Verano en Suiza

por Oscar Peyrou

Look in the terrible mirror of the sky
And not in this dead glass, wich can reflect
Only the surfaces (…).
Wallace Stevens
Blanche McCarthy

A principios de julio operaron a mi mujer. Después de la intervención, el cirujano nos dijo que era optimista. La hermana de ella había muerto tras una larga agonía hacía dos años. Hacia el final, el marido le regalaba un oso de peluche cada vez que en los periódicos análisis había una mejoría relativa. Cuando murió tenía unos diez osos de todos los tamaños.

Aún ahora y por momentos, la sensación de incredulidad es un poco más intensa que la angustia. Recuerdo pocas cosas con claridad de esos días: una de ellas es que descubrí que los rituales obsesivos son inútiles y la otra, que la idea popular de refugiarse durante un ataque aéreo en el cráter abierto por una bomba no es aconsejable.

En agosto fuimos a pasar las vacaciones a Suiza. Un amigo, que vivía parte del año en Bruselas, nos prestó su casa de Lausanne.

Vivíamos al lado de la estación ferroviaria y cerca del lago. Al principio, como todavía mi mujer estaba un poco débil, caminábamos hasta Ouchy, nos sentábamos en un banco y mirábamos las montañas francesas de enfrente que, ahora me parece, no se reflejaban en el agua.

El lago frente a Lausanne

Una semana después de llegar alquilamos una pequeña lancha a motor. La conduje en una dirección, como si iniciáramos un largo viaje, y luego cambié varias veces de rumbo: yo era un experto piloto y tenía que eludir los peligros del lago. A veces se trataba de una persecución; a veces, de una huida. Mientras surcábamos velozmente el agua casi quieta, mi mujer dijo, con una sonrisa:

—Esto es vida.

En esos días fuimos a ver una famosa colección de cuadros pintados por locos. Me parecieron mejores que los de muchos artistas consagrados. En el museo, en medio de la silenciosa calma, flotaba un aire de sufrimiento y de crueldad. Colores violentos. Decenas de caras de ojos fijos. Muecas. Gargantas deshechas por alaridos que no se oyen. Minúsculos detalles obsesivos.

Al anochecer y al despertar, sobre todo al principio, mi mujer lloraba casi en silencio. Yo la abrazaba.

El jardín botánico de Lausanne es muy pequeño, pero al lado hay un parque en una pequeña colina. Desde arriba se ve parte de la ciudad y el lago. Cuando subíamos lentamente entre los árboles el sol hacía brillar su pelo de una manera intermitente. Se lo había cortado antes del viaje y no sé si a causa de ese hecho o de los reflejos irisados que despedía, lo estuve mirando durante todo ese trayecto –pensé después– con una anormal y dolorosa intensidad, como si pudiera descubrir el color de la luz en cada uno de sus cabellos y recordarlo para siempre.

En una librería de la ciudad encontré un libro raro, Voyage a Paris pendant la Revolution, de un hombre que vivía en lo que ahora es la isla de La Reunión. Estaba escrito en forma de diario. Abarcaba los años 1791 y 1792. Leyéndolo me enteré de que gran parte del invierno de 1792, que precedió a las matanzas de septiembre, fue sumamente suave. La gente paseaba por las calles, se reunía en las plazas y asistía a los espectáculos públicos sin saber lo que le esperaba. En esos meses, la vida en París se desarrollaba con total normalidad.

Al leer esas páginas, el hecho de saber lo que iba a ocurrirles me producía una sensación rara –una mezcla de fragilidad, angustia y fascinación ante la inocencia. Esta sensación se hacía más intensa la víspera de determinadas fechas. Llegaba al día de una matanza, leía el desarrollo de los trágicos hechos y retrocedía al día anterior. Pensaba: “Hoy nadie sabe lo que va a ocurrir mañana. Nada permite adivinar el drama que se aproxima”.

Las palomas nos despertaban por la mañana. Por la noche yo permanecía mucho tiempo con los ojos abiertos en la oscuridad.

En el salón de la casa de mi amigo hay una biblioteca, una mesa llena de papeles y revistas, un antiguo aparato de televisión, varios sillones incómodos y un gran piano Bechstein. Mi mujer, todavía insegura, tocaba temblorosas piezas de Beethoven y Chopin y algún melancólico vals criollo, como “El aeroplano”, que tanto me gusta. Llegaba a un punto, se equivocaba y comenzaba de nuevo. Yo la escuchaba desde el dormitorio, mientras miraba por la ventana el cielo y las nubes que pasaban.

Un día en que se quedó descansando fui al Vivarium de Laussane, una especie de pequeño zoológico privado que alberga una de las mayores colecciones de reptiles y grandes arañas de Europa.

Para llegar al lugar había que atravesar el bosque de Sauvabelin. Un pabellón de tamaño mediano cobija a las serpientes y una pequeña construcción, a las migalas. Mi visita coincidió con la hora de comer de éstas últimas. Sólo estábamos una abuela con su nieto y yo.

El nieto, un chico de unos diez años, se mostraba muy excitado. Corría de un lado a otro, vigilando las actividades de las enormes arañas. La abuela, en cambio, permanecía en un rincón con una actitud curiosa: una mezcla de desinteresada suficiencia y de impaciente resignación.

En la mayoría de los cubículos de cristal reinaba la calma. Lo inevitable había ocurrido ya. Pero en el correspondiente a la migala de Guinea, un ratoncito gris actuaba de dos maneras contradictorias. En algunos momentos daba la impresión de estar aterrorizado: permanecía en un rincón e intentaba trepar desesperada e infructuosamente por la pared de vidrio. En otros, paseaba con cierta confianza por su limitado reino.

El chico había dejado de correr y observaba con atención el desarrollo de los acontecimientos. En dos ocasiones, que provocaron contenidas exclamaciones de mi pequeño compañero, el ratón se deslizó a unos milímetros de la araña.

La última de las veces, tras rozar una de las patas de la migala, quedó durante unos angustiosos instantes a su merced en un ángulo de la celda.

La araña permaneció quieta hasta que levantó una pata. El ratoncito escapó y se quedó tembloroso en el ángulo opuesto. El chico quería obligar a la abuela a mirar la escena.

Me fui sin esperar el previsible desenlace. Pensé que diariamente, el drama podía durar segundos u horas, dependiendo del hambre y de la agilidad de los protagonistas.

De vuelta, atravesando el bosque, miré con mucha atención dónde ponía los pies. Después, como el ratoncito gris, abandoné toda precaución.

Al atardecer, algunas veces encendía la televisión. Casi inmediatamente fallaba el sonido. Solamente permanecía la imagen en medio de confusos crujidos. La única manera de volver a la normalidad era darle un fuerte golpe. Pero ésta mejoría duraba unos minutos. Al fin me cansaba y veía con resignación personas y paisajes que se movían incomprensiblemente silenciosos en la superficie curva. Algo un poco ridículo y molesto, al principio.

Por su trabajo, mi amigo pasaba temporadas cada vez más largas en Bruselas. Estaba considerando la posibilidad de abandonar Lausanne y trasladarse definitivamente a Bélgica.

Como he dicho, su casa se halla muy cerca de la estación de Lausanne. Compramos unos billetes que nos permitían viajar ilimitadamente por todo el país durante quince días. De allí partían, además, trenes hacia París, Florencia, Bruselas, Roma, Hannover, Venecia, Milán, Barcelona, Nápoles, Trieste, Pescara, Zagreb. Todo resultaba muy fácil y cómodo. Estábamos a cien metros del centro del mundo.

Los horarios de ferrocarril eran maravillosos. La proverbial exactitud de las salidas y llegadas permitía complicadas combinaciones entre trenes, que dibujaban invisibles arabescos en mi imaginación. Comprendí por qué, para un personaje de Chesterton, esos horarios tenían un carácter poético.

Era posible, por ejemplo, trasladarse a un pueblo situado en los confines más salvajes de Suiza –es decir, en la frontera italiana–, por medio de tres combinaciones en las que, entre la llegada de un tren y la partida de otro, no había más de cinco minutos de espera.

Tal vez lo más emocionante fuera la exactitud –yo puse en hora mi reloj al iniciar su salida un convoy– o, quizás, la seguridad de que allí no podría ocurrir nada imprevisto, ninguna modificación, ningún desorden, ningún peligro. Estábamos protegidos de toda inquietud, como animales pequeños en un refugio secreto.

Hicimos varias excursiones. Desde St. Moritz recorrimos el valle de la Engadina en varias direcciones. Desde el tren veíamos los nombres de los pueblos. Celerina, Samedan, Bever, Pontresina, La Punt, Madulain, Zuoz, S-Chanf, Bergell, Valposchiavo, Sils. A veces bajábamos y los recorríamos. Me gustaba esa mezcla de palabras de origen italiano, alemán y francés. Parecían caramelos de colores en la boca.

En Sils Maria visitamos la casa donde vivió Nietzsche. Ahora es un museo. Allí se expone la mascarilla de cera que le hicieron cuando murió –muestra el rostro de un hombre demacrado, destruido por la enfermedad– y, al lado, la que encargó su hermana, saludable, falsa, porque la primera no le pareció suficientemente digna del prestigio del filósofo.

En St. Moritz fuimos a ver el Museo Segantini. En una gran sala circular se exponen los tres grandes cuadros que fundamentan la gloria del infortunado pintor. Nos sentamos en un banco y nos quedamos un rato, mirando.

El cuadro central representa la muerte. Muestra un paisaje nevado, en un alto valle. En el cielo hay una nube rarísima, casi esférica. Los primeros planos están cubiertos por una leve sombra. En el fondo brilla el sol, como una vulgar promesa de resurrección. A un costado se levanta una cabaña y al lado está inmóvil el trineo que ha llegado para recoger un cadáver. Pensé que la verdadera muerte no era esa pequeña figura quieta, tendida sobre la nieve, sino la transparente, fría y turbadora oscuridad que cubría los primeros planos del cuadro.

Otro día llegamos hasta Soglio, un pueblo perdido cerca de la frontera, al que sólo se puede acceder por carretera. Desde el pequeño cementerio lleno de flores se ve el valle. Entre los nombres de las lápidas había muchos repetidos, posiblemente de la misma familia. Ese día, las montañas que rodean el lugar estaban envueltas en una leve bruma. Después llovió. El agua nos sorprendió en las afueras del pueblo. Nos refugiamos bajo un árbol y allí comimos algunas provisiones que llevábamos. Recordé otras épocas, cuando éramos jóvenes, mientras caían las gotas sobre las hojas y sentía el olor de la tierra mojada, la humedad alrededor, algo de frío. A lo lejos, la bruma se transformó en niebla.

Antes, unos diez días después de llegar a Suiza, habíamos viajado a Locarno. Quería mostrarle a mi mujer los lugares que conocía. Yo había estado con nuestra hija. Pero o no había tiempo o las frecuentes tormentas dificultaban las cosas. Incluso en los restaurantes conocidos –como el de Centovalli– siempre algo resultaba diferente. A veces, mejor, a veces, peor. Pero nunca igual.

Llegó el día de la partida. Mientras oía los ocasionales sonidos que producía mi mujer al terminar de preparar sus cosas, me senté en el salón hasta que fuera la hora. Se suele decir que, a partir de cierto momento, la vida se reduce a una variada sucesión de esperas: que llegue o pase determinada momento, que alguien venga o se vaya, que ocurra algo o que no ocurra. Habíamos estado de vacaciones –es decir, un poco fuera de la realidad y del tiempo– y ahora debíamos regresar a casa.

El sol y la calma casi absoluta producían una especie de cansancio o de sueño. Conocer lugares nuevos también crea una sensación de extrañeza, una especie de inseguridad que luego se aquieta pero de la que sobrevive algo de inquietud y de apatía, como cuando uno cree haber superado un peligro. Miré lentamente los cuadros, la mesa, el piano, los libros de la biblioteca; otra vez la mesa y los papeles desordenados que la cubrían, los variados objetos y sus sombras, uno por uno. Y después, hasta los más pequeños detalles de algunos de ellos. Y luego, la luz de un rayo de sol y aún después, las partículas que flotaban en la luz.

Aparte de los vagos e intermitentes susurros que llegaban desde la habitación del fondo, el silencio era total. No quería irme. Supongo que si hubiera estado tranquilo me podría haber dormido. Pensé que si mi amigo decidía por fin mudarse a Bruselas, era la última vez que íbamos a estar en esta casa. ¿Quiénes vendrían a habitarla? ¿Cómo serían?, me pregunté sin fuerzas, porque no me interesaba demasiado saberlo. Imaginé el aspecto de esas habitaciones vacías, blancas, solas, abandonadas. Los muebles ausentes, las paredes desnudas, desaparecido el piano, el polvo ya quieto, perdido para siempre el recuerdo de nuestras voces.

Por la ventana, las imperfecciones de los viejos cristales hacían que las líneas de los edificios de enfrente se movieran como olas de un mar transparente. Más lejos, entre los techos, se veía una parte minúscula del lago: una manchita de un tono artificial, como si fuese falso, aunque solo era un poco diferente del color del cielo.

Foto: Oscar Peyrou

3 comentarios to “Verano en Suiza”

  1. Pedro Says:

    Lausanne, Bruselas, piano Bechstein… ¿será C.D., un pintoresco porteño sesentón, el dueño de la casa cerca de la estación?

  2. María Says:

    Me gustó mucho

  3. lalectoraprovisoria Says:

    Sí, es la casa del famoso playboy internacional CD.

    F

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