Pequeños anticipos baficianos (6)

Aquí estoy, aquí no

por Quintín

No soy un fanático de la nueva camada de películas chilenas. Creo que en Chile se filma más que antes y que el nivel técnico y de producción es aceptable. Pero se me ocurre que es un medio cinematográfico demasiado insular y no logro entender desde dónde piensan y discuten el cine. Además de cierto particular provincianismo, creo que quienes hacen cine en Chile son hoy víctimas de un exceso de recetas y de la tendencia a fabricar films para adaptarlos a ciertos parámetros de corrección fijados no se sabe bien dónde. En las películas hay demasiado costumbrismo, demasiada influencia del teatro y la televisión, demasiada tendencia al ejercicio de guión filmado. Y, para colmo, una crítica muy preocupada por la ideología y la teoría, como si el academicismo afectara al nuevo cine chileno por derecha y por izquierda (una producción yanqui-eficiente, una línea de interpretación castrista-semiótica). Cuando las películas son ambiciosas y quieren atravesar las fronteras recurren a la truculencia, como es el caso notorio de Larrain pero también en cierta medida de Lelio. Cuando están menos estimuladas, se suelen empantanar en la comedia sin vuelo, en el autorretrato de una clase media que navega por la periferia del arte y de los medios pero que está siempre lejos de sus sueños.

Así fue que no vi Aquí estoy, aquí no con la mejor onda. Y tras la escena inicial la mala onda se transformó en irritación: dos borrachos en un taxi cuentan en un lunfardo exagerado interminables chistes de actores. Luego el taxi choca y el accidente se resuelve con un par de planos de registro también grotesco. Una secuencia para predisponer mal hasta a la familia de la directora.

Uno de los borrachos del taxi resulta ser el gordo Ramiro, un periodista más o menos joven, más o menos desocupado y bastante mitómano, que vive imaginando escenas cuyo estatuto de verdad el espectador desconoce. La película mezcla pasado y presente, mentiras y verdades, recuerdos con anticipaciones. Un día, un rico editor le propone escribir un libro sobre una diva del rock de los años 70 convertida en un mito. O algo así. Allí la película adquiere un aire vagamente policial y cuando la diva muere pero aparece una mujer idéntica entramos en una especie de Vértigo de Hitchcock desganado, pequeñoburgués y antiglamoroso.

Pero en un momento, con todo lo desmañado de la narración, con un par de momentos absurdamente largos (cuya longitud intenta, además, provocar cierta comicidad que se queda en desconcierto), la película me empezó a interesar. A caer un poco mejor. Dos cosas contribuyeron a ese cambio. Primero el actor que hace de Rodrigo: un tal Juan Pablo Correa, un gordo con un estilo que recuerda al argentino Alfredo Casero pero más fino, más inesperadamente sensible en su embotamiento y sus localismos.

Y también el espacio. La directora Elisa Eiash se propone mostrar un Santiago nuevo en lo edilicio y atrasado en su espíritu. Así como aparece una mujer idéntica a otra del pasado, la película sugiere brumosamente que en Chile no pasa nada demasiado distinto que bajo la dictadura. O, al menos, que el mundo del arte y la intelectualidad vive en cierta animación suspendida, con sus ceremonias y sus relativos éxitos, con su dependencia del poder y del pasado mientras en el fondo nada ocurre. Podría pensarse que Eliash intenta hablar de los áridos tiempos de Piñera, pero creo que es un poco más sutil y esos lugares desolados del Santiago moderno se remontan a una perspectiva más larga, casi juguetonamente antonioniana. Eso le da a la película su aire incierto y le permite escapar a las afirmaciones rotundas en las que se regodean sus colegas chilenos. Creo que Eliash toma una distancia tímida de ese mundo, pero la toma a través de la forma. Así logra estar y no estar como ocurre con Rodrigo.

Pero también como Rodrigo, no estoy seguro de haber visto lo que vi. Como no hablé con nadie de esta película, me interesaría conocer la opinión de los lectores.

Una respuesta to “Pequeños anticipos baficianos (6)”

  1. Carlos Diviesti Says:

    AQUÍ ESTOY, AQUÍ NO parece tangencial y caprichosa aunque el hecho de montarse en su propio paradigma la convierte en un objeto extraño e irresistible. Sus confesos ecos al arco dramático de Vértigo no le impiden soslayar la reverencia cinéfila para convertirse en una comedia poco indulgente sobre la clase media en Santiago de Chile a través de un personaje que ni está dormido ni despierto ni consciente de las múltiples realidades que lo atraviesan, como si al pobre Ramiro aún lo cruzara un terremoto que lo hizo estallar como una sandía, como si se lo hubiera tragado la tierra familiar y él la viese desde abajo, o como si surcase interminablemente el cielo como una flecha sin acertar a saber qué es lo que le ha sucedido, como le ocurre a ciertos colectivos, o a ciertas ciudades, o a ciertos países.

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