Borges a contraluz

por Estela Canto

Encuentro

Conocí a Borges en el mes de agosto de 1944, unos días antes de la liberación de París. Adolfo Bioy Casares y su mujer, Silvina Ocampo, me habían invitado a una reunión en su casa, un tríplex en la esquina de Santa Fe y Ecuador. Los Bioy —Adolfito y Silvina—, casados hacía pocos años, talentosos, atrayentes, con cualidades muy excepcionales, tenían casa abierta para sus amigos literatos. Unos meses antes, mi hermano Patricio me había presentado a Silvina, de quien era muy amigo.

 

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La reunión iba a ser literaria y yo sentía cierta timidez. El grupo de los Bioy era más selecto, incluso más rarificado que el grupo de Victoria Ocampo, la hermana de Silvina (la menor de una larga familia, todas mujeres). En casa de Victoria, en San Isidro, uno solía encontrar gente que nada tenía que ver con la literatura: diplomáticos, estrellas de cine, políticos, un ex presidente, personas excepcionalmente acaudaladas con una debilidad por las artes, eminencias extranjeras de paso por el país, etc. Adolfito y Silvina sólo recibían a escritores o a personas que aspiraban a serlo (mi caso). En ocasiones podía haber gente que, en virtud de alguna peculiaridad interesante, se unía al grupo, hasta que su originalidad empezaba a mellarse.

Era evidente que mis méritos literarios no justificaban mi entrada en aquel círculo restringido: dos cuentos publicados en Sur y uno, en el suplemento literario de La Nación.

En esos tiempos Borges era muy apreciado en los medios intelectuales, pero el gran público no lo conocía. En la Argentina no teníamos aún esa prensa amarilla que está a la caza de personajes célebres y es cazada por los que aspiran a serlo. En líneas generales, los escritores eran «secretos». Muchos de ellos solían pagarse magras ediciones de sus obras, alrededor de unos quinientos ejemplares, que eran distribuidos entre los amigos, con dedicatorias llenas de tacto, discernimiento y esperanzas, y que eran comentadas favorablemente en Sur, Nosotros o La Nación. Había poca cosa más. Otras revistas literarias tenían una existencia breve y azarosa. Pocas lograban durar más de dos o tres números.

En Sur yo había leído La muerte y la brújula, que me había maravillado. Pero no estaba mayormente interesada en conocer a Borges: nunca me he sentido atraída por los hombres de letras.

Ese invierno (austral) de 1944 habría de ser decisivo para el mundo, incluida la Argentina. Alemania apenas podía seguir resistiendo y las tropas soviéticas avanzaban ya por el centro de Europa. El mundo estaba tomando una nueva forma, adquiriendo un nuevo tono. Las simpatías del gobierno argentino por el nazismo, casi francas en 1940, menos calurosas después de Stalingrado, se volvían cada vez más íntimas y secretas. El nazismo se desmoronaba, pero los jerarcas alemanes que podían pagar el elevado precio que se pide al ex poderoso acosado compraban nuevos refugios e identidades en la Argentina.

Un golpe de Estado en 1943 había reinstalado lo que habría de ser una larga serie de gobiernos militares. Una nueva voz, con un tono fascista modernizado, más perceptivo, atronaba desde la recién creada Secretaría de Trabajo y Previsión. Éste no es el momento de analizar el peronismo. Lo haremos más adelante, ya que la conciencia política de Borges estuvo vinculada a este trastorno social que él nunca entendió y —lo que es más— nunca quiso entender, como si entender fuera un poco aprobar. Baste decir aquí que el «peronismo» —palabra que aún no había sido acuñada— nos parecía a algunos el coletazo del tambaleante fascismo europeo.

Esa reunión en casa de los Bioy era, en realidad, más política que literaria y representaba un intento por juntar fuerzas democráticas entre los intelectuales y frenar el avance de lo que no podía ser frenado. Aquí estaban los escritores más conspicuos de ideas liberales; los escritores pronazis, o nacionalistas meramente anglófobos, eran despreciados por este grupo, pese a que tenían una relación mucho más fluida y positiva con las fuerzas reales del poder.

En medio de estas personas prominentes, yo me sentía envarada y joven. Ya roto el primer hielo, cuando las conversaciones se habían generalizado, aparecieron Borges y Bioy Casares, que hasta el último momento habían estado trabajando en la redacción de Seis problemas para Isidro Parodi, una saga de cuentos policiales que escribían juntos, en el piso bajo del tríplex.

Yo había oído que Borges no era exactamente buen mozo, que ni siquiera tenía un físico agradable. Sin embargo, estaba por debajo de lo que yo había esperado. Por mi parte, yo no le impresioné a él ni bien ni mal. Cuando Adolfito nos presentó, me tendió la mano con aire desatento e inmediatamente dirigió sus grandes ojos celestes en otra dirección. Era casi descortés. E inesperado. En aquellos días yo daba por supuesto que los hombres tenían que impresionarse conmigo.

Borges era regordete, más bien alto y erguido, con una cara pálida y carnosa, pies notablemente chicos y una mano que, al ser estrechada, parecía sin huesos, floja, como molesta por tener que soportar el inevitable contacto. La voz era temblorosa, parecía tantear y pedir permiso. Me llevó tiempo el percibir los matices y el encanto de esa voz trémula, en la cual se sentía algo quebrado.

Durante varios meses no ocurrió nada nuevo entre él y yo. Mi hermano Patricio se había ido a Oxford con una beca y, en cierto sentido, yo lo reemplacé en aquella casa, convirtiéndome en íntima amiga de Silvina. En ese tríplex lleno de libros, con las paredes cubiertas de estantes que parecían tener todo lo que se había escrito en el mundo, escuchábamos a Brahms, Porgy and Bess, música popular: Silvina y yo solíamos bailar, creando en ocasiones nuevos pasos, ya que los hombres del grupo —Eduardo Mallea, Manuel Peyrou, J. R. Wilcock, José Bianco, Ricardo Baeza— no sabían o no querían bailar. Nos reuníamos en el piso de arriba y muy rara vez alguno de nosotros bajaba. En ese santuario que era el estudio de Adolfito, Borges y el dueño de casa escribían Isidro Parodi, que iba a publicarse con el nom de plume de Bustos Domecq. De cuando en cuando oíamos las homéricas carcajadas de Borges celebrando alguna salida de sus personajes.

Isidro Parodi, el detective de estos cuentos, era un hombre entrado en años, encarcelado en la Penitenciaría de la calle de Las Heras. Tal vez el único mérito de los relatos de Bustos Domecq, que más adelante cambió su nombre por el de Suárez Lynch, fuera la gran diversión que proporcionaban a sus autores. Son relatos intrincados, confusos, con una trama engorrosa que no se desata con nitidez. Sus efectos cómicos provienen por lo general de la presentación de tics y manierismos de amigos y conocidos de los autores; el efecto era logrado cuando el lector reconocía al original, pero se perdía cuando éste no era el caso.

Menciono estos relatos —que no merecen recordarse— porque en ellos está el tema del prisionero detrás de las rejas, o el inválido, el hombre atado. El tema había aparecido ya en el magnífico Funes el Memorioso y reaparecería después en La escritura del dios. En los tres casos se produce algo desusado: el hombre viejo y encarcelado encuentra la solución a todos los enigmas que se le plantean; Funes, el indiecito de Fray Bentos, en la campaña oriental, paralítico y condenado a vivir en una cama, es capaz de ver y entender el universo; el héroe de La escritura del dios lee el mensaje divino en las manchas del leopardo que cruza todos los días, por unos pocos segundos, la abertura de la siniestra mazmorra donde él es un condenado de por vida.

Por lo general Borges se retiraba directamente, sin molestarse en subir a despedirse. Al parecer, siempre tenía prisa. Rara vez se quedaba a charlar después de trabajar con Adolfito.

Una noche de verano, antes de los grandes calores, por pura casualidad, Borges y yo salimos juntos de la casa. El aire estaba embalsamado, los jacarandás cubiertos de racimos de espesas flores lilas que, al caer formaban alfombras de color en torno a los troncos negros. Una brisa fresca soplaba desde el río. Era alrededor de la medianoche.

Borges me preguntó a dónde iba. Le contesté que a casa y que iba a tomar el subterráneo en Santa Fe y Pueyrredón, que estaba a una cuadra. Ah, sí…, él también iba a tomar el subte.

Llegamos a la estación. Ya nos disponíamos a bajar la escalera cuando Georgie se detuvo y tartamudeó: «Eh… ¿no te gustaría que camináramos unas cuadras?». (1)

Acepté de buena gana. Algo había dicho yo en el trayecto hasta la estación que le había llamado la atención. Echamos a andar, olvidados de las próximas estaciones y los horarios. Tomamos por la avenida Santa Fe. Dieciocho cuadras después, cuando llegamos a la Plaza San Martín, donde él vivía, me propuso continuar la caminata.

Le encantó enterarse de que yo vivía en el Sur. La noche era tan linda…, era una pena perderla…, además, había trenes hasta después de la una y media.

«¿Puedo acompañarte hasta tu casa?», me preguntó.

Y emprendimos la marcha hacia el Sur, que él sentía como algo vasto y libre.

No recuerdo exactamente de qué hablamos. Probablemente comentamos la situación política del país, que a los dos nos parecía ominosa. Pero había una diferencia: el peronismo era para él una pesadilla de la cual íbamos a despertar; para mí era ya algo real, que estaba a la vuelta de la esquina. Supongo que hablamos de nuestros amigos y de algunos escritores. Me acuerdo claramente de que yo mencioné mi admiración por Bernard Shaw y cité el fin de Cándida y la muerte de Louis Dubedat en El dilema del doctor. A él le gustó que yo pudiera citar en inglés y, a partir de entonces, el inglés se convirtió para nosotros en un segundo idioma, al cual él recurría en momentos de angustia o de exaltación lírica. Habíamos llegado a la Avenida de Mayo. Entramos a un bar. Yo pedí un café y él un vaso de leche. Al alejarse el mozo, él me escudriñó con la mirada, como si me estuviera viendo por primera vez (exactamente lo que estaba pasando) y dijo en inglés: «La sonrisa de la Gioconda y los movimientos de un caballito de ajedrez.»

Me sentí halagada. Ahora estaba pisando suelo firme. Borges era un hombre a quien yo impresionaba, uno más, y —al parecer— no sólo por lo que veía. Y añadió: «Es la primera vez que encuentro a una mujer a quien le gusta Bernard Shaw. ¡Qué extraño!».

No fue en ese instante, sino mucho más tarde, que entendí el sentido de esta observación, que revela la actitud de Borges hacia las mujeres en general. Para él eran frágiles «diosas» con intelectos débiles, sensibles y limitadas. Por cierto, una opinión poco original de este hombre original. Aunque se las arreglaba para ocultarlo a sus amigas mujeres, sólo sentía desdén por la literatura femenina o, mejor dicho, por lo que él consideraba que era la literatura femenina.

En todo caso, lo que yo admiraba en Shaw no era lo que él admiraba. A mí me gustaba la denuncia que hace Shaw de las mentiras y convenciones sociales, la rebeldía de algunos de sus personajes. A Georgie le interesaban las situaciones extrañas de sus dramas, como la que llevaba a un hombre intachable a cometer un crimen (Sir Colenso Ridgeon en El dilema del doctor) o al enfrentamiento que culmina en el fogoso y paradojal diálogo entre Vivien Warren y su madre, la de la célebre profesión.

Reanudamos la marcha. Aparte de ese entendimiento —que fue un desentendimiento— sobre Shaw (ahora pienso que su punto de vista era más original que el mío), no me acuerdo qué otras cosas dijimos. Sólo sé que, al llegar a la esquina de Chile y Tacuarí, donde yo vivía, él propuso, ya que estábamos «cerca», ir al Parque Lezama.

De modo que caminamos las doce cuadras hasta el parque. En total, esa noche hicimos unas cincuenta cuadras. Tomando en cuenta la longitud de las cuadras en Buenos Aires, anduvimos algo más de siete kilómetros. He sido y sigo siendo una caminadora incansable, pero nunca sospeché que Borges iba a igualarme.

Dimos vuelta al parque arrasado, que muy poco tenía ya que ver con el parque secreto, exuberante y romántico de mi infancia, con sus barandas cubiertas de jazmines, sus cercos de lirios, el perfumado rosedal en verano, con su estanque lleno de renacuajos, las glorietas techadas de madreselvas, sus barrancos y jardines de rocas. En fin, era el Parque Lezama, por lo menos, un nombre mágico para los niños de mi generación, tal vez para la de Borges.

Nos sentamos en los escalones que miran a la calle Brasil, en el ruinoso anfiteatro que quiso ser un teatro griego y fracasó en la empresa. Frente a nosotros estaba la cúpula azul, en forma de cebolla, de la iglesia ortodoxa rusa.

Aún recuerdo el juego de luces y sombras de las hojas, movidas por la brisa. En modo reminiscente, recordamos que el parque había sido propiedad privada y comentamos el paso del tiempo, el diseño geométrico de las sombras de las hojas en el suelo, los reflejos y las zonas oscuras. Todo lo que Borges decía tenía una cualidad mágica. Como un prestidigitador, sacaba objetos inesperados de un sombrero inagotable. Creo que eran sus señales. Y eran mágicas porque aludían al hombre que era, al hombre escondido detrás del Georgie que conocíamos, un hombre que, en su timidez, luchaba por emerger, por ser reconocido.

A eso de las tres y media de la mañana echó una mirada a su reloj y dijo que ya era tiempo de volver. Llamó un taxi y me dejó en casa.

A la mañana siguiente, es decir, unas pocas horas después, vino y entregó un libro a la criada que teníamos en el pequeño apartamento donde yo vivía con mi madre y mi tía. Era Youth, de Joseph Conrad. Y se fue sin verme.

Esa noche volvió para que fuéramos juntos a casa de los Bioy. Le pregunté por qué razón se había ido esa mañana sin preguntar por mí. Contrariado, me dijo que temía molestar, ser demasiado insistente. De algún modo, parecía avergonzado de los momentos poéticos e inocentes que habíamos pasado en el Parque Lezama. Repitió que no le gustaba ser entrometido y la cosa quedó ahí. Tuve la impresión de que había habido una interferencia.

Youth fue el primer libro de una serie. Ese primer gesto se convirtió en un hábito: todas las mañanas, antes de las diez, Borges me hablaba desde un teléfono público; yo oía el ruido de las fichas al caer. Incluso cuando yo no estaba en casa, venía y dejaba un libro de regalo. Si yo estaba en casa, salíamos juntos, aunque nos veíamos todas las noches para ir al cine o comer con los Bioy. El lugar de encuentro era la entrada a la estación del subterráneo en Constitución.

Cerca de Navidad, los Bioy se fueron al campo y tuvimos todas las noches para nosotros. Como es de suponerse, las largas caminatas se reanudaron. Solíamos comer en restaurantes de precios medios. Recuerdo el restaurante del Hotel Comercio Larre, un hotel para viajantes de comercio en Constitución, donde él siempre pedía lo mismo: sopa de arroz, un bife muy hecho —insistía en que debía estar muy cocinado— dulce de membrillo y queso. Y «grandes cantidades de agua» (sic). Yo pedía vino y cualquier cosa que me atrajera en el momento. Me daba la impresión de que prefería estas salidas a nuestras comidas diarias con los Bioy. Desde Constitución íbamos a Barracas, la Boca o transitábamos por las desconocidas calles que se extienden al oeste de la estación. Solíamos pasar por el siniestro manicomio de la calle Vieytes sin notar que era siniestro. Cruzábamos una y otra vez el primer puente de Constitución entre Vieytes y Hornos, por encima de los rieles; a mí me gustaba la trepidación de los trenes que entraban o partían; a él le gustaba que esos trenes fueran hacia el Sur. Años más tarde, en este mismo puente, habría de concebir y crear el poema Mateo XXV, un poema cuajado de alusiones. En una ocasión se detuvo en la esquina de Suárez y Necochea y me habló del coronel Suárez, un antepasado suyo no especialmente notable.

Algunas mañanas, cuando yo no estaba, se quedaba en casa y hablaba con mi madre, con quien trabó amistad muy pronto. Escudriñaba la biblioteca de mi hermano. Aunque siempre traía libros, lo cierto es que también se los llevaba, de tal modo que el intercambio estaba más o menos equilibrado. Según mi hermano, fue más lo que sacó que lo que trajo. En lo que se refiere a libros, tenía una naturaleza adquisitiva. Se sentaba en el suelo y empezaba a retirar libros de los estantes más bajos. Los examinaba y los leía con la página casi tocándole la nariz. (Le vi hacer esto en casa de los Bioy, en la biblioteca pública en donde era un modesto empleado y en Mackern´s y Mitchell’s, las librerías inglesas, donde era conocido y se le permitía revolver todo lo que quisiera.)

«Casi lloré esta mañana al pasar por el Parque Lezama», me escribió poco tiempo después. Yo quedé vinculada al parque, como habría de estarlo al Zoológico, a la Costanera, a Barracas, a Adrogué, a Mármol, incluso a la esquina de Belgrano y Pichincha, donde yo había nacido en una vieja casa de altos, encima de una farmacia, a la iglesia de Balvanera, donde me habían bautizado. Era inútil decirle que esa iglesia y esa esquina no me decían nada, ya que mi familia se había mudado cuando yo tenía tres meses, que en la parte oeste de la ciudad no sonaba ninguna campana para mí, que yo pertenecía a San Telmo y Montserrat, en el Este, donde la ciudad se acerca al río. Inútil. Insistía en que debíamos ir a la esquina de Belgrano y Pichincha.

La farmacia y la casa todavía estaban ahí entonces. Nos deteníamos y él contemplaba estático, fascinado, el aviso luminoso de un dentífrico, «Odol», con luces azules y amarillas.

Me quería. Yo lo admiraba intelectualmente y gozaba con su compañía.

37 comentarios to “Borges a contraluz”

  1. Anónimo Says:

    Histérica.

  2. Janfiloso Says:

    Gracias por este relato autobiográfico.

  3. Addison Says:

    Histérica para vos, histérica para mí, pero no en esa situación, ni para “Georgie”, Anónimo.

  4. Hernan B. Says:

    Dos veces gracias por este relato, la verdad describe una Buenos Aires ya definitivamente perdida para mi generacion.

  5. mariana Says:

    Estela: qué suerte ha tenido, querida, en toparse en la vida con Borges y no con Fogwill.

  6. Lytton S. Says:

    Sería el señor editor tan amable e indicar al público lector de dónde es este relato. Muchísimas gracias.

  7. Lytton S. Says:

    Bien lo dice estela, señora mariana. “En la Argentina no teníamos aún esa prensa amarilla que está a la caza de personajes célebres y es cazada por los que aspiran a serlo.” Fogwill, como tantos otros impresentables, sólo pueden ser conocidos gracias los grandes medios de comunicación, responsables directos de la destrucción del periodismo.

  8. medusa Cuentos Says:

    Nòtese el libro de henry james que canto sostiene entre sus manos

  9. Lytton S. Says:

    Recomiendo la lectura de “Borges”, las memoria de ABC, gran amigo al que siempre recuerdo, dicho sea al paso. Hay un episodio en el cual toda la runfla victoriana visita, creo que a Mastronardi, en Entre Ríos. Eran unos cuantos y decidieron alquilar un colectivo. Llegan a destino, bajan y alguien pregunta. “Oigan, dónde está Estela”. Con indiferencia, como si estuviera anunciando una obviedad, Ema Risso Platero contesta: “Se está cogiendo al colectivero debajo del puente.

  10. carlos Says:

    es un capítulo de Borges a contraluz

    © 1989, Herederos de Estela Canto
    © 1989 y 1999 Espasa Calpe, S. A., Madrid (España)
    Primera edición argentina: mayo de 1999
    Derechos exclusivos de edición en castellano:
    © 1999, Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S. A.
    Independencia 1668, 1100 Buenos Aires
    Grupo Editorial Planeta
    ISBN 950—852—140—6
    Hecho el depósito que prevé la ley 11 723
    Impreso en la Argentina

  11. Janfiloso Says:

    Carlos, si no das el teléfono todo lo anterior no sirve.

  12. mariana Says:

    Medusa, siempre con tu sintonía fina alerta ante a las delicadezas…Gracias por el detalle de la foto. Es muy lindo.

    Lytton: quien tuvo la suerte de conocer a ABC no puede olvidarlo. Frente a ciertas barbaridades hago mía su frase: ¨mi razón es definitivamente escéptica, pero siempre le gana mi corazón, que es obstinadamente optimista¨.
    Cuesta, no? Pero hay que ser optimista.
    Hay gente que a la edad de Fogwill volvió a poner el cuerpo, tembloroso y picaneado, como el viejito J. Lopez, para colaborar con la justicia y hoy lo comen los gusanos de la tierra bonaerense. Y hay gente como Carlos que elige estos materiales maravillosos para olvidar las ofensas. Pero pucha que se hace dificil.

  13. Losano Says:

    Bien por Minerva.
    Libro de H. James para la foto, sin disimulo.
    Con disimulo: Estela tenia unas piernas con las cuales, dicen, ejercitaba con singular destreza el arte de emular la letra V.
    Con Borges, sin embargo, tuvo un noviazgo “blanco”.

  14. Losano Says:

    el periodismo, definitivamente, debe ser una carrera de posgrado. cuando eso ocurra dejara de ser un oficio para convertirse en una profesion respetable.

  15. Janfiloso Says:

    en eso estoy con losano
    en el sexo es mejor que te hagan la letra V
    y no que te hagan la letra B.

  16. dasbald Says:

    Qué aburrido los que señalan que Estela era de ancas fáciles! Si hubiera sido hombre le hubieran dicho que era de pija fácil?

    Lytton me parece que a vos te hubiera gustado tener entre tus piernas, llegando a la meta de espaldas como esos remeros tan bellos que hay en Oxbridge, a ese colectivero. Jua! Al menos ella dice, nunca me interesaron los hombres de letras.Toda una declaración erótica. Creo ahí comienza y acaba su pudor.

    A los gagá de la literatura reunidos en un shopping, Fogwill and Co. habría que adjudicarles la frasecita del Doctor Johnson: ” Un caballo capaz de contar hasta diez es un caballo extraordinario, no un matemático extraordinario”. O debería haber escrito esta cita en otro post? No sé, hay tanto ruido a reunión de consorcio por ahí…

  17. mariana Says:

    Dasbald: lo importante es que lo hayas escrito, no importa dónde.
    Es importante señalarle los limites a los caballos, sobre todo cuando se desbocan. Hay pingos que ameritan un correctivo.
    Y tambien me gusta que hayas señalado los chistes sobre Estela Canto. Un texto tan lindo para hacer chistes misóginos…

  18. Lytton S. Says:

    Des, Si sólo te tomaras el trabajo de leerte las 1600 y pico de páginas del Borges encontrarías en alguna de ellas la anecdota que cité. A mi me parece muy divertida. No creo que hable mal de Estela sino todo lo contrario. El problemita lo tenés vos, me parece, al asumir que se trató de un comentario ofensivo. Hacéte ver, dear. Saludos.

  19. dasbald Says:

    Lytton, veo que lo del colectivero detonó un pequeño derrame de TNT en tu corazón! No te enojes, pensé que te divertiría mi comentario como a vos te divirtió el que citaste. Te puse un Jua! al final, ya que todo me pareció divertido. En fin dear, la diversión es algo tan personal, a mí otras entradas me parecieron más entretenidas. Aunque te digo que me costó bucear entre el tic tac de ese metrónomo que una y otra vez dice: ” Come en casa Borges”. Aunque pensándolo bien si Goethe tuvo su Eckerman, y el Doctor su Boswell, por qué Borges no iba a tener su propio irónico papel de calcar que lo reprodujera. Me pregunto si Feiling no tendrá el suyo secretamente guardado en los cajones de Chitarroni. Ese es un diario de gays ratés que me gustaría leer. Aunque tal vez Chitarroni piense que este honor como todos les honneurs déshonorent et les titres degradent. Saludos darling, te veo en la mesa de Sir Mortimer, seguro nos divertiremos. And please, Shade those laurels!

  20. Lytton S. Says:

    Des, Como sabrás, el sarcasmo no se lleva bien con la letra escrita. Sólo fue un malentendido. Saludos para vos y para Luis.

  21. mariana Says:

    Dasbald, no entendí lo de de Feiling/ Chitarroni y el diario de gays ratés.

  22. Galois Says:

    Son chistes privados entre el Té Lytton y dasbald/Dasby.
    Aunque si hubieras leído un comment mío de hace unos días, suministrando un link a Q, lo entenderías.

  23. dasbald Says:

    Galois, lo único que tienes de Baker St.para jugar al tetective es lo elemental. Un té de acokanthera abyssinica, no Lytton, para tí en el desayuno te llegará alguna mañana de domingo a tu purgatorio baleárico.
    By the way, saludos… del profesor Moriarty.

  24. Lytton S. Says:

    Les regalo pasaje de “Borges”. Entrada del 10 de noviembre de 1956.

    Escribe Bioy:

    Cuenta que se encontró con Estela. “No le dije nada a Madre, porque le tiene bastante rabia; no hay para qué darle más motivos para que la aborrezca. Me vio en la estación del subterráneo y me grito: “Hijo de puta, no te me vas a escapar”. Corrí y me metí en el subterráneo; Estela corrió detrás y se metió también. Sólo después pensé que, como Estela ve muy poco, si me hubiera hecho a un lado y me hubiese quedado inmóvil, tal vez la hubiera perdido. Delante de toda la gente, me habló a gritos”. Tuvieron este diálogo: Estela: “No te me vas a escapar, hijo de puta. Vas a hablar conmigo. Borges: “Con esa conversación hecha de lugares comunes va a ser difícil e inútil hablar.” Estela: “Tenemos que hablar. Porque sos un hijo de puta y un gran escritor. He leído las inmundicias que decís en ese reportaje de El Hogar. En tu servilismo al gobierno has llegado hasta lo más bajo. Vos no estarías del lado del Martín Fierro, sino de la partida. Sin embargo, cuando triunfemos, no te van a degollar, porque yo te voy a salvar.” Borges: “En cambio, si triunfamos nosotros, nadie va a tener que salvar a nadie. A nadie vamos a matar.” Estela: “Nosotros sí. Lo que te pasa es que no querés hablar conmigo porque sabés que tengo razón. Vos escribís lo que escribís pensando en mi. Lo escribís para vengarte de mi. Siempre pensás en mi.” Borges: “No. Escribo pensando en Frontini.” (Frontini ha escrito con María Rosa Oliver un libro en defensa de la China comunista). Estela (furiosa): “No vas a tener la última palabra. Sos un hijo de puta. Ya te has salvado de mi, porque me bajo en Independencia.”

  25. Lytton S. Says:

    Desbald,
    ¿Vos realmente creés que Galois tiene lo elemental o tu intención fue elogiarlo? De ser así el gesto hablá muy bien de vos, sos un caballero.
    A propósito de la frase, nunca fue escrita por Conan Doyle y no se puede indicar son exactitud su procedencia. Hay quienes se la adjudican al actor William Gillette en su interpretación teatral del sabueso ojo de aguila en 1899. Sin embargo, esto tampoco es seguro.
    Mi teoría es que viene a cuento de “Lestrade met many a wry one.”
    Le dejo el enigma al elemental Gal.

  26. Galois Says:

    “para jugar al tetective”
    Ese juego de palabras demuestra que sos un malabarista de la escritura, Dasby. Al Conan bárbaro lo leía de niño. Luego me aburrió.

    Té Lytton, posteá algo, siempre que entro en tu blog veo lo mismo de Nabokov y la tapa del tal Chitarroni.
    ¡Oh wait! se me escapó. :)

  27. dasbald Says:

    En un mundo que desgraciadamente ha caído en desuso, dejándonos a los amantes de la literatura cada vez más solos, uno no tendría que caer en este tipo de condescendencias para con el público, incluyéndolo, y así se nos evitaría tener que escuchar como Conan Doyle es relegado por un consumidor a la categoría de la literatura que solo le fue útil en su período pre onanista, del cual parece salió para quedarse en el onanismo puro. En definitiva la gente del público es un ready made. Fue Cyril Connoly quien distinguió entre consumidores y productores en esa maravillosa novela que lleva como título un verso de Dryden, y que creo le ha servido de modelo para más de un fin a ese señor que nuestro investigador de Mallorca intenta traer a colación una y otra vez, ebrio con los resultados de su elemental investigación?
    En fin, antes de irme, debo confesarle que prefiero antes que a Sherlock, me refiero al verdadero, no a nuestro amigo del cartoon network, al profesor Challenger. Será mi gusto por Verne lo que me lleva a recordar más a este aventurero? Aunque creo que es mi mente barroca antes que clásica quien en definitiva me lleva a preferir a otro personaje salido de la familia de Conan Doyle .O me negará Ud que no se le ha hecho agua la boca ante los pasajes de oscuridad lunar, de egotismo desenfrenado del Sr Hornung? Qué suerte ha tenido Ud que ha sido contemporáneo de esa literatura signada por el escapismo, el eretismo, el eclecticismo y el escapismo…Perdón otra vez me dejé llevar por nuestro amigo Cyril.
    Saludos. Voy a empolvarme la peluca.

  28. Galois Says:

    dasbald: hablando de consumidores me permito el siguiente consejo: largá el tinto, te hace daño.

    Y en el tema de los investigadores, prefiero el que creó Edgar Allan Poe: C. Auguste Dupin, que según todos los expertos en el tema (esta categoría no te incluye, lo siento) citan como antecesor del Sherlock. Y por supuesto también me quedo con la narrativa de Edgar antes que con la del mediocre Conan, sólo apto para adolescentes eternos (ésta sí te incluye, me temo).

    Por cierto, noto que tenés una fijación con el tema del onanismo. Al menos en 4 comments tuyos sale la palabrita.
    ¿Algún problema no superado, quizá?
    Buscate un novio, ya vas a ver que lo dejás atrás.

  29. dasbald Says:

    Niño Galois no hace falta ser un experto ya que Poe escribió sus cuentos y murió antes del nacimiento de Doyle, y antes de que fuera importado definitivamente a Europa el gusto por esa literatura por Baudelaire. Además el mismo Doyle lo dijo y le rindió homenaje hasta el casancio.
    Igualemente afine su puntería porque el que marcó el rumbo del gusto estético, el que delineó el concepto, que en definitiva es lo que importa, tomado de la literatura gótica, fue De Quincy.
    Todas cosas muy básicas para que comience a comprender…

  30. Galois Says:

    A De Quincey lo leí antes de que pudieras deletrear la palabra mamá. No va a ser con autores como ése o Baudelaire que me vas a impresionar, precisamente.
    Y si no hace falta ser un experto, entonces ¿por qué el regodeo con Conan Doyle? ¿Por qué ponerlo al Sherlock como paradigma del investigador? ¿Por qué no citaste antes el nombre de Dupin o el de su autor?
    Un poco contradictorio lo tuyo, ¿no?

    Como habitualmente se dice, te falta calle, mi querido Dasby.
    Y eso es tan básico como tu fijación con ciertas prácticas.

  31. Lytton S. Says:

    Chicos, por favor, levanten la puntería. Parecen dos infantes en el recreo pasando figuritas y diciendo “latengop, latengop, latengop, latengop”.

  32. dasbald Says:

    Dear Lytton, alguien que ha dado, tal vez sin quererlo, su nombre al concurso que encabeza su convocatoria con un WWW, which means Wretched Writers Welcome, no puede equivocarse. Hasta pronto, i wish you a very good malitzia night.

  33. dasbald Says:

    Por cierto, pocos concursos son tan divertidos como ese. Ahora sí, hasta pronto.

  34. Lytton S. Says:

    WWW
    Lista para completar.

    Wann? Wie? Wo?
    Waterproof Wrist Watch
    Wet Wild & Wicked
    What a Wonderful World
    What Went Wrong
    What Women Want
    Who What Where
    Whole Wide World
    Wicked West Witch
    Wild Wild West
    With Warm Wishes
    Wolverine World Wide
    World Without Windows
    World Wide Wow

  35. filipino Says:

    Dasbald, me seguis pareciendo un atado de berro. Soberbio hasta el hartazgo. Petulante y con menos luces que una calle del conurbano…

  36. filipino Says:

    Lyyton me encanto tu “para completar”, excelente.
    tambien podria ser:
    Warm World War
    Wet When Wet
    Women Withces Wae
    Waning Wagner’s Ward
    Weitress Wait Wages…
    Dasby, vos que sos un excelente traductor (entre otras cosas) podrías darnos mas ideas?
    Gracias…
    Rogaré tengas a bien contestar, pues tu silencio provoca en mi sensaciones de profundo malestar. A mas de colocarme en un estade de ansiedad cronica que amenaza mi salud mental. Eso, si, por favor: Se mas especifico, darling, porque a veces te vas tanto por las ramas que termino muy mareado. En el post anterior, te decia que por ahi me sacas cuando te pones en ese papel soberbio y petulante, tan tuyo por cierto, porque si bien reconozco que sabes, y en cierta forma te admiro, tampoco es que seas Klauss Mann (solo Herr Mann). Por lo tanto deja de vomitarnos todos esos nombres, esas obras, y demas. Tiene toda la razon mi amigo Lyyton, parecen dos chicos peleando en el recreo del colegio. Igual, como yo soy medio adolescente todavía, me gustan esos puteríos y debo admitir que estoy del lado de Galois… Lo cual no quiere decir que ante una buena oferta pudiera pasarme a tu bando, Dasby. Mercenario, vio? Su cuerpo esta incluido en las ofertas, quiero que lo sepa. Bueno, mi querido Das/Dasby/Dasbalito/Desbalito, te dejo un beso grande y espero que sigas peleando al nivel que te caracteriza con el conspicuo Galois, señor de la palabra justa. Besos Muchos.

  37. Mercedes Taylor Says:

    Una brutal traición sostiene a Borges, la infamia de haber nacido en la argentina, tierra deplorable que asesina a sus mejores hijos y deja estériles de luz a sus lectoras veinteañeras

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