El caso Guebel

por Quintín

El caso Voynich de Daniel Guebel trata sobre un supuesto manuscrito del siglo XIII redescubierto en 1912 por un anticuario polaco entre los saldos de la biblioteca vaticana. La edición de Eterna Cadencia incluye una separata con la reproducción del original. Consta de 32 páginas escritas en una lengua y un alfabeto desconocidos e ilustradas abundantemente con dibujos de plantas (muchas de ellas inexistentes), círculos que asemejan cartas astrales y hasta mujeres desnudas en cómicas actitudes. Durante 120 páginas, Guebel traza la historia del Manuscrito Voynich y glosa las distintas hipótesis acerca de su autenticidad, su autoría, su lenguaje y sus intenciones, incluyendo su relación con el esoterismo religioso o la alquimia y la duda sobre si estamos frente a un importante mensaje cifrado o una broma colosal. En la saga Voynich intervienen reyes, sabios, espías, cabalistas, monjes, criptógrafos y filósofos, pero el secreto del manuscrito sigue incólume y tanto su composición como su escritura continúan desafiando a las mentes más brillantes.

El objeto es tan curioso, tan anómalo, que leí el libro convencido de que el manuscrito era una falsificación, pero no de Voynich sino de Guebel. Mientras leía el texto y le echaba furtivas miradas a esos extraños dibujos, me preguntaba por qué la edición no incluía el nombre del ilustrador que tanto trabajo se había tomado a pedido de Guebel o de los editores. Pero no se me ocurría cuál era el truco detrás de la escritura, que supuse una charada que el lector podía desentrañar tras un breve análisis. Cuando, tras terminar el libro, pasé un tiempo sin lograrlo busqué “Voynich” en el Google, esperando encontrar una reseña de la obra de Guebel o una entrevista que aclarara el engaño. Cuando empezaron a aparecer entradas sobre el manuscrito deduje que el chiste reproducía una vieja artimaña borgeana y que Guebel había intentado una remake de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, al que cita al final del libro, y que los artículos en la internet habían sido sembrados del mismo modo en que las primeras referencias a Uqbar aparecieron, según el relato de Borges, en un ejemplar aislado de la Enciclopedia Británica de 1902. Como claro guiño al lector, Guebel menciona un pequeño cono de gran peso específico que ve la luz en un burdel y evoca al que aparece en una posada remota en el relato de Borges. En Tlön, por otra parte, el narrador cuenta que Bioy Casares cita una frase y la atribuye a los heresiarcas de Uqbar y recuerda haberla leído en su ejemplar de la Enciclpedia. Pero cuando el artículo sobre Uqbar no aparece, Borges escribe:

Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase.

Del mismo modo, pensé que todo el engaño Voynich era una excusa improvisada por la (in)modestia de Guebel para tener una base narrativa que le permitiera lucir su ingenio en párrafos como este:

Se empezó a murmurar que había más de uno, más de dos Manuscritos Voynich. Muchos, tal vez, quizá infinitos, y estaban desparramados por la tierra —como si el sentido amara por sobre todas la figura de la hipérbole. Cada una de estas versiones podía ser idéntica o poseer alguna diferencia respecto del resto, de acuerdo con los errores, distracciones o decisiones de los copistas. En cuanto al manuscrito “conocido”, podía ser también —o no— el original, el primero, el verdadero, pero existían muchas posibilidades (a la n potencia) de que resultara una copia defectuosa, incompleta, falsificada.

Es cierto que Borges, aunque solía cometer algún error matemático, nunca habría escrito la burrada de que podría haber infinitos manuscritos, ni habría usado la expresión “a la n potencia” que no tiene ningún sentido en este contexto, como tampoco habría caído en la redundancia tan común entre relatores deportivos de afirmar que algo puede ser de una manera “o no”. Pero de todos modos hay que reconocer que en este fragmento que homenajea también a La biblioteca de Babel, la frase “como si el sentido amara por sobre todas la figura de la hipérbole” es de una pertinencia y de una sugestión admirables. Es que Guebel debe ser el más elegante de los escritores argentinos; su incursión ocasional en la desprolijidad y su gusto por las chanchadas no debe llevarnos a confusión.

Durante el tiempo que me llevó la lectura y un par de días más —que dediqué al intento de descifrar el manuscrito Voynich— viví convencido de que se trataba de una amena y laboriosa chanza que el escritor nos hacía a sus lectores, quienes no podíamos menos que corresponder intentando resolver un enigma de dimensiones domésticas. Lo único que tenía para reprocharle a Guebel es que su libro, que hablaba de un manuscrito ficticio, se viera obligado a incluirlo como una especie de souvenir, una idea que me resulta un poco antipática por dos razones. Una es que desde Dickens y Balzac sabemos que así como no se puede hablar de una obra maestra y mostrarla, tampoco conviene referirse al “manuscrito más difícil de descifrar de la historia humana” y terminar produciendo un sucedáneo chapucero. En ese sentido, le recordaba mentalmente a Guebel la conclusión de El mago de Aira, el rechazo a agregarle al mundo toda maravilla que no fuera estrictamente literaria.

Pero el manuscrito Voynich existe. O al menos eso creo ahora. Basta detenerse en la dimensión de la bibliografía que aparece en el Google para convencerse. Y si es falso, la secta que se ha ocupado de fabricarlo y de sembrar la web de información sobre él tiene recursos mucho más poderosos que los de un escritor solitario. Si se trata de una impostura, la escala de la operación es enorme. De todos modos, es interesante una reflexión lateral. Si no existiera el Google, jamás se me hubiera ocurrido averiguar si el manuscrito tenía alguna existencia anterior a Guebel. Pero también es cierto que si no existiera Google, tampoco existiría El caso Voynich. Vale la pena volver sobre este tema y quizá lo hagamos.

Hice del libro una falsa lectura bajo la suposición de que Guebel había inventado todo y, al parecer, no es así. Aunque se basa en información de varias fuentes, El caso Voynich no es tampoco una obra de non-fiction. Una buena parte es falsa. En particular la que se refiere a la vida privada de los personajes históricos. De hecho, lo que me convenció de que Guebel estaba inventando fueron frases como:

Finalmente, Kelly propuso a Dee [Dee y Kelly son reales] un cambio de esposas o al menos la cohabitación conjunta, argumentando que la sugerencia provenía del propio Uriel. Es claro que la mujer de Kelly debió de haber sido un bagayo…

que solo pueden provenir de la faceta más chabacana de su escritura, de cierto humor escatológico que siempre está presente en sus distinguidas obras (el humor en Guebel se asocia casi exclusivamente con el sexo). También hay una parte fantástica en el libro, en la que se cuenta que el manuscrito posee facultades de movimiento autónomo descubiertas por una oscura bibliotecaria llamada Hilbe Goldefer, cuya misma existencia es apócrifa. Es decir, Guebel no se limitó a narrar las vicisitudes de la historia del manuscrito sino que le agregó partes de su cosecha, algunas procaces y delirantes. La mejor de ellas, sin duda, es la del corredor de bolsa Hans P. Kraut convertido en discípulo tardío del cabalista de Zaragoza Abraham Abulafia. En esa historia lateral de un libro en el que todas lo son, Guebel da rienda suelta a sus fantasías metafísicas y místicas, un territorio en el que se mueve como pez en el agua.

¿Qué es entonces El caso Voynich? En principio, hay dos categorías de libros a los que no pertenece. No es una investigación periodística aunque Guebel haya recorrido megabytes de información como si se propusiera fascinar a los lectores con un caso tan intrincado y lleno de misterio. Tampoco una novela de intriga con una base histórica o seudohistórica. No estamos aquí frente a El código Da Vinci, pero tampoco frente a obras como El nombre de la rosa o El calígrafo de Voltaire que parodian lo que ya es una parodia sin renunciar a sacarle rédito comercial al género ni a pretender el reconocimiento de los premios y de la crítica. Lo de Guebel es bien distinto. En principio porque el libro no promete una solución, un desenlace; ni siquiera reconforta con un desarrollo dramático y sus personajes son más abstractos y ridículos de lo que la ficción más o menos masiva tolera. Al lector no se le propone entretenerse más que a condición de participar de igual a igual en el juego de la autoría.

Guebel es un escritor mucho más radical que la mayoría de sus colegas nativos. En realidad conviven bajo su nombre tres pulsiones principales. Una es la bulimia narrativa, que lo lleva a desarrollar cualquier anécdota, aun las más banales, como si no pudiera evitarlo. Otra es la especulación filosófica, religiosa o meramente conceptual que funciona como otro motor de la escritura y lo lleva muchas veces a enunciar proposiciones iluminadas o delirantes sobre los temas más diversos. La tercera es su notable vocación por la teoría literaria. Aunque ese afán esté muchas veces disimulado por temas más concretos, no hay un escritor argentino desde Macedonio más interesado por el problema de la literatura. El caso Voynich ofrece la ocasión perfecta para que esas tres corrientes alcancen su esplendor: una historia llena de ramificaciones intrincadas, un tema propicio para la especulación sin límite y, sobre todo, un doble del propio texto que sirve como referencia para desentrañar un misterio que no es el del manuscrito, sino el de la escritura misma.

Porque frente a esos extraños dibujos y a esa lengua indescifrable, surge la tentación de mirar al costado y descubrir en la otra parte de la edición, la escrita por Guebel, una contrapartida que se le asemeja en más de un sentido. Guebel siembra su novela (¿novela?) de alusiones e iluminaciones en ese sentido:

Desde ese punto de vista, el Manuscrito Voynich se presenta como un objeto indefinible: al presentar un aspecto escandalosamente llamativo, alimenta la desconfianza. No se sabe si exhibe algo para ocultar que no reserva nada salvo un balbuceo imbécil, o el mensaje más importante de la historia.

En principio, toda obra de vanguardia tiene esa característica y por eso se encuentra tan fácilmente con la adoración y la burla. Pero la analogía es mucho más profunda. Lo que creo que Guebel nos descubre a través de El caso Voynich es que la literatura comienza cuando se acaban los sucedáneos, las simulaciones de sentido, y se transforma en escritura, en una escritura tan inabordable como la del manuscrito, una escritura sin claves, sin interpretaciones, sin mensajes a la vista. Esa idea, en sus distintas variantes, está diseminada a lo largo de todo el libro.

¿Y si en realidad el autor decidió escribir su obra en una lengua que renuncia a toda comunicación y representación? ¡Imaginemos que en un éxtasis sostenido inventó un relato sin idioma porque así quiso contar lo incomunicable.

Supongamos a un autor capaz de un tartamudeo perpetuo, alguien que en su reiteración imposible encuentra estilo y, más aun, necesidad; supongamos que quiere decir lo que no existe, lo que no puede ser dicho ni traducido, y no quiere cifrarlo ni descifrarlo sino ponerlo en el modo en que eso habla.

El manuscrito (…) es la fuente donde abrevaron Rabelais y Sterne, es la versión extrema, ¡inventada en el siglo XV!, del monólogo interior de Molly Bloom. Su radical ilegibilidad de hoy es la clave de la literatura del futuro.

Por su carácter inasible, el manuscrito Voynich parecía encarnar un ideal de artista.

Dicho de otro modo, el manuscrito Voynich es El caso Voynich. Ese es el gran descubrimiento que nos permite hacer Guebel. Es decir, que la literatura está más cerca de ese cocoliche medieval indescifrable o burlesco, incluso está más cerca de esos artículos de internet en los que se basa el libro, esas páginas que “funcionan como resúmenes incompletos, agramaticales y abstrusos que redactan aficionados tendenciosos sobre temas que les son ajenos”, que de las novelas de intriga o de la narrativa que comúnmente pasa por literatura. Pero hay una gran ambigüedad en ese descubrimiento, que por un lado refunda una vez más el arte de la escritura pero por otro no puede evitar asomarse a un abismo en el que se desbaratan demasiadas certidumbres. En la “Nota” que ocupa las últimas páginas del libro, Guebel lo dice a su manera:

Ahora, algo sobre el estilo. Me gustan los libros donde se nota que el autor puede ser o parecerse a cualquiera; me gusta pensar que el mejor desafío de un escritor es borrar lo identificable que se encuentra bajo su firma para apropiarse de la colectiva que rubrica todos los libros de su biblioteca. Su opuesto, la extensión de una identidad literaria a lo largo del tiempo, con suerte produce reconocimiento y aprecio, el nombre como marca. En un extremo del copyright, cuando un autor es detectado, su escritura se neutraliza y sus libros se convierten en una pálida copia de los que redactan sus imitadores. También podríamos imaginar una tercera opción, la de aquel que oscila entre ambas tentaciones, y que, dominado por cierta moral de la escritura, se esconde en la diversidad para multiplicar los rostros sanguinolentos de su cuerpo en fuga. Y una cuarta, en que el autor se esclaviza al nombre y… No es necesario demorarse en la enumeración de las variables. En este punto, un lector atento puede preguntarse si no habré sido lo bastante necio como para imaginar que al ocuparme de la exégesis o la fabulación de algunos de los sentidos posibles de una obra inimitable y tal vez incomprensible como el manuscrito Voynich, estoy poniendo mis propios libros —o mis intenciones  estéticas— en el lugar del modelo de artista que suscribo. Quién lo sabe. La sinceridad es imposible. Pero al menos, si se trata de ser lo que se afirma, es momento de admitir que más de un párrafo de esta novela fue tomado casi literalmente de esas páginas electrónicas de dominio público; de hecho, pasado el tiempo, no reconozco qué es propio de lo que es ajeno y qué es ajeno de lo propio. Y el distingo me parece intrascendente.

Este final nos ofrece el feliz espectáculo de un escritor en el momento mismo de reconocer que su lucidez conspira contra sus intereses y que la paradoja esencial de su oficio proviene del choque frontal entre dos formas de narcisismo: el deseo de ser reconocido por su destreza y la arrogancia de descubrir en qué consiste el juego. Guebel, por suerte, pertenece a esa clase de escritores que no aceptan las reglas y quieren imponer las propias, única condición posible para que una artista se permita la libertad y la alegría. Sin embargo, esa elección tiene un precio: no hay duda de que los premios los seguirán ganando sus colegas más mediocres y convencionales ni de que sus amigos seguirán asistiendo a sus lamentos. Pero una obra tan singular como El caso Voynich permite afirmar que en la Argentina todavía se escribe.

8 comentarios to “El caso Guebel”

  1. Santi Says:

    Llevado por la curiosidad busqué en google y llegué aca:

    http://www.isi.edu/natural-language/people/voynich.pdf

    Se han tomado el trabajo bastante en serio.

  2. Yupi Says:

    Si este libro fuera de Borges, el propio Voynich acabaría por dudar de la existencia de Guebel.

  3. Corriendo el albur de sonar baladí Says:

    historicamente se opone el solipsismo de humpty Dumpty al comunismo linguistico de Jakobson, lo paradójigo de Guebel parece ser que se incribe en el primer grupo y aboga por el estilo neutro del segundo.

    En mi caso, luego de leer tantos libros traducidos (algo impersonales) se me hace cada vez mas dificil abordar los locales. El caso mas extremo me parece Girondo, es tan reconocible que se hace insoportable. Con Cortazar me sucede algo similar, luego de haberlo visto hablar, no me puedo sustraer del tono de su voz -cierta solemnidad- cuando lo leo.

    P/D algo de lo que leí me recordó La novena puerta, una comedia de Roman Polansky basada en texto de Perez Reverte

    Y lo de sembrar en la web información falsa lo utlizó Bret Easton Ellis para su pseudo novela Lunar Park

  4. AM Says:

    “Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable …”

  5. Eric Says:

    Muy bueno el artículo. El caso Voynich es real o es una especie de leyenda urbana de larga data. Hace años que me vengo encontrando con el tema en internet. Incluso existe un libro sobre el caso, escrito por Marcelo Dos Santos (!). No se trata de una mera coincidencia de nombres. Es el que acompañaba a Silvio Soldán en Feliz Domingo.
    http://manuscritovoynich.blogspot.com/

  6. sebastian andres sanchez Says:

    Q: entiendo que te guste más Guebel , pero “El calígrafo de Voltaire ” tiene lo suyo . Digan lo que digan , de Santis no es un autor de bestsellers.

  7. lalectoraprovisoria Says:

    No es que “me guste” más Guebel, ni sé qué dicen de Voltaire y su calígrafo. Forma parte de otro universo, uno que no tiene intersección alguna con el mío. No es algo que me parezca literatura.

    Q

  8. R.L. Says:

    acabo de terminarlo. está muy bueno. sólo que me habría gustado que no tuviera tantas referencias a la literatura argentina de fines del siglo pasado. te conducen demasiado en una sola dirección. si te dejás llevar por esa trampa, terminás más o menos convencido (pero claro que es una trampa, justamente) de que la hipótesis de guebel es la siguiente: osvaldo lamborghini, autor del manuscrito voynich. y te ponés como vieja chismosa a ver quién es quién.

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