Fotonovela de aprendizaje (2)

por Flavia de la Fuente

Para consolar a Betina y, tal vez a Alejandra, les voy a contar que me llevó años decidir comprarme una cámara que no fuera pocket. Pese a la insistencia de Perrone o de Gonzalo Castro quienes me sugerían que debía comprarme una cámara decente, yo no me animaba. Pensaba que iba a tirar la plata, que iba a sacar las mismas fotos de siempre, que me iba a decepcionar. Por otra parte, no tenía la menor idea de qué comprarme y cada uno me recomendaba una marca diferente. En fin, la cuestión es que pasaban los años y yo seguía con mi Canon de bolsillo.

El año pasado se dieron dos situaciones. Por un lado, Pablo Braun me prestó una súper cámara, enorme, no recuerdo de qué marca. Me gustó mucho usarla pero me asustaba su peso y me sentía intimidada. Casi al mismo tiempo, empecé a charlar con Daniel Rodríguez (Dano), mi hoy amigo/maestro fotógrafo, quien pasó toda una tarde conmigo eligiendo online qué cámara podía ser la ideal para mí. Dano se tomó el tiempo de elegir cada detalle, ¡hasta me indicó el bolsito para guardarla! Compramos una Lumix Panasonic G2 porque no era tan pesada como una auténtica réflex, era un paso intermedio desde mi miniatura Canon a una cámara réflex de verdad (la mía es réflex por software). Recuerdo que durante toda la tarde, probamos muchas veces que yo tomara su maravillosa Pentax y de solo tocarla yo temblaba. Así que optamos por una opción intermedia, aunque el precio era el mismo. Les cuento que ya pasado un año, con Dano estamos pensando en que debería ir considerando la posibilidad de cambiarla por otra mejor.

Pero lo cierto es que sin Dano y viviendo en San Clemente, nada de todo esto habría sido posible para mí. Porque, a su vez, Dano me presentó a otra fotógrafa, Laura Rivera, y empezamos a trabajar los tres juntos. El año pasado empezamos a sacar fotos de cosas: un guante, un buzón, un zapato, un picaporte, un candado, etc. Teníamos que hacer una foto diaria y eran quince cosas. Fue una experiencia intensa y agotadora, porque yo sacaba miles de fotos con mi pocket Canon y me volvía cada noche loca para elegir. Por suerte estaba mi hermano Liso en casa que me ayudaba con su pragmatismo adquirido por años de trabajo en la televisión. Al enterarse de todas las fotos que sacaba por día, Dano le dijo a Laura: “Estamos frente a una gatillo fácil”. Para colmo, en medio del proyecto, llegó mi G2, así que tuve que aprender a encenderla, a usarla en automático y así rehacer todas las tomas, lo que no fue del todo posible. Pero, finalmente y tras semanas largas de trabajo, logramos presentar en la Colectiva de Rosario el resultado del trabajo.

La moraleja de todo esto es que sin un grupo de pertenencia o gente alrededor con quien conversar, no habría tenido sentido dar ningún paso. Porque, por ejemplo, ni bien comencé a trabajar con Dano y Laura, ellos me dijeron que tenía que usar archivos raw en lugar de jpg, cuando yo desconocía su existencia. Para los que no lo saben, los archivos raw son el equivalente del negativo en la foto fílmica, y hay que revelarlos. Para eso se usan programas de revelado como el Camera Raw, con el que todavía estoy luchando y, una vez revelado el raw, se lo retoca en el Photoshop, con el que también estoy en relaciones peligrosas.

Entonces, el curso de fotos lo empecé no solo para usar los controles manuales de la cámara sino también para aprender a revelar mis fotos, saber cómo ajustarlas para mandarlas a imprimir y para aprender a usar el Photoshop.

Hoy les voy a mostrar fotos de la niebla de ayer. Como todavía no aprendí a revelar bien mis raw, van a ver que en casi todas hay aberraciones cromáticas o que se ven raras, muy desaturadas, aun cuando no era lo que yo deseaba, pero fue la única solución que encontré para que no se vieran tan mal. Poder corregir todos esos errores es uno de mis objetivos del curso. Veremos si lo logro. Por ahora, vamos mal, pero no es culpa del curso, porque es de principiantes y nadie habló de archivos raw ni de reveladores. Pero yo sigo metiendo mano con la ayuda de Dano, Laura y también de Caro, la profesora virtual.

Ahora mi paseo fotográfico de ayer con Solita. Eran casi las cinco de la tarde, había una niebla tremenda. Yo andaba buscando fotos a la manera de William Eggleston en la playa (aclaro que no me volví loca sino que es un ejercicio del curso) y, si bien no vi ninguna de él en el mar, pensé que tal vez encontraría algo en la playa o al menos me divertiría caminando bajo la niebla espesa. Así que allí fui, en realidad, a fotografiar la bruma con algún toque de color. Y si había algún cartel o cualquier cosa, porque Eggleston fotografiaba todo lo que encontraba por ahí, gatillaría y chau. O sea que lo mío fue más que fotografiar a la manera de Eggleston, lo cual me resulta imposible porque no entiendo cómo usaba el color, imitar su actitud, caminar mirando y sacando una o dos tomas a lo sumo de cada cosa. Ah!, porque me olvidé de contarles que vi un documental de Michael Almereyda sobre Eggleston que se llama William Eggleston in the Real World, que muestra al hombre trabajando solo o con su hijo. Fue una experiencia inspiradora. Entre otras cosas, Eggleston reniega de cualquier tipo de encuadre, fotografía como le viene en gana. Fue liberador. Aunque, si uno mira sus fotos, Eggleston vino con un encuadrador incorporado, pero no me queda claro cuál es. Es interesante verlo cazando imágenes y ver el resultado.

Así que salí con mi cámara pocket, porque ahora también tengo una pocket manual que me regaló mi hermana Sandra, una Lumix que usa archivos raw lo suficientemente chica para salir a caminar por la playa y meterla dentro de la campera cuando está tan feo el tiempo.

Iba caminando con Soli, cuando de pronto se nos adelantó un hombre a paso rápido con una campera roja. Le saqué un par de fotos, no más que eso, para imitar a Eggleston.

Seguí avanzando, porque la caminata tenía como finalidad adicional sacar a tomar aire a Soli, que anda muy vaga la pobrecita, tan vaga que se nos convirtió en una perra almohadón, así que ahora la llamamos Oblomova. La muy maldita ya no quiere caminar ni salir al jardín y recién está por cumplir cuatro años. Apenas nos distanciamos un poco del muelle ya quiere volver a casa, no sé si sufre de una especie de fobia a alejarse de su cama o qué. Pero esto viene pasando (y va de mal en peor) desde hace más de un año. Así que ayer la llevaba atada, porque si no, la muy testaruda se cansa de rogarme que vuelva y de un pique se vuelve sola a la Sede Central. Así que ahí íbamos las dos luchando, Solita mirándome con cara de desesperación y yo haciéndome la distraída, cuando nos topamos con esta manzana. Le saqué más de una foto, hasta me senté en la arena mojada y me empapé el pantalón. Quedó un poco subielesca, pero es lo que hay. Les juro que la manzana estaba ahí, lo cual le da un poco menos de coeficiente subielístico a la toma. Pero es muy afectada y eso es culpa mía. Lo único que me gusta es que parece una manzana.

Las dos paseantes seguimos nuestro camino y nos encontramos con un pescador que lucía una gorra amarilla.

Solita me angustiaba, me miraba implorante y yo me hacía la dura. Me da miedo que se enferme por un cambio de hábitos tan brusco. Así que yo la guiaba como si nada, diciéndole “Vamos hasta el Edén y después volvemos. Vamos al Edén, Soli.” La frase debe sonar promisoria hasta para un perro.

En nuestro camino hacia el edén, encontramos un par de surfers. Este año el surf está muy de moda en San Clemente. Muchos jóvenes y nenes lo practican. Hay un mundo de surfers que me resulta muy simpático y colorido.

Acá va un retrato movido de Germán, un amigo surfer.

Y ahora uno más aplicado, de Germán y su compañero, pero retocado hasta dejarlos como dos muñecos en la niebla también manipulada.

Llegamos finalmente al Edén y solté a Solita. Cuando ella ve que mi intención es volver a casa ya no se escapa y corre alrededor mío, o se aleja a alta velocidad pero siempre vuelve. Me acerqué al parador mientras Soli corría por los médanos y tomé esta foto de un cartel, un motivo de Eggleston.

Caminé con brío por la arena seca. Qué bien me sentía en la playa, ya casi sin luz y con tanta humedad. Era un anochecer apacible. Poco a poco se iban encendiendo las luces del pueblo. Ya podía sacar pocas fotos, la luz era casi inexistente. Pero me topé con un puesto de comidas con palabras pintadas que me resultó ineludible.

Y Soli con su amigo también eran un tema obligado. Esta foto, de tanto retocarla, quedó en blanco y negro, no logré que me saliera bien el revelado en color.

Ya en la oscuridad, até de nuevo a Solita y huimos de la playa. Volvimos por nuestra cuadra y me detuve en la puerta de Moby Dick, la casa de pesca de Alejandro y Suni. Le saqué una foto al cartel. Pero sin trípode y tan poca luz el resultado es un desastre, o, mejor dicho, movido.

Hoy voy a salir a sacar fotos nocturnas, para ver si logro alguna a la Eggleston, como me pidieron en el curso. Voy a ir con el trípode que me prestó Dano. Pero eso es parte del próximo capítulo.

6 respuestas to “Fotonovela de aprendizaje (2)”

  1. guillermo Says:

    Flavia, ayer fui a ver la exposicion de un fotografo italiano, Giuseppe Cavalli, que me hizo acordar mucho a tus fotos por la falta de sombras, lo que da una sutileza de medias tintas mucho mayor. Fijate en Estorick en google y te va a salir, es un museo de arte italiano cerca de casa (a una cuadra de la hiedra depilada).

  2. Betina Z Says:

    Gracias por contar tu experiencia con esta didáctica fotonovela. Por el momento no podría comprame una cámara mejor que la actual, pero las veces que curioseé me sentí igual de abrumada (¿qué modelo elegir? ¿cómo decidirse? ¿cuál es la mejor cámara para uno?…). Mi querida camarita es una Canon SX 12 IS. Cuando la compré, la elegí porque entre las compactas era la más pesada, la que más parecía una cámara de verdad y no de juguete como esas extradelgadas que no me gustan ni medio.
    No me queda muy claro lo de los archivos raw, pero no te preocupes (tampoco es cuestión de que nos des el curso entero), me llamó la atención la idea de «revelar» una foto digital…
    Me gustó lo que contás de Eggleston, será porque lo más me gusta es tomar fotos casuales, de lo que aparce por ahí mientras camino… No sé si tendría paciencia para hacer fotos muy producidas.
    Muy lindas las fotos de la playa. Son fantasmales, parecen escenas de un sueño. ¿Y esa manzana?… Me llamó la atención que estuviera tan nueva y colorada, sin señales de putrefacción. Esa y la primera (la del señor de campera roja) me gustaron mucho. Y la del final, con Soli y su amigo (aunque, una vez más, no entendí lo que explicás del retoque). No importa, se disfrutan.
    Espero el próximo capítulo, un beso.

  3. Di Says:

    Muy buenas las fotos de la playa. Para mi son una obsesión y un problema, uno supone que es el mar y la arena y de pronto cuando no hay gente, ¿a qué le sacamos?

  4. Sebastián Says:

    http://www.horvatland.com/pages/entrevues/05-koudelka-en_en.htm

  5. dano Says:

    Hola Fla, estas fotos no son sólo bellas. Pocas otras ocasiones fotográficas tienen la particularidad de hacer sentir la presencia del fotógrafo en la escena como la tienen las fotos de niebla. Al menos me pasa a mí, siento el peso del fotógrafo…

  6. Pupita Says:

    Bárbaras todas las fotos, las de niebla especialmente. Me dan tanta nostalgia, quisiera volverme a la costa ahora mismo.

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