Carta desde Mar del Plata (8)

por Quintín

Querida Flavia. Llegó el último día, y en un rato salgo para allá. Tengo muchas ganas de verte y espero que por fin estés mejor de esa gripe que te agarraste y todavía no se cura. Acabo de ver la foto con la que ilustraste adecuadamente la carta anterior (por suerte Solita compensa un poco) pero al final pasé una noche agradable. Primero fui a cenar con Raffi Pitts y Lisandro Alonso, que se vino de Buenos Aires sólo para ver a su amigo iraní. Hoy los dos se volvían a las seis de la mañana. Tomamos unos whiskys y después unos vinos en La vieja carreta, a la vuelta del hotel, donde comimos un bife de chorizo excelente. No sé cuanto costó porque pagó Lisandro. Cuando cerraron nos fuimos para el Meeting Point del festival, el lugar en frente del Auditorio en el que presentamos el libro el domingo pasado (aunque parece que eso fue el año pasado). La noche estaba muy templada, medio festival estaba ahí afuera, charlando con un trago en la mano. Creo que este año la atmósfera en Mar del Plata fue muy buena y la programación muy superior a la del año pasado. Hubo, esta vez muchos más invitados extranjeros. Mar del Plata tiene eso: cuando no te agreden desde la pantalla, puede ser llegar a ser un lugar muy distendido.

Así que me puse a charlar con los presentes, ya que el alcohol y la buena compañía me habían permitido recuperarme momentáneamente de mi fase melancólica. Una conversación interesante, que de algún modo continúa alguno de los temas desarrollados en estas cartas, fue la que tuve con Natalia Marín, la rama femenina del equipo de Los Hijos, uno de los casos de éxito más rutilante en el mundo del cine experimental. Hace solo dos años que comenzaron, pero han causado un impacto importante, al punto que el Guggenheim de Bilbao y otros museos preparan una exhibición de su obra. Ellos mismos están sorprendidos de lo que les ocurre, pero el sistema de trabajo colectivo les facilita una gran productividad, un control sobre los resultados e incluso la incipiente creación de una marca consumible en el mundo de las artes visuales, lo que hoy sustituye con ventaja a la idea de autoría. Porque el artista visual contemporáneo no tiene que tener una cosmovisión ni un estilo, pero sí algo de talento y la suficiente lucidez como para generar procedimientos y elaborar los materiales de tal modo que el resultado tenga pocos defectos y un aspecto conceptual reconocible. Uno de los cortos de Los Hijos se llama Ya viene, aguanta, riégueme, mátame, que toma cuatro películas españolas de los ochenta —El espíritu de la colmena, Historias del Kronen, La ley del deseo y Amantes—, elige de cada una escena en exteriores, filma la locación al natural sin los actores y sin prepararla como se hizo en el momento de la película mientras se muestran subtítulos con los diálogos originales. Es un trabajo de deconstrucción muy elegante en el concepto y muy bello visualmente. Un resultado perfecto que desató encendidos elogios de un académico como Santos Zunzunegui. De todo eso me hablaba Marín y de la sorpresa del éxito que está alcanzando su trabajo entre programadores, curadores y profesores. Pero también se daba cuenta de que de algún modo habían agotado una carrera cinematográfica en tiempo record y que la única salida de su deriva parecía ser la instalación audiovisual.

En eso apareció Mariano Blanco, el director de Somos nosotros, una película que ganó un premio en el Bafici e hizo que los skaters apedrearan la sede virtual de LLP.  Blanco había conocido a Los Hijos en Marsella y Natalia me presentó al precoz director tras calificarlo como “un sabio”. Y la verdad es que el pibe Blanco, que no llega a los veinte según creo me impresionó muy bien. Cuenta que él también tuvo un éxito prematuro y que le han ofrecido filmar prácticamente cualquier cosa, a lo que se rehúsa porque quiere proteger su carrera. Blanco también contó otra cosa muy interesante, que es que a los cineastas independientes les resulta cada vez más difícil lidiar con los técnicos, que les cuestionan cada decisión, miden sus egos con el realizador y boicotean el rodaje. De lo mismo me habló hace un tiempo Juan Villegas pero también coincidió en ese diagnóstico el rumano Christi Puiu a quien le resultó muy difícil el rodaje de su última película por esas razones. Es un problema que no tienen Los Hijos, pero tampoco Gonzalo Castro (que también me había hablado bien de Blanco). Y tampoco lo tienen los cineastas mainstream, ya que los técnicos se adaptan mejor a la esclavitud de la factoría que al trabajo familiar de una producción chica. Más en el fondo, se advierte en ese peligro de caos que amenaza los rodajes (aunque hace mucho lo previó Fellini en Ensayo de orquesta) otro síntoma de que el cine está cambiando a pasos acelerados y está comenzando la era del post-cine. Fue una conversación muy instructiva y, entre una cosa y otra, se hicieron las cuatro, hora en que cerraban el Meeting Point. Por primera vez me fui a dormir de buen humor y un poco borracho.

Tal vez la prueba más contundente de que el cine se está separando en dos disciplinas que pronto no se reconocerán entre sí fue lo que me ocurrió esta mañana con la última película que tenía pensado ver en Mar del Plata, Aballay, el hombre sin miedo de Fernando Spiner, de la que me fui a los cuarenta minutos. Lo que alcancé a ver fue una sucesión ininterrumpida de actos de crueldad (degüellos, torturas, humillaciones) contra humanos y animales filmada con una cámara lustrosa, música grandilocuente y sobreactuaciones ostensibles. Un tipo de cine al que estoy desacostumbrado. Cuando estaban a punto de marcar a una mujer con el hierro caliente de la yerra me sentí mal físicamente, tuve la convicción de que no podía seguir tolerando la película. No pretende ser esta una reseña de la película de Spiner, entre otras cosas porque era evidente que la sofocante sordidez de ese tramo del film estaba aguardando la reaparición del personaje del título para virar en otra dirección. Pero yo no tenía mucho que hacer ahí.

Dentro de unos minutos salgo para San Clemente. Me da mucha alegría anticipada verte, aunque parece que en casa va a estar toda la familia: nada es como uno lo desea, empezando por esta estadía solitaria en Mar del Plata. Tu ausencia, si embargo, me llevó a trabajar como nunca para no angustiarme más. Me voy con la sensación del deber cumplido o, mejor, del no deber cumplido. Hasta dentro de un rato.

Un beso grande

Q



6 comentarios to “Carta desde Mar del Plata (8)”

  1. esteban Says:

    Una pequeña corrección: el nombre del director de Somos nosotros es Mariano Blanco, y no Sebastián.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    Ya lo arreglé. Gracias.

    Q

  3. Santi Says:

    Yo vi dos cortos de Los Hijos, en los cuales directamente se burlan de Angelopoulos y de Kiarostami. Asi que mi primera impresión fue que se trataba de una manga de pelotudos.
    Pero por lo que se desprende de tu artículo, se ve que evolucionaron. Sinceramente, esos pasos hacia adelante de los jovenes cineastas me pone contento.
    Hablando de Cine, anoche vi Por tu culpa, de Anahi Bernani, una suerte de tratado sobre la imbecilidad humana. El trabajo de la cámara y de la actriz (Erica Rivas) es soberbio, eso si.
    Muy buenas estás crónicas en forma de cartas (y/o visceversa).

  4. Lucasg Says:

    Como incipiente cinéfilo, estas cartas y las anteriores publicaciones, tanto de Locarno como demás festivales, me han resultado muy enriquecedoras e interesantes, además de divertidas. Me hicieron dar cuenta de cuál es la mentalidad de un verdadero crítico y un pensador libre. Ojalá existan nuevas pronto.

  5. moritecarrio Says:

    Qué lástima que no te mataste en la ruta.
    Ya tendras otra oportunidad.

    o viajaste en avion con la guita de la “gente”?, hijo de puta.

  6. lalectoraprovisoria Says:

    Esto se pone bueno. Los trolls al ataque.

    Cómo los vuelve locos Carrió.

    Q

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