Primera página (44)

Llegó un e-mail de Borges

9 respuestas to “Primera página (44)”

  1. Roger Malquerer Says:

    Un email pidiendo a De Quincey y Gibbon…

  2. lilia Says:

    buenísimo!

  3. Libreros de la Ciudad Says:

    La Rebelión de los Tártaros, De Quincey.

  4. irrepetible Says:

    Este no lo lei… Si «del asesinato como una de las bellas artes» y » confesiones de un fumador de opio»(cito de memoria los titulos). Excelentes los dos.
    Se consigue?

  5. lalectoraprovisoria Says:

    Leí hace poco este libro de De Quincey (es un problema escribir sobre De Quincey, el corrector automático señala en rojo que pusimos dos veces la palabra “de”), uno de esos escritores cuyo nombre conocimos gracias a Borges, que solía referirse a él con una reverencia que sus contemporáneos no compartían. Quienes fuimos educados en la cultura del best-seller más o menos sartriano de los sesenta, no teníamos una vía de acceso a estos escritores que parecían haber quedado al margen de la historia: no eran de izquierda, no eran para chicos (como Stevenson, otro favorito borgeano que se salvó raspando del olvido), no eran policiales, no eran parte del boom ni de la alta literatura respetable entonces (Kafka, Joyce, Thomas Mann). Hoy, en cambio, sus libros se reeditan, se citan y hasta es probable que se lean.

    No es exactamente mi caso. No leí los dos libros más nombrados de DQ: el del opiómano y el del asesinato. Este es solo mi segundo DQ, el primero fue Los últimos días de Kant, sin dudas un libro extraordinario. De Quincey le imagina una intimidad a Kant y la cuenta como si fuera una biografía. Es difícil pensar en un gesto tan moderno, que declara abolida la distancia entre la ficción y la historia, aunque está en la antípodas de la novela histórica, un género oportunista que trata de sacar partido de la fama de los protagonistas y del derecho a mentir de los escritores para embellecerles la vida o hacerla más parecida a una película de Hollywood. De Quincey, por el contrario, establece su relato como una entidad autónoma, absolutamente coherente con las coordenadas espaciotemporales de lo que narra, pero encontrando en ellos formas trágicas que lo terminan de distanciar de los edulcoradores de sucesos. Es como si sus historias fueran la continuación de las de Shakespeare.

    Eso es exactamente lo que ocurre con esta rebelión de las tribus tártaras en el siglo XVIII, que se mudan de imperio y abandonan Rusia para llegar diezmadas a China tras una serie terrible de penurias y de intrigas internas. De Quincey cuenta como si estuviera allí y como si estuviera dando cuenta de la Odisea:

    El 21 de enero de 1761, el joven príncipe Oubacha asumió el cetro de los calmucos a la muerte de su padre. Ya desde los catorce años, en su condición de Vice-Kahn, había ejercido parte del poder asignado a tal dignidad, por expreso nombramiento del gobierno de Rusia y con su apoyo declarado. Ahora contaba dieciocho años, era persona amable y no le faltaban títulos que le valieran el respeto debido a un príncipe soberano. En épocas más tranquilas, y en un pueblo más civilizado o más humanizado por la religión, hasta es probable que desempeñara con distinción sus altas funciones. Pero le tocaron en suerte tiempos tormentosos, una crisis dificilísima en medio de tribus cuya ferocidad innata se hallaba exacerbada por formas envilecedoras de superstición y por un convencimiento del propio mérito tan vano e hinchado que no admite precedentes, mientras que su dura y triste posición bajo la celosa vigilancia de un señor supremo e irresistible, el Zar de Rusia, exasperaba el áspero temperamento calmuco, y los aguijones de la sospecha y la desconfianza, al enconar sus cualidades más sombrías, las incitaba a la acción. (…) el dilema en que se hallaba el gobernante calmuco era el siguiente: sin la sanción y el apoyo del Zar resultaba demasiado débil en lo exterior como para ganarse la confianza del pueblo o resistir a sus competidores; de otra parte, con ese apoyo, debía su título en cierta medida a la Corte Imperial y, en la misma medida, se volvía aborrecible en todo el ámbito de sus propios territorios.

    Esa es la prosa certera, implacable, grandiosa, finísima de un “erudito ligeramente enloquecido” como lo llama el prologuista Luis Loayza. Es imposible resistirse a seguir leyendo esta fábula breve y poderosa. Me prometo muchos más Dequinceys para mi exilio interior en la pesadilla kirchnerista (¡45%!).

    Q

  6. saint-jacob Says:

    Haz clic para acceder a De%20Quincey,%20Thomas%20-%20La%20rebelion%20de%20los%20tartaros.pdf

  7. Juan Carlos Says:

    Altamente recomendable el ensayo sobre Macbeth, un botón de muestra de la prosa ensayística de De Quincey.
    http://www.readbookonline.net/readOnLine/20973/

  8. sebastian andres sanchez Says:

    Yo leí ¨Klosterheim o la máscara ¨ que es algo así como una novela gótica.

  9. gusabd Says:

    Estoy bastante desconcertado de tanta fineza literaria y audacia(creo que no es la palabra) polìtica. Publiquè en facebook (me autoautoricè) «entre el cincuenta y el tres por ciento» de Quintín, lo cual va a ser una gran disonancia ahì, en el medio del fuego K. Por ahora sólo agraddecer esta avalancha de De Quincey, Borges, De la fuente (no me llamen chupamedias). La verdad es que soy nada blogero y acá siento una fuerza de esperanza. Un tuch de cine. Acabo de ver en video la que creo que es la última de rusell crow, la que la mujer está presa, y me rompió la cabeza. Perdón mi ignorancia como decía el maestro. Saludos a todos
    PD estoy a full con estos muchachos: hoy releeí el final de la nota de contratapa de perfil de quintín que leo hace mucho y también sentí mucho eco de mi pensamiento pol´tico (si voy a escribir mas tendre que mejorar el tipeo del acento)

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