Primera página (102), respuesta

Chicos que vuelven, de Mariana Enríquez

por Quintín

Siempre me gustó Mariana Enríquez, una escritora tradicional, trabajadora y precisa, es decir la clase de escritor que me suele interesar poco y nada. Pero los cuentos y las novelas de Enríquez me obligan a reconocer que todavía se pueden seguir “contando historias”, ejercer la narrativa convencional en el modo realista y el fantástico, o en el realismo fantástico, que es el caso de esta nouvelle editada por la Universidad de Villa María en su colección del Bicentenario. Las historias de Enríquez tienen un principio y un final y sus peripecias resuenan contra un fondo de observaciones psicológicas y sociales.

Enríquez tiene además un tema. Casi todo lo que leí de ella gira en torno a las adolescencia abusada y desvalida, a familias que no contienen afectiva ni materialmente a sus hijos, seres enfrentados prematuramente con la desolación y arrojados al mundo con muy pocas esperanzas de tener una vida adulta deseable. La decisión de instalarse en esa negrura y seguir en ella me hace simpatizar con la obra de Enríquez:

En Chicos que vuelven, ese escenario abarca una doble vertiente y se potencia con el vuelco fantástico que sufre la novela hacia la mitad, que sirve para multiplicar los ecos de la escena primaria de Enríquez. Mechi, la protagonista trabaja en un centro municipal dedicado a los menores desaparecidos. Es la encargada de mantener el archivo, actividad que desarrolla con esmero, dedicación y eficiencia, de un modo parecido al que Enríquez encara la literatura. Aunque el tema se presta para derrapar hacia una canónica reinterpretación de los setenta, el asunto no va para ese lado. Mechi es feúcha, solitaria, triste, poco motivada sexualmente. A través del archivo, un día se interesa por el caso de Vanadis, una de las adolescentes perdidas. Vanadis es una chica hermosa, bisexual, que huyó de una casa sin amor y se dedicó a la prostitución hasta ser probablemente asesinada. Mechi está fascinada con Vanadis y atesora el material que se va acumulando sobre ella.

Un día, paseando por el parque Chacabuco, (los parques, como en Sabato, son una obsesión de la novela), Mechi se encuentra con Vanadis. A partir de ese momento, los chicos perdidos empiezan a reaparecer de manera inexplicable y en el mismo estado en el que partieron, sin que el tiempo haya transcurrido para ellos. Sus familias originales, sin embargo, los rechazan al cabo de un tiempo: dicen que los cuerpos son los mismos, pero que no son sus hijos. Esa variante del tema del doble remite a toda la literatura fantástica y al cine: a los cuerpos poseídos de los Body Snatchers, al chico cambiado en El sustituto de Eastwood y, muy especialmente, a La pata del mono. La sociedad se paraliza ante estos hechos inexplicables pero Enríquez no intenta una alegoría de resultado dudoso y sí algo más sutil: que las connotaciones de la situación reboten unas con otras. De hecho, los chicos no pueden volver con los padres cuyo desamor los expulsó del hogar y estos tampoco pueden aceptarlos. Incluso, la narración entra en un nuevo pliegue cuando Mechi decide también volver con sus padres, cuya frialdad vuelve a sentir. Enríquez condensa su obsesión con la sordidez familiar, con la imposibilidad de amor en el hogar paterno y con el irreparable destino que eso implica para los hijos, cuya única alternativa es constituir una comunidad alternativa, una comunidad revolucionaria que no deja de ser al mismo tiempo una comunidad de zombies. La protagonista no sabe si esa ese es su camino o si la sociedad todavía tiene algo que ofrecerle. Eso es puro Enríquez.

Siempre me pregunto cuál será la evolución de Mariana Enríquez como escritora, pero por ahora insiste con sus cuentos de horror y sus adolescentes torturados. Y con esa prosa nítida, cuidada, moderadamente imaginativa.

Una respuesta to “Primera página (102), respuesta”

  1. spiri Says:

    A mí también me gustó la nouvelle y la disfrute mucho, la leí el año pasado y la tengo algo desdibujada, pero lo que más me interesó fueron los momentos que se desenmarcan de la historia de los chicos.
    Me parece que el relato es más espontáneo y adquiere más fuerza en la «otra historia», que es la de Mechi con su amigo periodista. Me resultaron muy ricos y muy bien narrados los instantes mínimos y fugaces, en los que Mechi está tomando cerveza en un bar en Av. de mayo y despues pasa la noche en el departamento de su amigo. Quién después se va a Brasil. Es curioso observar lo que el país vecino representa en el imaginario de clase media argentino.

    Y justamente este libro sale en la colección junto con «Hiroshima» de Juan Terranova, donde también un personaje que quiere escaparse de su vida se va a Brasil. Otro ejemplo de esta vía de escape es «bajo este sol tremendo» de Carlos Busqued.
    Volviendo a Enriquez, a mí me dio la sensación de que cuando los chicos vuelven, el relato decae y se transforma en una suerte de leyenda urbana, y me había parecido algo subrayado el rol de los medios de comunicación cuando los chicos vuelven.

    Pero te agradezco la lectura que hacés porque me hace replantear justamente lo que para mí habia sido el punto débil de «chicos que vuelven».

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