Aniversario

Publicado en Perfil el 9 de octubre de 2011

por Quintín

El 11 de septiembre de 2001 me encontró en Toronto por el festival de cine. Cuando desayunaba en un café de Bloor Street, entró la cineasta Lucrecia Martel y dijo algo sobre un avión piloteado por un loco que había chocado contra un rascacielo. Un rato más tarde las torres gemelas habían caído, otro avión se había estrellado contra el Pentágono y el mayor atentado terrorista de todos los tiempos se terminaba de consumar. Nadie entendía nada. Diez años después, sigo sin entender lo ocurrido el 11-S. El tiempo, además, ha borrado ciertas pistas por las cuales entonces no sonaba tan absurdo que en Buenos Aires Hebe de Bonafini celebrara los tres mil muertos de la jornada y expresara así un sentimiento antiamericano que hoy se ha diluido en parte: la agonizante dictadura de Kadafi, por ejemplo, no despierta esa simpatía, al menos en voz alta.

Pero bien pensado, da un poco de vergüenza ignorar lo que pasa en el mundo hasta tal punto que el proceso que llevó a la formación de al-Qaeda y al acenso de su recientemente asesinado líder Osama Bin Laden nos resulte incomprensible. Fue por eso que leí La torre elevada de Lawrence Wright, un libro cuyo subtítulo es Al-Qaeda y los orígenes del 11-S, que además ganó el premio Pulitzer y al que desde la tapa Antonio Muñoz Molina llama “literatura como verdad” y John Le Carré considera como “el libro del año”. En realidad es mentira, creo que lo leí solo porque me lo recomendó Marcelo Panozzo que trabaja en la editorial y lo mandó por correo a casa diciendo que no podía perdérmelo. Tampoco sé si esto es verdad, pero supongo que deber de haber una explicación para tragarme 600 páginas de un género del que suelo huir como de la peste, que es la investigación periodística con pretensiones literarias (que Wright sea redactor del New Yorker es una mala señal).

Efectivamente, el libro se resiente por su apego a las convenciones. En especial, por el afán de darle un “color humano” a los personajes, lo que nos lleva a enterarnos del nombre y el carácter de las cuatro esposas de Bin Laden y también a la necesidad narrativa de crearle una especie de contrafigura, que es el agente del FBI John O’Neill, curioso personaje que llevaba vidas separadas con tres mujeres, fue uno de los pocos integrantes de las fuerzas de seguridad que creía en la amenaza de al-Qaeda y terminaría muriendo sepultado bajo una de las torres.

Pero más allá de que con este género es imposible desprenderse de la sensación de que una veintena de páginas precisas e informadas hubieran bastado para saber lo que uno quería averiguar, hay que reconocer que el libro de Wright se las arregla para convocar de nuevo el asombro, no solo ante la irrepetible concentración y magnitud del horror, sino particularmente antes su génesis. Lo mejor de La torre elevada es el relato de la progresión de acontecimientos que lleva a que el Islam, una de las grandes religiones históricas, engendre en el siglo XX un monstruo herético con ese poder de destrucción, acaudillado además por el hijo sin demasiadas luces de un gran empresario analfabeto. También es muy convincente Wright cuando muestra que al-Qaeda recibió dinero y ayuda de los americanos, los saudíes, los pakistaníes, los talibanes y hasta de los chinos, mientras que los iraquíes (chivos emisarios de la administración Bush) tuvieron muy poco que ver con Bin Laden. Y que la rivalidad entre las agencias de espionaje y las normas burocráticas del poder estadounidense impidieron que el atentado de septiembre pudiera ser abortado.

Una pregunta acaso pertinente es si el próximo evento a escala global sorprenderá otra vez a espías, funcionarios, diplomáticos y jefes de Estado en la Luna y serán necesarios diez años, dos guerras y miles de muertos para que nos enteremos de algo.

Foto: Flavia de la Fuente

2 respuestas to “Aniversario”

  1. boudu Says:

    Bueno, la rigurosa investigación de Steve Coll que comenté hace un año aquí mismo se publico 3 años después, no diez.

  2. janfiloso Says:

    «El tiempo, además, ha borrado ciertas pistas por las cuales entonces no sonaba tan absurdo que en Buenos Aires Hebe de Bonafini celebrara los tres mil muertos de la jornada y expresara así un sentimiento antiamericano que hoy se ha diluido en parte: la agonizante dictadura de Kadafi, por ejemplo, no despierta esa simpatía, al menos en voz alta.»
    No es por caerle ahora a Hebe de Bonafini, pero recuerdo que en aquel momento la «celebración» de Boanfini sonó macabra (sino absurda), pero supongo que entiendo el punto.

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