Primera Página (76), respuesta

Memoria de Georges el amargado, de Octave Mirbeau

por Quintín

Después de incluir a Joris-Karl Huysmans y a Remy de Gourmont, intentaba no sumar decadentistas en las Primeras Páginas, pero la otra noche tuve insomnio, me desperté y encontré en la mesa de luz Memoria de Georges el amargado de Octave Mirbeau. Lo terminé al día siguiente y acá está. Como el señor Folantin —protagonista de A la deriva, la nouvelle de Huysmans— Georges es un sufriente personaje de la pequeña burguesía parisina. Pero este es más denso, más verdaderamente amargo, aunque el original no se titula como en castellano sino simplemente Les mémoires de mon ami.

El relato de las desventuras de Georges es desgarrador y está dividido en tres partes igualmente oscuras. La primera se ocupa de la vida cotidiana de Georges, cajero de un banco, casado con una mujer a la que no quiere y con la que ni siquiera consumó el matrimonio. Mirbeau es elocuente (es el tercer decadentista que escribe muy bien). Miren, si no, este pasaje dedicado a describir la fealdad de su mujer con tonos que bien podrían inspirar un tango cómico:

Se puede ser muy feo y muy conmovedor; se puede ser muy feo y conservar al mismo tiempo una chispa de esa admirable irradiación que proporciona la vida; se puede ser muy feo y tener, por ejemplo, un fuego en los ojos, un timbre musical en la voz, un bello movimiento de busto, una bonita flexión de caderas… ¡Incluso menos que eso, un vago estremecimiento por donde el sexo se desvela, con todos sus impulsos misteriosos y profundos…! Nada de todo eso lograba salvar de su absoluto retraimiento a la pobre criatura con un brillo de vida, una pura femineidad… Ya he dicho que era angulosa… Por consiguiente, podría haber tenido un acento, un diseño, un modelado, algo de donde se pudiera asir un sentimiento de arte y de humanidad, pues la fealdad acarrea a veces bellezas terribles… No, ni siquiera eso. Ella era angulosa sin ángulos, dura sin durezas, y tan gris y descolorida que, bajo cualquier luz, sobre cualquier fondo, no aparecía ningún contorno… Hoffmann nos contó la historia del hombre que perdió su sombra. Rosalie era un personaje todavía más espantoso porque había perdido sus contornos… Se parecía a un dibujo al carboncillo que alguien, sin querer, hubiese frotado con la manga.

En la segunda parte (aunque no se trata de una división formal de la novela), Georges recuerda su infancia, que transcurrió en un pueblo de provincia en el seno de otra familia pequeñoburguesa aun más sórdida que la que él terminaría constituyendo, con un padre mudo y una madre tiránica que solo le dio tregua al hijo mientras tuvo un amante joven. La pintura de esa vida francesa seca, resentida, sin amor ni belleza ni generosidad es tremebunda. Al recurrir nuevamente a la Antología del decadentismo editada por Caja Negra, descubro que Mirbeau (1948-1917) era un personaje singular: anarquista, dandy, periodista muy bien pago pero siempre en conflicto con las patronales, pionero en coleccionar arte moderno, el más cercano de los decadentistas a la preocupación social, a la reivindicación de los marginales. Esta frase de Claudio Iglesias, el compilador de la antología, me llamó la atención:

Entre una revolución y otra, sus páginas turbulentas y extrañamente felices atraviesan la deriva de una época en la cual la modernidad y la revuelta estaba a la orden del día: en lo estético, en lo social, en la vida.

Es curioso eso de “extrañamente felices”. Después de leer la descripción que hace Mirbeau de la vida familiar del protagonista y de ese mundo pequeñoburgués de tacañería, maldad e ignorancia en París y en Normandía, no parece que le felicidad asome por ningún lado. Uno diría que en la tercera parte de la novela tampoco. Allí Georges cuenta cómo se vio implicado en un episodio policial (el asesinato violento de una vieja) y que fue a parar a la cárcel por unas horas, en las que pudo ver lo más bajo de la sociedad, a esas criaturas desahuciadas que estaban allí porque el sistema no tenía lugar para ellas. Esos horrores cumplen la función de mostrar que la terrible forma de vida de Georges tenía contrapartidas aun más espantosas. Mirbeau describe la miseria con acentos dickensianos y esa noche en el calabozo rodeado de desechos humanos y de las amenazas de un aparato judicial clasista e indolente es un descenso a los infiernos.

Sin embargo, el libro transita un camino secreto. Parte del ridículo que rodea al protagonista, falto de amor y de sentido de la vida, pero luego es como si el relato alejara el punto de mira y al describir la infancia de Georges apuntara no ya al individuo sino a la institución familiar. En la tercera parte, cuando se encuentra con lo más bajo de la vida contemporánea, esa mirada se amplía aun más hacia la sociedad y su organización. En ese movimiento envolvente, que coincide con la voluntad de ir hacia lo más profundo del abismo, disminuyen sin embargo el miserabilismo y el agobio de las primeras páginas de tal manera que esa felicidad oculta aparece, no como estado mental de los personajes, sino como horizonte de la lectura. En esa capacidad de convocar la atención admirada del lector sin hacerle concesiones es donde un gran escritor se reconoce. Me parece que Mirbeau lo era.

Una respuesta to “Primera Página (76), respuesta”

  1. lilia Says:

    ¡Qué bien escribía el malvado! ese retrato es de antología. ¡dibujo al carbón sin contornos, para colmo frotado!
    Extraño Mirbeau y sus inquietudes sociales… ¿misógino? ¿misántropo? Debe ser más divertido leer la biografía del curioso Gustave.

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