Empanadas de pino (3)

El FIDOCS y otras curiosidades chilenas. Películas ganadoras

por Quintín

Ayer vi en DVD Las flores de la familia, película uruguaya de Juan Ignacio Fernández Hoppe a la que Flavia, María Paz y Bisama premiaron en la competencia latinoamericana del FIDOCS. Lo primero que se me ocurre es que tiene algunos puntos comunes con El otro día, la película de Ignacio Agüero a la que los afrancesados y yo premiamos en la sección Primer Corte. Empezando porque Agüero, que es también protagonista de su película, podría ser perfectamente uruguayo. Le falta tomar mate, porque la parsimonia y el pudor son parte de su estilo.

Lo del pudor en el cine es raro. Cuando en El otro día aparece un fragmento de película hogareña en la que se ve un chico desnudo acostado junto a una mujer que le lee un cuento infantil mientras la cámara da un giro y parece asomarse debajo de su falda corta, esa repentina excursión en la intimidad —que solo dura unos segundos— pone de relieve lo que a la película le cuesta el contacto con los seres humanos y en qué medida es un triunfo contra la soledad y el solipsismo. Del mismo modo —o más bien exactamente al contrario— cuando la cámara de Fernández Hoppe interroga con infinita paciencia a su abuela y a su madre, envueltas en un conflicto que en otras manos podría ser obsceno y sobrevuela así un abismo de tristeza, demuestra que el cine necesita algo que la creciente demanda de emociones prefabricadas y espectáculos ostentosos tiende a pasar por alto. Ese algo no puede por definición estar incluido en el dispositivo: ¿cómo puede Fernández Hoppe escribir para un comité que tomará partido por su abuela y dejará bastante mal parada a su madre? Y Agüero, ¿cómo podrá justificar que su aleatorio recorrido por la periferia de Santiago implica un esfuerzo enorme de su parte, una ruptura de su comodidad, de las certezas protegidas en su casa?

El párrafo anterior sugiere que el pudor es una tensión tan contraria al ocultamiento, como al exhibicionismo, características distintivas del falso cine. El pudor es una condición restrictiva de la expresión, pero también lo que permite que lo más personal y lo más privado se expresen en el momento y en lugar que corresponde. Las flores de la familia y El otro día se sostienen en el pudor y en estructuras muy sólidas.

Para El otro día, Agüero empezó inventando una situación altamente artificial: poner la cámara del lado de adentro de la puerta de entrada de su casa y filmar a todo aquel que le tocara el timbre. Así, durante un año, ante cada llamado, Agüero atendió el llamado y les propuso a quienes aparecían en la puerta  —carteros, mendigos, barrenderos, vendedores, predicadores y despistados varios— revertir la situación e ir a la casa de los visitantes. Y así lo hizo, acompañado por un pequeño equipo de filmación. Sobre el comienzo de la película, Agüero cuelga en la pared un enorme mapa de Santiago y en cada salida va marcando los puntos visitados y los une por un hilo con la dirección de su casa. La película responde a esa estructura de telaraña. Originalmente se llamaba Geometría y misterio. Es una bendición para cualquier film tener un desarrollo que obedece a una configuración geométrica: hace a su estabilidad y su consistencia, como The Straight Story de Lynch o La ronde de Ophüls. (Incluso hay una película araña, Amsterdam Global Village de Van der Keuken, donde el director encuentra en la ciudad a personajes de todo el mundo y los sigue a sus países natales).

Lo del misterio es más misterioso, y más bien un misterio doble. Por un lado, entre salida y salida, Agüero intercala recuerdos de familia, fragmentos fílmicos (hay incluso una película de Ruiz filmada en esa casa), es decir cuenta de algún modo la historia de su vida a partir de algunas imágenes. Pero el mayor misterio son los otros, esos seres que vienen a perturbar lo que se intuye como la tranquilidad de un solitario, de un señor burgués y artista que decide romper con los rígidos protocolos de clase y aventurarse en la casa de los otros. El pudor aparece allí todo el tiempo, en la necesidad de evitar tanto el paternalismo como el desinterés, pero el resultado es formidable: en cada historia individual hay un mundo y la combinación de esos mundos dibuja el entramado social cuya expresión geográfica es el mapa en la pared. Algunos encuentros son esclarecedores, otros emocionantes y el último, con una chica de Valparaíso que busca trabajo en cine, es de una insólita frescura. Allí Agüero cambia de ciudad, sale del mapa previsto y también y se encuentra con una situación de clase que no es la de la barrendera ni la del mendigo sino con una clase media más limitada en sus desplazamientos sociales por la falta de contactos y de educación que por el dinero mismo. (Días más tarde, visitando la casa de Carla y Alvaro, que son de Valparaíso, pensé en esa chica a la que nuestros amigos no se parecen demasiado, pero comparte con ellos el origen en un mundo menos balizado por la burguesía santiaguina y sus aristocracias. (Ese mundo de la provincia chilena es también vez el motor secreto del cine de Raúl Ruiz.) El otro día está filmada con gran placer, con una noble serenidad y trasmite la alegría propia de un clásico.

En relación con El otro día, Las flores de la familia es una película más modesta en presupuesto y en variedad, pero igualmente sólida en su estructura y paciente en su realización. La abuela del realizador vive con su madre en un departamento (“apartamento” en uruguayo). La vieja tiene 90 años, pero está completamente lúcida y activa. Cuida sus flores y sus plantas, tiene un combate particular con las palomas, recuerda las películas de Bergman (¡qué cosa tan uruguaya!) y se expresa en términos de cierta religiosidad personal. Un día, la hija consigue un novio y trata de que la vieja se vaya de la casa. Hoppe filma las alternativas de este dilema afectivo durante largos meses y consigue uno de los retratos más precisos (y más cariñosos) de un anciano que haya dado el cine. Hoppe sostiene el film menos en lo que la abuela dice que en lo que la mujer ve y toca, en su horizonte sensorial, en su particular conexión con las cosas. Lo más interesante de la película es que aunque se organiza a partir de un conflicto, el desarrollo dramático importará mucho menos que el registro cotidiano del que emergerá la personalidad de la abuela por fuera de las categorías de la ancianidad en la que el mundo —e incluso su hija— quieren alojarla.  Y en su seguimiento del personaje, Hoppe encuentra una película pero encuentra también a su abuela.

No deja de ser una curiosidad (que no se menciona en el film) que esa familia fue alguna vez la de Mario Levrero, quien estuvo casado con la madre del director. En La novela luminosa o en El discurso vacío, libros parcialmente autobiográficos de Levrero, ambos aparecen y ella no queda del todo bien. Flavia —la experta familiar en el escritor— me asegura que Levrero hablaba con cariño de su hijastro, pero no recuerda si Levrero dice algo de la vieja, que no lo quería mucho: en algún momento sentencia que su hija nunca tuvo un marido como la gente.

Las flores de mi familia estuvo en el último Bafici, pero no escuché hablar de ella, a pesar de que el realizador contó que le fue bien con el boca a boca y la última función estuvo llena. Mensaje para nuestro amigo Panozzo: habría que hacer todo lo posible para que las películas del Bafici no se pierdan.

Foto: Flavia de la Fuente

Una respuesta to “Empanadas de pino (3)”

  1. Cristina Says:

    Hermosa nota Eduardo, me encantó pero ¿donde se pueden ver esas películas?

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