Recuerdos de Viena (9)

por Flavia de la Fuente

El 27 de octubre de 2010 cayó en pleno festival de Viena. Volvía de ver The Forgotten Space, de Allan Sekula y Noël Burch, y me disponía a esperar tranquilamente a Q en la pieza del hotel, cuando me encontré con un e-mail de mi hermana que decía “Falleció Kirchner”. De ahí en más se acabó el festival para mí. Me paralicé y se me destrozaron los nervios. Así que me dediqué a deambular sola por la ciudad como un alma en pena en busca de sosiego. Fue la única forma de reparación que encontré a mano. No voy a hablar de Kirchner ni de mis sentimientos al respecto porque todavía sigo perturbada, pero sí voy a recordar los paseos que hice para salir del pozo de angustia en el que había caído. Por suerte, Viena es una ciudad amable, tranquila y hermosa. Ideal para la convalecencia.

Durante esos días, caminé y caminé muchas horas. Recién después de cuatro horas de paseo lograba volver a sentirme bien y estaba en condiciones de ir a cenar con amigos o al cine. Estas fotos las saqué en una de esas tardes, después de haber caminado mucho. Al cabo de dos horas de marcha sin rumbo me encontré, de pronto, en el Hofburg y, no sé por qué, me sentí muy conmovida por estas estatuas. Saqué muchas fotos de estas imágenes. El gesto del monarca que tiene el cetro me transmitía paz. Seguramente la luz ayudaba a crear esa atmósfera mística que me envolvía, se acercaba la hora del crepúsculo. No tenía idea de quiénes eran los personajes del monumento ni tampoco me importaba. Hoy, buscando en Internet, me enteré de que se trata de José II, hijo mayor de María Teresa, la mamá de María Antonieta (la de la película de Sofia Coppola), entre otros tantos hijos.

La Viena imperial me hacía pensar en los Kirchner. Pensaba que a Néstor le hubiese gustado dejar un palacio así de fastuoso y lleno de estatuas de él y de Cristina, tal como abundan en Viena las de Francisco José y Sissi.

Esta es la leyenda de la estatua que me fascinaba: “A mi gente mi amor”. No sé cómo habrá sido José II como rey, pero su gesto me hacía pensar en un hombre bueno, que amaba al prójimo. Más que la estatua de un monarca me parecía la estatua de un santo. Y pensar en santos me gusta. Me calma los nervios pensar en que existe la bondad pura.

Dejé a José II y seguí caminando por la parte trasera del palacio imperial para ver qué otras sorpresas me daba la vida.

En realidad no hacía falta estar en el Hofburg para que me sintiera embelesada. Con levantar la cabeza y mirar al cielo ya me sentía bien. Miren las nubes y las estelas dejadas por los aviones. ¿No son para calmarle la angustia a cualquiera? Click, click, click. Mil veces obturé mi cámara para captar la belleza de esos instantes preciosos. Al fin tenía mi alma en paz. Me sentía serena y feliz.

Otro personaje que me hizo pensar en Néstor. Creo que es Francisco José, aunque no lo puedo jurar. Como ya les dije, lo único que buscaba en esa tarde de octubre era la serenidad. Si se trataba de Francisco José o de San Martín me daba lo mismo. Fuera quien fuera el valiente guerrero, se lo veía muy brioso en ese atardecer increíble. Y muy fotogénico.

Hoy, 21 de enero de 2011, estoy en San Clemente leyendo El mundo de ayer de Stefan Zweig que me recomendó en Viena mi hermano Liso. Según me contó mi hermanito, muchas cosas de las que habla Zweig en sus memorias le hacían acordar a la Argentina de hoy. Dice por ejemplo: “He aquí, pues, lo que diferenciaba, para bien, la Primera Guerra Mundial de la Segunda: la palabra todavía tenía autoridad entonces. Todavía no la había echado a perder la mentira organizada de la ‘propaganda’, la gente todavía hacía caso de la palabra escrita, la esperaba.”

Más imágenes imperiales. Qué fuerza parece tener esa mujer que domina la cúpula. ¿Quién será? No lo sé, pero su sola visión me hechizaba. Le saqué otras cien fotos.

Estelas de aviones, nubes, farolas y árboles secos en el crepúsculo vienés. No saben cuánto oxígeno sentía en mi pulmones. La vida volvía a tener sentido, respirar era grato, no me hacía falta nada más en esa tarde fría de otoño.

Más imágenes de poder. ¿Quién se puede animar contra este reino? Miren el guerrero y su palacio, decorado con un águila roja en el centro.

Miren abajo los colores del palacio al atardecer. Imposible no embelesarse ante tal espectáculo. Ya había olvidado mi inquietud. Me sentía segura y transportada a un mundo feliz.

Los aviones seguían cruzando el cielo y yo no podía dejar de gatillar. Me gustaban los trazos geométricos que se armaban en el firmamento y la combinación de colores de los ornamentos del palacio.

Permanecí más de una hora parada en el medio de un patio gigante. Hacia un lado estaba el palacio con el águila roja, enfrente la estatua ecuestre del supuesto Francisco José y, hacia el poniente, el edificio con la cúpula de la mujer poderosa. Mientras transcurrían los minutos, el paisaje iba cambiando y yo no paraba de girar y de sacar fotos de los mismos motivos una y otra vez.

Porque con el cielo la cosa cambia segundo a segundo. Ayer a la noche, paseábamos con Gabi por la playa. Esperábamos la salida de la luna para las 20.38. Ese era el horario porteño, así que supusimos que en San Clemente saldría antes. El tiempo pasaba y no veíamos nada más que el horizonte celeste con algún destello rosado. De pronto, a las 21.34 vi un octavo de la luna bien anaranjado asomando vertiginosamente. Y no sé si pasaron dos minutos cuando la luna ya había salido entera y brillaba sobre el mar. Fue bello y veloz.

Volviendo a Viena, lamentablemente, no sé qué edificios son los que fotografié. Quizás mi hermano Liso lo sepa. El es mi guía vienés. Como se darán cuenta por las imágenes que tomé, seguí dando vueltas y vueltas, sin poder parar de sacar fotos de lo mismo. Y lo hice hasta que anocheció.

Fueron días difíciles los de esta Viennale. Me la pasé por las mañanas leyendo los diarios o mirando los programas políticos por Internet. No quería estar lejos de lo que pasaba. Mientras tanto, Q vivía como si no hubiera pasado nada. Iba de un cine al otro, se encontraba con amigos, se sentía como siempre.

Los días fueron pasando y me fui mejorando lentamente gracias a los cielos vieneses y las fotos que espero que ustedes hayan disfrutado, porque yo lo único que logré fue deprimirme con los malos recuerdos. Es más, acabo de decidir que ahora mismo me voy a nadar. Mañana sigo con mis destempladas memorias vienesas.

4 comentarios to “Recuerdos de Viena (9)”

  1. Emanuel Says:

    No creo en la convalescencia
    De la clase dominante.

  2. janfiloso Says:

    Lindas fotos.
    Una vez alguien me dijo que la luna tarda en desaparecer en el horizonte un minuto del borde superior al inferior de la luna. No tengo idea si es cierto y si lo es cual es el motivo (seguro Galois lo sabe) pero debe ser algo de pi por radio o radio FM o algo así.

  3. janfiloso Says:

    desaparecer lease aparecer

  4. corleone Says:

    Gracias Flavia por tu poesía, me gustaría seguir leyendo tus memorias de aquellos días, que fueron muy angustiantes también por Buenos Aires.

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