Primera página (110), respuesta

Los sueños no tienen copyright, de Cecilia Pavón

por Quintín

Esto de las Primeras Páginas estaba a punto de terminar con nosotros. Nos tenía al borde del surmenage cuando andábamos de viaje y tuvimos que parar antes del colapso. La idea original era hacerlo durante un año exacto: 365 entregas sin saltear ni un solo día. No lo logramos. Pero seguiremos en una versión menos demente que la anterior, en la que estábamos obligados a elegir libros cortos para poder leerlos en un plazo tan reducido.

De todos modos, me quedó pendiente uno de esos libros cortos, que es esta notable colección de textos de Cecilia Pavón. Nunca había leído nada de ella, salvo Congreso, 1994, un relato breve que apareció en la antología Buenos Aires / Escala 1:1, sobre una chica solitaria que deambula por discotecas (también aparece aquí). Apenas sabía de Pavón que era —con Fernanda Laguna— una de las responsables de la mítica y misteriosa editorial-galería de arte-lugar de usos múltiples Belleza y Felicidad, uno de los núcleos culturales porteños en los 90. Y antes, una de las chicas que en una revista literaria llamada Nunca nunca quisiera irme a casa jugaba a integrar un club de escritoras y artistas lésbicas, mucho más en el estilo de una performance que de un confesionario. Sobre una de esas experiencias grupales (chicas que se disfrazan de gordas) trata I want to be fat, donde las protagonistas se disfrazan de gordas y salen a la calle. Con la excusa de esa anécdota, el relato, es un penetrante ensayo sobre la vanguardia:

Y les digo: no hay droga más poderosa que la mirada del prójimo cuando te eleva al lugar vanguardista del freak. Nadie sabe nada de la vida hasta que no se ha sentido en algún momento, por alguna circunstancia, un freak.

Los problemas de la vanguardia, el lugar de los artistas en el mundo cultural y la relación entre la intimidad y la teoría son temas que atraviesan el libro. Presupuesto irrestricto (Unlimited budget) cuenta en primera persona la ansiedad y el insomnio que sufre la protagonista antes de exponer en un congreso de poesía:

Yo, que siempre estoy buscando decir algo, que siempre intento conmover a los lectores a través de mis experiencias más íntimas, sentí que mi escritura era antigua, pasada de moda, que todavía me faltaba muchísimo para montarme al caballo de la contemporaneidad, al tren luminoso del vacío.

¿Qué tengo yo que hacer en un lugar donde todo se trata de demostrar que se escribe bien, que se encontró una herramienta lo suficientemente impersonal para que la puedan utilizar los otros? En el fondo, la poesía es eso, o eso es lo que debería ser… Me aterroriza no saber si alguna vez lo lograré.

Hay algo ambiguo en el pensamiento que Pavón expone, una oscilación permanente entre la ingenuidad de las historias y la demostración de que conoce los códigos del mundo artístico. Eso da un tono único, un registro que oscila entre la vibración de una desnudez radical y la distancia de una escritura programadamente intelectual. Así, los textos hacen equilibrio permanente entre una confesión tal vez apócrifa y una ironía larvada. Es una proeza sostener una prosa de esas características. Pero, además, intervienen el amor y el erotismo. Las relaciones sirven también para representar los dos polos de la contradicción que tironea el texto:

En Monjas, la utopía de un mundo sin hombres hay una poderosa escena érotica en un convento, menos orientada hacia la transgresión o la blasfemia que por una apelación a la pureza, por un lirismo profundo y desconcertante. En ese cuento, la narradora decide retirarse a al convento con su amiga Carolina. Allí las monjas parecen estar en pareja abiertamente o tienen sexo entre ellas. En la primera noche, como en un castillo encantado, le ocurre lo siguiente con una de las monjas:

Se me acercó muy tranquila; lo que me gustaba de ese lugar era que todo, las personas, los muebles, los espacios estaban muy calmos. No me dijo nada, ni siquiera me saludó. Me miraba y yo le devolví las miradas. Estuvimos quietas mirándonos frente a frente los ojos, sin movernos. Mi respiración se agitó, ella se acercó y me besó en la boca. Yo no me negué. Reinaba una penumbra muy agradable. Puso sus manos en mis tetas y las tocó con mucha suavidad. (…) “No tengo mucha experiencia con chicas”, le dije. No contestó. Le desabotoné el vestido muy lentamente. Mi excitación era enorme, instintivamente me bajé la bombacha y empecé a tocarme, ella me agarró el culo y puso mi concha sobre su concha y se refregaba contra mí. Era como el sexo verdadero. Su concha era tan suave y tan caliente sobre la mía, sentía que estaba gozando con cada centímetro de ellos y no como cuando me la metía un hombre que un poco me hacía doler y era tan difícil llegar al orgasmo.

Cuando el acto sexual termina sin palabras, la narradora vuelve a la habitación que comparte con Carolina:

Carolina dormía y no sé con qué soñaba, porque se movía de un lado al otro. Me metí en la cama y la miré. A veces la cercanía de las personas me afecta. La de Carolina, nunca, porque ella es buena como una canasta de ángeles y alegre como un cascabel. A pesar de que nunca nos hemos acostado, con ella he conocido el Paraíso.

Otra historia de mujeres, Swedenborg vs Kant, habla de la pareja que forman Paz y Marisol. Marisol —la que uno supone más cercana a la autora— es una intelectual mientras que Paz es una pensadora espontánea y marginal:

Había que escribir, sí, pero no para acumular objetos, sino para conectar a los objetos con las personas de un modo nuevo y esperanzador. Y eso no podía hacerse con un estilo de escritura surgido de una industria tan arcaica como la editorial.

Había algo de los libros que le producía rechazo. Como si en algún lugar rebelde o primitivo de su carácter, hubiera un ímpetu oculto por mantenerse incontaminada por la cultura de los libros.

Recordó que Marisol siempre le decía: “sos re naif, no entendés nada, no leíste a Hegel ni a Marx, sos re naif.” Paz no le contestaba, porque le tenía miedo, pero para sus adentros pensaba que a ella, en realidad, le encantaba ser naif. Le parecía que la ingenuidad la iba a llevar más lejos que la ironía y la arrogancia, las únicas actitudes que Marisol, estudiante de filosofía, podía legítimamente tener.

Al final la pareja se disuelve, porque Paz llega a la conclusión de que “a Marisol no le gustaba nada que no fuera la filosofía, y lo único que le interesaba cuando terminaba de leer sus libros era coger”. A este conflicto subyace nuevamente la idea de una comunidad, de una utopía y del arte como lugar de su realización, pero también como testimonio de su fragilidad.

En el primero de los textos, Discos Gato Gordo, la narradora habla de su pequeña compañía discográfica dedicada a la música experimental en una ciudad de Buenos Aires que reconoce como cada vez menos cosmopolita y en la que triunfa la cumbia villera, lo que provoca que los propios músicos de vanguardia estén incómodos con su posición en la sociedad, con la atmósfera reinante de populismo y terminen sin entender su propio arte.

Pero si algo termina de definir la originalidad de este libro y del pensamiento de Pavón, es otra vez el contraste entre ese texto sutil sobre la discográfica vanguardista, tan opuesto a lo convencional, y el más largo de los cuentos, que lleva el título Jean. Allí, dos traductoras que son madre e hija asisten a un congreso en Ostende. La hija se desvive por un vaquero caro que ve en un negocio y lo termina robando, aunque al final el pantalón se incendia. Aunque lo personajes son bien pavonianos, es un cuento chato, convencional, bastante poco interesante. Pero lo curioso es que fue escrito, y así nos lo hace saber la autora, en un encuentro creativo de artistas que tuvo lugar precisamente en Ostende, en el que se pide a cada uno de los asistentes que produzcan una obra. Lo que hace Pavón es notablemente perverso: cumplir cabalmente con el encargo y asumir que le interesa participar de ese mundo codificado del arte que sus textos cuestionan. Así, escribe un texto largo, realista, con principio desarrollo y final, con personajes, descripción social y moraleja. Y de algún modo triunfa con ese fracaso, porque queda revelado en el contexto del libro como una falsificación que va en sentido contrario a la poética del resto. Ese texto revela, en definitiva, el aislamiento de la vanguardia pero también su esplendor como teoría, su eficacia para poner en contradicción aun la propia obra.

No sé si Pavón estará de acuerdo con esta interpretación. Desconozco qué piensa de sus relatos y cuál puede ser su futuro como escritora. Pero en la literatura argentina no hay muchos libros con la agudeza y el poder de peturbar de Los sueños no tienen copyright.

6 respuestas to “Primera página (110), respuesta”

  1. diizza Says:

    Un desafío como en Julie & Julia, la película de Nora Ephron, -que le encantó a F- de hacer las recetas de la Child durante un año exacto, contado a través de un blog y que la protagonista, también, casi muere en el intento. recetas y libros está bueno, bueno..
    y, también, muy bueno Muso en desafíos durante un determinado tiempo

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Y como Jonas Mekas, que hizo su proyecto de 365 días, con más de ochenta años.

    http://jonasmekasfilms.com/365/month.php?month=1

    Gracias, Diizza por la compañía.

    Besos desde San Clemente,

    La hija de Neptuno

  3. diizza Says:

    es verdad..me había olvidado de Jonas Mekas..un video por día

  4. dasbald Says:

    un poco como el proyecto de christa wolf pero a alta velocidad!!!

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Era el proyecto Bols. Un libro por día estimula y sienta bien.

    Q

  6. compro segunda mano Says:

    Creo que un libro por dia es demasiado, al menos par mi XD

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