Un clásico aguado

Sobre Salvatierra de Pedro Mairal

por Quintín

Compro el libro y descubro mi nombre en la solapa de atrás, al final de una serie de elogios al autor. La cita dice así: “No consigo leer algo de Mairal que sea malo: siempre me termina sorprendiendo con un clasicismo acaso único en su generación.” Quintín, La lectora provisoria.

Es una frase que suena estúpida, de esas que solo sirven para las contratapas o los avisos. Hago el ejercicio mental de explicarla, como si alguien me pidiera cuentas por ella, y lo consigo a medias. Supongo que quise decir que Mairal no es un escritor “de izquierda”, para usar la terminología de Tabarovsky que evita astutamente el término “vanguardia”. Pero tampoco cae en el populismo vacío y marketinero de buena parte de sus contemporáneos. En principio porque tiene talento y escribe en serio, escribe bien en un sentido que excede el de la elemental destreza con las palabras, hoy al alcance de cualquiera. Dicho de otro modo, Mairal sería como un escritor viejo, al que no hay que pedirle que esté al día con los cánones porque llegó antes. Algo de eso dijo hace poco en una entrevista que ahora no puedo encontrar, en la que confiesa padecer de cierto anacronismo, incluso en el lenguaje, pero también habla de la intención de actualizarse, una contradicción que aparece, como veremos, en la novela.

 

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Que Mairal tiene garra y talento lo demuestra su habilidad con los géneros menores. Por ejemplo, su reciente artículo sobre el culo es un hito del ensayo periodístico que sospecho será reproducido y pirateado durante los próximos noventa años. O los pornosonetos publicados bajo el seudónimo Ramón Paz, que muestran a su autor conectado con tradiciones del tiempo de Quevedo, aunque en esos versos el sexo tenga la rotunda expresión del presente.

Otra manera de exponer la idea es recurrir a la primera página de la novela, donde se habla por primera vez del cuadro de cuatro kilómetros de largo que pintó Salvatierra, el padre del narrador y quien será el núcleo del libro:

Si digo que mi padre tardó sesenta años en pintarlo, parece como si se hubiese impuesto la tarea de completar una obra gigante. Es más justo decir que lo pintó a lo largo de sesenta años.

En ese párrafo se nota un interés por la precisión del lenguaje propia de una literatura que cree en la transcripción fiel de un mundo (ficcional) exterior a ella. Pero el artificio de discutir su escritura frente al lector lo hace más moderno que esa pretensión de realismo. Para reforzar la contradicción, Mairal va a contar la historia de ese cuadro y de ese pintor que

siempre se había sentido sapo de otro pozo, figurativo entre no figurativos, provinciano entre porteños, hacedor entre teóricos.

El día en que se componga el himno al populismo artístico, la frase podrá servir como estribillo. Pero, ¿qué relación tiene la pintura de Salvatierra con la prosa de Mairal? El no es exactamente el pintor, sino simultáneamente el hijo que narra (y que es ajeno al mundo artístico y se ocupa de una inmobiliaria) y el autor que mira a Salvatierra desde la superioridad de un integrante del mundo intelectual frente al artista naif. El lugar del narrador es alternativamente superior e inferior al de Salvatierra. Una excursión al blog que Mairal comparte con otras dos firmas permite descubrir un curioso post en el que el escritor declara que a raíz de las entrevistas que acompañaron la publicación del libro, ha hablado demasiado de sí mismo y es hora de callar. Mairal comienza a estar en todos lados y su nombre va en ascenso. En la entrevista que no encuentro pero también en esta, vuelve a mencionar la contradicción a la que parece arrojarlo la fama:

Nooo, si yo soy supervanidoso (risas), a mí me encanta publicar. Me interesa mucho escribir, comunicarme con la gente, que me digan qué cosas le gustaron o no del libro, eso me enriquece mucho. (…) Y sí, ésa es mi contradicción, lo que pasa es que la vanidad te termina traicionando, pero publicar con seudónimo me parece un buen ejercicio, es para pensarlo. Salvatierra es una especie de ideal a cumplir: disfrutar haciendo tu obra y después que los demás hagan lo que quieran.

Salvatierra, a diferencia del escritor que viene de hablar mucho y no está del todo conforme con ello, es mudo y sólo se expresa por medio de su obra. Es curioso, porque el argumento de la novela no necesita que sea mudo. Un personaje lacónico, poco dispuesto a la explicación serviría lo mismo. Pero la mudez, extremo de la incomunicación, adquiere carácter de símbolo, más para Mairal que para el propio Salvatierra. En principio, es el arte fuera de toda presión de mercado, de toda pertenencia al mundo cultural. Pero también el correlato de un tiempo pasado en el que los pintores podían ser amigos de contrabandistas y pescadores, en los que pasaba el tren y el Correo era una institución importante en ese pueblo de Entre Ríos en el que transcurre la historia y en el que Salvatierra tiene la capacidad de

captar en pocos trazos lo que amaba, como si todo estuviera vivo.

Como Salvatierra, capaz de retratar el río y la vida que transcurría en sus orillas, Mairal es bueno para describir esos lugares casi sin esfuerzo, con dos trazos y con una empatía auténtica con el pasado. Pero, por alguna razón, cree que necesita algo más, que debe ser más contemporáneo que el pintor. Así, una gran idea (ese cuadro enorme que pinta un mundo, hace las veces de autobiografía y sirve para enrollar en él la anécdota) y un comienzo feliz se terminan perdiendo en peripecias que suman páginas y se leen fácil pero restan consistencia. Creo que Mairal lo advierte y trata de justificar de algún modo la necesidad de los capítulos finales. Salvatierra pintaba un rollo de tela cada año y le ponía fecha. Sus hijos descubren que falta el del año 61 y el libro se termina organizando alrededor de la búsqueda del lienzo faltante que finalmente revela ciertos episodios secretos en la vida del artista. Mairal le atribuye a esa búsqueda un sentido metafísico, una necesidad exterior al desarrollo de la anécdota:

Encontrar el tramo faltante era algo que necesitaba para que el cuadro no fuera infinito. Si faltaba un rollo, no iba a poder mirarlo todo, conocerlo todo, y seguiría habiendo incógnitas, cosas que Salvatierra quizás había pintado, sin que yo lo supiera. Pero si lo encontraba, habría un límite para ese mundo de imágenes. El infinito tendría borde y yo podría encontrar algo que él no hubiera pintado. Algo mío Pero son interpretaciones que hago ahora. Por esos días sólo estaba obsesionado con encontrar la tela; no pensaba en esas cosas.

Casi al final, aparece otro tema, otro motivo, que retoma la discusión sobre el arte del principio de la novela. Pero ahora se trata de una cuestión psicológica, ligada con el descubrimiento de una vocación que viene a equilibrar tardíamente la incongruencia de que el narrador se interese tanto por la pintura siendo un agente inmobiliario sin inquietudes artísticas.

Hace tiempo leí esta frase. “La página es el único lugar del universo que Dios me dejó en blanco”. No me acuerdo dónde la leí. Me impresionó porque yo siento eso con mi padre. Nunca fui muy creyente, porque la idea de sumarme un padre espiritual al enorme padre biológico que ya tenía me parecía agobiante. Entendí la frase como “la página es el único lugar del universo que papá me dejó en blanco”. Uno ocupa esos lugares que los padres dejan en blanco. Salvatierra ocupó ese margen alejado de las expectativas ganaderas de mi abuelo. Se adueño de la representación, de la imagen. Yo me quedé con las palabras que la mudez de Salvatierra dejó de lado. Empecé a escribir hace un par de años. Siento que este lugar, este espacio de la hoja blanca, me pertenece más allá de los resultados. El mundo entero cabe en este rectángulo.

Pero, de nuevo, como con la necesidad de completar la tela, el ángulo psicológico, la teoría sobre el conflicto generacional y el papel del padre suena como un añadido. Creo que la novela se le embrolló a Mairal, claramente preocupado por el arte y también por el lugar y la biografía de los artistas. Imaginó la posibilidad material de que una obra pudiera superponerse con la vida, pero se vio obligado a encapsularla en “una historia” que la termina diluyendo y restándole la ambición inicial.

Foto: Flavia de la Fuente

16 respuestas to “Un clásico aguado”

  1. daniel Says:

    Estoy de acuerdo con que la novela es medio floja al final, sin embargo, me gusta que no se pase de chistoso ni de vivo y que sea la trama la que entrega una sorpresa (no la voz narrativa); ¡por fin un narrador que sabe menos o tanto como los lectores! Porque las últimas novelas publicadas por autores (varones) argentinos son muy «superiores». Quintín, tenés que leer Sierra padre.

  2. lalectoraprovisoria Says:

    ¿Qué o quién es Sierra padre?
    Q

  3. daniel Says:

    es solo argentina una novela que me gustó de martoccia

  4. daniel Says:

    qué hiperbaton

  5. El pastelero trotskista Says:

    Conjeturo que la otra entrevista a Mairal a la que se alude sin encontrar el link es la que Sonia Budassi le hizo para Perfil.
    Pego la dirección:

    http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0241/articulo.php?art=6093&ed=0241

  6. lalectoraprovisoria Says:

    Gracias, era esa entrevista. No la pude encontrar, ya que no estaba seguro y la búsqueda en el site de Perfil resultó inútil.
    Q

  7. estrella Says:

    Me acuerdo perfectamente de haber leído lo que escribiste sobre Mairal. Para mí, es uno de los escritores de hoy que no me importa qué me va a contar, sino cómo lo va a hacer.
    Siempre me resulta interesante y, como decís en tu post, su interés por la precisión del lenguaje me parece atractivo de por sí.

    Hace unos años, fue uno de los oradores de las Jornadas de la Lengua. Con mucho humor e inteligencia, dio una clase sobre el lenguaje de los abogados y la incorrección de los escritos legales. Es interesante escucharlo, tiene una forma de hablar muy particular y atractiva.

  8. sir lancelot Says:

    Usted tiene una rara habilidad. Hace críticas tan ambiguas que cuando uno termina de leerlas no sabe si dio un palo o tiró una margarita. Sin embargo intuyo que sólo le sucede cuando el analizado en cuestión es cercano, o amigo de algún amigo. Sus disparos sin tanta especulación son mucho más interesantes. Es decir, si saca el arma (un clásico aguado), dispare. Gracias

  9. Te puse la contratapa « tomashotel Says:

    […] que compra (los editores al menos podrían mandarle un mail, ¿no?). Aunque lo más probable es que después de este comentario, en Planeta ya tengan material para la contratapa […]

  10. Galois Says:

    Me llevé una sorpresa cuando leí el post.
    Lo de clásico aguado me predispuso a una crítica del tipo palo. Y creo que me encontré con una margarita (gracias sir, por sus categorías).
    Quizá sea que soy muy influenciable.

    Los ensayos sobre el culo y las tetas, puede que sean menores. Pero me parecieron excelentes.

  11. estrella Says:

    «Antín es un gran entregador de frases para solapas, eso está claro»: extraído del blog de M.T. (de un comentario).

  12. Lucía Says:

    Es difícil cuestionar una lectura pero, hay dos cosas con las que no puedo estar de acuerdo aunque haga fuerza. Primero: «Él (Mairal) no es exactamente el pintor, sino simultáneamente el hijo que narra (y que es ajeno al mundo artístico y se ocupa de una inmobiliaria) y el autor que mira a Salvatierra desde la superioridad de un integrante del mundo intelectual frente al artista naif. El lugar del narrador es alternativamente superior e inferior al de Salvatierra» Un momento, hablamos del narrador o de Mairal????? Aparte, dónde lee esa «superioridad» en el texto??? Justificamos la crítica a una novela con lo que dice el autor en una entrevista??? Segundo: «la teoría sobre el conflicto generacional y el papel del padre suena como un añadido» ¿Cómo es esto de que «suena como un añadido»?, yo lo leí como lo que da coherencia a todo el texto, la justificación de cada palabra pero, si bien puede leerse de otra forma, creo que algunas afirmaciones deberían ser más fundamentadas.

  13. Riquelme Says:

    No es ninguna novedad que la prosa de Mairal está aguada. En Sabrina Love se veía. El año del desierto parecía ir para otro lado, pero la novela se cae a las cien páginas y tiene una prosa vieja, o sonsa, no sé cómo decirlo. Con Salvatierra tenía alguna expectativa, pero fue una decepción. Encima el ejemplar no es nada barato. Para mi que se echó a perder de tanto estar en pose, chuparle las medias a Cucurto y Llach, como se ve en esa entrevista, y vender el personaje de estrellita que está de vuelta. Demasiado make up para nada. en la cancha se ven los pingos.

  14. Hablando del asunto 2.0 » Blog Archive » Recibí: Salvatierra Says:

    […] algunos poemas. Esta será la primera novela. Sin embargo, no puedo dejar de concordar con la afirmación de Quintín que aparece en la […]

  15. "Salvatierra" - Notas de prensa - Pedro Mairal Says:

    […] paisaje infinito”, Revista Llegás “Los rollos del padre”, Radar Libros “Un clásico aguado”, La lectora provisoria “La vida cabe en una tela”, Rolling Stone “La intemperie sin fin”, El […]

  16. Mancusiento Says:

    Coincido con los que encuentran la prosa de Mairal un tanto tediosa. Sus novelas simplemente no seducen, hay una falta de simpatía en su estilo.

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