Diario de una fotógrafa del mundial (2)

por Flavia de la Fuente

Lunes, 14.50 hs. Acabo de terminar de lavar los platos. Sí, leyeron bien. Estuve lavando sartenes, platos playos, platos hondos, tuppers, cubiertos, cafeteras, tazas y tacitas. Algunos se preguntarán qué fue de mi glamoroso lavavajillas Candy. Así que paso a contarles mi triste historia.

Anoche, después de levantar la mesa, barrer un poco la cocina y acomodar todo prolijamente en el lavaplatos, decido que es hora de apretar “power”, que se encienda el maravilloso Candy y que se ponga a laburar. Me sentía muy alegre y moderna. Mientras me acercaba al aparato, meditaba sobre qué programa seleccionar. ¿Le pongo “express” o no? Ese era todo el contenido de mi cerebro, todavía bajo el efecto del enamoramiento de mi Candy plateado. Distraída, aprieto “Power” y, contra todo lo que podía esperar, no pasa nada de nada. No se prende ni una mísera lucecita roja cuando deberían haberse prendido como cuatro, pero no se encendió ni una sola. Y no hacía ningún ruido. Confiada, pensé que había cerrado mal la puerta, que eso era todo. Muy resuelta, la volví a abrir y a cerrar con convicción. Y de nuevo le di a “power” suponiendo que iba a arrancar como todos los días. Mas nada ocurrió. Había un silencio absoluto en la cocina. Sorprendida por esta insólita situación, grité: “¡Osi! ¡No anda el lavavajilla!” Q, que se pone nervioso por todo, bajó desesperado. Abrió y cerró quinientas veces la puerta del aparato, tocó todos los botones, lo desenchufó, hizo tantas cosas que tuve que rogarle que se calmara y no hiciera nada más porque solo iba a lograr destruirlo del todo. Yo, en ese momento, me sentía tranquila, resignada. “No es más que una máquina, Osi. No es la muerte de nadie. Mañana llamamos al plomero y nos dirá qué pasa. Y si él no puede hacer nada, llamaremos a Falabella para reclamar que lo arreglen. ¿Te acordás que teníamos 6 años de garantía? No te preocupes. Seguí trabajando tranquilo. Olvidate del tema. Yo ya mismo me voy a la cama a leer.” Así lo hicimos, pero yo, contra mis previsiones, no me quedé nada tranquila. Me acomodé en la cama con dos almohadas, me tapé con el edredón, apoyé el libro sobre otro almohadón y me dispuse a continuar con la lectura de Las aventuras y desventuras del Príncipe Otto. Mas pese a los cuidadosos preparativos no podía leer nada, no me podía concentrar. Sentía una enorme desazón. Entre las miles de cosas que daban vueltas por mi cabeza, me aparecieron Estrella y Gabi que siempre tienen miedo de que se les rompan los electrodomésticos. Dejé el libro y prendí la tele para ver los programas políticos que tenía grabados y no me enganché con nada. Todo me fastidiaba. Lavagna, Pino, la jueza del caso Noble, la violencia en el fútbol. Nada me interesaba. Hice fast forward y en menos de dos minutos liquidé a Grondona y a Majul juntos. Volví a agarrar el libro y leí con dificultad sólo para tratar de conciliar el sueño.

Hoy me levanté a las 9.30 hs. Actué como si anoche no hubiera pasado nada pero lo cierto es que estaba de un humor de perros. Herví el agua, tomé mi té con Cerealitas, encendí el fuego (hoy solo había quedado un carbón negro de la noche) y me apresté mentalmente para ir a sacar la primera foto mundialista del día. Ni miré al lavavajilla, no hablé del tema con nadie (en realidad porque no había nadie a la vista, dado que Q estaba mirando un partido arriba y yo estaba sola en el comedor). Pensé en todos los platos sucios que había dentro del aparato y decidí dejarlos ahí para siempre. Que se lo llevaran así, con la vajilla sucia y todo. Quería tirarlo todo a la basura, así como estaba, y que me trajeran uno nuevo ya mismo. Estaba enojada. La impotencia me inundaba. Odio las esperas. Y ahora no me quedaba más que esperar. O me compro un tercer lavavajilla o tengo que esperar el tiempo que disponga Falabella para hacer lo que consideran apropiado. Estoy en sus manos. Eso es lo que odio. Y me da odio porque, en general, uno no queda en buenas manos. Dado que no podía comprarme el tercer lavavajilla y tirar el Candy a la basura, decidí pensar en otra cosa más positiva. Me vestí con mi buzo de playa, campera de duvet, zapatillas, medias térmicas, guantes y gorro y salí al mundo exterior con la ilusión de que el aire furioso de la mañana aplacara mi ira. Esta vez no llevé a Solita porque había un viento tremendo y parecía que en cualquier momento se largaría una tormenta.

Llegué al lugar de la foto minutos antes de que terminara el primer partido. Saqué la foto justo a tiempo, si me hubiese demorado un rato más en casa rumiando mi infortunio habría llegado tarde. Pero no. Lo logré. Misión cumplida. Como ya estaba en la playa, decidí cumplir también con mi voto de caminante y me dirigí rumbo al Norte. Eran más o menos las 10.20 hs. Caminé hasta el Balneario Norte. Me sentía mal. Me dolían los huesos, los músculos, el pelo. Me sentía una ruina. ¿Adónde había quedado la deportista feliz de ayer? Hoy me arrastraba por la arena luchando contra un intenso viento noreste. No había un alma en la playa salvo los hombres de los carritos con sus caballos y perros. En un momento, me crucé con otro caminante que iba en la dirección opuesta a la mía, o sea, con viento a favor. Nos saludamos amablemente sin detenernos. Como les iba diciendo, me dolía todo el cuerpo. ¿Tendré gripe?, pensaba. ¿O será por las caminatas de ayer? ¿O estaré mal porque tiene que venir el plomero a revisar el lavaplatos? No sé ustedes, pero yo detesto que venga gente a mi casa a reparar cosas. Me da una fiaca tremenda. Hay que abrirles la puerta, hablarles, ayudarlos mientras trabajan, hacer como que uno se interesa por el tema, ser amable, limpiar cuando se van, en fin, que es un garrón. Me daba tirria la idea de volver a casa, llamar por teléfono al plomero, esperar que llegara, atenderlo, escuchar que no tenía arreglo el lavaplatos. Quizás todo eso me hacía doler el cuerpo. Pero pese a la incomodidad física disfrutaba de lo que veía a mi alrededor. ¿Vieron qué lindo el suelo? El paisaje de hoy era espectacular. Me encantan los dibujos op art en la arena. Saqué varias fotos, pero no abusé porque temía quedarme sin batería.

Finalmente llegué al Balneario Norte, o sea, caminé un kilómetro y medio contra el viento y decidí volver. La lluvia parecía inminente y el programa de volver empapándome hoy no me resultaba  muy atractivo. Di la vuelta y volví con viento a favor. Qué fácil es la vida con viento de cola. Me crucé de nuevo con el mismo caminante que volvía en dirección opuesta y esta vez se quejó de su destino, ahora él luchaba contra el viento noreste. Le sonreí y seguí mi camino. Llegué al muelle y eran las 10.50 am. Saqué otra foto desde mi punto imaginario y se me ocurrió que lo más prudente era esperar que se hicieran las 11, para que ya fuera la hora del siguiente partido. Pero había un viento tremendo. Y tampoco tenía ganas de caminar. Es raro quedarse parado en medio de un temporal en la playa. Pensé en sacar la foto a las once menos diez y listo. Pero recordé a Galois que controla los horarios de todo y decidí jugar limpio. Esto es una locura. ¿A quién le importa que la foto sea justo entre las 11 y las 12.45? A mí sola. Así que caminé durante cinco minutos hacia el norte, digamos que me arrastré, y después volví. Llegué al punto imaginario a las 11 en punto.

Saqué fotos a las 11 hs, y para que no hubiera dudas, esperé un rato y saqué otras más tarde todavía. El agua estaba crecida, tenía que tener cuidado de que las olas no me mojaran las zapatillas. Para hacer tiempo, antes de sacar las últimas fotos mundialistas, me entretuve sacando fotos de los lugares que me permiten encontrar mi punto imaginario: el final de la construcción celeste del muelle (donde hoy justo terminaba el agua) y el Balneario El Delfín. No me da el ángulo para sacar una foto que incluya los dos sitios. Debería sacarla desde Sudáfrica, o bastaría con tomarla desde el fondo del  muelle. Cuando pare de llover lo voy a hacer.

Saqué la última foto del mar y volví a casa con la sensación de que empezaba a llover, escuchaba el repiquetear de la lluvia en mi capucha. Sentí un leve regocijo. Pensé que había estado muy piola. Había sufrido un poco, pero ya tenía dos fotos del día. Salí de la playa y vi a lo lejos el auto blanco del plomero. Y al plomero que se introducía en su coche que lucía una bandera argentina. “Ojalá que se meta y no salga. No sea cosa que haya entrado para buscar una herramienta y vuelva a casa.” Por una vez tuve suerte, si es que se puede llamar suerte a lo que sigue. El plomero se subió al auto y partió. Respiré aliviada. Un problema menos en mi vida, fuera cual fuera el veredicto sobre el lavaplatos. Entré a casa y Pita me dijo que el plomero dijo que tenía que llamar a Falabella, para reclamar por la garantía. Yo me seguía sintiendo mal. Odio llamar a los call centers. Les ofrecí un café a Q y a Pita y me tomé un té. Necesitaba sentarme un rato antes de comenzar con los trámites.

Llamé a Falabella. Me atendió una tal Magalí, que me dijo tras una breve espera que no me preocupara, que como no habían pasado diez días desde la entrega, me iban a enviar un nuevo lavavajilla para que reemplace al anterior. Me pidió, de nuevo, mi número de teléfono y me dijo que esperara a que me llamen. La verdad es que me sorprendieron. ¿Será verdad? ¿Me traerán sin más un nuevo lavavajilla? Con la noticia se me fueron todos los dolores. Aunque todavía dudo. Ya pasaron unas cuantas horas y nadie me llamó de Falabella. Habrá que esperar. Mientras tanto, una tormenta se había largado en San Clemente. Truenos, rayos, de todo lo que quieran imaginar. Pita, al enterarse de lo que estaba haciendo, me trajo un piloto de Mundo Marino, esos plásticos que se ponen sobre la campera y que dan un look de fantasmita. Ahora mismo lo voy a estrenar. Son las 16.04 y es hora de la última foto del día. Y me parece que llueve poco. Hasta luego. Deséenme suerte.

17.17 hs. Volví. No llovía poco. Llegué empapada. Pero ya me di una ducha caliente y me puse ropa seca. Así que estoy lista para rebobinar. A las 16.10, tras una breve conversación con Q, salí para sacar las fotos bajo la lluvia. Q, que es un hombre que siempre juega contra los flejes, me dijo que esperara, que recién era el primer tiempo, que iba a parar. Yo, que soy una pesimista nata, le dije: “Mejor voy ahora, porque después pueden caer rayos y centellas.” Así que me puse el disfraz de Mundo Marino y todo el equipo de siempre, me guardé una batería de repuesto en la campera y partí rumbo a la playa mojada. No había nadie en la calle. No se oía más que el ruido de la lluvia y el viento. Al fin no había vuvuzelas. Porque hoy, aunque uno podría pensar que el ruido de la lluvia contra el techo de chapa aplacaría el zumbido maldito de las cornetas sudafricanas, fue peor que nunca. Porque Q, debido al relajante ruido de la lluvia, subió el volumen de la tele para poder escuchar bien la transmisión y las vuvuzelas. Así que la Sede Central fue el infierno. Y ya terminó el último partido y Q no apaga la tele. Y yo no aguanto más ese ruido demoníaco. Me da dolor de cabeza. ¿Por qué no baja el volumen? ¿Se habrá vuelto adicto al son de las vuvuzelas?

Todo llega. Al fin Q apagó la tele. Son las 17.24. El hombre bajó de su cueva oscura y decidió comer un poco de queso Fynbo. Vaya a saber uno qué es el queso Fynbo. Ya vendrá a contarme qué es. Solita, que dormía a mis pies, salió corriendo detrás de Q y el queso Fynbo. La perra no falla jamás. Es imposible que duerma cuando hay comida en juego. Pero volvamos a la jornada acuática de hoy.

Otro paréntesis. ¿Cuánto tiempo puede estar un perro sin hacer sus necesidades? Pregunto esto porque hace seis o siete horas que Solita está en casa, sin salir. A cada rato, yo le abro la puerta ventana pero no quiere ir al jardín. Asoma el hocico, huele el mundo exterior húmedo y se sienta adentro y mueve la cola como diciendo: “Nena. Con esta lluvia yo no salgo ni loca.” De pronto, también me di cuenta de que hacía seis horas que la pobre no tomaba agua. Salí corriendo muerta de culpa y le serví agua en su plato de comida y se la bebió con avidez. Ahora, la muy agradecida no me deja trabajar tranquila. Me apoya el mentón caliente sobre mi pierna, o directamente se cuelga de mi hombro con las patas y me lame la cara. Quién sabe qué querrá. Tal vez solo amor. Por suerte, ahora volvió a su posición de ovillo abajo de mi escritorio. Puedo seguir con las fotos.

No hacía nada de frío en la playa o yo estaba muy abrigada. Y la lluvia era refrescante. De nuevo le estaré eternamente agradecida a Q por esta exótica idea de las fotos. El mar estaba bajísimo. ¿Vieron la diferencia con las fotos de la mañana? En realidad, en vez de sorprenderme como una escolar, puedo leer la tabla de mareas que tengo a mi derecha, que consultaba a toda hora durante el verano, cuando yo era la Hija de Neptuno. Ahora me da igual. Que el mar me sorprenda. Me gusta no saber con qué me voy a encontrar. Para caminar no hace falta consultar la tabla de mareas.

No había nadie. Ni siquiera había algún pescador lunático en el muelle. Seguro que lo cerraron por la tormenta eléctrica. No se veía ni a los empleados. Me sentía feliz sacando fotos, aunque me preocupaba mojar tanto la cámara. De pronto, gatillé y el visor me anunció que el aparato se había quedado sin batería. Como era imposible cambiar la batería bajo el diluvio, decidí refugiarme en el Balneario El Delfín.

Caminé hacia el parador. Esperaba encontrar una galería o algo similar. Pero me encontré con un sitio abandonado, en ruinas y con olor a pis. Me sentía Marlowe. Era un poco inquietante estar sola en ese lugar. Cambié la batería y me puse a sacar fotos desde las ventanales sin vidrio.

Son las 18.41 hs. Parece que paró la lluvia. O al menos no llueve tanto. Quizás deberíamos ir con Q al supermercado. Hace muchos días que no vamos. Ya se nos está acabando todo. Hoy hice una tortilla con dos papas que había por ahí. Y a la noche, no sé, podríamos comer fideos con tomates y albahaca. Y después ya no hay más nada. Para colmo, cerró nuestro delivery, Marejada, que hubiera sido el catering del mundial. No nos queda ni una fruta, ni verduras ni nada. Solo comida chatarra. Tenemos Havanna, chocolates Milka, fiambres varios, algunos quesos y quinientos paquetes de fideos italianos. Sí, deberíamos ir a comprar algo saludable para la dieta mundialista de Q, que si no, no para con los alfajores y los embutidos.

El único signo de vida que vi en mi excursión a la playa fue este camión que sirve para cargar la arena que junta una grúa en la playa. Estos sísifos mecánicos trabajaban sin parar. Estaban ahí cuando llegué y cuando me fui. Salí de la playa y crucé la Costanera para llegar a casa. Nadie. Desolación total. Ya se habían prendido las luces de la plaza.

Q está escribiendo su última nota del día. En cualquier momento me llama para que le ponga la foto y la corrija. Mientras tanto, les informo que los señores de Falabella no me llamaron todavía. Y que el lavavajilla los sigue esperando todo lleno. Mañana voy a llamar de nuevo. Antes de despedirme, les cuento que como paró de llover, y pese a que se resistía, mandé a Solita al jardín. Temía que se le reventara la vejiga. Hasta la próxima.

13 respuestas to “Diario de una fotógrafa del mundial (2)”

  1. janfiloso Says:

    F, pará con las fotos, poné siempre la misma serie y nosotros lo convencemos a Galois que no diga nada.

  2. boudu Says:

    Como aca gusta la grasada sesentista , mando este video clip, con una cancion q hace poco fue usada en una pelicula.

    Acorde con las fotos y el clima, espero.

  3. boudu Says:

    aca va. No me salen ni los links

  4. alejobostero Says:

    Hay gente en San Clemente? Ningún humano en las fotos.

  5. janfiloso Says:

    boudu ¿qué es eso de grasada sesentista ? No te permito.
    ¡Ah, la década del sesenta! El mayo francés, el flower power, woodstock …
    those where the days my friend
    http://www.youtube.com/watch?v=iNIIwqafrO4

  6. Almafuerte Says:

    Lamento en el alma que le hayas comprado a Falabella, porque no se destacan por la atención al cliente precisamente. La verdad es que no se merecen que nadie les compre ni un pañuelo.
    Tu caso es sencillo de arreglar así que no creo que tengas ningún problema, pero de todos modos te recomiendo que no le des ni un respiro, ni les pierdas pisada. Llamalos diariamente, o mejor aún, varias veces por día.

  7. boudu Says:

    grasada mas actual. me voy a dormir

  8. Splat Says:

    Tengo un Candy que al principio no arrancaba cuando apretaba Power. También me frustraba enormemente, porque a veces encendía y a veces no, sin que pudiera encontrar un patrón que por lo menos me tranquilizara.

    Encontré la solución por casualidad, pero comprobé que era una pavada. Hay (al menos en mi modelo) una rueda con varias posiciones que permite elegir el modo de lavado (la temperatura del agua y esas cosas). Hay que apretar Power con la rueda en la posición deseada. Si no arranca, hay que volver la rueda a 0, esperar un pequeño instante y nuevamente llevarla a la posición que uno quiere (cuidando, por supuesto, que quede en esa posición y no en el medio de dos). El aparato da unos segundos por si uno se arrepiente, y luego arranca, haciéndonos felices.

  9. Galois Says:

    …y nosotros lo convencemos a Galois que no diga nada

    He tenido piedad hasta ahora, recordando el sufrimiento de Flavia desde que comenzó el mundial. Como soy una persona sensible y el sufrimiento (que también es el mío) continuará por un tiempo prolongado, seguiré haciendo la vista gorda.

  10. estrella Says:

    Ja, ¿ves? creo que, en mi ignorancia, prefiero lavar y lavar antes de tener que lidear con Falabella, con él técnico, con el plomero, con el mismísimo Candy.
    Pero me soidarizo con vos, Flavia, y apuesto a que quizás tenga razón splat y todo sea cuestión de econtrarle la vuelta al Candy y a su rueda de varias posiciones. Hacé la prueba!

  11. lalectoraprovisoria Says:

    Splat, yo no tengo ninguna rueda de comandos. Es un modelo con botones, algo distinto de todos los lavavajillas que tuve.

    Y gracias Almafuerte por el consejo. Ya llamé de nuevo a Falabella y creo que tengo todo bajo control. Aunque me tienen harta!

    Saludos,

    F

  12. Pupita Says:

    Ah, que nostalgia… Esa playa!

  13. Pupita Says:

    ¿Falabella o Crivelli? That is the question! Suerteeee!!!

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