Las pelis del Bafici (8)

17 monumentos de Jonathan Perel

por Quintín

Hace un par de años, hablé bien de El predio, el primer largo de Jonathan Perel. Me pareció que su documental sobre el Museo de la Memoria revelaba el engendro bizarro que el kirchnerismo había construido allí so pretexto de los derechos humanos. Lejos de encaminarse a su propósito original, el viejo predio de la ESMA había sido loteado entre distintas organizaciones de derechos humanos que se dedicaban a promover actos culturales tan poco relevantes como un cineclub o a una mujer que plantaba papas en una performance orientada a redimir la tierra condenada por la dictadura. Tiempo después, me crucé con Perel en Twitter y descubrí que se definía como “cineasta kirchnerista”, lo que me pareció un oxímoron. Hace pocos días, un amigo se burló de mí diciendo que le había pifiado con El predio, ya que Perel reivindicaba esos disparates y que lo que yo creí una crítica era un descarado elogio.

No sé si el amigo tenía razón, pero me encaminé a ver 17 monumentos con cierta reserva, que se vio confirmada por la película. La película toma el procedimiento de ciertos films de James Benning: se trata de 17 planos fijos de lugares dedicados a conmemorar las atrocidades de la dictadura sobre la base de tres columnas de cemento que dicen respectivamente “Memoria”, “Verdad y “Justicia” (aunque no siempre en ese orden). La mayoría fueron lugares de detención clandestina. Están por todo el país, desde Jujuy a El Calafate (este último cierra la película). Una película con tantos viajes parece (o merecería) estar financiada por alguna de las dependencias de DD. HH. del gobierno nacional, mediante uno de sus programas de difusión y propaganda.

Pero eso no es lo peor de 17 monumentos. Decíamos que, en principio, Perel hace lo mismo que Benning. Pero en verdad, su estética no tiene nada que ver. Mientras que los planos de Benning respiran y le permiten al espectador orientarse en su espacio y advertir las tensiones temporales que generan sus micronarrativas. Los planos de Perel, en cambio, con sus bodoques de cemento en el medio del cuadro, suprimen toda libertad de pensamiento frente al contenido tan evidente de la escena. Perel ha recurrido a una práctica kirchnerista: ponernos por delante los derechos humanos para obturar toda mirada sobre la realidad y hacernos soportar una hora y media atrapados por esas consignas. A menos que, nuevamente, Perel intente denunciar esa práctica, criticar mediante el aburrimiento del film la monotonía de un discurso único. No sé la respuesta.

9 respuestas to “Las pelis del Bafici (8)”

  1. noriega Says:

    Tu amigo tenía razón! ejem…

  2. Fera Says:

    lo conozco, te aseguro que el muchacho es ferviente K.

  3. Carolina Kittler (@zooaluvium) Says:

    ¿Más tortura para olvidar la tortura? Dicho por su autor (como premisa estética) cada plano de esos aburridisimos monumentos, dura 3,16 hasta llegar a 60 y lograr un largo que llama road movie.

  4. Elena Says:

    me pasó lo mismo con esta película, pensé que de algún modo contraponía los monumentos, mal hechos, olvidados, a los que nadie les presta atención, con el discurso del gobierno. mmm!

  5. martin g Says:

    Ni una cosa ni otra. la propuesta, como en «el predio», es ponerse a pensar sobre esos espacios. No es la celebración del monumento bodoque que viene a cerrar la épica k, ni la crítica a las consecuencias de esa épica un poco trucha. Es pensar sobre eso que queda fijado en el paisaje (también en el paisaje mental). Ahora, si salís del cine pensando igual que siempre, bueno, tu problema.

  6. Pecho Flores Says:

    Ahí tienen una respuesta más que contundente a por qué tenía que estar «Tierra de los padres» de Prividera. A estas alturas y en comparación con Ante la Ley y 17 monumentos, una obra maestra.

  7. frío frío Says:

    Es el problema del cine observacional: podés entender lo que quieras. Y eso no es apertura, es comodidad.

  8. santi Says:

    . La enunciación pone una vez mas en juego el trillado cuestionamiento posmoderno de la imposibilidad de representar en forma directa el horror del genocidio. Parece difícil de creer que parte de la producción del cine contemporáneo siga postulando los mismos problemas estéticos de hace cuarenta años. La falta de renovación minima de las preguntas que guían la construcción del estatuto de la imagen en el cine. El relato intenta actualizar las virtualidades que ponen en evidencia la forma en que el vacío llena las ruinas y los monumentos que recuerdan el horror. El problema del montaje es que termina por construir una parodia de la Imagen Tiempo. La exacerbación de la apertura temporal termina por diluir la estructura cristalina casi como una burbuja que explota por tener demasiado aire. La idea del film es una temporalidad vacía. No es el peso del paso del tiempo lo que tenemos de los monumentos. Sino el tedio de la disolución del sentido. Es el tiempo vacío. Para la conformación de cristal del cine moderno del que hable Deleuze es necesario que las virtualidades se orienten. En este caso la pluralidad de sentido es tal que el sentido se diluye en la nada. Lo que podría haber sido una tesis interesante acerca de cómo los monumentos terminan negando el horror y la memoria, en tanto bloques inexpresivos de la periferia, termina siendo una descripción de la superficie que no puede nunca forjar una relación viable con su fuera de campo. Esta forma de construcción discursiva en el campo filmico que dificulta y molesta sistemáticamente al espectador a través de registros temporales exagerados en relación a la densidad dramática, termina por concluir que la relación del espectador con la obra es una relación de tortura y tedio.

  9. lalectoraprovisoria Says:

    Pregunto. ¿Es necesario todo este Deleuze, la imagen tiempo, la buruja cristalina, etc., etc., para decir que la película pone al espectador en penitencia y lo somete, como dicen las últimas tres palabras, a una tediosa tortura?

    Q

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