Primera página (103), respuesta

Vida de Beethoven, de Romain Rolland

por Flavia de la Fuente

Estamos tan atrasados con las primeras páginas que decidimos quedarnos en una hostería frente al río, en un pueblito donde no hay nada de nada, y no movernos de acá hasta que nos pongamos al día con el trabajo. Q lee en un banco afuera con el río San Javier a sus pies y yo estoy en una mesa con vista al mismo río. Todo es muy verde, solo se oyen los trinos de los pájaros y unos pocos ladridos de los perros de Helvecia, que son muchos pero solo ladran de noche.

Hace cuatro años escribí este post sobre Vida de Beethoven de Romain Rolland en LLP. En aquella oportunidad hice una recopilación de textos de Beethoven tomados del libro, ya que hay muchas citas de cartas, testamentos y documentos varios. El personaje del músico me había conmovido y me volvió a conmover ahora en la relectura. Rolland cuenta la vida del músico desde su nacimiento en Bonn, en 1770 hasta su muerte en Viena en 1827. Tuvo una vida muy triste, conviviendo con la enfermedad y la pobreza. Increíble, pero Beethoven, según Rolland, tenía que trabajar mucho para ganarse la vida.

Como ya les comenté Vida de Beethoven hace cuatros años, hoy me gustaría contarles algo que leí sobre Romain Rolland en El legado de Europa de Stefan Zweig. El texto de Zweig, quien también era un gran biógrafo, es de 1926 y está centrado en la persona de Romain Rolland más que en sus libros. Según Zweig, los libros se pueden comprar y leer, porque están a mano, mientras que no todos tuvieron la suerte de conocer como él a Romain Rolland, un ser excepcional. Hago un paréntesis para decir que hoy en día no es tan fácil leer a Romain Rolland. Yo solo pude leer el libro sobre Beethoven y tengo empezada Vida de Tolstói. Pero escribió mucho y nada se consigue en las librerías, aunque, me acabo de fijar en Mercado Libre y ahí está todo. Una buena noticia.

El texto de Zweig sobre Rolland está centrado en un tema que lo obsesiona, la pérdida de la confianza, de la identidad, que produjo el desastre de la primera Guerra Mundial.

No olvidemos que esta guerra no sólo ha destruido ciudades y desolado paisajes, también ha destruido en los mismos hombres, en cada uno de nosotros, la confianza. (…) Ha desaparecido en nosotros la interioridad, la confianza, y cada uno de nosotros debe aspirar a renovar desde esa confianza una nueva fe vital en una época nueva.

Según Zweig , “gracias a ese hombre, Romain Rolland, se ha potenciado en tales personas la confianza”.

Romain Rolland estudió historia de la música y se desempeñaba como profesor en la Sorbona. En un momento dado, siente que reina a su alrededor la desesperanza, sobre todo entre los jóvenes. En Francia, en esos años, los escritores más notables eran Emile Zola, Anatole France y Renan. Romain, quería ir en contra de esa tendencia, “quería la fuerza desde dentro; quería superar de otro modo la derrota, la depresión en las almas; quería levantar y entusiasmar a la gente a través del arte.”

Un hecho marcó su vida. Había salido libro en el “que Tolstoi decía que Beethoven era un parásito que inducía a la sensualidad, y Shakespeare, un poeta malvado porque no educaba al pueblo en la compasión”.

Estas opiniones perturban a Rolland, quien veía en Tolstoi al más grande de los hombre de su tiempo. Tan angustiado estaba porque Tolstoi censuraba a estos artistas que él admiraba, que le escribió una carta pidiéndole explicaciones para salir del dilema en que lo colocaba el texto: el hombre más auténtico y noble de su tiempo le prohibía gozar del arte.

Rolland le envió la carta mas no esperaba ninguna respuesta. Pero semanas más tarde, le llega una larga carta de Rusia, de treinta y ocho páginas firmadas por el maestro Tolstoi. El hecho de que Tolstoi le escribiera, más que el contenido mismo de la carta, fue lo que cambió la vida de Rolland. Dice Zweig:

Y fue así no gracias a lo que figuraba en la carta, (…) sino por el hecho de que un extranjero, el hombre más ocupado de su tiempo, sustrajese dos días a su vida para ayudar a alguien extraño y desconocido por completo en su angustia vital. (…) Y el hombre que lo había hecho era a la vez el personaje más famoso de su tiempo, el hombre al que cada línea se le pagaba a peso de oro, el hombre que con toda razón habría tenido el derecho soberano y patético de decir: “No tengo tiempo, mi tiempo es demasiado valioso.

Así fue como Rolland decidió seguir el ejemplo de Tolstoi y destinar su vida a ayudar al prójimo, a llevar una vida heroica.

Lo primero que hizo fue escribir obras de teatro. Escribió decenas sin ningún éxito. Para esa época contaba con treinta y dos años y se sentía desilusionado. Corría el año 1898. Así describe Zweig los sentimientos de Rolland.

Desde el sentimiento de desencanto se dijo a sí mismo: al igual que yo también hay millones de desilusionados, uno aquí otro allí, en alguna habitación, en algún pueblo, en alguna ciudad, sin saber nada unos de otros. Ahora hay que conectarlos, a todas esas personas solitarias y desilusionadas hay que reunirlas en una nueva forma de comunidad, hay que llevarles un consuelo.

Entonces, abandona las obras de teatro y se decide a escribir biografías de vidas heroicas como Beethoven y Miguel Angel, gente que pudo crear a partir del sufrimiento, que de la pesadumbre produjo arte. Pero tampoco tiene éxito con las biografías. No lo lee nadie. Sigue ignorado, siendo un completo desconocido. Sin embargo, según Zweig, gracias al nuevo fracaso, al desencanto feroz que lo inunda, logra extraer fuerzas para emprender una tarea descomunal, la redacción de una novela de diez tomos, una tarea absolutamente inviable, casi loca. La publica gratis en capítulos en una revista, sin esperar recibir nada a cambio. Escribe y escribe hasta que la termina. Se trata de Juan Cristóbal, la historia que conmovió a una generación. Rolland tenía treinta y cinco años y era un escritor ignoto que jamás había ganado un centavo con la literatura. Para él, el dinero no contaba, escribía por amor al arte. Pero, como en un cuento de hadas, el dinero llegó y con él también la fama. El libro al parecer lograba transmitir esperanza en un futuro mejor. Me dieron ganas de leerlo.

Pero nuestro héroe no se contentó con haber llenado sus bolsillos ni con ser una persona importante sino que siguió con su misión de ayudar al prójimo. Me consta, por haber leído la autobiografía de Zweig, de la importancia de Rolland durante las dos guerras mundiales.

Rolland siguió escribiendo y en sus últimos años se dedicó a estudiar las filosofías orientales. Escribió, por ejemplo, una biografía de Gandhi, que también me encantaría leer. Gandhi, por otra parte, siendo muy joven, también tuvo la bendición de recibir una carta de Tolstoi que habla sobre la teoría de la no-resistencia.

Quizás hoy Tolstoi, Gandhi, Zweig, Rolland y muchos otros humanistas sean tildados de honestistas, pero yo les creo y los admiro. Es más soy una honestista ferviente.

Zweig y Rolland fueron campeones del individualismo, de la idea  de conservar ese último reducto que nadie nos puede quitar, esa fortaleza interior, que es nuestra identidad. Pero cuidar esa fortaleza no es fácil, es un trabajo que hay que emprender cada día.

También Zweig y Rolland creían en la comunión de los estados y creían en la idea de una Europa unificada y en paz. Luchaban contra la idea de cualquier nacionalismo. Esto también parece estar pasado de moda en estos días nac & pop donde estas ideas parecen caducas.

Romain Rolland nació en 1866 en Clamecy, Francia y murió en Vézelay en 1944. Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1915.

7 respuestas to “Primera página (103), respuesta”

  1. lilia Says:

    Qué bello canto a Rolland y a un clima de época, gracias Flavia -no me hace sentir bien usar el adjetivo ‘bello’ que también hoy tiene muy mala prensa.
    Tengo debilidad por el viejo Lev, me encantó encontrarlo también por aquí y no me extraña que respondiera con esa carta desmesurada. Gente de pasiones fuertes y de honestidades a toda prueba, lo que no es nada fácil, no pueden ser tildados con desdén de meramente honestistas. Paro antes de embalarme, je.

  2. Montañés Says:

    Recuerdo que en mi casa natal había, entre las montañas de discos de tango de mi viejo (fanático del género), un disco con la sonata para violín y piano A Kreutzer, de Ludwig van. Tendría yo unos 9 años y ese disco me producía fascinación, especialmente el primer movimiento. Revuelto con los de Troilo-Goyeneche, María Elena Walsh, Morricone y los Bee Gees, ponía una y otra vez aquel vinilo en el prehistórico Wincofón. Mi viejo dejaría este mundo 4 años después, víctima de un infarto, y mi vida quebrada sin remedio.

    En el sobre interior del disco se contaba, a propósito de la sonata, la siguiente historia (posiblemente distorsionada por mi mala memoria). Beethoven dedicó originalmente dicha pieza, en donde destaca el violín, al violinista George Bridgetower, quien lo acompañaría en la presentación. Sin embargo, el compositor demoró la partitura hasta el día del estreno, terminándola de escribir casi sobre la hora. Esto impidió, por falta de tiempo, que la misma pudiera ser transcripta prolijamente por un profesional, algo necesario sobre todo con Beethoven, que al parecer tenía una caligrafía ilegible. Así, el violinista se vio obligado a leer la partitura manuscrita original de Beethoven, sin tiempo siquiera de ensayarla, acompañado por Ludwig van al piano tocando su parte de memoria. La presentación fue un éxito. Luego del concierto, mientras los músicos bebían unas copas tuvieron una situación de pelea y Beethoven, enfurecido con Bridgetower, cambió la dedicatoria original adjudicándola a Rodolphe Kreutzer, quien, irónicamente, nunca la ejecutaría por considerarla “intocable”.

    La sonata es realmente fabulosa. Tolstoi escribió, inspirado en ella, una novela titulada La sonata a Kreutzer (que me encantaría leer). Recuerdo asimismo haber leído una biografía de Beethoven, hace una pila de años, pero olvidé su autor (me queda la intriga, esta primera página me sonaba familiar…). También, para completar esta desordenada asociación, una autobiografía de Miles Davis y una impresionante biografía de Gandhi, si mal no recuerdo de Kathryn Tidrick.

  3. lilia Says:

    Montañés, a ver si me sale bien, no soy ducha en esto:
    probá aquí

  4. lilia Says:

    Anduvo! Me encantaron tus recuerdos de vinilos y demás yerbas y, por supuesto, ese primer movimiento.

  5. Montañés Says:

    “La música me transporta inmediatamente al estado de ánimo en que se hallaba el que la escribió. Me confundo con su alma, y paso con él de un estado a otro; mas, ¿por qué lo hago? No lo sé. Ahora, el que escribió la Sonata a Kreutzer, Beethoven, ése sí, sabía por qué se encontraba en cierto estado: semejante estado le indujo a realizar ciertas acciones y, por lo mismo, tenía un sentido para él; pero para mí no tiene ninguno. Por lo tanto, la música solamente irrita, no resuelve.”

    “¿No hay más que consentir al primer advenedizo que hipnotice a una o varias personas, para que después haga de ellas lo que le plazca? ¿Y se puede tolerar, sobre todo, que el hipnotizador sea el primer individuo inmoral que se presente? Es un poder espantoso en manos de cualquiera. Por ejemplo esta misma Sonata a Kreutzer, el primer presto de esa Sonata a Kreutzer, ¿se lo puede tocar en salones en medio de damas escotadas?; quiero decir, ¿tocarlo liso y llano, y después de acabado, aplaudir, y pasar a comer helados y a charlar del último chisme? Esas cosas no se pueden tocar más que en ciertas circunstancias importantes, significativas, y sólo cuando hay que provocar ciertas acciones correpondientes a tal música. Tocar, luego hacer lo que ha sugerido la música. Pero promover una energía o un sentimiento que no correponden a la ocasión ni al sitio, y que no se gastan en nada, no puede menos de influir peligrosamente.”

    Tolstoi.

    ¡Gracias, Lilia!

  6. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, Montañés y Lilia! La sonata a Kreutzer de Tolstoi es extraordinaria.

    Cariños,

    F

  7. lilia Says:

    Pero el Posfacio… mmm… ¡para místicos! ¡Sin duda el personaje Posdnichev es él! Cómo se atormentó toda su vida nuestro amigo con su propia sensualidad, madre mía. Me conmueve ahí su insistencia con la frasecita «Y yo creo que eso no está bien.»
    Pienso que escogió muy bien esa sonata para poder trasmitir el tremendo mensaje que tenía en su mente, y veo que, como al Montañés de 9 añitos, lo que más hondo tocó su alma fue «el primer presto«, como dice él. Qué tendrá ese primer movimiento… mis oídos no son taaan sensibles.
    También me impresiona que el personaje baje del tren en la penúltima estación… ¿premonición? A Leo le aguardaba una última estación, y a la sufrida Sofía-Sonia no el asesinato pero… ¡Viejo terco! Debe haber sido tan insoportable, je.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: