía pero no sé muy bien cómo entenderla. El libro empieza cuando el narrador, que se llama Mariano Dupoont como el autor y como el autor es escritor, viaja a la Antártida becado por una fundación llamada ASEWR, Arno Schmidt Experimental Writer’s Residence. La sede antártica de la fundación es una especie de hotel de lujo. En el edificio hay un zoológico en una especie de gran campana de vidrio lleno de animales tropicales: monos, anacondas, tapires… Obviamente, todo es una broma, una burla a los congresos de escritores, a sus becas, congresos, etc. Incluso hay referencias en clave a ciertos escritores:

Uno de ellos es Pedro Marcial Mota. Disimuladamente, miro hacia abajo, confirmo: los bermudas amarillos y la famosa pierna inteligente de «ébano de Ceilán». Su marca de fábrica. El pelo se le ha caído bastante desde la última foto que vi de él. Pongo la oreja. Habla Mota. Los otros tres lo escuchan con atención, con deferencia. En los últimos años, apoyado en su handicap, en su calculada excentricidad, en sus boutades y en sus ideas peregrinas en torno al arte y la literatura, Mota ha sabido construir un verdadero emporio artístico-literario. Una pyme, bah. Es la envidia de muchos. Durante un tiempo lo admiré, lo reconozco, para qué mentir. Pero ya no. ¡Ahora lo detesto! Su vanidad y su afectación, que con los años no han hecho más que crecer y perfeccionarse, se me han vuelto indigeribles. Mota es pura impostura, esa es la verdad. Y como escritor… en fin.

Da toda la impresión de que Dupont está hablando de Mario Bellatin, ¿no es cierto? El día de la llegada de Dupont, el director de la residencia lo convoca a su despacho. Es para informarle que su función como director es hacer que los becarios cumplan su contrato, por el cual tienen que entregar un libro al cabo del tiempo de su estadía. Y que no se admiten borrachos ni holgazanes. La residencia de literatura experimental fue una idea del barón Carl Friederich von Brevern, que es muy estricto en las normas de productividad. Como son vanguardistas, al principio hacían proyecciones de cine experimental («Straub, Godard, Brackage») pero no iba nadie y ahora muestran escenas de películas experimentales en unos televisores desparramados a lo largo del edificio.

Dupont se pone a escribir inspirado en el Popol Vuh (nunca leí el Popol Vuh). Escribe esto:

¡Aquí comienza la historia quiché! Aquí escribiré la historia, la historia quiché, el antiguo relato del origen quiché en la ciudad de quiché. Todo, todo escribiré.  (…) No había más que una luz confusa en la superficie de la tierra. Un personaje, Pedrito Guacamayo que decía: «La posteridad de lo mío va a ser extraordinaria. Soy sabio. Vivo vida de sabio. Soy grande por encima del hombre construido. Soy el sol, la luz, la luna. ¡Grande es mi luz!

Y así cuatro o cinco páginas. Luego Dupont ve por la ventana a dos osos polares pelear por una osa que luego copula largamente con el ganador de la pelea.

Tuve un día difícil. Sé que la idea que Dupont y el Círculo Rojo tienen de la literatura es muy radical, que apuestan a una especie de lucidez fluida. Y además se nota una burla a las instituciones literarias. Pero hasta acá no le encuentro ninguna gracia. El libro parece el resultado de un contrato del tipo del de la fundación, en el que todo está estirado para llenar determinado número de páginas. Pero como siempre en estos casos, tengo también la sospecha de que no soy digno de lo que estoy leyendo. Me deprimo.

Foto: Flavia de la Fuente

3 respuestas to “Intrascendencias (69)”

  1. Maria del carmen Reiriz Says:

    Me fatigan los escritores que escriben sobre los grupos de escritores, con trucos de tribu para que los reconozcan los contemporáneos. Ironizar sobre los congresos y los premios me parece una superficialidad. Nadie puede leer ese libro y emocionarse.Te equivocas,Quintin, el libro no es digno de ser leído por vos. No está a tu altura. Yo lo compré y lo leí con esfuerzo porque amo a Arno Schmitd, que está ausente de ese mamarracho financiado. Yo, mientras tanto, sigo leyendo a Alvarez Tuñón, que no me decepciona. Empecé «las enviadas del final» , una novela que pinta muy, pero muy bien, Voy por la página 60 y ya la tengo subrayanda.Leelo, por favor, que para mi es un tapado. Saludos.

  2. ec Says:

    Sobre relatos acerca de congresos de literatura, me gustaría mencionar “novelista documental” incluido en Modo Linterna de Chejfec, en ese cuento un narrador argentino asiste a un congreso de escritores y críticos que no le interesa demasiado, en cambio su preocupación central pasa por obtener una foto con unas guacamayas que hay en el hotel.
    Allí también está Vila Matas a quien al parecer el evento literario tampoco lo entusiasma, pero enterado de que en el mismo hotel se hospeda Elizondo, el árbitro argentino que dirigió la final del mundial, el objetivo principal del español será sacarse una foto con el referí.
    La idea de documentar una situación a través de la imagen fotográfica esta presente en casi todos los relatos de “Modo Linterna” y Chejfec la utiliza para pensar un modo de ficción en el que las fronteras de lo literario se expanden, se contaminan en una permanente conjunción con la imagen que se da a través de la inserción de fotografías junto al texto o bien cuándo la propia escritura remite a lo fotográfico y lo visual o sea a imágenes literarias: se narran y se describen fotografías que los personajes toman. Eso también ocurre frecuentemente en Bellatín aunqeu de otro modo.

    Cuando el narrador de “novelista documental” le pide a una empleada del hotel que le saque la fotos con las guacamayas le dice:
    “le explico… que preciso las fotos para documentar que es cierto lo que escribo; que mi principal temor es encontrar a alguien que me pida cuentas, y después ante mi silencio me acuse de inventar todo. Le explico también que hasta a mí me llama la atención este miedo porque en realidad nunca me propuse escribir la verdad…Pero de un tiempo a esta parte no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de disolución. La novela, le digo, puede ser ficción leyenda o realidad, pero siempre debe estar documentada…” (106-107)…

  3. Yupi Says:

    Mi conclusión provisoria es que los autores no pueden quejarse. Quintín se las está ingeniando para nombrar prácticamente a todos. Qué más quieren, ¿que les teja un pulóver? Y si señala alguna falla en las novelas, aguanten el chubasco («después de todo, mi viejo, algunas partes malas tiene que haber», le escribió Chandler a Ian Fleming en una carta).

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