Chicas que trabajan

Sobre Bajo influencia de María Sonia Cristoff

por Quintín

Hace un par de semanas leí con curiosidad una columna de Damián Tabarovsky en Perfil sobre un libro de María Sonia Cristoff (aparentemente se trata de su primera novela). No conocía a Cristoff pero sí de nombre a Josefina Ludmer, de quien Tabarovsky se burla —con buenos argumentos— en la primera parte del artículo aunque finalmente le ofrece una salida elegante a sus contradicciones. Ludmer afirma que Bajo influencia “es hiperculta, es delirante y divertida” y Tabarovsky le da la razón.

No dan muchas ganas de leer una novela defendida en esos términos (parece una frase de Landrú) por Ludmer —defensora de unas cuantas pavadas, plagios y mediocridades que andan circulando— pero como uno de los temas del libro era, según la columna de Tabarovsky, “la sátira a la impostura del mundo del arte” me interesó aunque solo fuera porque prometía renovar una discusión que mantuvimos en LLP a partir de esta nota.

Cecilio Rave, uno de los personajes de la novela, es un ocioso burgués porteño que un día decide convertirse en performer vanguardista copiando —aunque agregándoles un toque personal y autóctono— las obras de un famoso artista visual, el belga Francis Alÿs. (Nunca había escuchado hablar de Alÿs, pero es auténtico como comprobé fácilmente gracias al Google). Cristoff conoce el tema y tiene imaginación: las caricaturas que propone Cecilio de las muestras de Alÿs son lo suficientemente sofisticadas como para que se dude de su carácter o —en todo caso— se dude casi tanto como se puede dudar del carácter del trabajo de Alÿs. Por ejemplo, en su Paradox of Praxis: Sometimes making something leads to nothing (Paradoja de la praxis. A veces hacer algo conduce a nada), Alÿs arrastró un bloque de hielo por las calles de la ciudad de México hasta que se derritió completamente con el fin de extremar la “burla al ajetreo inútil, a las productividad alienada que otras de sus obras revelan”.  Para imitarlo, Cecilio decide ir cortándose las uñas a lo largo de la Calle Florida. Si este no resulta un gesto demasiado contundente, su actuación en una carpa en Plaza Congreso durante el debate de la 125 —que culmina con la exhibición de videos de zoofilia y conducen a su autor a la cárcel— es una idea más radical de provocación pública que el modelo al que imita.

Bajo influencia está dividida en dos partes. En la primera, hay un personaje que narra la historia de otro y se dirige un tercero. Rosa, dueña o encargada de un restaurante cool del que está un poco harta, le cuenta en primera persona la historia de Antonia con Cecilio a un interlocutor que nunca aparece. Aparentemente es un hombre y los tres fueron compañeros de colegio. No hay una razón clara para esta estructura que utiliza las tres personas gramaticales. De hecho, en la segunda parte el interlocutor fantasma desaparece y el diario de Antonia ocupa el centro de la novela. Eso da lugar a que Tabarovsky compare Bajo influencia con El perseguido de Guebel y Toda la verdad de Becerra y llame a las tres “grandes novelas sobre el desdoblamiento de la identidad y el extravío de la originalidad”. Es cierto que el personaje de Rosa puede ser un otro yo de Antonia, aunque nada hay que permita asegurarlo. De hecho, la novela admite una lectura paralela. Más que una “poderosa, talentosa e imprevisible máquina de leer”, como la califica Tabarovsky, Bajo influencia puede bien ser considerada —a falta de un nombre mejor— una novela de denuncia que puede ser leída como una narración feminista y de una fuerte impronta social. Y eso le da otro valor, aunque la autora tiene todas las cualidades intelectuales que se le puedan señalar y toda la influencia de la literatura británica que quiera detectarse en la novela. (De hecho, mientras escribo esta nota, me cae en las manos el último número de adn —revista que ha virado últimamente hacia una insoportable cobertura mainstream y careta de las artes— cuyo único artículo legible es justamente el de Cristoff dedicado a dos escritoras, Vita Sackville-West y Annemarie Schwarzenbach).

Aunque últimamente hice esfuerzos por ponerme al día, sigo siendo un lector antiguo y no logro conectarme del todo con una novela si no sospecho que el autor está poniendo algo propio, algo que va más allá del ingenio y del oficio. Seguía Bajo influencia con gran interés porque está muy bien construida y articula virtuosamente la madeja de obsesiones que constituyen su trama (la obsesión de Rosa por la historia de Antonia, la de Antonia por Cecilio, la de Cecilio por Alÿs y por su triunfo como artista). Pero no fue hasta la página 185, casi al final, cuando me dije  “ajá” y confirmé que la novela podía tener otra dimensión. En ese lugar, Antonia compara lo que está haciendo Cecilio con el legendario artista excéntrico nativo Federico Manuel Peralta Ramos. Recuerda que PR compró una vez un toro campeón en un remate de la Rural sin tener un centavo para pagarlo. Esa performance le costó ir preso y para salvarlo de la cárcel los familiares lograron que se lo declarara insano. Escribe Cristoff:

Así fue también como FMPR terminó en la clínica psiquiátrica donde lo sometieron a electroshocks. Sí, a pesar de que había sido internado solo por cuestiones formales. Sí, sofisticada y cara como se supone que la clínica sería. Y sí, en los años sesenta, no en los veinte.

Ese fragmento si se quiere lateral y un poco inesperado, ya que no hay —que yo recuerde— otras anécdotas similares ni otras frases que revelen un grado de indignación semejante, funciona como el centro de gravedad de mi lectura del libro. Es el momento en el que la autora deja constancia de que el arte puede tener un peso y que ser un artista acarrea consecuencias. Que en la actividad artística puede haber un compromiso corporal y se corren riesgos, que la transgresión puede a veces superar ese grado de ambigüedad, de permanente coqueteo con el cinismo del que está teñido el mundo de las artes visuales. Ese párrafo utiliza el recuerdo de Peralta Ramos como contraste con lo que hacen Cecilio y quienes lo rodean: la pequeña, mezquina y provinciana elite cultural.

De ese mundo viene justamente de huir Antonia. Hija de la dueña de una galería de arte, conocedora de la teoría y de los entretelones de ese mundo, trabajó también en el pasado en una productora de cine, propiedad de dos primas suyas (“en la que supe hacer tareas múltiples: informes de los guiones que recibían, correcciones de las cartas que mandaban, traducciones, subtitulados incluso”). De allí también huyó y fue reemplazada por un personaje que aparece hacia el final del libro, cuando se inaugura la muestra de Cecilio. Este personaje, el Sucesor, “entre solemne y enigmático” habla “como en una traducción al castellano de un idioma que nadie conoce”. De él y de su pedantería tan característica del mundillo quiere escapar también Antonia en ese baile de máscaras. De él y de sus elogios a la obra de Rave, cuya exposición se llama Me caminaron:

Eso conduce al arte en su mejor dirección: la que lo despoja de fantasías de personas y personajes y lo arroja a ser puro pensamiento, planteo de problemas a los que no hay que estar buscándoles nombres propios que nunca resultarán adecuados. ¿Por qué? Simplemente porque están de más, son superfluos. No son materia del arte sino de conversación entre vecinas.

Tabarovsky rescata en su columna parte de ese párrafo, que parece resumir alguna teoría de la literatura moderna. Por su parte, el Sucesor sigue adelante con frases como:

Hay que tener en cuenta que la omnipresencia de la metrópoli en el campo cultural ha transformado al mundo en un ready-made planetario en el cual la naturaleza no es más lo dominado sino lo fragmentario o residual. Ya lo señala bien Thierry Davila.

Hasta que Antonia lo despacha con esta frase

Me pregunto por qué la gente insiste en hablar tanto, y en hablar tanto de lo que dicen otros, cuando no tiene nada bueno para decir acerca de lo que está viendo. O cuando en realidad no vieron nada, o no entendieron nada.

Una frase que bien puede aplicarse a mucho de lo que seguramente se dijo durante la presentación de la propia novela, incluyendo el “hiperculta, delirante y divertida” de Ludmer.

Bajo influencia tiene humor y gracia, pero no me parece ni delirante ni divertida. O no exactamente. Mejor sería decir que es sombría. De hecho es la historia de una desaparición que tiene mucho de suicidio. En el libro, Rosa lee el diario de Antonia luego de que esta se esfuma luego de la inauguración de Rave. Bajo influencia es la historia de las múltiples huidas de Antonia, en particular del trabajo en relación de dependencia, de la vida social, del mundillo del arte. Recapitulemos la historia. Antonia deja sus trabajos para convertirse en una trabajadora cultural independiente. Desde su departamento, con la sola compañía de su perro, traduce, edita, compila y solo mediante un gran esfuerzo y una gran variedad de clientes consigue mantenerse.

Insistía en que los manuscritos que tenía  que editar, corregir o generar implicaban una constancia y una concentración extrema. Un mínimo de ocho o diez horas de trabajo diarias. Así es que había logrado pagar sus cuentas sin tener que convivir con nadie ni soportar compañeros de oficina. Cualquier cosa que amenazara entonces su disciplina cotidiana amenazaba también su vida entera, o al menos la ponía en las fauces de sus tres grandes temores: la pobreza, la dependencia y la convivencia.

Antonia abandonó su medio burgués y se convirtió en una proletaria calificada. Su amiga Rosa hace algo parecido para mantener la independencia: se ocupa de un restaurante. Ambas son parte de la industria de servicios desde tareas más o menos calificadas. Pero no parece haber prosperidad ni felicidad posibles en esas vidas de mujeres educadas bajo el supuesto de que terminarían menos ahogadas por el sistema social. Entonces, en la vida de Antonia se cruza Cecilio. Es un ser distinto, un fóbico que da largas caminatas y no necesita trabajar: el símbolo perfecto del ocio, la autonomía y la originalidad que Antonia desea secretamente aunque su vida se orienta en la dirección contraria, ya que debe matarse trabajando para otros en tareas sin ningún lucimiento. Y así es que se enamora (aunque sabe que es muy probable que Cecilio sea gay); se obsesiona con él al punto de arriesgar su trabajo y su tranquilidad para convertirse en su compañía esclava y en asistente de tiempo completo cuando él decide ser artista plástico.

Pero todo resulta un engaño, una versión adulta y rebuscada de la vieja fábula social de la seducción y el abandono de una chica pobre por un niño rico. Cecilio traiciona a Antonia y la usa para sus fines. Antonia es víctima de su posición inferior y de condición de género. Rosa, su doble más pragmática pero igualmente condenada a una vida de sacrificio e insatisfacción, sigue fascinada la alucinación de su amiga y, finalmente, se queda con su diario y su secreto. De eso, en el fondo, no conviene hablar en las inauguraciones plásticas ni en las presentaciones de libros, donde se ve como un pequeño ejército de trabajadores de clase media orbita alrededor del capital. Ese asunto se da por sobreentendido.

Foto: Flavia de la Fuente

10 comentarios to “Chicas que trabajan”

  1. Lenny Says:

    Aquí vamos de nuevo.
    Me alegra que se deje en claro que no todos los artistas contemporáneos son chantas.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Patricio Fontana no acerca uno de los textos que se usó como presentación de la novela. Me parece muy bueno y apunta en una dirección distinta al de Ludmer. Acá va:

    “Como en Desubicados, Cristoff nos instala en Bajo influencia ante uno de sus temas favoritos: “Ninguna emoción más personal y absorbente que la irritación”. Esta novela, además, ratifica definitivamente que Cristoff es una habilísima narradora de esa emoción, que se multiplica en otros términos como agobio, náusea, resaca existencial o incomodidad.

    Pero si en Desubicados la irritación ante la aspereza del mundo encontraba su antídoto en el zoológico –es decir, ahí nomás, en la misma ciudad–, aquí la solución es mucho más drástica, aunque tan despojada de dramatismo o cobardía como aquélla. Tonia, la protagonista de Bajo influencia, se escabulle del mundo y pone su vida en intervalo. Como la dama del film de Hitchcock, Tonia vanishes.

    La evasión de Tonia encuentra su justificación en el intento de recuperar una casi absoluta prescindencia de lo social que, a la manera de una asceta laica o de una estilita urbana sin vocación de santidad, había conquistado a fuerza de disciplina y trabajo (a fuerza de horas y horas frente al teclado realizando traducciones, correcciones y textos por encargo). Tonia, entonces, se evade para preservar ese anhelado aislamiento que, de pronto, se ve amenazado de muerte por su relación con Cecilio, un freak que literalmente la arrastra en su tentativa, exitosa y por eso patética, de transformar sus adorables costumbres pedestres en un plagio pretencioso y pueril de ciertas prácticas, quizá también pretenciosas y pueriles, de algunos artistas contemporáneos.

    La incomodidad de Tonia, y su mirada feroz y aguzadísima, hacen que en Bajo influencia la literatura logre que expresiones como galería de arte, artista plástico o tesina exhiban, por sí solas, toda su larvada abyección. En este sentido, la cortesía de la escritura de Cristoff y su militancia contra cualquier entonación de lo enfático acaso impidan que el lector desatento advierta cuánto se dice en este libro de ciertas zonas, nada estimulantes pero paradójicamente festejadas, del arte contemporáneo.

    En sordina, este libro se constituye así en una apología, tan pertinaz y delicada como Tonia, de la dificultad –del trabajo– en el arte y en la literatura.”

    Patricio Fontana

  3. srta.pola Says:

    Y yo, ¿qué? Me discriminan por ser inteligente, joven y linda. Creo que hice méritos en el país y el extranjero para ser la escritora joven (bueno, pendevieja) más relevante del año. Yo creo que este relato merece el premio a la narración más notable del 2010, ciertamente un breakthrough en la historia de la ficción política argentina: http://www.granta.com/Magazine/113/Conditions-for-the-Revolution/1

  4. Santi Says:

    srta.pola, yo ese premio se lo daría a Samantha Schweblin o a Mariana Enriquez. Pero es verdad que vos sos mas linda.

  5. saint jacob Says:

    Como me dio fiaca de buscar por ahí,lo traduje en la compu, pero me salió extremadamente ‘yo Tarzán’, entendí menos que en inglés (que no domino)… con todo, adhiero a lo del tocayo Santi, en la foto estás divina, digamos…

  6. srta.pola Says:

    ¡Hola de nuevo, chicos! Les recomiendo mi visión de la literatura latinoamericana del siglo XXI en The Telegraph de hoy; es un must read: http://www.telegraph.co.uk/culture/hay-festival/8278647/Hay-Festival-Cartagena-Pola-Oloixarac.html
    Subliminalmente menciono que gané la prestigiosa beca del Iowa Writers Workshop que me dio el Departamento de Estado con un dinerito que les sobro del presupuesto de Guantánamo. Tampoco me olvido de incluir mi tema favorito (aunque no tenga un carajo que ver): como el Mal Absoluto son los setentistas que ahora son chetos y viven en la Avenida Libertador. Les cito y traduzco (¡Chicos, pónganse las pilas y terminen el curso de inglés en ICANA!): “Across Latin America, characters from the guerilla era had dandyfied themselves along with the gentrification of their cities; theirs was the less glamorous tale of neoliberalism and nostalgia.” “En toda América Latina, los personajes de la época de la guerrilla se habían vuelto dandis al mismo tiempo que sus ciudades se aburguesaban; la suya era la historia menos glamorosa de neoliberalismo y nostalgia”.
    Bye! ¡Adórenme!

  7. saint jacob Says:

    …¿hablás del setentismo ‘autóctono’ o englobás a, por ejemplo, Gabeira y Mugica?…

  8. pol Says:

    Che, la srta pola existe o es un bot creado en laboratorio para ver qué tan lejos se puede llegar combinando exceso de egocentrismo y tilinguería a partes iguales? Es como la siome esa que glamorizaba la anorexia pero encima con aristas intelectualosas. ¡El horror!

  9. casuisticus Says:

    Cristoff es excelente. Pola O. también.
    Resìgnense, muchachos.
    O sigan creyendo que Levrero es un gran escritor…

  10. Pechomalo Says:

    La verdad es que en este vídeo no se la ve tan sexy a la Srta. Pola como dicen por aquí :
    http://www.canalrcnmsn.com/noticias/tres_nuevos_narradores_hablaron_de_la_novela_ese_artefacto_para_armar
    Parece Susana Romero (ahora) en batón y con unos kilos de más. Neuman parece un estudiante o docente cualquiera de Puan. Fernández Mallo, bueno, alguén muy feo.

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