El cortejo secreto

por Oscar Peyrou

A veces, nítida y, a veces, confusa, su cara rodeada de un
resplandor suave flotaba sobre la mesa; en algunos momentos parecía una mancha pálida y flexible bajo el agua en movimiento. Era temprano Y el restaurante estaba vacío. Sólo se oía el silencio, interrumpido por algunos sonidos aislados y apagados por la penumbra. Al inclinarse ligeramente para comer, su cara perdía los límites y me daba la impresión de que se extendía hacia los lados, a mi alrededor.

Cuando hablaba, movía las manos y se arreglaba el pelo. Yo pensaba que esos gestos eran otros adornos, intermitentes y fugaces, pero tan reales como pendientes o collares; anuncios. Creo que tenía puesta una blusa amarilla, más amarilla aún por el color negro de su pelo. Era esa hora en que parece que recién comienza la noche. Como si se me hubiese ocurrido en ese momento, le dije que a lo largo de los años uno recuerda de un modo más o menos
constante sólo a unas pocas personas, congeladas en un instante que entonces parecía efímero. Esas personas ignoran que están tan cerca de nosotros y que vuelven y vuelven como los naipes de una baraja, ordenados de diferentes maneras. Sucederá lo mismo con mi imagen –seguí–. Yo formaré parte de esa especie de cortejo inolvidable que acompaña a otros, pero nunca lo sabré. Siempre será un secreto cerca de quién está ese recuerdo de mí mismo. Un trozo de película vieja que se repite con ligeras modificaciones.

Me contempló como si no supiera con exactitud a qué me refería, pero dijo que sí, que era verdad. Sus ojos comenzaron a vagar entre los platos y una botella de vino. Tenía los ojos brillantes y traté de mirarla de una manera especial, pero ella no se dio cuenta. Inició una historia muy confusa sobre un compañero de trabajo que se había ido de la empresa. Después de un tiempo había comenzado a extrañarlo, a querer hablar con él. Lo había llamado por teléfono a su casa y se habían encontrado. El parecía huir de ella y ella no comprendía porqué. Yo sugerí, generosamente, que tal vez estuvieran enamorados. Me arrepentí y agregué que también podía ocurrir que él quisiera a otra mujer. Respondió que no y continuamos hablando de otras cosas. Ella sonreía y yo, para acompañarla, también. Una luz que había detrás se reflejaba en sus manos, en el cristal de una copa o en el borde de sus labios.

Aunque no se notara porque todos llevábamos nuestros disfraces habituales, era CarnavaL, me propuso ir a un teatro donde, para celebrar el acontecimiento, la gente se ponía trajes antiguos, se pintaba la cara, bailaba y cantaba. Sonreí y acepté.

Durante el viaje dije algunos chistes e hice un par de comentarios ingeniosos para que la fiesta no decayera. Siempre tengo la sensación de que el control de las situaciones recae sobre mí y que soy el culpable si los silencios se prolongan.

Como no me gusta hablar, salir con una desconocida puede resultar una tarea agotadora. Mientras ella estacionaba el auto le dije que yo era como ese pájaro imaginario del folklore norteamericano que vuela hacia atrás, porque no le importa adónde va sino de dónde viene.

Nos sentamos cerca del escenario y miramos en silencio a los integrantes de una escuela de samba brasileña que competían con unos revolucionarios franceses de 1789 para descubrir quién gritaba más. Algunos de los simpatizantes de Dantón tenían un aspecto tan lánguido que uno no comprendía cómo podían haber acabado con la monarquía. Después pasaron por el micrófono dos astronautas, una vaca, un cómico que actuaba por encima de sus posibilidades, una chica que tenía una cabeza o una peluca muy grande y una mujer alta que hablaba interminablemente, aunque eso no parecía tener ninguna relación con su estatura.

Cuando alguien decía u ocurría algo gracioso, me volvía ligeramente y la miraba para reír juntos. Nunca coincidimos.

Traté de pensar algo muy divertido, pero no se me ocurrió nada. Sentía con creciente desesperación que el tiempo pasaba con rapidez y con lentitud. Un amigo de ella se sentó a su lado y comenzaron a hablar. Yo permanecí en silencio, mirando el telón que subía y bajaba. La música no me permitía saber de qué conversaban. Imaginé que mi oreja derecha adoptaba diversas formas para mejorar la acústica, pero todo era en vano. De tanto en tanto, oía palabras aisladas que únicamente agregaban desorden a mi confusión. Todo está perdido, me dije. Tengo que irme. Ponerme de pie e irme para siempre, como hacen los héroes.

Unos días antes había soñado con ella. La buscaba en el último piso de un edificio muy alto. Entraba en un corredor con muchas puertas. Las abría una a una y encontraba grandes habitaciones llenas de sombras borrosas. Cuando ya faltaban pocas puertas, la hallé junto a una ventana, en el extremo más alejado de la entrada. Era una ventana azul y se veía el cielo resplandeciente. Me acerqué. Sus ojos parecían líquidos. A pesar de que me acercaba, la distancia que nos separaba permanecía constante. Al fin estuve a su lado. Nuestros ojos estaban unidos por algo tan poderoso que era invisible. Tenía miedo de que hablase. Nos dimos un beso y nos seguimos mirando. Luego yo caminaba solo hacia el ascensor. Repetía en silencio: «me quiere, me quiere». La cara me ardía y comenzaba a irradiar un brillo cada vez más intenso, hasta que se transformaba en un sol deslumbrador cuya luz atravesaba el edificio e iluminaba toda la ciudad. Yo descendía lentamente.

Al fin, su amigo se despidió y se fue. Continuamos un rato sin hablar. Una orquesta inició «Brasil». Recordé fiestas de mi juventud. Sitios, caras, perfumes y palabras. Cuando escucho «Brasil» me siento en la obligación de ponerme contento. Hice un esfuerzo. Estiré los labios, mostré parcialmente los dientes y comencé a mover acompasadamente el pie. Mi conmovedor gesto pasó desapercibido. Ella seguía con los ojos clavados en el escenario donde unos bailarines intentaban con éxito parecer ridículos y patéticos, alternativamente. Un tiempo después giró la cabeza y me preguntó con timidez si quería irme.

Mientras me llevaba a mi casa pensaba que tenía que decírselo, que en el primer semáforo que nos detuviera, o en el segundo, se lo diría. Después de unas siete paradas y cuando faltaba muy poco para llegar, le insinué que me gustaría tomar una última copa. Protestó vagamente a causa de la hora o de las convenciones sociales y aceptó.

El lugar, muy moderno, estaba semidesierto. Estrechos espejos verticales que reflejaban otros estrechos espejos verticales cubrían las paredes. Cerca del techo flotaba el resto de la bruma que había llenado el local unas horas antes. Allí todo era bajo, excepto los precios: las mesas, los asientos, el camarero y la calidad de las bebidas.

Levanté el vaso y bebí un sorbo. Sin pensar en nada, como si yo fuera un espectador de mí mismo, le dije que ella formaba parte de esos recuerdos que me acompañaban siempre y de los que le había hablado antes. Permaneció en silencio, todavía con una sonrisa rezagada e inerte. No sabía qué decir. Su voz tenía una curiosa intensidad. Le aseguré que no esperaba ninguna respuesta, que sólo quería que lo supiera, que no se preocupara. Lo único que me faltó fue pedirle perdón. De alguna parte surgió una voz desganada que cantaba «Portobello Belle». Yo miraba fijamente algo situado más allá de su cabeza, de los espejos y, creo, hasta de la ciudad. Cuando salimos me pareció que ella estaba tranquila.

Frente a mi domicilio la saludé con amabilidad, como los actores en el cine, y caminé unos pasos sin volverme. En ese momento todavía no estaba muy triste, unido aún a ella por el compartido susurro del motor de su auto. Me detuve y oí cómo aceleraba con suavidad y vi cómo se perdía lentamente en la noche entre luces rojas y difusas manchas. Seguí mirando un rato más.

7 respuestas to “El cortejo secreto”

  1. janfiloso Says:

    «Hice un esfuerzo. Estiré los labios, mostré parcialmente los dientes y comencé a mover acompasadamente el pie. Mi conmovedor gesto pasó desapercibido.»
    «… le dije que ella formaba parte de esos recuerdos que me acompañaban siempre…»
    Muy bueno este retazo de un amor, muy bien escrito y muy bien acompañado por la vida que pasa al costado de estas historias.

  2. oscar Says:

    gracias janfiloso.

  3. Montañés Says:

    Encantadora aleación onírica de humor y tristeza.

    Portobello Belle…

  4. oscar Says:

    releo el cuento acompañandolo con la musica de dire straits (gran idea, montañes) y pienso que lo mas antagonico es la voluntad y el amor. uno hace unos esfuerzos extraordinarios, gasta una energuia increible a lo largo de meses para conquistar a una mujer, por ejemplo, y fracasa. y otro dia sale sucio, con caspa y lagañas a comprar el diario y ve que una chica lo mira de una manera especial.

  5. janfiloso Says:

    …es que el amor es ciego… :)

  6. Montañés Says:

    Antagónicos, sí, se ríe el amor de la voluntad. Igualmente antagónicos en sentido endógeno, además del exógeno, agreguemos.

    Es decir. Ajeno a la situación y semejante al poder magnético, una vez que brota fluctúa pero nunca se va del todo ni es posible comprenderlo o dominarlo acabadamente. Parece tener la virtud de atravesar obstáculos e ignorar las distancias y el paso del tiempo. Método y razón son huecos frente a él, como lo bibliográfico y lo tecnológico: inútiles. Opresión fantasmal, aun sin forma ni dimensión parece por dentro crecer y decrecer, océano íntimo sin tamaño ni sustancia. Se agazapa, se infla, se debate, implota una y otra vez.

    En fin. Azar, curiosidad y derecho a la perdición. Voluntades o ámbitos, opiniones u ocasiones, planificación o resistencia: todo es inútil, el mundo entero lo es. Entrever la majestad o potencia subyacente de ciertos secretos puede llevar a la ruina y a veces vale más no intentar averiguar nada.

    Melancólico el cortejo, bello el relato. Salud.

  7. oscar Says:

    montañes: no puedo estar mas de acuerdo. tambien en el amor todo es imaginario. y cito: cuanto llego, de todo hizo placer; cuando se fue, nada dejo que no doliera.

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