Primera página (46)

El más extrañado

16 respuestas to “Primera página (46)”

  1. Esteban Says:

    El grandísimo Voluntad de Niebla.

  2. desde la sierra Says:

    Sip, el gran ausente. Mr. Fogwill

  3. mohín Says:

    hablando de fogwill (mensaje para lengua de trapo) en la página 10, ultimo párrafo del prólogo de Askildsen, escribe «… y tal como los noruegos de sus relatos atienden esas huertas que remedan una naturaleza pródiga…»

    No será una «naturaleza poco pródiga» sino para que la remedan?

  4. mohín Says:

    otra cosa que molesta del prólogo es la manía que tiene este tipo de tirar mierda. Por comparación y para glorificar a los noruegos les tira mierda a los latinoamericanos y luego le clava un dardo a César Aira, sacandole a relucir unos papers ridículos que publicó en los setenta.

    Me parece innecesario en un prólogo incluído en un libro que dura toda la vida. Esos puteríos son mas propios de un panelista de tv o un periodista que escribe en un diarucho con el que luego nos limpiamos el culo.

  5. mohín Says:

    Y me pregunto que clase de insulto a la inteligencia son frases como esta: «Askildsen no teme reiterarse (no es improbable que jamás haya temido algo)…»

    Y creo que nunca nada bueno ha salido de los ambientuchos conchetos y marketineros del mundo publicitario (tal vez Hollebecq).

  6. lalectoraprovisoria Says:

    Che, Mohín, ¿Fogwill te afanó una mina o qué?

    Q

  7. mohín Says:

    jaja! no, la verdad es que fogwill jamás me hubiese podido afanar nada. Y lo cierto es que nunca le he leído un puto libro. Ni lo haré. jaja!

    Sus esfuerzos en esta vida han sido en vano.

  8. lalectoraprovisoria Says:

    El domingo se cumple un año de la muerte de Fogwill, un acontecimiento del que no nos hemos recuperado. No conocí en nuestro mundo intelectual a nadie tan independiente, tan generoso y tan poco inclinado al intercambio de favores y referencias mutuas que rige la cultura argentina (y la de otras partes). Por otra parte, aunque su notoriedad personal hizo que mucha gente creyera conocerlo, Fogwill sigue siendo un misterio a desentrañar.

    Ahora que está muerto, parece inútil intentar hacer una exégesis de su posiciones políticas, saber qué sociedad, qué mundo quería Fogwill más allá de decir frecuentemente que este era una mierda. Creo que se llevó a la tumba el secreto para decodificar esa mezcla suya de lucidez extrema con provocación irrelevante; supongo que el brillo y el efecto de esas boutades (aunque algunos de sus ensayos sean realmente profundos) se irán apagando con el tiempo sin que lo hayamos comprendido del todo. Pero su literatura me parece un tema abierto que, oscurecido por el personaje, fue debatido menos de lo que merecería. Me falta leer buena parte de su obra, en particular casi toda su poesía y hoy no sé cuál era su verdadera estatura como escritor. Seguro que no era mediocre, era muy bueno. Pero de lo que leí me gustan más algunos trabajos marginales —Un guión para Artkino, por ejemplo— que sus celebradas novelas Los Pichiciegos y Vivir afuera. Y es cierto que varios de sus cuentos son magistrales, pero son acaso demasiado magistrales: tal vez me equivoque, pero creo que los libros de Fogwill sufren a veces por el deseo de impresionar, como si su costado Hemingway en la literatura y en la vida copara la parada de su estilo. Otra cosa que perjudicaba a Fogwill era la tendencia a tener más fanáticos dispuestos a jurar por cada letra que escribiera o grupis encantados por sus anécdotas que lectores interesados en tomárselo en serio, cuando era demasiado bueno como para quedar reducido el estatuto de figura pintoresca cuya agresividad disimulaba cierto rechazo a que su obra se discutiera.

    Elegí como homenaje a Fogwill esta edición precaria de Eloísa Cartonera que contiene el poema Llamado por los poetas malos y el cuento Lo cristalino. Lo cristalino se me ocurre arquetípicamente fogwilliano, casi un repaso de sus preocupaciones. El principio es genial. Habla de un pintor que sueña con un escritor que le revela un posible camino para su arte.

    Entonces soñó que un amigo escritor le describía un cuadro, figuración de un paisaje que por efectos de la perspectiva y del tratamiento de la materia del color —el óleo— representaba la visión normal de una persona. Es decir, en cierta zona de la imagen los detalles eran tan precisos como los de esos puntos desde el que el espectador fija la mirada, y, fuera de ese fragmento de la tela, las imágenes seguían siendo reales y precisas pero tenían la insubstancialidad característica de las cosas que no entran en el foco de atención de los humanos.

    Luego el relato acompaña al protagonista en una recorrida por el mundo del arte, que incluye la historia de un médico americano que ha logrado vender medio millón de dólares en pinturas que imitan fotografías de glaciares; también hay algunas reflexiones sobre la música de Bach (cuyo análisis, si no me engaño, se podría aplicar a la estructura del cuento). Algunas ideas son brillantes:

    Son efectos, pensaba, de nuestro modo de escuchar, cosas que nunca les había ocurrido a los contemporáneos de Bach, ni a los de Borodin que solo percibían el sonido en presencia del instrumentista: el arco, el diapasón, los dedos prodigiosos, los movimientos de cintura y las expresiones intraducibles de sus caras ante cada conjunción o silencio. Horas escuchando tanta música sin caras, cuerpos ni instrumentos: tal vez así estuviese contemplando la pintura la humanidad contemporánea. Salas públicas, museos, eventos, prensa, libros de arte: lugares y cosas donde todo fondo se convierte en figura.

    Como si el cuento acompañara esa reflexión sobre la falta de carnalidad, dos pensamientos se empiezan a introducir en la mente del pintor. Por un lado imagina una conversación con el escritor del sueño en el famoso restaurante Tomo I, en la que la lujuria gastronómica circundante a ambos les impide tocar el tema del fracaso:

    La experiencia del fracaso de un arte como atenuante o sustituto de la certidumbre de haber fracasado en la vida. (…) Ser pintor, pensó, es permanecer ciego o sordo frente a las manifestaciones de esas artes del comercio y la buena sociabilidad. Lo mismo ha de ocurrirle a un escritor, pero no sería un tema adecuado para las charlas de esa noche.

    De a poco, el cuento va dando la curva por esa cinta de Moebius que en Fogwill conectaba ida y vuelta el arte con la vida; tras haber empezado en la pura abstracción se va internando en cuestiones más materiales. Para eso se vale de una voz femenina en el contestador que el pintor no logra identificar, pero que de a poco va llevar la narración a un viaje por los canales fueguinos y finalmente a un coito con esa mujer en condiciones muy precarias, en el frío de un refugio de montaña, con olor a viejo y a excrementos.

    Luego, el relato vuelve a lo reflexivo, a la imaginada cena con el escritor. Y Fogwill escribe esta frase un poco enigmática:

    Tal vez él fuera un verdadero artista, también un desdichado que ante cada evidencia de la obra oye el crujido de la madera de su sillón al recostarse para dejar que corra el tiempo y alivie la inminencia del tiempo.

    Antes, había aparecido una frase memorable:

    La armonía imposible del artista: bastaba componerla para que estallase la necesidad de algo estridente.

    Sin embargo, en la frase final Fogwill hace el movimiento inverso y vuelve al orden:

    Durante la cena le diría que comparten un tiempo paralelo, lleno de piezas, telas, textos y episodios que se confunden y amalgaman para componer el fondo de algo que nunca terminarán de expresar, de contar, de entender.

    No me gusta ese final. Es un poco cortazariano, con una musicalidad algo forzada, académica. Pero eso ocurre con otros cuentos de Fogwill: remiten a la forma cuento, a la necesidad de un cierre —aunque convencionalmente abierto en este caso— al broche después del cual al lector le queda la tarea de admirar lo que termina de leer, en parte por su elegante acabado. Fogwill, me parece, le temía a los géneros, no quería quedar mal con ellos, en este caso con el cuento. Era un transgresor preocupado por cumplir con ciertos deberes.

    Lo cristalino es de 2002, mientras que el poema, Llamado por los malos poetas, no tiene fecha aunque el libro es de 2010. En su indescifrable ironía, el poema me parece glorioso.

    Y aquí hay torres de goma, alfiles
    politizados y damas policiales
    vigilando la casa.

    A la caza del hombre,
    por hambre, corren todos, saltan
    de la cuadrícula y son comidos.

    Todo eso abunda: faltan los poetas,
    los mil, los diez mil malos, cada uno
    armado con su libro de mierda. Faltan,
    sus ensayitos y sus novela en preparación
    Ah… y los curricola
    y sus diez mil applys nos faltan.

    No es la muerte del hombre, es una gran ausencia
    humana de malos poetas. Que florezcan
    cien millones de tentativas abortadas,
    relecturas, incordios,
    folios de cartulina, ilustraciones
    de gente amiga, cenas
    con gente amiga, exégesis, escolios,
    tiempo perdido como todo.

    Fogwill quería ser un gran poeta, un gran novelista, un gran cuentista, un gran ensayista, un gran crítico, un gran pensador, un gran amante, un gran erudito, un gran nadador, un gran padre, un gran productor de frases filosas. Me gustaría dar fe aquí que esa ambición oceánica se cumplió al menos en el primero y en el último caso.

    Q

  9. Roque Says:

    «Debió oír, ella:

    -Se puede decir una mentira, decía Perón, pero no se puede hacer una mentira.

    Pero no habló: hizo apenas un ruido diferente con los cajones de la cómoda. Venia haciendo ruido con sus cajones desde un rato antes y el nuevo ruido había cambiado el ritmo de los ruidos anteriores»*

    Es un muy lindo comienzo, tanto como para una novela de F como para la nueva escena política.

    Cariños

    * En otro orden de cosas – Fogwill. Mondadori, Barcelona, 2001

  10. lilia Says:

    mohín. remedar es imitar, o sea que las huertas noruegas imitarían una naturaleza que no tienen.
    Debe haber sido bueno conocer a Fogwill.

  11. mohín Says:

    lila: la frase continúa con «que remedan una naturaleza pródiga y una agricultura que su territorio les tiene vedada» .

    No creo que los tan inteligentes noruegos quieran «imitar» una tierra baldía, sin agricultura.

  12. desde la sierra Says:

    No sé si es importante, ni mucho menos si Fogwill y su literatura lo necesitan, pero necesito un poco de nitidez en la niebla de la confusión porque ya no sé si yo soy la que está equivocada. No tengo el libro por ende no leí el prólogo pero siguiendo las citas de Mohín, y las aclaraciones de Lilia, lo que está diciendo no es exactamente lo contrario a «los tan inteligentes noruegos quieran “imitar” una tierra baldía, sin agricultura». Es decir, al «leer» que los noruegos de ficción «cultivan huertas» en un territorio que sabemos materialmente inhóspito y no apto para la agricultura ¿no estarían allí «remedeando» (imitando) una «naturaleza pródiga que les ha sido vedada»? ¿En qué momento Fogwill dice que imiten, o quieran imitar, una tierra baldía?. Por ahí yo entendí todo al revés, o no hay discusión alguna, pero después me tildan de fumada así que me preocupé un poco porque me fui perdiendo en agriculturas imaginadas.

  13. mohín Says:

    Si, Fogwill podría haber escrito que la riqueza invisible de los cuentos de Askildssen remedan una naturaleza pródiga (incluso el prodigio de la naturaleza), que su propia tierra tiene vedada. Vive en un páramo pero su mundo interior es un terreno fértil… etc, etc. Pero eso no es lo que escribió Fogwill. jaja!

  14. desde la sierra Says:

    Sigo sin entenderte Mohín, pero todo bien, no entiendo muchísimas otras cosas y seguimos viviendo

  15. lilia Says:

    Te entiendo perfectamente, desde la sierra, y pienso lo mismo. Lo que mohín no entiende es el verbo remedar, aparte de otras cosas… Mejor, leamos a Fogwill, la vida es corta…

  16. Makanaki Says:

    Le escribí un mail a Fogwill a fines de 2009 a propósito de una nota suya en Perfil donde despotricaba contra la Flor metálica que está las inmediaciones del museo de Bellas Artes. Le recordé que era el sitio elegido por el Brujo Lopez Rega para emplazar el altar de la patria y que quizá, ya que la flor no le gustaba, podríamos aprovechar el ambiente de fervor nacional y popular y reciclar el motor y el metal, según él chatarra aeroespacial, para construir un Perón gigante que batiera los brazos sin parar. A modo de anzuelo le propuse resucitar a los personajes de un cuento suyo, un relato proletario: «Camino, campo, lo que sucede, gente», donde dos obreros logran poner en funcionamiento un motor que estuvo varios años detenido.

    Me constestó que era una buena idea pero que el Perón debía además masturbarse y eyacular leche La Serenísima.
    -Para serenar a los pobres- explicó.

    Nos reunimos en un bar. Hablamos de cualquier cosa menos de literatura. Yo quería hablar de literatura, pero el me hablaba de cualquier otra cosa (resultó que teníamos varios conocidos en común y él prefería hablar de eso). Al despedirme le entregué un sobre con un cuento que tenía bastante influencia de Muchacha Punk.

    Dos días después me llamó por teléfono y me dijo: Soy Fogwill, leí tu cuento. Creo que podés ser escritor. Pero no lo publiques; está lleno de errones. Venite a casa y te explico.

    Nos vimos varias veces. Conocí el desorden de su casa; el mundo Fogwill. Me regaló un libro de Aira y quizo regalarme también uno de Viñas pero no logró encontrarlo en medio de semejante desorden. Leyó algunas pavadas que escribí y que probablemente reflejaban una influencia suya. Criticaba con una agudeza insólita. Percibía detalles que cualquier otro lector pasaría por alto. Y también sabía reconocer cuando algo estaba más o menos bien.
    -Esta frase está muy bien. Es muy Fogwill.

    En abril de 2010 me fui a vivir al exterior. Al despedirnos me preguntó cuándo volveríamos a vernos. En dos años, contesté. Y en ese momento tuve un mal presentimiento.

    Seguimos comunicandonos vía mail. En agosto del año pasado le mandé una novelita que escribí a partir de la idea del Perón articulado. Me sorprendió no recibir una respuesta suya. A los pocos días me enteré de su muerte. Realmente no se lo veía bien, yo sabía que no iba a durar dos años pero no pensé que fuera a morirse tan pronto.

    No sé si era el mejor escritor argentino, no leí a todos. Él decía que estaba entre los quince mejores y que entre esos quince estaban también Aira y Piglia. Pero sí doy fe que era alguien muy generoso. Por vanidad, porque era buen tipo, porque teníamos gente conocida en común o por lo que fuera me dedicó bastante tiempo, muchas horas de charla y lectura.

    Era un crítico implacable y contrariamente a lo que uno puede imaginar frente a su imagen pública estilo Dalí era alguien absolutamente cuerdo y absolutamente lógico.

    Sus frases álgidas que a tantos incomodan no son sino un intento de hacer pensar a los demás. Un llamado a la reflexión. Una especie de resistencia al pensamiento políticamente correcto y a la ética biempensante. Fogwill fue alguien que decidió vivir afuera de todo eso. Creo que lo logró.

    Makanaki

    PD: Pueden ver en youtube la versión del «Llamado por los malos poetas» transformada en publicidad de Coca Cola Light que filmó su hijo Andrés. Me gusta más que la versión original. No logro pegar el link pero es fácil de encontrar.

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