Primera Página (104), respuesta

Blues, de Edgardo Cozarinsky

por Quintín

Esta mañana terminé de leer Blues en una hostería modesta de Helvecia, provincia de Santa Fe, sobre la escondida ruta 1. Leo mirando el río San Javier, frente a un paisaje de islas, flujos de agua y botes de pescadores que pasan cada tanto. Pienso que a Cozarinsky le gustaría el lugar. Entonces, llego al capítulo del libro dedicado a Rolando Paiva, fotógrafo y artista plástico casi secreto, mucho más preocupado por llegar al fondo de su arte que por el reconocimiento parisino, que en su madurez documentó un largo viaje por el Paraná en un álbum sin epígrafes del que Cozarinsky habla con admiración:

Sabe, sin necesitar declamarlo, que miseria es —propongo yo— la de los trabajadores inmigrados en la Unión Europea, la de ocho extranjeros, a menudo ilegales, que duermen en camas superpuestas en un cuarto sin ventilación, en un barrio donde policías y traficantes se disputan cada vereda. Los seres que anidan a orillas del Paraná de Paiva podrán ser pobres, muchos de ellos sin duda lo son, pero guardan su capacidad de alegría, ese sereno orgullo de poder detenerse ante un paisaje y tomarse una cerveza mientras contemplan una puesta de sol. Esta dignidad les permite acceder a la condición de personajes, eludir la mera cifra estadística. Viven, todos, en una naturaleza exuberante donde todo signo de civilización parece haber entrado en decadencia sin haber jamás madurado; haber pasado, perezosamente, sensualmente, de la adolescencia a la corrupción.

El Paraná que estoy viendo no es tan pobre ni tan primitivo. Hay gringos y planes sociales. Pero igual hay un eco de lo que Cozarinsky encuentra en las fotos de Paiva. Me parece que le hubiera gustado saber que vinimos acá porque el dueño de un restaurante en Santa Fe, un árabe que bien podría ser judío llamado Don José, nos dijo que a diferencia de Rafaela, donde los europeos habían impuesto su cultura, en esta zona los aborígenes los habían cooptado y que hasta la lengua tenía rasgos arcaicos.

A Cozarinsky le interesa todo, y esa es su impronta como escritor y cineasta. Recuerdo que una vez fue jurado del Bafici y estaba fascinado con una película popular de Singapur llamada Chicken Rice War, una versión de Hamlet entre propietarios de comederos de pollo en la que había un gordo que bailaba llamado bizarramente Mario a go-go. Blues es un ejemplo de la multiplicidad de sus intereses, que van desde Silvina Ocampo o Susan Sontag a su estadía en una oscura pensión de Tarifa o al hartazgo que le terminaron produciendo París y la codificación de las reglas sociales en Francia. Pero a Cozarinsky le interesa sobre todo aquello que la moda, la academia y el consenso periodístico han pasado por alto, lo que permite que haya vida sin necesidad de que las teorías la expliquen. La no-ficción que escribe y filma Cozarinsky está basada en ese principio, en el testimonio de lo difícilmente visible, de esas formas de resistencia que obedecen a necesidades profundas de los individuos.

No hay en Blues —una colección de ensayos publicados en distintos medios, países y momentos— una separación entre el arte y la vida porque la memoria no distingue jerarquías entre lo leído y lo experimentado, entre los personajes de la literatura y los conocidos en las circunstancias más dispares del pasado. Aunque a Cozarinsky le gustan las informaciones y los pequeños relatos de todo tipo —desde el chisme a los hechos de la gran historia— hay dos momentos en el que su prosa alcanza cotas particularmente elevadas. Uno es cuando descubre que las personas no están aisladas de tradiciones cosmopolitas olvidadas. En ese rubro es deliciosa la historia de las dos señoras que hablan ladino en un restaurante de Salónica y le permiten deducir al autor que el castellano es “ el mayor lazo que tengo con una tradición judía”. Hay una frase que resume muy bien esta idea:

Pero el reemplazo de toda cosa por su simulacro ya no es pesadilla sin realidad consensual. Entre sus intersticios sobrevivimos, a veces sonrientes, casi siempre resignados. De vez en cuando reconocemos un atisbo, un resabio, de tiempos que seremos los últimos en recordar.

Hay dos momentos en ese fragmento. Uno tiene que ver con la búsqueda de lo auténtico, de aquello que no está degradado por la copia y la simplificación. Esa ha sido una de las tendencias del arte y la filosofía del siglo XX. Pero Cozarinsky dice algo más cuando indica que seremos los últimos de un linaje. Es casi imposible sentir como propios los detalles de un mundo que vaya más allá de la experiencia de nuestros abuelos (tal vez no tener descendencia nos haga más sensibles a ese hecho). Pero los abuelos de Cozarinsky vivieron en la transición de un siglo a otro y en esa circunstancia de la historia —desde los libros de Joseph Roth a la inmigración de sus antepasados— se concentra buena parte de lo que moviliza la obra de Cozarinsky. Sus libros y sus películas muestran que la amputación de la experiencia de la primera mitad del siglo es una de las causas de la zombificación del mundo.

Cozarinsky es un escritor amable, que rara vez pierde la paciencia. Sin embargo, en Blues le aparece el mal humor cuando nombra a los maîtres à penser que dominaron el mundo intelectual con sus teorías totalizadoras y sus actitudes avasallantes, esos grandes bonetes llenos de discípulos y repetidores frente a quienes toda disidencia era considerada de mal gusto. Es muy justo, muy preciso y también muy divertido el ajuste de cuentas con Sartre. Tras recordar que Sartre debutó en el teatro durante la ocupación alemana escribe:

Al futuro maître à penser de una generación francesa y varias argentinas, el requisito debió de parecerle un precio módico para llevar al público el mensaje de la pieza.

La historia de Sartre se conecta con la de Sarah Bernhardt, ya que Sartre estrenó en el teatro que llevaba su nombre hasta que los alemanes decidieron cambiarlo porque la diva era judía. Cozarinsky comenta que al terminar la guerra, Sartre estaba muy ocupado en los comités de depuración y que atribuyó el fracaso de la obra a la censura. Cierra la demolición así:

Me pregunto si Sartre, tan diligente para no perder el tren de la Historia, y no solo estrábico en la realidad física, habrá tenido tiempo para dedicar un pensamiento a la difunta propietaria del teatro donde hizo su debut como autor dramático.

Es un placer noble leer a Cozarinsky cuando habla bien de Pepe Bianco y otro un poco más inconfesable advertir como lo tenía calado a Oscar Masotta como un pícaro y un oportunista muy poco interesante como pensador, al que solo se puede preferir si la alternativa es Mario Bunge.

Releo el párrafo anterior y reconozco que el libro no dice lo mismo que yo. O no exactamente al menos. Pero eso no impide que Cozarinsky sea una persona de opiniones confiables. Y muy especialmente cuando hace valer el pensamiento de uno solo contra las patotas del intelecto.

2 respuestas to “Primera Página (104), respuesta”

  1. dasbald Says:

    mi papa nos llevaba seguido los fines de semana a comer a un lugar junto al rio que presumo es el lugar del que me hablo gabitina. el parana me trae siempre recuerdos increibles. hace un par de años pasamos un verano en oro verde y puedo deciir que es impresionante la cantidad de artistas que hay, y muy buenos, recluidos por ahi. sobre todo descubri pintores, algunos casi una version japonesa de la humedad y la vegetacion

  2. Roberto Says:

    De Corazarinsky he leído poco. En realidad he leído poco en general pero quisiera recomendar la lectura de Palacios Plebeyos. Un hermoso libro sobre cines donde la arquitectura de las salas se mezcla con la história de películas, actores e intelectuales.
    Se puede leer, por ejemplo la preferencia de Victoria Ocampo sobre el Cine Rex comparándolo con el Opera de estilo Art Noveau. Unas páginas despues Corazinky da cuenta de la situación actual: ya la polémica no es de estilo sino de uso: «Hermanados por el fatum económico, en 2006 tanto el Opera como el Gran Rex ya no son cines» De aquellos «Palacios Plebeyos» hemos pasado a las microsalas despojadas de estilo propio con olor a pochoclo.
    Se que este comentario debería haber sido sobre el Parana, pero no quería dejar pasar la oportunidad de comentar este libro que aunque pequeño (117 páginas) recoje historias entrañables.

    Palacios Plebeyos
    Edgardo Cozarinsky
    Ed. Sudamericana.
    Colección In Situ.
    Buenos Aires 2006.

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